La estrella de Kítezh (I)

Este es un nuevo relato por partes, que está relacionado con en este enlace. Doce años antes de esos hechos Sandra está sola, en el viejo bar de su amigo Peter, en San Francisco.

Esta es la historia del encuentro entre Sandra y Robert, del que ambos hablan y discuten en el libro “Las entrañas de Nidavellir”. Robert Bossard es el nieto de la antigua amiga de Sandra, Alice Bossard. Alice es coprotagonista con Sandra en “Las cenizas de Sangetall”.

¿Cuál fue el origen del enfrentamiento entre Sandra y Robert? ¿A qué se debe ese distanciamiento entre ambos? En este relato se conocen los detalles, mientras Sandra investiga la razón por la que Robert se encuentra en un lugar donde nunca debería de haber estado…

Dedico este relato a Tatiana, una maravillosa moscovita que marchó de Rusia para encontrar un nuevo camino. Finalmente pudo casarse y hallar la felicidad que tanto se merecía en algún lugar de Londres, donde aún continúa una vida llena de amor y esperanza. Pudo disfrutar de Barcelona y visitar los mejores lugares gracias al mejor guía disponible en la ciudad. Espero que seas feliz muchos años.

estrella

Bar de Peter. San Francisco. Año 2141.

Sandra se encontraba sentada en su taburete favorito, aquel en el que había estado sentada con Pavlov ochenta y ocho años atrás. Su mente seguía inexorablemente navegando por los recuerdos de aquellos días, y aquellas emociones, que ni ella misma podía, o sabía, explicar. Tras la muerte de su mejor amiga, Alice Bossard, se había ido cerrando más y más. Alice, que siempre la había considerado una igual, una compañera, una amiga de verdad.

Alice nunca le recriminó que fuese una simple máquina, excepto para reírse de ella. Pero Sandra sabía que Alice siempre la había tenido como una amiga, la había tratado como a un ser humano, y había sentido el calor de un ser humano preocupándose y sintiendo el mayor afecto por un ser humano. Quizás eso había hecho a Sandra más humana que cualquier otra cosa. Quizás fuera eso. O quizás no.

Sandra andaba perdida en aquellos pensamientos, cuando sintió una imagen que se acercaba a ella. Era un rostro holográfico muy conocido, de un famoso presentador de noticias de la televisión. Un holograma tridimensional, que alguien sin duda estaba manipulando, mientras parecía aproximarse lentamente a su taburete.

La imagen del presentador parecía mirarla a ella, y hablar de ella. Sandra se volvió lentamente hacia la barra, donde estaba Peter, el camarero androide. Le espetó:

—Muy gracioso, Peter. Muy gracioso. ¿Quieres dejar de jugar con la holotelevisión? —Peter respondió:
—Estás ahí, en silencio, tan absorta en tus pensamientos… Y pensando en él…
—¿En quién?
—No me vengas con preguntas absurdas, Sandra. ¿Quién va a ser? Pavlov, por supuesto.

Sandra suspiró. En aquel viejo bar algunos habían sabido en el pasado que era una androide. Todos ellos estaban muertos. Luego había desaparecido unos años, hasta que se completó una generación. Los habituales de aquel tiempo no la conocían, y tenían entendido que era la amiga íntima, o la amante, de algún rico acaudalado de San Francisco, o de algún oportunista, o que era una prostituta de lujo, o una aventurera, dependiendo del momento en que se contase la historia, y de quién la constase.

Por eso casi nadie intentaba proponerle alguna aventura, a pesar de aquella belleza que sus propios diseñadores le habían otorgado, con fines mucho menos evidentes e inocentes que el amor. Alguno lo había intentado, para encontrarse con un rechazo directo. Las respuestas, desde una disculpa, hasta acusarla de ser lesbiana, eran toda una panoplia de argumentos y contraargumentos para no mantener relaciones con nadie. Ella los ignoraba a todos.

Pero aquello no podría continuar así mucho tiempo. Quizás tendría que volver a casarse, como ya había hecho anteriormente, haciéndose pasar por la sumisa esposa de algún hombre demasiado preocupado por su orgullo como para darse cuenta del doble juego de Sandra.

Peter se acercó. Se llevó la botella de cerveza vacía, y le puso otra encima de la barra. Sandra miró la botella, y replicó:

—Nos conocemos demasiado bien ya, Peter. —Este asintió sonriente, y replicó a su vez:
—Sí. Son muchos años de carretera, Sandra. Y me apena verte así.
—Estoy bien. Te lo aseguro.
—Claro. Solo hay que verte.

