La estrella de Kítezh (V)

Cuarta parte en este enlace.
Primera parte en este enlace.

Quinta parte de este relato sobre el origen de la disputa entre Sandra y Robert que ellos mismos discuten en “Las entrañas de Nidavellir”.

Sandra se encuentra ante la tesitura de destruir el complejo oculto donde se desarrolla el arma basada en XARN, pero con el peligro de que puedan quedar datos no controlados y personal conocedor del trabajo de Robert Bossard, el nieto de Alice Bossard. Alice, sin duda la mejor amiga que nunca tuvo Sandra.

Debe por ello llevar a cabo una estrategia conservadora de investigación, y verificar hasta dónde se ha llegado en el desarrollo del arma, además de buscar la manera de acabar con todo el proyecto…

“ Mi mejor amiga no era humana; era una androide. Algunos valoran a sus amigos por lo que tienen. Otros por lo que son. Yo la valoré porque me dio su amistad. Nunca juzgues a alguien por quién es, sino por el amor que te pueda llegar a dar”.

(Alice Bossard. Extracto de su testamento).

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Sandra fue acompañada a un despacho al amanecer. Había pasado la noche en una celda, mientras intentaba comprender y asimilar todo lo que estaba ocurriendo desde que llegara a Rusia como simple estudiante de exobiología.

Entró en una sala con dos mesas, varios mapas virtuales y dos sillas. Se le indicó que se sentara en una de las sillas, mientras dos guardias se mantenían en la puerta con fusiles phaser en sus manos.

Al cabo de unos instantes, por una segunda puerta semioculta apareció Catia Yakusheva. Portaba en la mano lo que parecía una taza de té. Se sentó en la silla tras su mesa, y dio algunas vueltas al contenido de la taza, antes de tomar un sorbo. Luego miró a Sandra, sonrió, y preguntó:

—¿Quieres un té, querida?
—No gracias. Ya he desayunado esta mañana.

Catia sonrió levemente. Dejó la taza en la mesa, y suspiró.

—Muy bien. Aquí tenemos a la gran Sandra. La extraordinaria androide de facultades casi ilimitadas. Y genuinamente humana.
—¿Quién le ha contado eso?
—Trátame de tú, querida. Vamos a vernos a menudo a partir de ahora.
—Eso habrá que verlo. Y no soy humana —terció Sandra.
—No lo eres. Pero lo pareces. Mucho más que cualquier otro androide. Las razones son desconocidas. Pero eres extraordinaria, y por eso estás aquí: para lograr algo extraordinario. Por cierto, ¿por qué no has destruido tu celda, buscado a Robert para asesinarlo, y destruir las instalaciones? ¿Y a mí misma?
—No me tome por estúpida. Los datos de las investigaciones pueden estar en otros lugares además de aquí. Puede haber otras personas implicadas en la investigación que desconozco. Actuaré cuando sepa que la eliminación de los datos y el personal relacionado con esos datos es completo. —Catia asintió.
—Muy bien. Función sistemática de eliminación de pruebas, y estrategia eficaz para ello. Se nota que eres una androide de infiltración y combate. Y es muy cierto. Es muy probable que tengamos otros contactos, otro personal involucrado. Otros investigadores, menos avanzados que Robert claro. Pero con la información disponible. En todo caso, te hemos traído aquí para una tarea muy concreta. Y eso se lo debes agradecer, en primer lugar, a un colega muy capaz.

Catia pulsó un botón del panel que tenía en su mesa. Por la puerta entró un hombre. Sandra exclamó:

—¡Yury Gordeyev!
—Exacto. ¿Qué tal estás, Sandra?

