“Sueños de Le Brun” una composición de “La leyenda de Darwan”

Miércoles, y música. Estaba dándole vueltas a varias piezas musicales que podía incluir en esta entrada, cuando me dije a mí mismo: “¿y por qué no pongo algo propio?” No se trata de agobiar al lector con mi trabajo por supuesto, pero pienso que no hago daño a nadie si una vez cada tanto pongo alguna pieza musical personal.

Así que me he atrevido a traer a este miércoles musical esta pieza inspirada en uno de los personajes de la trilogía de “La leyenda de Darwan”. Concretamente el personaje es Yolande Le Brun, una mujer de treinta y tantos originaria de Amiens, Francia, donde llevaba una vida tranquila como profesora de inglés. Luego, bueno, su vida se complica, tal como se narra en los libros. Por cierto, Yolande tendrá un papel importante en el Libro XIII “Idafel”.

En esta pieza trato de traer los recuerdos de Yolande sobre su querida Amiens, ciudad a la que añora y a la que querría volver con toda su alma junto a su familia. Pero es imposible, por las circunstancias que se explican en la trilogía.

La pieza está compuesta de forma casera, utilizando programas sencillos y accesibles para la composición musical, además de mi guitarra. Obviamente eso se nota en la calidad del sonido, que es la que se puede conseguir con medios baratos. Pero los medios escasos se suplen con imaginación y entusiasmo.

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Mapa de un momento narrado en el libro III “Los dientes de Fenrir”, en el que Yolande Le Brun tendrá un papel crítico

 

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Adagio Opus 11; un viaje a las estrellas

Es miércoles, el día de la música.

Amigo escritor, o amiga escritora: ¿sigue temiendo al blanco papel embrujado, que es incapaz de mostrar esas líneas que se arrastran en su interior, y que son incapaces de surgir de sus dedos? Ya hablé de ello una vez. Ahora vamos a intentar superar ese bloqueo. No lo dude. No es necesaria una fórmula mágica, ni nada en especial. La música es la respuesta. Pero no cualquier música.

Yo empleo profusamente la música clásica para escribir, y creo, sin ningún género de dudas, que la música clásica sinfónica es un puente para conectar la soledad del alma de un escritor con su inspiración. La música nos transporta, nos lleva, nos arrastra suavemente, nos permite conectar con nuestro yo interior. Y, una vez obrado el milagro, las palabras empiezan a surgir espontáneamente. Porque vienen directamente del corazón, empujadas por el sonido de las cuerdas de los violines, de las violas, de los chelos.

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No se deje engañar por la sencillez aparente de la partitura, pues en la sencillez está la verdadera maestría

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Requiem: cuando Dios llama a nuestra puerta

Hay muchos directores de orquesta. Y hay muchos compositores. Pero cuando mezclas a Karl Böhm con Mozart, el resultado simplemente requiere de un nuevo concepto de lo que es musicalidad. Böhm fue un director de orquesta que supo llevar hasta el paroxismo cada nota que manaba de las partituras de Mozart, como si el gran compositor austriaco le susurrara al oído cada compás, cada tempo, cada momento de inspiración.

Esa es la grandeza de los grandes directores. Esta versión que traigo del Requiem de Mozart, y concretamente del “Confutatis” / “Lacrimosa”, denota una interpretación sublime, pero es el tempo, especialmente, el que se debe destacar. Si se oye esta pieza dirigida por otros directores, el tempo es algo más adelantado siempre. Böhm rebaja ligeramente ese tempo, y lo dota de más fuerza, de más tensión, de un poder inigualable. Hace que la grandeza de Requiem sea aún mayor.

Yo no sé si existe Dios, y no creo que nadie lo sepa a ciencia cierta. Dios es para mí un argumento al que nos afianzamos desesperadamente, para sostener nuestras vidas y nuestros miedos. Pero es cierto que, si Dios existe, creó a Mozart para que creara el Requiem, que es la música de Dios llevada al ser humano desde las puertas del tiempo y del espacio, de donde nacen los sueños de la humanidad. Y si Dios no existe, no existe ser capaz de llegar a contemplar la inmensa obra de Mozart, porque no hay ser humano que pueda abarcar cada nota, cada sentimiento, cada vibración de la música de Mozart. Y, especialmente, de su Requiem, la obra que define la música del universo.

