Vientos fríos recorren Europa

Dicen que el ser humano no puede viajar en el tiempo. Y es cierto, hoy por hoy es imposible, y quizás nunca podamos. Pero hay una entidad en la Tierra que sí puede viajar en el tiempo: las sociedades, o, en general, los países. Pongámonos en escena:

Te levantas por la mañana. Pones la tele, o te conectas a Internet, y entre sorbo y sorbo de café escuchas a la ministra del interior británica decir que quiere listas de extranjeros en las empresas de su país, y que hay que controlar los flujos de emigrantes para poder controlar la delincuencia, mientras quieren que el máximo porcentaje de trabajadores del país sean británicos, impidiendo la entrada a extranjeros, o eliminando a estos a favor de trabajadores británicos. Y empiezas a plantearte si están poniendo alguna película de ciencia ficción en lugar de las noticias.

great briitain leaves european union metaphor
united kingdom exit from europe

Mientras tanto, Alemania advierte del rumbo peligroso que ha tomado la política del Reino Unido, y su giro cada vez mayor hacia un extremismo, fomentado por el famoso Brexit, que está llevando al país a unas cotas de racismo y xenofobia insoportables para millones de extranjeros que, hasta entonces, se sentían como en casa. Porque Reino Unido es, no lo olvidemos, un maravilloso manojo de culturas muy diversas. Solo hay que tomar el metro de Londres para comprobarlo. Gentes que viven en paz y armonía desde hace décadas, y que ahora se sienten amenazados, controlados, y perseguidos. Y no es una neurosis; es la realidad.

Entonces, cuando has terminado de escuchar estas palabras, te levantas y vas a mirar ese calendario de cocina que cada diciembre colocas en la pared para poner las fechas de cumpleaños de nietos y otras onomásticas, y miras el año. Sí, es 2016. Y sí, estás observando una realidad distinta, como esas novelas de ciencia ficción donde el futuro es al revés de lo que es. Un mundo donde los británicos son los extremistas, y los alemanes los moderados. ¿Estoy viviendo en una realidad paralela?

No. Desgraciadamente no es así. En general, la gente no está dando demasiada importancia a esto fuera del Reino Unido. Pero allá comienza a haber un murmullo de cristales rotos, de recuerdos revividos de otros tiempos que amenazan con convertir a un país tolerante y abierto en un monstruo xenófobo, racista y extremista. ¿Qué está pasando?

En realidad, pasa lo que ha pasado siempre. La enorme crisis mundial ha fomentado la idea de que Europa es el desastre, pero además eso se ha visto agravado por una política europea que, realmente, ha dejado mucho que desear, no lo olvidemos. Pero esa tesitura ha sido aprovechada por los grupos extremistas, que recordemos, nunca desaparecieron tras 1945, para comenzar a imponer sus tesis de que el mundo es mejor cuando hay muros y barreras, y cuando una persona vale más o menos por haber nacido unos metros más allá de tu frontera. Y, cuando comienzan a soplar los vientos de la intolerancia, se conforma un huracán que arrasa con todo tipo de justicia social, cultural, y política.

Y lo cierto es que todo esto da miedo. Da mucho miedo escuchar a toda una ministra del interior hablar en esos términos. Da miedo escuchar a extranjeros de todas las nacionalidades que temen no ya por sus trabajos, sino por su integridad física, o por ser apartados como si fuesen monstruos. Da miedo ver cómo los jóvenes nazis ingleses se envalentonan en los autobuses, en los metros, en las calles, persiguiendo a hombres y mujeres que han dado sus vidas por Reino Unido, dejando el fruto de toda una vida de trabajo en ese país.

Pero que nadie crea que estoy obsesionado con los británicos. No, no se trata de eso. Esta enfermedad llamada nazismo se propaga por toda Europa, y amenaza con romper la frágil estructura de libertades y derechos que hemos ido adquiriendo durante los últimos setenta años.

Soplan vientos oscuros y fríos, vientos de incertidumbre hacia las mínimas y más básicas garantías. Y, no lo olvidemos: Europa también es culpable. Cuando se organiza un movimiento de intolerancia así, es responsabilidad de todas las partes actuar rápidamente para atajar la gangrena que supone ver cómo nacen focos de totalitarismo cada vez más fuertes y poderosos. O se comienza a actuar ya, o tendremos que lamentarlo en el futuro. La libertad cuesta décadas ganarla, y cuesta meses perderla. Y, cuando se ha perdido, solo queda el miedo, la intolerancia, y el terror.

Nuestros padres y abuelos lucharon por una europa en paz y libertad. Lo conseguido no fue perfecto, ni fue el sueño que muchos tuvieron. Pero es infinitamente mejor que lo que tuvieron que sufrir ellos. No deberíamos volver a 1935. No deberíamos dejar que las nuevas generaciones se alimenten del odio y la xenofobia. Porque esos caldos solo generan maldad y dolor, y ese dolor se expandirá por toda Europa, y por el mundo. Deberíamos impedirlo. Y deberíamos empezar ya. Mañana será tarde. Mañana la ministra no hablará. Actuará. Y entonces sabremos que vivimos en un mundo paralelo que nunca quisimos: nuestro mundo.

Dejo como colofón unas palabras del poeta Martin Niemoller que siempre suenan proféticas. Que nadie las olvide. Nunca.

Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada.

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