Física a la escala de Planck

Nota: no soy físico. De hecho soy hombre de letras en un amplio sentido del término. Por eso este contenido, como todos los demás relacionados con el conocimiento de la naturaleza, deben ser tenidos en cuenta como simples especulaciones y reflexiones personales. Muchas gracias.

Uno de los diversos motivos del fracaso de la teoría de cuerdas, entre otros muchos, es el de trabajar en la escala de Planck. La idea que subyace a la propia naturaleza de esta teoría es que el universo está compuesto por, precisamente, diez dimensiones físicas, y una dimensión temporal. Y que su estructura básica son un tipo de cuerdas bidimensionales que vibran, y que solo son accesibles a la escala de Planck. Pero, ¿qué es la escala de Planck? Ahora vamos a verlo.

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Modelo de Calabi-Yau, una estructura matemática que corresponde con un modelo de universo de diez dimensiones, siete de ellas plegadas sobre sí mismas a la escala de Planck.

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Ciencia básica y aplicada: El mercantilismo de la ciencia

Nota: un ejemplo de hasta dónde se puede llegar en este enlace.

He hablado en anteriores ocasiones de cómo las ciencias físicas se encuentran en un impasse desde que se llevaron a cabo los enormes progresos en física cuántica y relatividad de la primera mitad del siglo XX, y las confirmaciones experimentales de muchos aspectos no aclarados, así como el descubrimiento de nuevas partículas y su naturaleza, en la segunda mitad del siglo XX. El último éxito es sin duda el famoso bosón de Higgs, la mal llamada partícula de Dios. También algunos fermiones y bosones que entran dentro de lo que se conoce como la Teoría Estándar, aquella que explica la naturaleza actual de la ciencia básica en física.

Pero la situación actual empieza a ser realmente preocupante. Sigo con interés varias páginas de ciencias físicas en distintos medios y en redes sociales, y es alarmante el número de teorías que por semana invaden la red con extrañas, cuando no absurdas, propuestas para encontrar nuevos caminos para la física. Algunas de esas propuestas las lanzan, sin miedo ni tapujos, gentes que no tienen ni la más remota idea de física, tanto es así que hasta yo me doy cuenta de la inexactitud de sus postulados, que no soy físico.

Más preocupante son las teorías que lanzan algunas revistas, se supone que serias y prestigiosas, para cubrir la falta de conocimientos con ideas peregrinas que no van, casi nunca, a abrir puerta alguna. Pero se publican porque algo hay que publicar. Y las redes, y las revistas, se llenan de ideas y más ideas sin base alguna, muchas veces con explicaciones que echan por el suelo décadas de datos experimentales perfectamente confirmados. Si se niega la realidad de los hechos y las pruebas, ¿qué nos queda? Caos y pseudociencias por supuesto.

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El camino a los límites del conocimiento teórico

Vamos con un nuevo artículo sobre los límites de la ciencia, que pretendemos explorar y conocer, y los límites de ciertos comentarios en  revistas y periódicos sobre la necesidad de alcanzar esos límites. Para algunos, cualquier paso en la exploración del universo es una pérdida de tiempo. Es afortunado que esa gente no tenga la última palabra. Aunque a  veces la tienen, y es entonces cuando vemos cómo se queman libros y se incendian universidades. Vamos con la primera frase:

Cualquier conocimiento, cualquiera, eleva las posibilidades supervivencia de la especie.

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Imagen aérea del LHC con indicación del túnel de aceleración de los hadrones

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Teoría de cuerdas: el gigante que cayó por sus propias leyes

Seguimos con información sobre las teorías llamadas GTU (Gran Teoría Unificada) y su desarrollo en el campo de la física teórica, esta vez incidiendo, cómo no, en la caída de la teoría de cuerdas, y en las explicaciones dadas en su momento por Lee Smolin sobre este hecho.

Una de las series modernas de televisión más famosas de humor, “Big Bang Theory”, nos muestra a un grupo de jóvenes científicos en su día a día, junto con sus parejas, algunas científicas. Y Penny, que no tiene carrera universitaria, pero se las sabe todas y los controla como quiere. Destaca y es protagonista por supuesto Sheldon Cooper, el carismático y loco científico que siempre tiene alguna salida divertida, y que es sin duda el motivo del éxito de la serie, sin olvidar el resto de interpretaciones y los guiones, por supuesto.

Pero Sheldon, y la serie, son también, paradójicamente, una historia velada de la caída de la famosa teoría de cuerdas. La razón estriba en su desarrollo, dentro de las diferentes temporadas. Cuando comenzó la serie, la teoría de cuerdas era prácticamente una religión. O se creía en la teoría de cuerdas, o se caía en el cajón de los olvidados como físico.