Señoras y señores, con ustedes, un fragmento increíble del Requiem de Mozart. Suban volumen, cierren los ojos, y viajen por un momento al reino de Dios y de las estrellas. Merece la pena.

La ira de Freyja, composición de La leyenda de Darwan II

Es miércoles, y toca música. Al menos, en esta ocasión. Hoy me gustaría traer una pieza inspirada en el segundo libro de “La leyenda de Darwan”, que tiene el subtítulo “La ira de Freyja”.

Freyja es el sobrenombre que los supervivientes de la especie humana dan a Helen, una mujer al borde de los treinta años, que fue elegida para dirigir una desesperada guerra en un fuego cruzado entre dos especies: los Xarwen y los LauKlars. Helen no es una guerrera, ni siquiera es capaz de saber dónde ha dejado las llaves el día anterior. Pero tiene algo que enseguida descubrirán sus seguidores: es una líder innata. Una mujer que es capaz de arrastrar a las masas, de estimular sentimientos, y de entregar pasión y fuerza a un grupo de hombres y mujeres desesperados por vivir un solo día más.

Esta pieza, de corte clásico, se inspira en esta mujer, y en su lucha interna y espiritual por presentarse como un poder que sea determinante para ganar una guerra que no entiende ni le importa, mientras ella lo que quisiera es volver a su mundo, a su ciudad, y a su vida cotidiana, y a sus conciertos de rock con sus amigos.

Pero los grandes líderes, aquellos hombres y aquellas mujeres que marcan el camino de la historia, casi nunca eligen serlo. Y suelen pagar muy caro el destino que les aguarda. Cuando toda la humanidad ha depositado su confianza en ella para sobrevivir, Helen entiende que algo la empuja a dejar de ser la joven que siempre fue, para convertirse en una diosa para la humanidad.

Helen volverá a estar presente en “Yggdrasil”, y en la segunda trilogía, que marcará el final de la saga Aesir-Vanir. Pero eso, como suele decirse, es otra historia.

Frederich Chopin y el círculo mágico

Dentro de la interminable calidad de las composiciones de Frederich Chopin (1810, 1849), quizás una de sus obras más conocidas sea el Preludio, Opus 28 en re menor.

La razón de esta fama le viene de la película “El retrato de Dorian Gray”, magistral cinta de 1945, dirigida por Albert Lewin. Una película inmortal, como la historia que narra, de un libro también inmortal.

Dejando aparte la enorme fuerza y el impresionante poder de esta pieza musical, me ha gustado esta versión porque se ha usado un programa hecho en Blender, una herramienta 3D gratuita, en la que a cada nota le corresponde una señal lumínica en un círculo. Las notas se aproximan desde el infinito, haciendo sonar el círculo cuando llegan, como un mecanismo que activara cada nota. Es como una cajita de música del espacio. Simplemente maravilloso.

¿Alguien recuerda “Encuentros en la tercera fase”, y la nave del final, donde cada nota tenía una luz? Pues es algo parecido.

Este vídeo nos permite ver cómo las semicorcheas, las fusas y las semifusas vuelan por el círculo de luz a una velocidad increíble. Una gran idea del diseñador, y una gran pieza musical de uno de los mayores compositores para piano.

Por cierto, existen verdaderos maestros del piano interpretando esta pieza. Si usted quiere escuchar algún ejemplo de interpretación avanzada de esta obra, le puedo recomendar por ejemplo este enlace de Valéry Sigalevitch.

La diferencia es que la primera pieza se interpreta mediante un programa digital. La segunda de Sigalevitch es una interpretación directa al piano de un gran maestro. La diferencia es evidente.

Es increíble como un piano puede convertir la nada en la fuerza más poderosa de la naturaleza. Siempre lo digo: no creo en Dios, excepto cuando escucho a los grandes maestros de la música clásica. Ellos son capaces de convertir la piedra en arte. Y eso es solo propio de seres inmortales.

Señoras y señores, con ustedes, Frederich Chopin.