Todos somos refugiados

Vamos a hacer un pequeño ejercicio mental: vamos a navegar por la historia de nuestros antepasados. Cincuenta, cien, máximo doscientos años. La gran mayoría tendrá entre algunos de sus familiares, a alguien que pasó dificultades. Tuvo que viajar por necesidad, tuvo que sufrir las inclemencias de una guerra, o tuvo que luchar por su supervivencia.

El ser humano lleva provocando guerras y conflictos, y sufriéndolas, desde el principio de su historia. Los datos arqueológicos antiguos demuestran que los conflictos violentos son connaturales al ser humano. Y que la necesidad de huir, para conservar la vida, es algo que viene sucediendo desde hace muchos miles de años.

Pero eso no es todo. Sentados en la comodidad de nuestras casas, viendo la televisión, nos sentimos capaces de emitir juicios de valor sobre este o aquel, sobre aquellos o los otros, sobre países y civilizaciones. Sin darnos cuenta de que nuestra sociedad, que se vanagloria de su grandeza, se mide por el odio, el racismo, la xenofobia, y el deseo de sentirnos superiores a los demás. Nuestra cultura es la mejor, nuestra religión es la mejor, nuestra forma de vida es la mejor. Nosotros tenemos razón, ellos no. Nosotros sabemos la verdad, ellos no. Nosotros estamos bien, tenemos pan, agua y trabajo, porque es el orden natural de las cosas. Ellos no, por alguna razón que no nos importa, ni nos interesa.

Cuando llegan los refugiados, no vienen por necesidad, según ese criterio. Vienen a romper nuestro nivel de vida. Vienen a corromper nuestra cultura, nuestra lengua, nuestra raza. Vienen a quitarnos el trabajo, a robar, a violar, a asesinar. Y si alguien acusa a alguno de ellos de algún tipo de delito menor, incluso sin pruebas, todo un pueblo es acusado de querer destruir nuestra sacrosanta sociedad impoluta y perfecta.

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Pero no. Las cosas no son así. Los que hoy llamamos refugiados, en veinte, treinta años, cincuenta años, pueden ser aquellos que nos acojan a nosotros. Los pueblos no son estructuras estáticas, y las sociedades no viven eternamente. Lo que hoy parece una paz segura, mañana será una guerra sangrienta. Lo que hoy es un rutinario día de trabajo, mañana puede ser el último día de paz, y el primero de un horror inimaginable.

Los pueblos que culpan a otros pueblos de su situación, están volcando en los demás sus miedos, sus fobias, su odio. Los pueblos que no son solidarios no son pueblos, ni son sociedades, ni mucho menos tienen un futuro. Porque la solidaridad es, sin ninguna duda, la primera virtud que ha de tener una civilización que quiera disfrutar de progreso y futuro. La ciencia, y la educación, junto con un pueblo culto, son lo primero, pero ni mucho menos lo único. Es necesario formar a los individuos en un conjunto de valores de solidaridad, de empatía, de sentimientos por el sufrimiento de los demás.

No se trata de meter a cada refugiado en una casa. Ni meterlos en campos de refugiados. Esa es una solución temporal. No. Eso no termina con los refugiados. Lo que termina con los refugiados es que el origen de su necesidad de huir, desaparezca. Porque, mientras vendemos armas a quienes les aterrorizan, negamos luego cualquier responsabilidad cuando esos refugiados, por esas armas que hemos vendido, vienen buscando salvar sus vidas, y la de sus hijos.

No. No se puede hablar de paz, de justicia, de libertad, mientras nuestras industrias venden odio y muerte a corruptos que las usan en su propio beneficio. No podemos girar la cabeza y negar la responsabilidad de todo cuanto acontece, porque somos los que estamos provocando esas muertes. Somos los que estamos provocando los bombardeos. Todos los gobiernos de estos pueblos que venden armas a estos genocidas son culpables. Todos. Sin excepción. Y todos los que apoyan  a esos gobiernos y sus políticas, también lo son.

Para terminar, me gustaría destacar una frase que veo mucho: “nuestros hijos están primero”. Señor, señora, entiéndalo: son sus hijos. Ellos se dejan la piel por sus hijos. Ellos darían su vida por sus hijos. ¿No haría usted lo mismo por los suyos? Entonces ¿de qué se sorprende? ¿Qué pensará cuando su hijo necesite ayuda de algún extraño y no se la ofrezca? ¿Qué pensará si algún día usted ha de salvar la vida de su hijo, y le digan que no tiene sitio en ningún sitio? ¿Que ha de volver a morir casi con seguridad por los bombardeos?

Todos somos refugiados. Todos somos a la vez responsables y víctimas. Todos hemos vivido, o vamos a vivir, una situación en la que necesitemos de solidaridad. De una mano amiga. De alguien que nos tienda una mano. Solo así, con algo de solidaridad, no mucha, pero sí la suficiente, podremos convertir estas sociedades en un lugar más digno, más seguro, y más humano. Mientras tanto, las bombas caen. Pero caen sobre nuestras conciencias sobre todo. Porque cuando un ser humano muere en una guerra, todos, como civilización, hemos fracasado. Intentemos cambiar eso. Intentemos llegar más lejos de lo que nos llevan nuestros prejuicios y nuestros miedos. Construyamos un mundo mejor para nuestros herederos. Ellos lo merecen. Como padres, como hermanos, es nuestra responsabilidad. Y ha de ser nuestro mayor sueño.

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