La estrella de Kítezh (IV)

Tercera parte en este enlace.
Segunda parte en este enlace.
Primera parte en este enlace.

Cuarta parte de este relato sobre el origen de la disputa entre Sandra y Robert que ellos mismos discuten en “Las entrañas de Nidavellir”.

Sandra ha visto que Robert se ha unido a Catia en su deseo de desarrollar un arma biológica basada en XARN con el fin de hacer frente a la invasión china. Mientras tanto, Víctor y Olga se dirigen a ver a Mikhail Dietrich, a pesar de que no podrán presentarle a Sandra. Pero Víctor entiende que la intercepción de la que ha sido objeto debe haber sido causada por alguna filtración. Y Mikhail podría tener información adicional sobre dicha intercepción, e incluso sobre lo ocurrido con Sandra…

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Mientras Sandra y Robert hablaban por primera vez, el aerodeslizador de Víctor había despegado. Pero no con el rumbo que Olga esperaba.

—No vamos de vuelta a Moscú —aclaró Olga.
—Eres muy perspicaz. Seguimos nuestro camino para hablar con Mikhail Dietrich. Tenemos que informarle.
—¿Por qué? No tenemos ya a Sandra. ¿Crees que pueda aportar algo?
—Creo que Sandra no es en absoluto una estudiante.
—Eso es evidente.
—Y tampoco una típica espía. Tan joven, y tan perfectamente preparada. Parece tener un control absoluto de la situación. Es demasiado buena.
—Y tan bella… —Víctor suspiró.

—Olga, no quiero meterme en tu vida privada, y tus asuntos personales son tuyos, pero…
—No sigas por ahí, Víctor.
—Debes tener cuidado. Bastante peligrosa es ya esta vida que llevamos, para que atraigas la atención de los demás con tus intereses homosexuales.
—¿Son peores que los intereses heterosexuales? Porque a ti no te importaría tener una pequeña sesión de sexo con ella. Estoy segura. Y a mí tampoco.
—No se trata de lo que me gustaría a mí, o a ti. Se trata de que conoces perfectamente la situación de la homosexualidad y el lesbianismo en la actualidad. En Rusia difícilmente se ha tolerado nunca, y la mayor parte de la historia es de persecución. Pero los chinos son incluso peores. Y todos los países que conforman el Gobierno del Norte lo rechazan de pleno, con penas de trabajos forzados e incluso de muerte. Sabes que se les llena la boca de paz y libertad y derechos individuales cuando dan discursos. Y sabes cómo terminan luego estas cosas. —Olga no pareció convencida en absoluto.
—No me someteré a leyes que coarten ninguna de mis libertades básicas, Víctor. ¿Para qué luchamos? ¿Qué sentido tiene buscar la libertad de Rusia, si luego debemos escondernos por nuestras ideas, o por nuestras preferencias sexuales?
—No me des lecciones de moral ni discursos, Olga. Llevo protegiéndote dos años, explicando que eres una niña caprichosa para que no llames la atención. Pero eso no va a durar siempre. —Olga estalló:
—¡No necesito que me protejas, Víctor! ¡Necesito que se respeten mis sentimientos!
—¿Y qué crees que hacemos Helena y yo todos los días contigo? ¡Lo que no queremos es verte terminar en un campo de trabajos forzados con una condena de veinte años! Te apreciamos. Y queremos lo mejor para ti.
—Lo mejor para mí es que se reconozca mi derecho a ser como soy.
—Yo lo hago cada día. Helena también. Pero otros podrían complicarte mucho la vida…

Se hizo el silencio. El aerodeslizador comenzó a descender.

—Seguiremos hablando de esto —susurró Víctor. Olga asintió.
—Ya lo creo que seguiremos hablando de esto. No estoy jugándome la vida para crear una nueva Rusia que nos persiga por nuestras preferencias en materia de amor y sexo.
—Y otra cosa. ¿Se te ha ocurrido pensar en si a Sandra le gustan las mujeres?
—Yo haré que le gusten —comentó Olga con una media sonrisa.

Víctor rio, mientras el aerodeslizador aterrizaba en un lugar perdido cerca de la frontera de Siberia. Varios soldados se acercaron.

—Doctor, estábamos esperándole —dijo un oficial—. Acompáñenos, por favor.
—La joven viene conmigo. Está registrada y asegurada —comentó Víctor.
—Por supuesto.

