Historia de un amor que no fue

Aviso: confesión lacrimógena de mi juventud. Léalo bajo su propio riesgo. Hoy tocaba recordar el pasado y ponerse nostálgico.

Una de las consecuencias de hacerse mayor es que el baúl de los recuerdos del pasado se hace más y más grande. A veces, tan grande que parece ocupar todo el espacio de la mente, absorbiendo nuestro presente, y negando nuestro futuro.

Pero eso no significa que no sea bueno recordar, porque son los recuerdos los que nos hacen humanos, y son los que conforman nuestra personalidad. De eso hablaba recientemente con mi hermana, mientras me ofrecía una de sus madalenas caseras, las cuales son imposibles de rechazar.

Mi recuerdo se fue a una antigua amiga, Ana (nombre inventado, no es necesario dar detalles).

Yo creo, sinceramente, que nunca he visto a un ser tan puro, tan dulce, y tan inocente en mi vida como lo era Ana. Si buscabas “Inocencia” en la enciclopedia, casi seguro que había una foto de ella.

No, en serio, era todo dulzura. Nos conocimos en clases de inglés. Yo tenía dieciséis años, ella catorce. Enseguida me encariñé de ella, pero no con ese sentimiento “carnal”, que alguno podría imaginar. En absoluto, la veía algo así como a una hermana pequeña, que se pegó a mí enseguida, y a la que tenía que cuidar.

Ana salía del colegio con su uniforme de colegio de pago y religioso. Ya saben, esos uniformes de blusa y falda tan típicos, que ustedes habrán visto probablemente muchas veces en estudiantes de ese tipo de colegios. Llegaba a inglés, y supongo que se apoyaba en mí porque era muy tímida, y, en muchos aspectos, yo también lo era.

Así estuvimos dos años. Nuestra amistad siguió ahí, o eso creía yo. Un día la estaba llevando a su casa en el coche de mi padre, con mi carnet de conducir recién estrenado. Ella iba detrás, y yo con un compañero del instituto, que iba sentado en el asiento del copiloto. En un momento dado, se asomó por entre los asientos, y me dijo muy seria: “qué bien cambias de marchas”.

Mi amigo y yo nos miramos asombrados. Lo decía en serio. Estaba asombrada de cómo conducía. No es que yo condujese mal (de hecho conducía desde los quince años, pero que no salga de aquí ese pequeño detalle). Ana era tan inocente que algo tan simple como mi conducción la asombraba.

Poco después empecé a salir con una chica, compañera de clase, y nos dejamos de ver. Me fui al servicio militar, volví destrozado del servicio militar, y aquella novia desapareció. Yo monté un grupo de música, y empecé a hacer algunas actuaciones con un pequeño grupo de rock.

En ese momento pensé en cómo estaría Ana. La llamé, y se puso su madre. Una mujer muy agradable, que me dijo que su hija estaba enferma, pero que podía visitarla si quería. Sabía quién era yo porque Ana le había dado largas charlas sobre mí.

Llegué a su casa. Ella no sabía nada, la madre quería darle una sorpresa. ¿Qué hizo Ana? Se levantó, y se vistió. La madre le preguntó cómo era posible ese cambio milagroso, de estar enferma a pasar a perfectamente sana en cero coma cinco segundos. Milagros del universo.

Nos fuimos a dar un paseo y a un pub. Pasamos una tarde muy agradable. La verdad es que fue una tarde maravillosa. Estuvimos en ese pub, hablamos de lo que había pasado desde que me fui al servicio militar, y volvimos los dos agarrados de la mano, como flotando entre nubes.

Yo me puse entonces a trabajar en una empresa, e iba a verla a una panadería cercana, donde ella trabajaba como empleada. Yo tocaba la guitarra, y ella me hizo una extraña petición: quería que le enseñase a tocar. Yo, tonto de mí, no entendí nada. Así que aparecí realmente con una guitarra en la panadería. A veces pienso cómo podía yo llegar a ser tan idiota. Un misterio más insondable que la energía oscura o que los agujeros negros.

La cuestión quedó ahí. Yo entonces conocí a una chica que acababa de sufrir una terrible agresión sexual. Nadie la apoyaba ni le hacía caso, así que me decidí a llevarla a una psicóloga que conocía, y con la que había colaborado en el pasado ayudando a personas en situaciones difíciles. Aquella psicóloga ayudó a esta chica a salir adelante.

¿Y qué pasó? Un terrible error: aquella chica y yo terminamos casándonos.

Y aquí viene un aviso: no se case nunca con nadie por circunstancias especiales que les hayan unido, por duras y difíciles que sean. Deje primero que el tiempo demuestre si son el uno para el otro. Las relaciones que nacen de situaciones difíciles hacen que el uno idealice al otro, y cuando se vuelve al mundo cotidiano aparecen las personas que estaban enterradas por los acontecimientos especiales.

Ana volvió a desaparecer. Pero, al cabo de un tiempo, un día vino a casa a solas, y me lo confesó todo: quería salir conmigo desde el primer día en que me conoció. Quiso salir cuando íbamos a clase. Quiso salir conmigo cuando empecé a salir con aquella primera chica. Quiso salir conmigo cuando volví del servicio militar. Y quería salir conmigo cuando empecé a tratar a aquella chica que luego fue mi mujer.

Ana desapareció, y nunca volví a verla. No he tenido más contacto con ella desde entonces. Tampoco era necesario, ni conveniente, ni oportuno. El pasado es mejor dejarlo en el pasado. Siempre he creído eso.

Pero, de vez en cuando, en esos momentos en que mi mente viaja a aquellos tiempos, recuerdo aquella tarde que pasamos juntos tras su curación milagrosa. Y recuerdo su sonrisa, su dulzura, y su inocencia. Recuerdo aquella risa amable y cariñosa, y recuerdo su mano sobre la mía, mientras hablábamos de mil cosas en aquel pub.

¿Tenía que haber sido ella mi destino? Nunca lo sabré. Sí sé que todos estos recuerdos están endulzados por la memoria de unos tiempos felices y llenos de sueños. la realidad siempre lo destroza todo. Por eso las historias que acaban antes de crear una realidad cotidiana suelen ser las que recordamos con más cariño y afecto.

Son historias y recuerdos dulces. Son parte de una vida que quizás podría haber sido, y no llegó a ser. Quizás son esos los cimientos que nos sirven luego para seguir adelante. Quizás son esos los recuerdos que nos ayudan a vivir, y a salir adelante.

Quizás las historias inacabadas de amor son las mejores historias vividas de amor, porque no tienen final. Son eternas. Y son verdaderas. Y merece la pena recordarlas. Cada día.

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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