De eso, y de aspectos clave sobre la teoría de cuerdas, habló en 2008 el doctor en física teórica, esta vez real, Lee Smolin. Mucho más serio y coherente, como corresponde en principio a un individuo real, al demostrar cómo una teoría científica puede convertirse en un acto de fe, haciendo olvidar a la ciencia que el método científico es incuestionable en sus principios, y que, sin pruebas, sin hechos, sin experimentación que certifique una idea, no puede haber teoría final.

A Sheldon Cooper terminan dándole un premio Nobel. Smolin puede que no reciba un Nobel. Pero su contribución a la defensa de una ciencia basada en el hecho, y no en premisas cuasi religiosas, es algo que se merece su propio premio. Vamos a verlo.

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Imposibles ficticios. Hoy: El fin de la eternidad

El tiempo es aquello que es infinito cuando somos jóvenes, y demasiado escaso cuando nos hacemos viejos. Entre un instante y el siguiente, todas las decisiones que hayamos tomado quedarán escritas en la historia del universo para siempre. Los errores, los fallos, esa palabra mal puesta, ese gesto erróneo, en el momento más inoportuno, que hizo que perdiésemos un trabajo, un amor, un amigo, para siempre. ¿Y si pudiésemos volver atrás? O mejor aún, ¿y si pudiésemos controlar el tiempo, y crear un mundo perfecto para la humanidad?

Corría el año 1955, y el bioquímico de origen ruso, afincado con sus padres en Nueva York, Isaac Asimov, era ya un renombrado y conocido escritor de ciencia ficción. Tanto era así que dejó su plaza en la universidad para dedicarse a escribir en exclusiva, algo que le permitió crear toda la serie de obras increíbles, tanto de ficción como divulgativas, que podemos disfrutar hoy día. Recordemos que Asimov es el escritor más prolífico de la historia, junto a Lope de Vega. Más de quinientas obras llevan su sello.

Asimov había escrito su trilogía de “La Fundación” poco antes, publicada por capítulos en una revista, algo muy habitual en aquella época. Había terminado un relato de 25.000 palabras sobre una idea relacionada con los viajes en el tiempo que fue rechazada, pero posteriormente, convertida en novela, fue aceptada para ser publicada.

Así nació una de las obras que considero más grandes de Isaac Asimov: “El fin de la eternidad”, junto a la mencionada trilogía de la Fundación, y a “Yo robot”.

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Event Horizon y fotografía directa del primer agujero negro

Ya tenemos aquí la primera imagen directa de un agujero negro, concretamente el de la galaxia M87, fotografía realizada por un conjunto de radiotelescopios en el proyecto llamado Event Horizon (sí, como la película), que combinados han permitido captar los fotones que se reciben, no del agujero en sí, pero sí de su influencia inmediata en la materia. Por ello, lo que se ve en la imagen, en todo caso, no es el agujero negro, porque no emite luz, precisamente ese el secreto de un agujero negro. De hecho un agujero negro es prácticamente el concepto físico real de lo que se denomina un cuerpo negro, aunque con algunos matices.

La imagen tampoco se ha tomado con la banda de luz visible, sino en la banda de radio, con un grupo coordinado de radiotelescopios que cubren todo el planeta. Esa imagen luego se procesa y se convierte en algo que pueda ver el ojo humano. Recordemos que el universo no es lo que ven nuestros ojos, eso es solo una conceptualización que hace el cerebro de la realidad, que es muy distinta a lo que interpretamos.

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Agujero negro en la galaxia M87

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Imposibles ficticios. Hoy: Alien y la relatividad general

Vamos ya con el tercer episodio de “Imposibles ficticios”, en el que dejamos el universo de Star Trek, y nos sumergimos en el universo de “Alien: el octavo pasajero”, y sus secuelas. Para los que no la hayan visto, las películas de la saga Alien son una sucesión de bichos que quieren acabar con la teniente Ripley como sea. Pero ella resiste siempre a los “xenomorfos”, y de hecho está catalogada como una de las heroínas del cine americano.

Hay varios imposibles ficticios en estas series de películas, vamos a ver el primero de ellos.

Decía el personaje de Ripley en “Aliens: el regreso”, la segunda película de la saga Alien, que “había quedado con su hija para su undécimo cumpleaños”. Esta frase la dice, eso sí, en la versión extendida de la película, la cual recomiendo frente a la versión cinematográfica. La hija se llama Amanda Ripley, y luego fue protagonista de un videojuego.

Hay un problema con esta frase que dice la teniente Ripley. En realidad, si Ripley hubiese llegado a la Tierra en la película original, sin pasar por el nivel 4-26 y bajar a aquel fatídico planeta, hubiese celebrado el décimo cumpleaños de su hija, no el undécimo. O el noveno. O esta no habría nacido. ¿Por qué? Porque en la saga Alien se da otro “imposible ficticio”, con una paradoja temporal. Vamos a verlo.

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La nave Nostromo de “Alien: el octavo pasajero” es un carguero estándar con material para ser refinado, procedente probablemente de una minería

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