Víctor y Olga fueron llevados a un edificio semioculto, con un búnker subterráneo. Allá fueron situados en un despacho. Ambos se sentaron en dos sillas frente a una mesa de oficina.

Al cabo de unos minutos, entró Mikhail Dietrich. Ambos se levantaron. Él les hizo un gesto de que se sentaran, y se sentó a su vez detrás de la mesa. Extrajo lo que parecía una botella de agua, y sirvió tres vasos. Se los acercó a Víctor y Olga. Luego, tras unos instantes, habló:

—Perdonad la tardanza. Estaba en una reunión. Recibí tu mensaje, Víctor. Sobre la joven morena estudiante de exobiología, que fue a verte a la universidad.
—Lamentablemente fuimos interceptados.
—Lo sé.
—¿Lo sabe, señor? Eso es lo que me temía; estamos siendo controlados. Y yo me siento como un títere. —Mikhail no contestó. Miró a Olga. Luego miró a Víctor.
—Tu joven acompañante es Olga Maslov. He oído hablar muy bien de ella. ¿Qué tal está, señorita Maslov?
—Muy bien, gracias señor.
—¿Te trata bien Víctor?
—Genialmente bien, señor.
—Oh, deja eso de señor. Me haces sentir viejo. Víctor y yo hemos pasado unas cuantas situaciones difíciles juntos en el pasado. Si él confía en ti, yo confío en ti.
—Gracias, señor.
—¿Alguna habilidad especial? —Víctor intervino:
—Sí: meterse en problemas. —Mikhail sonrió. Víctor continuó:
—Olga tiene un síndrome muy raro llamado hipertimesia;  es capaz de recordar todo lo que ha visto y oído. Si a eso se suma su capacidad de leer textos, gestionar imágenes de personas y objetos, y otros detalles, a una velocidad increíble, Olga se convierte en la persona perfecta para cualquier investigación compleja. Y algo mucho más importante: es capaz de encontrar patrones de relación donde nadie los ve.
—Así que es una analista de datos de primer nivel.
—La mejor que pueda imaginar, señor. Es la mente más sofisticada que he visto en toda mi vida en cuanto a manejo de matrices de información —confirmó Víctor.
—Vas a hacer que me sonroje —susurró Olga. Victor la miró sonriente:
—Solo estoy diciendo la verdad. ¿O por qué crees que te aguanto cada día?

Victor volvió la vista a Mikahil, y prosiguió:

—Olga ha solucionado varias situaciones complejas mediante análisis de datos. Sin necesidad de actuar como agente de campo.
—Eso está bien. Necesitamos jóvenes así. Inteligentes y capaces de luchar duro con sus mentes por Rusia. Porque será la mente la que venza a China, no las armas, o, al menos, no por sí solas.
—Estoy de acuerdo, señor.
—Y eso nos lleva a la joven que os acompañaba. Supimos que ibais a ser interceptados.
—¿Quién informó?
—Tenemos nuestros medios y nuestros contactos. Y es una pena; mientras solo sabíamos que esa tal Sandra era una joven estudiante, o quizás algún tipo de agente especial, no me preocupaba en demasía. Sí, habría que interrogarla, habría que ver qué interés especial tenía en Robert, esas cosas. Pero… ahora Sandra es una prioridad absoluta. —Olga intervino:
—¿Por qué, señor?  No parece tener nada en especial. Aunque sin duda es una agente muy bien preparada para su juventud.

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Mikhail dio un largo sorbo al vaso. Lo dejó luego en la mesa, y dijo con tono prominente:

—Sandra no es una mujer. —Víctor y Olga no pudieron evitar mirarse extrañados.

—A mí me lo parece totalmente, señor —comentó Olga.
—Ciertamente, a mí también —añadió Víctor. —Mikhail respondió:
—Lo sé. Y lo entiendo. Es comprensible, según los datos que me han dado de ella. Pero insisto: Sandra no es una mujer; es una androide. Modelo Quantum Computer System QCS-60.

Víctor y Olga tardaron unos segundos en responder. Fue Olga la que habló primero.

