El fin de las redes y el Día de la Desconexión

Sigo con mi particular “desescalada” de todas las redes sociales. Solo quedan las que uso para temas de trabajo, que son para eso, y nada más. Y de momento una pequeña cuenta personal muy reciente en Twitter para algunos temas mínimos con una actividad muy esporádica.

Pero todo lo que tenía en Facebook, Twitter, e Instagram, está borrado. También he subido a Bloguers.net mi última entrada. Bloguers.net es, para quienes no lo sepan, una web fantástica donde los blogueros suben sus enlaces. Si la gente los vota van a portada. Además se pueden intercambiar enlaces en las redes sociales, y otras funciones interesantes.

Monte Aoraki, Nueva Zelanda, escenario de “La insurrección de los Einherjar”

Sin embargo, Bloguers.net se ha mercantilizado demasiado. No la web, sino los objetivos de los usuarios con esa web. Se ha convertido, no para todos, pero sí para muchos, en una carrera constante por escalar posiciones, mejorar el “SEO” (posicionamiento en la red y buscadores), promocionar sus productos, etc. Es entrar en muchas de esas páginas y se abren ventanas de registro, ofertas, productos, etc. Y muchos artículos son “secretos para mejorar tu blog y ganar más dinero”.

Que cada cual haga lo que quiera, y si quiere y puede ganar dinero con su blog me alegraré mucho. Pero yo no voy a estar en esas carreras, ni voy a participar en un negocio altamente competitivo, donde se gana por conseguir puestos mediante el pago de cuotas. Y conste que yo mismo he pagado en algunas ocasiones para promocionar alguna entrada, pero por diversión nada más. ¿Cuántos libros he vendido gracias a esas promociones? Cero.

Otros ganarán dinero, pero para eso ya tengo yo mi trabajo. E insisto: esta es mi opinión personal, no es, repito, no es una crítica ni a Bloguers.net, que siempre han sido muy amables conmigo, ni a los usuarios. He conocido gente fantástica allá.

Pero ya basta. Mis estadísticas bajarán en picado. Tendré una sexta parte de las visitas. No pasará por aquí ni una décima parte de los lectores que pasan ahora.

No me importa. Lo soportaré. Seguiré escribiendo, seguiré con mis proyectos, en este pequeño rincón de Internet. Y no aparecerán ventanas solicitando inscripciones de forma agobiante. No ofreceré ofertas maravillosas. Y no les explicaré el secreto para ganar millones. Seguiré hablando de mis libros, de los cuales vendo una decena al año, como máximo, pero son mis libros.

Seguiré con el blog. Seguiré hablando de ciencias y humanidades, y de literatura. No tendré miles de seguidores. Y ustedes pasarán a leer y ver esas entradas si lo estiman oportuno y conveniente. Yo respetaré siempre su decisión, como no podía ser de otro modo, y todos tendremos la libertad de decidir sin presiones. Nada más.

Día de la Desconexión.

Además de todo ello, he tomado una decisión: con carácter general, los sábados tendré prohibido encender el ordenador, excepto para temas urgentes. Tendré prohibido salir a la calle con el móvil. Llevaré un teléfono antiguo sin conexión a Internet, con un duplicado de la SIM, por si es necesaria alguna urgencia. El teléfono con Internet se quedará en casa.

Me iré a pasear y a disfrutar de la magnífica playa que tengo en mi pueblo, con un libro en la mano, de papel o digital, pero un libro, nada más. Me sentaré en una terraza, o en un banco, al atardecer, y leeré mi libro mientras tomo algo y respiro tranquilo y sereno, y mientras mi perrita Lyra se hace con alguna galleta de perro que habré llevado, o con un trozo del croissant si he pedido uno.

Lyra disfrutando en la playa. Foto hecha con mi vieja cámara sin Internet.

Caminaré por el pequeño puerto pesquero y deportivo, y echaré algo de pan a los peces, mientras Lyra los observa asombrada. Disfrutaré viendo la entrada o la salida de algún barco, y alguna mañana, temprano, iré a ver cómo llegan los pesqueros, o me desplazaré a alguna población cercana más grande, donde se encuentran pesqueros de mayor calado, y disfrutaré de la escena haciendo algunas fotos con mi vieja cámara Réflex, que no tiene Internet, ni procesadores sofisticados, ni cuenta asociada de Facebook para subir las fotos.

Hablaré con la gente del pueblo, y comentaremos esto o aquello, lo cara que está la vida, el buen día que hace, y las últimas noticias sobre esto y lo otro.

Y nada más. Volveré, un día a la semana, a disfrutar de la libertad que hoy hemos perdido entre máquinas y conexiones. Caminaré pendiente de la salida del Sol, y no de la última entrada en las redes sociales de este o aquel. Haré una foto a esa salida del Sol, y esa foto quedará en la memoria de mi cámara, sin necesidad de ir mostrándola rápidamente en las redes. Contemplaré el paso de las nubes, sentiré el viento del otoño o de la primavera, y sonreiré viendo a los niños jugar y disfrutar en el paseo marítimo.

Llega un momento en la vida en que hay que decir basta. Basta de tanta tecnología. De tanta conexión. De tantas redes. De tanto exceso de información. Llega un momento en la vida donde un vistazo al periódico es todo lo que pido, para conocer los sucesos esenciales, y leer este o aquel artículo en el periódico de papel de la cafetería.

Llega un momento donde todo lo que queda es contemplar la vida, contemplar el paso del tiempo, y sentir cómo ese tiempo recorre nuestras venas. Sentirlo pasar, y disfrutar cada momento. Cada sonrisa, cada mirada, y cada beso.

Será un día a la semana. El resto seguiré siendo un analista de sistemas y programador, trabajando en una compleja red de computadoras de una empresa que gestiona millones de datos de información, donde tengo que participar en el desarrollo de una nueva y compleja aplicación moderna, adictiva y sofisticada, para captar clientes y sacarles hasta el último euro en ofertas tentadoras e irresistibles. Y mi trabajo consistirá en programar el software de todo ese entramado junto a un equipo multidisciplinar.

Lo haré. Mientras tenga que hacerlo. Pero el sábado será mi Día de la Desconexión, o el día D2, como lo llamo yo. Ese día está prohibido todo lo que no sea contemplar el mundo real. El Sol, el cielo, y las estrellas.

Ese día solo está permitido volver a un mundo menos sofisticado, no mejor por supuesto, pero sí un mundo donde podíamos detenernos y preguntarnos: ¿qué me falta para ser feliz? Desear serlo.

No es el último paso. Pero es el primero. Y el primero es el paso más importante.

Muchas gracias.


Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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