La estrella de Kítezh (III)

Segunda parte en este enlace.
Primera parte en este enlace.

Tercera parte de este relato sobre el origen de la disputa entre Sandra y Robert que ellos mismos discuten en “Las entrañas de Nidavellir”.

Sandra se dirige a la casa del profesor Víctor Kerimov, aceptando la oferta de este, y negando la advertencia que había recibido sobre el peligro que supone visitar la casa del doctor en exobiología. Allí comenzará a encontrar respuestas a su búsqueda. Pero no son aquellas que ella hubiese podido imaginar…

Víctor Kerimov se encontraba cocinando en su casa a las ocho de la tarde cuando sonó el timbre. La casa se encontraba rodeada de un pequeño jardín con una piscina en la parte trasera. Se acercó al visor de la puerta, y vio un rostro conocido. Sonrió levemente, y pulsó un botón. Un androide de servicio se acercó a la verja principal de entrada, mientras esta se abría lentamente. El androide dijo entonces:

—Señorita Sandra Kimmel. Bienvenida a la mansión de los Kerimov. Por favor, acompáñeme.
—Gracias —susurró Sandra.
—No hay de qué —respondió el androide, mientras caminaba hacia la casa.
—Eres un androide modelo QCS-110, ¿no es así? —El androide, sin dejar de caminar, contestó:
—La señorita es muy observadora. Modelo QCS-110 Delta.
—¿Y te tratan bien en esta casa? —El androide se detuvo, y se dio media vuelta. Miró a Sandra con extrañeza.
—Nunca me han preguntado eso. De hecho, nunca me han preguntado nada sobre mí. En todo caso, no dispongo de datos comparativos con otros casos para hacer una valoración objetiva. Pero estimo una probabilidad del 86.2% de que pueda asegurarse de que mi trato es adecuado a mi función.
—Esa es una buena probabilidad —comentó Sandra.
—Lo es —confirmó el androide mientras continuaba caminando, hasta llegar a la cocina, donde Víctor seguía trabajando.

—Señor, la señorita Kimmel ha llegado. —Víctor asintió, y sin dejar de atender al horno, contestó:
—Gracias, Bill. Puedes retirarte.

El androide se dio la vuelta y se marchó. Sandra preguntó:
—¿Bill? —Víctor asintió sonriente, mientras sacaba algo del horno y lo dejaba en una mesa. Miró a Sandra, y contestó:
—Sí. Es un nombre absurdo para un androide, lo sé. Pero a mi esposa le hizo gracia llamarlo así. —Víctor extrajo una botella de un armario botellero y tomó dos copas.

—¿Vino? Es un caldo francés. Un Le Brun, cosecha de 2132.
—Una buena añada.
—Sin duda. Veo que también entiendes de vinos.
—Un poco —comentó Sandra mientras Víctor le daba una copa con el vino, y Sandra lo olía, para tomar luego un sorbo. Luego dejó la copa en la mesa.

—Un vino excelente. Muy bien, vamos a hablar de negocios, como se dice de donde vengo. Ya estoy aquí, para escuchar esa oportunidad única para mi carrera universitaria. ¿Me voy desnudando ya, o esperamos a los postres? —Víctor rio. Dejó su copa en la mesa.
—No me importaría que te desnudaras, pero no porque te vaya a ofrecer algo a cambio. Eso se llamaría chantaje. Por otro lado, mi esposa usaría este horno que hay detrás de mí para cocinar mi corazón, y el tuyo, si llegase a enterarse de que tengo una aventura con una joven estudiante.
—Pues entonces será mejor que no se entere.
—Es una mujer con carácter. ¿De verdad crees que quiero que te desnudes?
—Con respecto a aspectos y deseos sexuales, algunos hombres me han llegado a pedir cosas que pocos podrían llegar a creer.
—Estoy seguro. Pero no será este el caso. Además, tenemos a otra invitada a esta cena.