Yury Gordeyev. El ingeniero con el que había tenido una conversación en el aeropuerto, camino de Moscú. Estaba allí, frente a ella. Este continuó:
—Me alegro que hayas llegado a estas instalaciones sana y salva. Esa era mi misión. Te dejo ahora a solas con Catia.
—¿Cómo sabías que era yo tu objetivo?
—Es muy sencillo: Robert me dio todos los datos que tenía sobre ti. De hecho fue demasiado fácil. Aquellas imágenes de televisión no fueron emitidas por la televisión; las inserté yo en el sistema del bar que sueles frecuentar, y me aseguré de que vieses a Robert. Sabíamos que te llamaría poderosamente la atención. Como digo, fue muy sencillo. Pero no se lo digas a Catia, o no me pagará el trabajo. —Catia sonrió, y replicó:
—Fue un buen trabajo, Yury. Y tu sueldo está garantizado. Déjanos a solas ahora, por favor.
—Por supuesto.

Yury desapareció por donde había venido. Catia consultó unos datos que acababa de recibir. Luego miró a Sandra.

—Víctor y Olga. Dos grandes patriotas, sin duda. Solo ligeramente ciegos. Ligeramente equivocados en algunas ideas, como le ocurre a Mikhail Dietrich, al cual respeto profundamente.
—Yo creo que ellos son conscientes de la realidad de la situación. Saben que un arma biológica no es la mejor publicidad para conseguir liberar a Rusia. Y estoy de acuerdo con ellos.
—Claro. Hay que ser buenos. Hay que ser humanitario. Qué ingenua eres, Sandra. Incluso para ser una androide. ¿Te han contado que soy muy mala, y que desayuno niños chinos con el café?
—Me han dicho que está poniendo un gran esfuerzo en diseñar un arma basada en el XARN, y eso es suficiente para mí.

Catia no dijo nada. Proyectó unas imágenes. Se veían distintas situaciones de gente torturada, viviseccionada, sometida a experimentos crueles, y decenas de cadáveres. Luego las imágenes desaparecieron.

Esto que has visto es solo un pequeño fragmento de las operaciones de experimentación, tortura y sometimiento que China está cometiendo con el pueblo ruso. Y no creas que Mikhail no las conoce. Las ha vivido, porque él mismo fue prisionero, y su mujer fue usada en experimentación con las mismas exobacterias con las que estamos experimentando nosotros. ¿O creías que los chinos no están también intentando crear un arma basada en el XARN extraterrestre? —Sandra no contestó. Catia continuó:

—Esto no es ni más ni menos que una carrera, Sandra. Y, el primero que diseñe un patógeno efectivo basado en las exobacterias, ganará esa carrera.
—Pero ese patógeno destruirá la Tierra. Será un genocidio a nivel planetario.
—No me tomes por estúpida tú ahora—señaló Catia— Esa es la tontería que cree Mikhail. No estoy loca, ni tengo ese deseo irrefrenable del que me acusa Mikhail de querer dominar el mundo. El patógeno funcionará. Pero tendrá un marcador genómico; solo atacará a ciertos grupos de seres humanos. Precisamente a aquellos que son característicos de los chinos.
—Pero eso no es cien por cien efectivo. Puede matar a cualquiera que posea ese marcador. ¿Y va a decirme que matar al pueblo chino no es también un genocidio?
—No pretendo usar este arma, excepto como último y desesperado recurso. Pero dime una cosa, Sandra: ¿cómo ganaron la guerra contra el Japón los Estados Unidos? ¿Cómo evitaron la muertes de cientos de miles de aliados, y de millones de japoneses?
—Mediante las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Y fue una monstruosidad. Pero esto además…
—Esto es exactamente lo mismo —interrumpió Catia—. Si acabo con una ciudad china de un millón de habitantes, o de dos millones, China deberá someterse a escuchar las demandas del pueblo ruso frente al senado del Gobierno del Norte. Tendrán que capitular, como hizo Japón. Nuestras quejas sobre el tratamiento que se da a nuestro pueblo será escuchado. Las pruebas que tenemos de torturas, violaciones, robos de menores, trata de órganos, experimentación con personas sanas, incluso niños, serán escuchadas. Tendremos un pie en el cuello de China. Y podremos liberar a nuestro pueblo. Y se reconocerá nuestra capacidad para volver a crear una Rusia libre y próspera.
—No tengo nada en contra de una nueva Rusia libre y próspera. Son los medios lo que me preocupa. Sin duda puede haber otros medios, otros caminos para…
—Señálame uno solo de ellos. Dime que sabes cómo detener la matanza de mi pueblo. Dime cómo puedo detener las deportaciones de cientos de inocentes a los campos de pruebas médicas en China. Dime cómo puedo detener las violaciones, los saqueos, el hambre, las torturas… Dime solo un medio realmente eficaz que permita detener todo esto ya, para que no haya ni una sola víctima inocente más, y te doy mi palabra de que llamaré a Robert para agradecerle su trabajo, pagarle, y que vuelva a Francia. Dame solo una pista que sea realista y eficaz, Sandra, y te doy mi palabra de que mañana estarás de vuelta en San Francisco.