De pronto, Sandra saltó del taburete. Peter se extrañó. Miró a Sandra, y su sorprendente cambio de actitud. ¿Qué miraba? Miraba hacia la holotelevisión. Se acercó, y automáticamente aumentó el volumen.

En la pantalla se veía a un grupo de oficiales y responsables políticos de lo que una vez se había conocido como Rusia. Estaban de pie, en una sala de conferencias con público sentado. Rusia oficialmente como tal ya no existía, y estaba integrado en un sistema federal de varios países, en el que la antigua China llevaba el control de toda Asia, incluyendo los territorios de las islas japonesas. Pero aquellos oficiales y políticos no eran chinos, ni japoneses. Eran rusos, y los militares vestían uniformes de finales del siglo XX y principios del siglo XXI, y disponían de dos banderas de la época, completamente prohibidas y censuradas.

Peter se acercó. Miró la pantalla, y preguntó:

—¿Qué pasa, Sandra? ¿Algo interesante? ¿Te interesan las noticias de internacional?
—Es esa imagen. Esa conferencia que están dando. Entre el público me ha parecido ver… Mueve para atrás la cámara.

Peter accedió al control manual de la cámara. Aquellos holotelevisiones permitían que cada espectador pudiese ver una escena desde casi cualquier ángulo. Peter preguntó:

—¿Qué estás buscando, Sandra? Son ese grupo de resistencia rusa, los llamados “Товарищи за новую маму россию”, los Camaradas para una Nueva Rusia. Los llamados “Tomaros”. Son una mezcla de antiguas costumbres e ideas rusas de los siglos XIX a XXI. ¿Has visto algo en especial? No me digas que estás metida también en algún lío con ellos. Ya no me sorprendería nada de ti.

Sandra no dijo nada. Miró la pantalla unos instantes. Luego dijo:

—¡Ahí! Detén la cámara. ¡Detenla! —Peter detuvo la cámara.
—Haz zoom sobre el quinto cuadrante. Ampliación 3x.

Peter hizo lo que le indicaba Sandra. Sandra asintió.

—¿Qué pasa? ¿Conoces a ese tipo?
—No he hablado con él nunca.
—¿Entonces?
—Pero le voy siguiendo la pista.
—¿Y quién es?
—Es el nieto de Alice Bossard. Su nombre es Robert Bossard. —Peter alzó las cejas en un claro gesto de sorpresa.
—¿Alice fue madre y abuela? No lo sabía.
—Digamos que prefirió no hacerlo muy popular, debido a sus problemas con la GSA. Tuvo un hijo. Ese hijo y yo solo nos vimos alguna vez. Pero él renegaba de la historia y la vida de su madre. Y de mí como parte de esa vida. Luego llegó Robert. Con Robert… decidí que era mejor que hiciese su propia vida. Mantendría una distancia de seguridad con él, sin dejar de seguirle a distancia.
—Estupendo —confirmó Peter—. ¿Y qué hace ahí, en esa conferencia?
—No lo sé… Pero si tiene una décima parte del ADN de su abuela… está metiéndose en algún lío muy, muy gordo.
—Eso es una conferencia para presentar planes de reconquista del territorio que antiguamente se llamaba Rusia… ¿Será uno de los periodistas?
—Será cualquier cosa, menos un periodista —aseguró Sandra.
—¿Cómo lo sabes?
—¿No te lo he dicho? Lleva el ADN de su abuela. Y eso solo significa una cosa: problemas.

Alguien en la sala se identificó como un periodista de un país africano. Preguntó:

—¿Qué Rusia quieren recuperar? ¿La de los zares? ¿La soviética? ¿La de Putin? ¿La de la Nueva Era Democrática? —Desde la tribuna uno de los hombres de civil contestó:
—Queremos recuperar todas ellas, y ninguna. La nueva Rusia será una mezcla de lo mejor de nuestro pasado, y forjaremos con ese pasado un futuro mejor para nuestro pueblo.

Sandra escuchó la respuesta atentamente. Aquel hombre, de unos sesenta años, hablaba en un ruso habitual en Moscú, pero tenía un cierto tono de los urales. Probablemente una mezcla de los acentos de sus padres. Se llamaba Mikhail Dietrich, o ese era el nombre por el que era conocido. Al lado estaba su segunda al mando, una mujer de algo más de cuarenta años, llamada Catia Yakusheva, conocida por su tenacidad, inteligencia y capacidad de trabajo. Y por sus contactos con grupos paramilitares de todo el mundo. En su juventud había ocupado diversos puestos de cierta importancia en lo que había sido el antiguo FSB, el Servicio de Seguridad Federal Ruso, una especie de la CIA americana del siglo XX y XXI o de la GSA de entonces. El FSB seguía activo, escondido en sí mismo.