Se abrió una puerta lateral. Detrás de la misma apareció la joven rusa rubia que la había avisado de que la cena con Víctor era una trampa. Sandra asintió levemente.
—Ya veo. Cómo no. ¿Vamos ahora a hacer un trío? —Víctor no pudo evitar una risa.
—No. No vamos a hacer un trío. Al menos no de momento. Vamos a aclarar algunas cosas.

La joven rubia se dirigió a Sandra. Le dijo:
—Tengo que cachearte. Debemos asegurarnos.
—Adelante.

La joven rusa buscó algún arma en Sandra.
—Cuidado donde pones las manos —advirtió Sandra.
—¿Ya te estas excitando?
—Demasiado. Y eso puede tener consecuencias negativas para ti. —Víctor intervino:
—Bueno, bueno, déjalo ya, Olga. Está limpia.
—Si tú lo dices…
—Sandra, esta es Olga Maslov. Forma parte de mi pequeño equipo de trabajo. Y no me refiero a la actividad académica. Ni tampoco es una amante. No podría serlo nunca.
—Esa soy yo —confirmó Olga sonriente. Victor continuó, mirando a Olga:
—En cuanto a Sandra, es solo una sencilla estudiante de exobiología, que busca hacer carrera, y se arriesga a que un profesor con influencias le pida algo indecente para acelerar su futuro.
—O quizás es algo más —aseguró Olga.
—Soy una simple estudiante —aseguró Sandra—. ¿Por qué dices eso?
—Te pusimos a prueba —comentó Olga—. Te dije que Víctor era una trampa. Y que yo te podía ofrecer información. Si realmente fueses una simple estudiante interesada en encontrar a Robert Bossard, habrías ido al hotel, un lugar público, y habrías evitado meterte en la boca del lobo. Pero, como es evidente que no eres una simple estudiante sin más, precisamente te interesó el asunto de la trampa, y te pareció adecuado explorar la posibilidad que Víctor te ofrecía de obtener información en un lugar privado y lejos de miradas indiscretas. Por otro lado, que no vengas armada denota dos cosas: o eres realmente estúpida, o tienes un as en la manga. Alguien que te cubre fuera, algún contacto. Pero no hemos detectado emisiones cercanas sospechosas. Así que probablemente tienes algún amigo, algún dron, o algún androide de seguridad esperando y camuflado, por si no sales y te ocurre algo. Y ahora es cuando viene la pregunta: ¿quién eres, en realidad, y por qué buscas a Robert?

Sandra se mantuvo en silencio unos instantes. Luego contestó:

—No conozco a Robert. Pero es un familiar de alguien que fue muy importante para mí. Robert parece haber heredado la capacidad de aquel familiar para meterse en problemas. Le vi en una emisión de la televisión rusa clandestina, en una grabación que consiguió pasar la censura china, donde los llamados “Camaradas para una Nueva Rusia” dieron una conferencia. Allá estaba Mikhail Dietrich, el líder de la facción que los chinos consideran un grupo terrorista. También estaba Catia Yakusheva, una figura fundamental en el Servicio de Inteligencia ruso, el FSB. Me dije a mí misma que tenía que averiguar qué hacía Robert allá, en aquella conferencia de prensa. Y eso me ha traído hasta aquí.

Víctor asintió levemente, mientras daba un sorbo a la copa de vino. Olga se dirigió a Víctor, y le preguntó:

—¿Vas a creer todo eso que dice?
—¿Por qué no? —Contestó Víctor—. ¿Piensas que pueda tener algo que ver con Catia? Ella no actuaría así. ¿Mandar a una jovencita para averiguar qué sucede? No es su estilo.
—Un momento —interrumpió Sandra—. ¿Catia? ¿Catia Yakusheva? ¿Qué ocurre con ella?