Se hizo el silencio. Finalmente, Sandra contestó:

—No puedo. No en este momento. Pero siempre hay otros medios. Pueden tener otros costes asociados. Y a veces se paga un alto precio. Pero un genocidio, incluso el exterminio de una sola ciudad, está fuera de toda razón. Si la causa es la liberación de un pueblo, nunca deberá hacerse a costa de la opresión a otro pueblo.

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Catia levantó las manos, como en señal de conformidad. Pasaron unos segundos más.

—No podría estar más de acuerdo —confirmó Catia. Sandra se extrañó.
—¿Entonces?
—Para eso te hemos traído, Sandra.
—¿Para qué?
—Eres una androide excepcional. Tus capacidades son asombrosas. Has mediado en conflictos imposibles. Robert me habló de ti, cuando le dije, precisamente, que el arma biológica era un extremo. Pero, para llegar a ese extremo, hay primero que buscar todas las alternativas. Precisamente él fue el instigador de que vinieras aquí. Yury solo se nutrió de los datos de Robert. ¿Y qué mejor forma de buscar alternativas que contigo?
—No acabo de entender…
—Con la abuela de Robert, Alice, batisteis varios records de delitos, pero también sacasteis a la luz toda la corrupción de la G.S.A. y sus actividades ilegales. Y demostrasteis sus prácticas de manipulación genética experimental. Alice murió. Pero ahora está Robert, que ha heredado muchos elementos de Alice. Y estás tú.
—¿Robert está construyendo un arma biológica de destrucción masiva, pero al mismo tiempo me pide que colabore con él en una solución alternativa?
—Sí. Eso es lo que quiero.
—¿Y si él se niega? No creo que su idea… —Catia levantó las manos, y cortó la frase de Sandra diciendo:
—No, querida, al parecer no me he explicado bien: es Robert quien hizo la propuesta. No yo. Yo la he apoyado. Pero él es quien está detrás del interés por traerte aquí.

Sandra cada vez entendía menos de qué iba todo aquello. Primero verifica que Robert es un loco megalomaniaco con el sueño de crear un arma definitiva con el XARN, para con ello convertirse en el biólogo más importante de la historia de la humanidad, al ser el primero en comprender y manipular el XARN extraterrestre. Ahora, sin embargo, también es el promotor principal de una solución que irá en contra de su oportunidad de crear un arma que él mismo estaba desarrollando. Algo no cuadraba.