Todos los intentos del poder chino de someter aquella organización, tildada de terrorista y criminal, habían fracasado, e incluso producían un torrente cada vez mayor de desafectos al control chino, que provocaba que su número creciera. Pero sus recursos materiales eran cada vez más escasos, y su financiación estaba estrangulada por intereses favoritistas de países vecinos, que con esas acciones ganaban ventajas para ellos.

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Desde el antiguo Estados Unidos, que estaba deshecho en estados independientes o con nuevos acuerdos bilaterales, y que era prácticamente un títere de China, todo aquello de la antigua Rusia carecía de importancia, más allá de rellenar las noticias de internacional durante dos o tres minutos. Ellos tenían sus propios problemas. Y Sandra no estaba por la labor de meterse en más problemas de los propios de sobrevivir como fuese, escondiéndose de todos, y hasta de sí misma.

Pero aquello era distinto. Era Robert. ¿Qué edad tenía? Veintitrés años.  La misma edad que aproximadamente aparentaba ella desde que fuese activada en 2049. Y Robert era joven, inexperto, y solo su presencia allí ya era una prueba suficiente como para dejar meridianamente claro que Robert seguía la senda de su abuela: complicarse la vida, y complicársela a los demás.

Sandra tomó una decisión.

—Me voy, Peter. —Peter cruzó los brazos, y alzó las cejas levemente.
—¿Es que no vas a aprender nunca, Sandra? ¿No tuviste bastante con todo lo que te pasó con Alice?
—Alice era una tormenta, y provocaba una tormenta allá por donde pasaba, es cierto. Pero también fue la mejor amiga que he tenido nunca. Conociendo mi naturaleza real, me trató con respeto, me consideró una igual. Solo otra persona ha hecho eso conmigo.
—Lo sé: Pavlov.
—Exacto. Y que el nieto de Alice esté allá, en esa conferencia, puede significar cualquier cosa. Debo saberlo. Se lo debo a Alice.
—¿Y qué te decía siempre Pavlov?
—Decía: “Cuídate de tus enemigos. Pero cuídate mucho más de tus amigos”.
—¿Vas a seguir la consigna esta vez?
—Sí, Peter, pero no voy a considerar a Robert una amenaza por principio. Tampoco un amigo. Será un protegido. Tenlo por seguro. Sé que Robert no es Alice. Pero sé que es como ella.
—¿Lo sabes?
—Lo presiento.
—Lo presientes, claro… ¿Qué sabes de Robert Bossard? —Sandra suspiró.
—No mucho. Un joven fuerte y atractivo, con fama de conquistador, y con una gran erudición para su edad, fruto de la inspiración que supuso su abuela para él. Su madre murió cuando él era muy pequeño. Poco contacto con su padre, incluso nulo desde hace un par de años. Es universitario, en el último año de la carrera de exobiología. Su tesis doctoral sobre el origen y evolución microbiana del satélite Europa relacionándolo con Encelado ha levantado ya varios comentarios muy favorables en la comunidad científica. Se espera que se se le nombre doctor en exobiología el año que viene.
—Bueno, no está nada mal.
—Son datos accesibles desde cualquier fuente abierta: redes sociales, informes de estudios… De él no sé casi nada. —Peter pareció preocuparse.
—Ten cuidado, Sandra. la antigua Rusia es una zona peligrosa.
—Lo sé. Casi tan peligrosa como la antigua California. Venga, no me vengas con historias, Peter. El mundo entero es peligroso. Y yo ya tengo una edad.
—¡Eso es cierto! —Exclamó Peter sonriendo.

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Sandra salió del bar. Preparó una maleta con la que aparentaría ser una joven en viaje de estudios. Falsificaría una identidad de estudiante de biología, y volaría a la Universidad Estatal M.V. Lomonósov de Moscú. No sabía si Robert estaría realizando alguna actividad en esa universidad, pero era cierto que el decano de la facultad de exobiología había escrito algún documento valorando muy positivamente el trabajo de Robert. Así que quizás el decano supiese si Robert había ido allá, y, de ser así, cómo podría localizarlo.

Otra forma era entrar en la base de datos del registro móvil GLONASS ruso, el equivalente al viejo sistema GPS estadounidense ya en desuso. Pero cuantas menos intervenciones hiciese, menos pistas dejaría. Si es que todo aquello entrañaba algún peligro para ella, y, sobre todo, para Robert.