—Señor, disculpe que insista, pero tiene que haber un error. He conocido varios androides, algunos muy avanzados. Víctor tiene uno en casa. Son increíbles. Son casi humanos en muchos aspectos. Pero no dejan de ser androides. Les falta la vida. Les falta ese pequeño salto para dar esa naturalidad que solo un ser humano puede dar.
—Estoy de acuerdo con Olga —confirmó Víctor—. Aunque en casa Sandra hizo algunas cosas que podrían corroborar esa afirmación que usted dice. Pero se me hace difícil creer algo así. Se me hace muy difícil pensar que Sandra es una simple androide.
—No una simple androide. Y se os hace difícil porque es muy difícil de creer para cualquiera que haya tratado con ella. Pero no es humana. Es una antigua androide de infiltración y combate, que fue alterada al poco de ser diseñada, por alguien que desconocemos. Ese alguien le hizo algo a esa unidad en concreto, que la dotó de unas capacidades asombrosas. Los sistemas de control de presencia y los radares biológicos la detectan como humana. Y ella tiene un comportamiento asombrosamente humano. Incluso, me han confirmado, podría llegar a desarrollar algún tipo de emociones.
—Eso es absurdo —sentenció Víctor—. Los androides son máquinas; pueden imitar sentimientos, pero no desarrollarlos. ¿Su informador es de fiar?
—Mi informador es de fiar, sí —confirmó Mikhail—. Y a mí también me parece increíble todo esto. Pero, al parecer, esta misma información la posee también Catia. Por eso se nos adelantó, y por eso se llevó a la androide consigo. Pero vamos con otro asunto.

Mikhail proyectó unas imágenes en una pantalla tridimensional. Se veían algunos datos. Al instante, Víctor declaró:

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—Secuencias del genoma de una bacteria de la luna Encelado de Saturno.
—Muy bien. Así es. Como sabréis, Catia está obsesionada con un arma biológica para enfrentarse a China. La investigación se basa en estos datos, o mejor dicho, parte de estos datos, para crear ese arma. Víctor, tú eres uno de los mayores expertos en exobiología de la humanidad. ¿Qué pasos darías tú para crear un arma a partir de todos estos datos? —Víctor se mantuvo pensativo unos instantes.
—Es complicado, señor…
—¿Qué tienen de especial esas bacterias? ¿No son como las terrestres?
—No exactamente, señor. Las bacterias de Encelado y de Europa, también las de Titán, parecen estar situadas en una fase media en la escala evolutiva entre los virus y las bacterias de la Tierra. El XARN que les da su morfología reproductiva precisamente se basa en una combinación de las propiedades del ADN y el ARN de la Tierra. De hecho, las exobacterias, que es como las llamamos en términos académicos, disponen de las propiedades de los virus, y las ventajas de las bacterias. Son capaces de infectar a otros organismos, pero, en ausencia de estos, pueden reproducirse y desarrollarse mediante el entorno inmediato de sus respectivos medios naturales.
—¿Y si entran en contacto con un ser humano?
—Son incapaces de crear una infección. La mecánica invasiva y las moléculas implicadas son incompatibles con las terrestres. Al menos, de momento. Sí podemos esperar que, dada una evolución de esas exobacterias en la Tierra, si pudieran llegar a prosperar en nuestro ambiente, podrían crear nuevos mecanismos de invasión de células eucariotas humanas y de otros animales. Pero la morfología es tremendamente distinta. Eso podría llevar siglos, incluso milenios. Se trata de dos líneas evolutivas muy separadas.
—¿Y crees que Robert pueda estar acelerando ese proceso? ¿De una forma artificial?
—Es muy probable que sea esa su estrategia. Crear un patógeno basado en una modificación de las exobacterias, para atacar a las células humanas.
—¿Y las consecuencias?
—Serían devastadoras. El cuerpo humano no reconocería nunca esos patrones bioquímicos como dañinos. Las exobacterias no encontrarían resistencia. Serían eficaces y mortales en el cien por cien de los casos. Podrían proliferar hasta acabar con el planeta, o, con suerte, hasta encontrar a algún humano que disponga de una variante genética que le dote de algún tipo de defensa.

Los datos de la pantalla desaparecieron. Mikhail se frotó la cara, y dijo:

—Pensamos que van a obligar a Sandra, a esa androide, a ayudarles con la investigación.
—¿Está seguro, señor? —Preguntó Víctor no muy convencido.
—Aunque Robert sea un genio necesitará ayuda del tipo que sea para desarrollar un arma así. ¿Qué mejor que un androide con capacidades humanas?
—No conozco nada de Sandra, señor. Pero tengo la impresión de que no está motivada a crear armas de destrucción masiva. Además, si sigue siendo un androide, no puede atacar a todo el planeta. No puede acabar con la humanidad. Lo tiene estrictamente prohibido en su programación. Y, cuando nos dejó, nos dijo que estaba de nuestro lado.
—¿Eso dijo?
—Sí, señor.
—¿Y si han alterado su programación? ¿O si la alteran ahora para trabajar con el fin de crear un arma total?
—Todo androide se diseña para que una modificación así los deje inoperativos. No creo que Sandra tenga que ser diferente. No me lo pareció, por lo que hablé con ella, ahora que sé que es una androide.