—Supongo que no tengo opción —sentenció Sandra.
—No te vamos a dañar. No te vamos a hacer nada. Pero no te vamos a dejar marchar. Sabes ya demasiado. Puedes colaborar para encontrar una alternativa al plan del arma biológica. O puedes ser encerrada en una sala con sistemas de protección capaces de aguantar tu poder. Sabemos que dispones de un phaser en un brazo capaz de destruir un edificio entero. Y un dron de combate muy sofisticado alojado en el otro brazo. Sabemos que eres capaz de introducirte en casi cualquier sistema. Pero, incluso así, no podrías salir entera de aquí. Este complejo subterráneo dispone de varios anillos de defensa, que funcionan de fuera adentro, pero también de dentro afuera.
—No voy a huir. Sería una irresponsabilidad. Voy a colaborar. Este asunto es demasiado importante. Demasiado delicado. —Catia asintió.
—Eso esperaba de ti. Colaborarás con Robert en una alternativa, la que sea, para no necesitar del arma biológica. Pero quiero ese arma, y quiero ver progresos. Él se encarga de eso. Tú y él os encargáis de que yo nunca tenga que dar la orden de usarla. ¿Ha quedado claro?

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Sandra asintió pensativa. Catia llamó a la guardia.

—Llevadla con Robert. Que se conozcan mejor. Que empiecen a colaborar de inmediato. Y yo, querida, estaré aquí, disponible para cualquier cosa que necesites.

Sandra fue llevada a un laboratorio, donde Robert se encontraba sentado frente a varios paneles tridimensionales. La puerta se abrió, y entró Sandra. Robert se volvió, sonrió, y dijo:

—Vaya. Por fin. Aquí está la cafetera con las mejores piernas del planeta.
—No esperes que me ría de tu gracia —le dijo Sandra con disgusto. Robert frunció el ceño.
—Oh, cafetera, me decepcionas… Aunque eres consecuente con lo que Alice decía de ti: que eres una amargada, siempre fría, siempre lógica…
—Era lo que tenía que ser para impedir que a tu abuela le volaran la cabeza cada dos por tres. Y a ti no te vuelo la cabeza en este instante porque no sé qué progresos has hecho, y quién tiene esos progresos en su poder.
—Y me matarás en cuanto estés segura de que, acabando conmigo, acabas con el peligro del arma basada en XARN.
—Puedes estar seguro. Es un peligro para el planeta.
—Ya. Pero también he pedido que vengas. Yo organicé que finalmente estés aquí. ¿No te lo ha explicado Catia?
—Con detalle. No me lo trago. Es una tapadera. Quieres algo más de mí. Quizás intentar convencerme de que colabore para crear ese arma biológica. —Robert rio.
—Claro, y también quiero que me cuentes alguna de tus aventuras con mi abuela Alice, y que me hagas un masaje sensual y relajante… No, Sandra; la petición es genuina: buscar juntos una alternativa al arma biológica.
—No te creo.
—No tienes por qué. No colabores conmigo, y la única salida será el arma biológica. Cuando el arma esté acabada se usará, con un resultado totalmente impredecible y millones de muertos potenciales. Fin de la historia.

Sandra suspiró. A Robert le impresionó ese gesto. Era solo un detalle. Pero todo en aquel androide indicaba el comportamiento de un ser humano. Solo que Sandra no era un ser humano. Sandra guardaba, sin duda, un secreto increíble en su interior. Era especial. Y esa era la causa de que hubiese urdido todo el plan para traerla hasta él.

Sandra miró con curiosidad a Robert. Algo de Alice tenía. Pero no era ella, era evidente.

—Definitivamente, no eres Alice.
—Definitivamente, has acabado por comprender lo obvio.
—No, no… —aclaró Sandra—. Alice era todo temperamento y un volcán, pero no tenía tus delirios de grandeza, ni tu capacidad de manipular la realidad. Aunque estaba loca, era una locura sana y feliz. Tú eres una perversión; un lado oscuro de Alice.
—¡Uoooooh! —rio Robert—. Casi me he mareado del miedo.
—Sigues sin ser gracioso.
—Sigue sin importarme. Ven, Sandra. Te enseñaré algo.

Sandra siguió a Robert a través de un portón disimulado que se abrió en un lado del laboratorio. Allí llegaron a una sala gigantesca, como un gran almacén. Unas cajas con el símbolo de la Titan Deep Space Company cubrían esas cajas. Robert señaló las cajas.