Sandra compró el primer billete para Moscú en un vuelo convencional, en la clase más barata. Como estudiante tendría que mostrarse como alguien con pocos recursos, con ropa sencilla y sin destacar en nada. Pero su aspecto, incluso así, seguía siendo lo suficientemente llamativo como para atraer miradas, algo que solía sucederle con frecuencia.

Llegó a la sala de embarque, cuando fue a sentarse en una zona libre atestada de maletas. En ese momento alguien se acercó a ella.

—Disculpe, aparto la maleta, no se preocupe. Esto está lleno a rebosar.
—Sí …confirmó Sandra—. Los vuelos baratos siempre están igual.
—Sí. Pero dan la oportunidad de conocer a gente sencilla, que no necesitan ir demostrando lo grandes que son en primera clase.
—Eso es verdad —afirmó de nuevo Sandra sonriente.
—¿De vuelta a casa?

Sandra se conectó a la base de datos de la Global Security Agency, la GSA, la agencia supragubernamental que mantenía una base de datos de todos los seres humanos de la Tierra actualizada cada hora con sus movimientos, sus compras, sus ventas, sus contactos con otras personas, y muchos otros datos. Comprobó que aquel hombre era un ingeniero ruso de segunda clase. Con un traje rústico, aunque podría permitirse un billete en primera sin demasiados aprietos. Su ritmo cardiaco y respiración eran normales, y su tensión arterial no parecía esconder nada que pudiera alertar de algún peligro. Los niveles de adrenalina se hallaban a un nivel normal en relación a un hombre cansado por preparar un viaje, y hablar con una joven y atractiva señorita, pero no ofrecían otros datos sospechosos. Así pues, contestó:

—No, en realidad voy a ver a un amigo a Moscú.
—Entiendo. Por su aspecto parecería perfectamente rusa. Va a ver a su novio.
—No, no… Es un amigo, está estudiando en Moscú. Nuestras familias se conocen desde hace años. Voy a ver cómo le va, y él hará de guía para enseñarme la ciudad. Pero él tiene novia. O novias.
—¿Novias? Vaya, parece un joven de éxito.
—Bueno, lo es, sin duda. ¿Y usted?
—No me trates de usted, por favor.
—Por supuesto. Pero es costumbre en Rusia no tutear a extraños.
—Eso es muy cierto, veo que conoces nuestras costumbres, además de tener un excelente acento moscovita. Pero no estamos en Rusia, y somos compañeros de vuelo. Además, también es costumbre pasar al tuteo si te lo proponen. En cuanto a mi actividad, trabajo en una empresa de diseño de aerovehículos. Me encargo de gestionar la calidad de los materiales.
—Vaya, parece muy interesante —aseguró Sandra.
—No lo es, tenlo por seguro. Pero no he conseguido nada más de momento. Al menos puedo vivir y salir adelante.

El hombre miró a la terminal.

—¡Ah! ¡Ya embarcamos! Ha sido un placer, señorita…
—Sandra Kimmel.
—Yury Gordeyev. Espero que disfrutes del vuelo.
—¡Igualmente!

Ambos embarcaron, en asientos relativamente separados, uno en la zona de babor y ella en estribor, más atrás. El gigantesco aerodeslizador con forma de ala volante despegó en silencio, y enseguida alcanzó su altitud de crucero de cuarenta kilómetros y Mach 3. Pronto estarían en Moscú, a las ocho de la tarde hora local. Y lo primero que haría sería ocupar la habitación del hotel que había reservado.

Mientras tanto, Peter, en el bar, se acercó a un hombre sentado al fondo, con una gorra, una vieja camiseta de un grupo de rock del siglo XX, unos pantalones tejanos viejos, y unas zapatillas. Leía un periódico de papel, de los pocos que aún se mantenían a la venta más por una cuestión sentimental que por otra razón. Peter comentó:

—Ha salido ya en el vuelo. Camino de Moscú. —El hombre del periódico lo bajó ligeramente y miró a Peter. Volvió a subir el periódico.
—Claro. Es Sandra. Y es el nieto de su amiga Alice. No va a dejar que le pase nada. Si es que está metido en algún lío que no sea de faldas.
—Pero, ¿por qué tiene que meterse en esos líos, Scott?
—Porque es su destino. Algún día lo entenderás. Tú formarás parte de ello.
—¿Yo?
—Claro. ¿No te gustaría vivir una aventura, y ser el protagonista? Ya te llegará el turno. Ahora le toca a Robert. Es el momento de afinar el futuro, para que pueda existir el pasado. Ya sabes lo que decía la cascarrabias de Leena: “Nunca concibas el uno sin el otro, Peter. Nunca”…


Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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