Víctor miró a Olga. Asintió levemente. Olga respondió:

—Hay disidencias en el grupo. Se han formado dos facciones bastante antagónicas. Cada facción quiere lo mismo: volver a recuperar el control de Rusia de manos de China. Pero cada grupo diverge en los métodos a usar.
—Entiendo —comentó Sandra asintiendo—. Un grupo es el moderado. El otro es más extremista. La típica historia del terrorismo.
—Exacto —confirmó Olga—. Aunque no nos consideramos terroristas.
—¿”Nos”? —Víctor intervino.
—Sandra, a estas alturas ya sabes perfectamente que somos miembros de uno de los dos grupos. No nos tomes por estúpidos. Como nosotros no te tomamos por estúpida al haber venido aquí. Y es cierto: no nos consideramos terroristas. Somos un grupo de resistencia ante una invasión de un país soberano. Por supuesto, la propaganda china nos muestra como monstruos torturadores, capaces de cualquier cosa con tal de conseguir nuestros objetivos.
—¿Y es lo que sois?
—En absoluto —aseguró Olga—. La propaganda china funciona bien, pero no es perfecta. Tenemos muchos apoyos, aunque últimamente hemos perdido algunas operaciones y miembros.
—Por eso una facción del grupo de resistencia se está radicalizando —aseguró Sandra.
—Exacto —indicó Víctor—. Un grupo minoritario, pero poderoso, gestionado por Catia Yakusheva, quiere llevar a cabo planes y acciones de más poder. Más, digamos, destructivas y definitivas, para obtener lo que buscamos: liberar a Rusia del poder chino.
—¿Qué clase concreta de acciones? —Olga respondió:
—Armas NBQ.

Se hizo un silencio espeso unos instantes, que Sandra rompió.

—Entiendo. Armas nucleares, biológicas y químicas. Catia quiere resolver este asunto por la vía rápida.
—Exacto —confirmó Victor—. Nosotros nos oponemos a esa línea de actuación. Irá en nuestra contra usar ese tipo de armas para conseguir nuestros propósitos. Perderemos los pocos apoyos que tenemos ahora. Y ahora, vamos a hacer dos cosas: nos vas a decir qué quieres realmente metiéndote en la boca del lobo, y te vamos a llevar a ver a Mikhail Dietrich, el líder de nuestra facción.
—Entiendo. Mikhail Dietrich es el líder moderado. Ambos, Mikhail y Catia, se muestran unidos de cara al exterior. Pero son los líderes de las alas moderada y extrema de la organización.
—Así es —confirmó Olga—. Y ahora, dinos qué quieres realmente. Porque no nos creemos que vengas solamente a buscar a Robert. ¿Para quién trabajas? ¿Para la Global Security Agency? —Sandra suspiró.

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—No. No trabajo para la GSA. No tengo ningún interés en vuestras luchas internas entre Rusia y China. Y no tengo una agenda oculta. Solo estoy interesada en contactar con Robert, y verificar que su vida no está en peligro. Y, si es posible, llevarlo de vuelta a su ciudad natal, Amiens, Francia. Eso es todo. —Olga intervino.
—Veremos. De momento, se nos hace difícil tanto sentimentalismo en alguien a quien ni siquiera conoces. Pero no es misión nuestra decidir. Mikhail es la persona que decidirá qué hacer contigo. Te vamos a llevar con él. Ahora mismo.
—Sí —confirmó Víctor—. Y yo guardaré la cena en la nevera.
—Espero que no intentéis forzarme a ir —amenazó Sandra—. No me gusta que me coaccionen. —Olga sonrió.
—¿Y qué vas a hacer, bonita? Un phaser oculto lleva apuntándote a la cabeza desde que entraste, por si haces el más mínimo movimiento sospechoso. Y Víctor y yo vamos armados convenientemente para tratar con niñas occidentales.

Sandra no dijo nada. De pronto, en una esquina, un phaser ocultó explotó, cayendo en pedazos al suelo. En la confusión Sandra se acercó a ambos, y rápidamente extrajo las armas que Olga y Víctor llevaban colocadas y ocultas en su ropa. En diez segundos, el phaser oculto de pared se encontraba humeando en el suelo, y Sandra apuntaba a ambos con sus propias armas en las dos manos. Finalmente, dijo:

—Debo insistir en la necesidad de que no se me fuerce a hacer nada que yo no quiera. Es un consejo para evitar males mayores, y para que vuestra salud siga siendo excelente.