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—Este es un almacén bioestéril, protegido de organismos patógenos terrestres. Las cajas que ves ahí son automantenidas, y se encuentran a la tempertura del interior de Encelado, con una atmósfera similar a la del satélite de Saturno. En su interior se encuentran muestras de las exobacterias que usamos como base de experimentación.
—Pero esas cajas tienen la marca de la Titan Deep Space Company.
—Correcto. Es la empresa que directamente nos suministra las muestras. También se las vende a los chinos. Ellos tienen las mismas muestras.
—Entonces, a la Titan Deep Space Company no le importan quiénes compran este material, ni por qué.
—Exacto. La Titan Deep Space Company solo vende el producto a quien pueda pagarlo. Los chinos y nosotros pagamos una considerable cantidad de dinero para tener esta doble exclusiva. Nadie más recibe material. Esto lo convierte en una carrera.
—Entiendo. Por ver quién se lleva el gran premio de conseguir una variante de la exobacteria capaz de atacar el organismo humano.
—Eso es.

Sandra se acercó a Robert, que la observaba impávido.

—Si estuviese aquí Alice te diría que abandones todo esto de inmediato. Tú no puedes estar colaborando en el desarrollo de un genocidio.

Sandra se sorprendió cuando Robert la tomó del brazo, y la llevó a una esquina. Iba a resistirse, pero algo la detuvo. Robert se dio la vuelta, y la miró atentamente. Dijo en voz baja:

—Parece que no eres tan perspicaz como me había contado mi abuela. No te he traído a esta sala solamente para mostrarte las cajas. Es una sala autosellada a todo tipo de radiaciones electromagnéticas, sonoras, gravitatorias y de materia oscura.
—¿Y qué quieres, Robert? ¿Seducirme como a cualquiera de tus amiguitas?
—No seas tonta. ¿Yo, fijándome en una cafetera que camina y habla? Tendría que estar loco. Te he traído aquí porque Catia quiere un arma biológica basada en XARN. Y yo voy a tratar de dársela. No puedo engañarla, ya te lo dije, porque expertos en exobiología examinan mis avances. No los comprenden completamente, pero sí pueden detectar si estoy simplemente jugando al juego de despistarlos. Otro simplemente crearía el arma y cobraría por ello. Yo necesito concentrarme en eso. Pero Alice decía que eras capaz de inventar soluciones increíbles. Que eras mágica buscando respuestas. Ahora necesito esa magia, Sandra. Necesito que encuentres la forma de solucionar una guerra biológica que podría acabar con muchos millones de inocentes…

Sandra examinó a Robert. Su corazón estaba acelerado, y su respiración agitada. Su voz no temblaba, y su actividad cerebral no parecía tener disfunciones propias de quien está mintiendo. Pero no podía estar completamente segura. Robert había demostrado desde su juventud ser un joven muy capaz. Sandra dijo al fin:

—Si Catia se da cuenta…
—Catia lo sabe todo. Sabe que podría buscar a otros para crear el arma. Sabe también que otros podrían tardar cuatro, cinco veces más que yo en desarrollar el arma. Sabe que los chinos están trabajando en un arma igual, basada en XARN, pero sus científicos se encuentran por detrás de mis investigaciones. Y sabe que solo confiaría a ti la posibilidad de encontrar una solución alternativa en la que ella no cree. Pero esto es un quid pro quo entre ella y yo: yo le doy el arma. Ella me permite buscar alternativas contigo.
—¿Y si fracasas? ¿Si no eres capaz de encontrar el arma? ¿Y si no es posible?
—Ese escenario no existe. Los chinos saben que busco desarrollar el arma. Porque es factible. Complejo, pero factible. Como lo fue desarrollar la bomba atómica a través del proyecto Manhattan. Es una carrera por llegar el primero. Quien lo consiga tendrá en su poder dominar al otro.
—Y destruir el mundo. —Robert asintió.
—Exacto. Y ahí entras tú. Yo soy biólogo. Y tengo algunas capacidades organizativas y de decisión en situaciones complejas. Es algo que quiero potenciar, y conozco a un misterioso y al parecer poderoso hombre de algo más de treinta años, ojos grises y que siempre va con tejanos y una camiseta raída, y que me ha ofrecido trabajar para él. Pero eso es el futuro. Ahora necesito…