Mikhail se levantó. Olga y Víctor se levantaron a su vez. Mikhail miró a Olga, y sonrió:

—Mi querida Olga, mientras hablaba con Víctor, he pensado en un trabajo en el que podrás ayudarnos.
—Lo que sea, señor.
—Tenemos una gran cantidad de datos acumulados sobre todo esto: documentos, correos, vídeos, informes… Necesito que los examines. Nosotros lo hemos hecho con una IA y algunos expertos. Pero una inteligencia artificial es limitada por naturaleza. No es capaz de encontrar las sutilezas, los detalles, los pequeños huecos que algunos datos pueden contener. Solo una mente humana puede hacer eso. Y tú pareces especialmente preparada para algo así.
—Es cierto, señor.
—Tú serás esa mente. Irás más allá de la inteligencia artificial y de nuestro equipo de investigación. Quiero que busques patrones, pistas, detalles. Por insignificantes que sean. Te daré todos los recursos que me pidas. Pero no podrás salir de estas instalaciones mientras dure tu trabajo.
—Lo comprendo, señor.
—Y tú, Víctor, te quedarás para crear un antígeno para el patógeno de Catia. Algo que suprima a ese arma biológica. —Víctor alzó las cejas con cara de sorpresa.
—¿Yo? ¿Crear un antígeno? ¡Pero señor, si ni siquiera sé lo que están preparando Catia y Robert! ¿Cómo puedo preparar un antígeno para un arma cuya naturaleza desconozco?
—No es necesario que conozcas los detalles. Piensa en cómo esas exobacterias podrían dañarnos una vez alteradas. Luego piensa en un modelo que pueda contrarrestar ese daño. En definitiva: una vacuna para combatir el arma de Catia y Robert.

Víctor asintió. Luego dijo:

—Es un trabajo titánico.
—Lo sé. Y es una situación desesperada.
—Estoy de acuerdo, señor. Está bien. Yo también necesitaré recursos y ayuda para algo así. Los mejores equipos. El mejor personal.
—Tendrás a toda la organización detrás. Cualquier cosa que pidas, te la daremos. Pero hemos de detener a Catia. Y hemos de prepararnos ya.
—Sin duda, señor. Haré todo lo que esté en mi mano.
—Muy bien. Podéis retiraros. Se os asignarán habitaciones, donde tenéis algo de comida. Comed, y descansad bien. Tenemos mucho trabajo.

Víctor y Olga fueron llevados a habitaciones contiguas. Antes de entrar, Olga se dirigió a Víctor:

—Menuda ha resultado ser nuestra pequeña gran Sandra, ¿eh? —Víctor resopló asintiendo lentamente.
—Ya lo creo. La ves, y parece una simple jovencita inocente. Pero aquellos movimientos eran demasiado rápidos. Demasiado precisos. Debí de haberme dado cuenta.
—Era imposible, Víctor. No te lo recrimines. Es una androide. Pero es humana. Tremendamente humana.
—A ti te lo parece en todos los sentidos. ¿Ha desaparecido tu interés en ella? —Olga alzó las cejas, y respondió:
—¿Desaparecido? ¡Se ha incrementado exponencialmente!

Víctor rio levemente.

—Cuídate, pequeña. Y descansa bien.
—Lo mismo digo. Helena te matará si se entera de todo esto.
—Y hará bien en matarme. Afortunadamente no vuelve a casa en tres semanas. Y sabe que si no contesto a sus mensajes es porque estoy metido en algún lío. Buenas noches.

Víctor entró en la habitación. ¿Podría dormir, pensando en que, al día siguiente, tendría que enfrentarse al mayor reto de la historia de la biología? Ni más ni menos que una cura para un arma imposible, que provenía de un mundo distinto al planeta Tierra. ¿Existía algo más complicado? ¿Y por qué sonreía?

Sonreía porque el reto le parecía apasionante. E increíble. Y lo haría. Por supuesto que lo haría. Aunque tuviese que pedir ayuda al infierno. Lo haría…


Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

3 comentarios en “La estrella de Kítezh (IV)”

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