Víctor asintió, y sonrió. Olga, dirigiéndose a este, le dijo:

—Impresionante. ¿Lo ves, Víctor? ¿Qué más pruebas quieres de que es una agente especial? Joven, sin duda. Pero perfectamente entrenada.
—Demasiado bien entrenada y perfecta —aclaró Victor—. ¿Cómo has podido controlar el phaser oculto y hacerlo estallar? ¿Cómo has podido quitarnos las armas de ese modo y a esa velocidad?
—Mi compañero que tengo fuera rompió su seguridad. En cuanto a los phasers, sabía dónde los teníais ocultos desde el primer minuto. —Olga asintió levemente.
—Increíble. Tú no tienes ningún compañero fuera. ¿Eres una ciberagente?
—Algo de eso. Voy a ir con vosotros, si realmente no sabéis cómo localizar a Robert.
—No sabemos cómo localizarle —aseguró Víctor—. Pero Mikhail puede tener datos sobre él. Y conocer la razón de que estuviese en aquella conferencia de prensa.
—Bien. Vamos ya.

Sandra les entregó sus armas a Víctor y Olga. Esta se acercó y le susurró:

—Eso que has hecho sí me ha excitado a mí. —Sandra sonrió, y contestó:
—Conozco otros trucos que te gustarían.
—Espero poder probarlos —concluyó Olga sonriente.

Los tres se dirigieron al sótano,  y tomaron un aerodeslizador, que despegó de inmediato con rumbo sur. Al cabo de veinte minutos, Víctor comentó:

—Tenemos compañía.
—Ya lo veo —confirmó Sandra.

Tres aerodeslizadores pesados armados se colocaron a los lados y delante del de Víctor. Recibieron una comunicación:

—Siga al aerodeslizador delantero. No realicen movimientos bruscos. Tenemos cuatro cañones apuntando a sus motores. Este aviso no se repetirá.

—Parece que no nos queda otro remedio que seguirles —susurró Víctor.

Los aerodeslizadores se posaron en el suelo, en medio de un claro de un bosque. Era casi medianoche, y solo una Luna menguante iluminaba algo la escena.

De los tres aerodeslizadores surgieron diez soldados perfectamente armados, apuntando al aerodeslizador de Víctor. El que parecía el líder se dirigió a los tres:

—Gracias por seguir las instrucciones. No tenemos intenciones hostiles, a no ser que se cometan actos imprudentes. Nos interesa la chica morena: Sandra Kimmel. Tenemos instrucciones de llevárnosla. Vosotros dos podéis iros. —Víctor intervino:

—Sois soldados de Catia, ¿no es así?
—Todos estamos en el mismo bando —aseguró el soldado—. Sois vosotros los que imponéis restricciones para conseguir nuestros objetivos. —Olga intervino entonces:
—Usar armas químicas o biológicas, o nucleares, no es una forma de obtener buena propaganda de nuestras intenciones. Nos hará perder simpatías, y lo que es peor, apoyos desde fuera.
—El fin justifica los medios —sentenció el soldado—. Ahora, señorita Sandra Kimmel, va a acompañarnos. —Víctor se dirigió a Sandra.
—Veo que tienen un gran interés en ti. Al final me enteraré de qué va todo esto. Y de qué vas tú.
—Ni yo misma sé de qué va todo esto, Víctor. Pero iré con ellos. Si vosotros no sabéis cómo contactar con Robert, quizás ellos sí lo sepan. Volved vosotros. Ya contactaremos de nuevo. Solo pensad una cosa: si he de tomar partido, es por vosotros. —Victor sonrió.
—Es lo primero que dices que creo realmente. Creo que eres sincera.
—Lo soy. No estoy por la labor de participar en guerras, mucho menos por aquellas que empleen métodos obscenos y brutales como son las armas NBQ.