En ese momento entró Catia. Robert, que se dio cuenta, tomó a Sandra en sus brazos, y la besó, mientras le ponía la mano en la parte baja de la espalda. Sandra se dio cuenta de la situación, y prefirió no reaccionar. ¿Era por la entrada de Catia? Y si era así, ¿por qué parecía no importarle?

sandra

Catia habló en ese momento:

—Robert. Empiezo a estar cansada de tus sórdidas aventuras sexuales. Y no esperaba que empezases tan pronto con Sandra. Aunque sea una androide, suponía que la incluirías en tu menú de mujeres objetivo. Y parece que no has perdido el tiempo. —Robert se separó de Sandra, y respondió:
—Lo sé, y procuraré ser más discreto. Pero quedamos que el tema aventuras era algo de mi competencia. Además, mi atractivo sexual es algo inapelable. Que tu personal femenino caiga en mis brazos sin dudarlo no es un fallo de ellas; es algo que tengo que no pueden evitar. Soy sencillamente irresistible. Incluso para esta lata que tengo delante.

Catia asintió levemente. Luego contestó:

—Nunca había visto a un hombre tan presuntuoso y arrogante en temas de sexo, y he conocido los suficientes. Haz lo que quieras. Mientras el trabajo salga adelante, tus sórdidas aventuras sexuales no me interesan. Pero no quiero que eso os distraiga ni por un instante. De Sandra puedo fiarme; al fin y al cabo, sigue siendo una androide. Pero tú vas a comportarte. Y no me causarás problemas. En tu tiempo libre haz lo que quieras; si en sus horas libres una empleada accede a acostarse contigo es un tema personal y su problema. Pero que no entorpezca el trabajo.
—Puedes estar segura de ello —afirmó Robert. Catia se dirigió a Sandra.
—Sandra, sé que eres un androide. Pero si Robert te molesta, dilo. No se lo permitiré.
—No pasa nada —contestó Sandra—. Robert es muy impulsivo, también sexualmente, como lo era su abuela Alice. Y yo estoy programada para gestionar estas situaciones.

Catia no respondió. Miró a ambos un momento, y se alejó. Robert no pudo reprimir una leve risa.

—Esto me recuerda a la escena del colegio, cuando te pillan dándole un beso prohibido a la chica que tanto te gusta.
—¿Tanto te gusto, Robert? ¿No habíamos quedado que yo era una cafetera?

Robert miró a Sandra un momento pensativo: finalmente, contestó:

—¿Gustarme? ¿Tú? ¿Te has vuelto loca? Eres una cafetera. Pero te lo he dicho antes: eres la cafetera con las mejores piernas del planeta. ¿Vamos a trabajar? Te daré accesos a la computadora y a la red. Por supuesto, completamente restringidos y controlados.
—Por supuesto —repitió Sandra.
—Muy bien, muy bien —asintió sonriente Robert—. Creo que este es el comienzo de una bonita amistad.
—No te pareces mucho a Humphrey Bogart —afirmó Sandra.
—Pues tú sí tienes un estilo a Ingrid Bergman. Elegante. Misteriosa. Casi diría que mágica.
—¿Mágica? No esperes milagros de mí, Rick.
—No los espero. Solo espero que estés a la altura de lo que Alice me contaba de ti. Vamos, tenemos mucho, mucho trabajo por delante…


Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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