Víctor y Olga asintieron, y despegaron en el aerodeslizador del primero. Sandra subió a uno de los aerodeslizadores que les habían interceptado, que se dirigieron hacia el este durante cuarenta minutos.

Finalmente, aterrizaron en un lugar remoto, tras evadir dos patrullas chinas de control. Sandra fue acompañada a una gran sala subterránea con algunos muebles, incluyendo una mesa y dos sofás. El oficial al mando le dijo:

—Ahora esperará aquí, señorita. Y tendrá que contestar a algunas preguntas. Le aconsejo que sea honesta y diga la verdad. Sabemos más de usted de lo que pueda creer.
—Qué bien. Eso me pone en desventaja.
—Nuestro líder de zona le interrogará a continuación. Está muy interesado en hablar con usted.
—¿Por qué?
—Las razones que pueda tener las desconozco. Pero le aconsejo que siga sus instrucciones. Es el líder de zona; solo Catia está por encima de él. Tiene un gran poder.
—Vaya, qué miedo —susurró jocosamente Sandra. El oficial no dijo nada más.

Sandra examinó la sala. Varias cámaras ocultas estaban grabándola en la banda de luz visible, y en las bandas ultravioleta e infrarrojos. Al cabo de unos minutos, se abrió una puerta. Dos guardias se apostaron a los lados, fuertemente armados. Era evidente que el líder de la zona iba a aparecer detrás en cualquier momento.

Y así fue. Un hombre dio unos pasos. Miró a Sandra, y sonrió levemente mientras decía:

—Muy bien. Menudo regalo me han traído hoy los soldados. Esta es una sorpresa totalmente inesperada. —Sandra podía esperar muchas sorpresas. Pero nunca podría haber imaginado aquella.

—¡Robert!
—¡Exacto! Robert. Y tú eres Sandra. Sandra Kimmel.
—¿Me conoces?
—Conozco mucho de ti. La mejor amiga de mi abuela. La gran Sandra. La que metió a mi abuela en mil problemas y conflictos.
—Yo no la metí en ningún problema o conflicto. Ella se arreglaba muy bien sola para eso. De hecho yo la saqué de varios líos. Y parece que voy a tener que hacer lo mismo contigo ahora. Y ahora dime: ¿qué haces aquí? ¿De qué va toda esta locura, Robert? He venido a salvarte, y veo que estás más implicado de lo que podría haber imaginado jamás.

Robert se dirigió a un sofá. Se sentó, e invitó a Sandra a que hiciese lo mismo en otro sofá. Luego dijo:

—Yo no estoy metido en ningún lío. Al contrario. He sido nombrado recientemente como líder de zona por la misma Catia Yakusheva. Cargo que acepté gustoso.
—¿Y qué haces complicándote en estos asuntos? ¿Qué te importa a ti todo esto?
—¿No lo sabes? Hay una revolución en ciernes: liberar a Rusia de la opresión China. Es un gesto noble, en el que me he visto profundamente comprometido. Ayudar a los rusos en su lucha es lo menos que puedo hacer. Es una cuestión de honor.
—¿De honor? —Rio Sandrá—. Algo te llevarás a cambio.
—Bueno… algo sí. Algo de dinero. Algo de poder. Mujeres…
—¿Mujeres? Precisamente tienes fama de no tener problema con las mujeres.
—Es cierto. No hago esto por mujeres. Tengo todas las que preciso solo chasqueando los dedos. Soy irresistible.
—Qué presuntuoso.
—¿Es el águila presuntuosa por ser bella y el ave más poderosa de la Tierra? ¿Es el tigre presuntuoso por ser el felino más poderoso del planeta?
—Doblemente presuntuoso. Pero tu abuela también lo era. —Robert rio.
—De todas formas, no estoy aquí para hablar de la natural atracción que produzco en las mujeres. Sé que eres un androide, Sandra.
—Sé que lo sabes. Lo que no sé es qué estás haciendo aquí. ¿Quieres explicarte de una vez? ¿De qué va todo esto? —Robert asintió.
—Sí. Es cierto. De qué va… Todo esto va de poder, Sandra. El poder de obtener poder y dinero para mis investigaciones.
—¿Qué quieres decir?
—Es muy sencillo. Yo necesito recursos para mis investigaciones sobre exobiología y los mecanismos del XARN, el ARN de bacterias extraterrestres, para comprender sus misterios. Eso requiere de enormes cantidades de dinero y recursos. Como sabrás, el XARN es una estructura increíble: tiene la sencillez del ARN terrestre, pero la eficacia del ADN terrestre. Su comprensión y control nos puede permitir diseñar toda una nueva serie de organismos artificiales, y de medicamentos, para la Tierra. Millones y millones en beneficios para quien desarrolle toda una nueva gama de medicamentos para los países, hombres y mujeres que quieren salvar sus pobres vidas de las enfermedades.
—¿Te vendes a ellos por dinero? ¡Están intentando crear armas biológicas! ¿No te indigna algo así? Tú eres exobiólogo. Deberías ser el primero en comprender que no se puede usar la biología como arma. Es tremendamente peligroso. E inmoral.

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Robert miró con detenimiento a Sandra. Finalmente, contestó:

—No comprendes, Sandra. No comprendes nada. Qué decepción. Pensaba que eras más lista, visto lo que mi abuela decía de ti. Yo no estoy aquí por el tema del dinero para mi financiación solamente. Yo estoy contratado por Catia.
—¿Contratado? ¿Para qué?
—Es muy sencillo: Catia quiere armas biológicas. Yo voy a fabricarle esas armas. Si no lo hiciese yo, lo haría otro. ¿Por qué no llevarme yo el beneficio? Armas basadas en el XARN extraterrestre. Armas biológicas como nunca antes se han visto en la Tierra. Armas que someterán a China. Y, luego, si es necesario… al mundo. Rusia no solo será liberada; será de nuevo una potencia mundial de primer orden. Y yo tendré una gigantesca capacidad para descubrir los secretos más profundos de la vida no terrestre…

Sandra no supo qué decir. Robert parecía hablar completamente en serio. El nieto de Alice Bossard se había convertido en un fabricante de armas de destrucción masiva. E incluso si tenía una agenda oculta, Catia estaría esperando resultados preliminares antes o después. Resultados en forma de tests que deberían ser probados en cobayas humanas, como se hacía habitualmente en este tipo de desarrollos, fuera de los controles médicos y éticos estándar.

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Algo importante estaba ocurriendo con Robert. Había ido para intentar ver si estaba en peligro. Pero se había equivocado completamente. Robert no estaba en peligro; Robert era el peligro. Un peligro nunca visto, porque un arma basada en XARN extraterrestre era algo nuevo. E imposible de definir en cuanto a potencial letal. Incluso si estaba jugando a ganar tiempo, incluso si estaba mintiendo, incluso si realmente no creía en todo aquello, cualquier investigación sería supervisada. Y cualquier dato nuevo sobre una posible arma basada en XRNA debería ser destruido.

Tendría que actuar. Y tendría que hacerlo de inmediato. Pero no protegiendo a Robert. Sino acabando con su vida. Y con su proyecto. Y lo haría. Intentaría evitarlo. Pero, si no quedase otra opción, mataría al nieto de la que fue su mejor amiga. Y lo haría con el mayor dolor para ella.

Pero aquella locura debía ser detenida. De forma inmediata. Y de forma segura. Robert al parecer era el nuevo dios de la vida y la muerte, otro iluminado más en la historia de la Tierra convencido de su locura y de su fanatismo. Averiguaría hasta dónde había llegado en esa investigación. Y destruiría todo cuanto estuviese relacionado con aquel proyecto, todos los ficheros, las bases de datos, y con aquel que estaba dando forma a un arma que podría acabar incluso con toda la vida en la Tierra…


 

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

5 comentarios en “La estrella de Kítezh (III)”

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