El verdadero viaje de la humanidad

Mucho se habla de viajes al espacio. Viajes a la Luna. A Marte, o a algunos asteroides. Para llevarlos a cabo, las agencias espaciales, como la NASA o la ESA, Rusia o China, promueven ideas que son básicamente conceptualizaciones del poder económico y militar que poseen en la Tierra, pero proyectado a otros mundos. Dicho de otro modo: cuando se habla de llegar a la Luna, o a Marte, no se habla de ciencia: se habla de conquista. De asentamiento de unas doctrinas, que han nacido en este mundo, y que esperan a ser transportadas a otros mundos.

La pregunta que debemos hacernos, cuando iniciemos el viaje, es la siguiente: ¿qué llevamos a esos nuevos mundos? ¿Nuestros sueños, o nuestros deseos de conquista? ¿Nuestros logros y anhelos, o nuestras luchas por el poder? ¿Nuestras ansias de crear mejores sociedades, más justas, más solidarias, en definitiva, más humanas? ¿O quizás nuestro statu quo de naciones dominantes, que pretender dominar fuera de la Tierra lo que ya se domina en nuestro mundo?

En definitiva: ¿qué llevamos con nosotros? ¿Nuestras banderas, o nuestra promesa de crear un mundo mejor, allá donde se posen nuestros sueños?

Tierra y Luna.
Tierra y Luna.

La conquista del universo no es solo un viaje a las estrellas.

Hoy por hoy, la humanidad sigue anclada “a la orilla del océano cósmico”. Esta frase, que pronuncia Carl Sagan en su famosa obra de los años ochenta, “Cosmos”, es hoy en día más real que nunca. Con una población creciente, con escasos recursos, con un mundo que niega el cambio climático, exista o no, por un simple objetivo económico, ¿qué oportunidades nos quedan?

En la actualidad, diversos países preparan planes de viaje a diversos objetos del sistema solar. Como pequeños homínidos de hace doscientos mil años, para los que cruzar un río era una aventura en la que podían perder la vida, ahora, nosotros, nos enfrentamos al río del Sistema Solar. Aquellos homínidos veían el río como una gigantesca barrera prácticamente infranqueable. Nosotros, ahora, vemos el Sistema Solar como aquellos homínidos. En sus ojos, y en los nuestros, río y Sistema Solar son la misma cosa: una barrera infranqueable.

Hoy en día sabemos que atravesar el río es fácil con unos pequeños juncos, o una hilera de piedras, o una cuerda que pueda ser colocada a ambos lados. En cualquier caso, sabemos que, usemos la técnica que usemos, eso es lo de menos. Lo importante es atravesar el río. Lo importante es saber que podemos atravesar el río.

Aquí, ahora, nosotros somos aquellos homínidos. Como ellos, miramos el Sistema Solar con miedo. También, como aquellos homínidos, lo miramos con el sueño de atravesarlo. De llegar allá, más lejos de la otra orilla, donde nos espera qué sabe quién el qué.

¿Cómo atravesaron aquellos homínidos de hace doscientos mil años aquel río? Lo hicieron evolucionando. Lo hicieron aprendiendo. Lo hicieron conociéndose a sí mismos. Lo hicieron, en definitiva, porque dejaron atrás su condición de simios, porque dieron el siguiente paso evolutivo en la historia de la humanidad. Los homínidos evolucionaron porque aprendieron a atravesar el río. Otros muchos no lo hicieron. Hoy, nadie les recuerda. Otros, son historia.

Porque no todos se atrevieron. Algunos grupos se quejaron. Dijeron, a su manera “no necesitamos atravesar el río. Vamos a preocuparnos de lo que hay a este lado”. Y otros respondieron: “no. Porque esta parte del río ya está muy poblada. Esta parte del río carece ya de recursos. Esta parte del río nos ha dado lo que puede dar. Pero ahora debemos ir más allá”. Los otros respondieron: “cuidemos lo que tenemos aquí”. Y los que se querían ir respondieron: “si nos quedamos, tarde o temprano no quedará nada que cuidar. Podemos cuidar este lado del río. Pero nunca podrá soportar eternamente nuestro desarrollo”.

Los homínidos que se quedaron vivieron muy bien durante un tiempo. Los que se fueron padecieron. Muchos sufrieron. Muchos murieron. Pero, con el tiempo, los que se quedaron fueron los que empezaron a desaparecer. Porque su mundo se acababa. Su tierra ya no daba frutos. Sus árboles se secaron. El río ya no traía agua. Y, cuando atravesaron el río seco, estaban heridos, cansados. No tardaron en caer.

Mientras, los otros, los que se fueron, los que a tiempo atravesaron el río, tras mucho sufrimiento, encontraron no uno, sino mil mundos donde vivir y desarrollarse. Aprendieron a reconocer las nuevas tierras y los nuevos mares. Aprendieron a adaptarse a esos nuevos pastizales, a esas nuevas frutas, a esas nuevas presas. Aprendieron a desarrollarse por todo aquello que aquella parte del río les ofrecía en abundancia. Sí, tardaron en adaptarse. Pero, a la larga, fueron ellos los que prosperaron, y fueron ellos los que sobrevivieron. Y fueron los otros los que murieron. Murieron, y fueron enterrados, hasta que no quedó más que uno, que miró el río seco, y, con una lágrima en sus ojos, se preguntó por qué no cruzó el río cuando podía haberlo hecho.

Y no lo hizo porque tuvo miedo. Tenía una buena posición en esa zona del río. Tenía poder. Tenía comida y agua en abundancia. ¿Qué más podía pedir? ¿Las cosas se estaban poniendo mal? ¿Qué importaba? Él tenía de todo. ¿Augurios de un fin de la prosperidad a ese lado del río? No importaba. Algunos transgresores, que hablan de fatalidad. ¿Qué podía importarle a él?

Y, poco a poco, fue viendo cómo fueron cayendo sus seres queridos. Hasta que sólo quedó el. El último de su tribu. El último de su grupo. Y el último de su especie.

La conquista del universo es un viaje a nosotros mismos como especie

Hoy, estamos de nuevo frente al río. Se llama universo. Y de nuevo, nos engañan, aquellos que todo lo tienen, y nos invitan a quedarnos. Pero eso hará que, con el tiempo, perezcamos nosotros. Pero lo que ellos no saben, es que también perecerán ellos.

Hoy, de nuevo, un grupo de entusiastas claman por atravesar el río. Son ellos, y no los otros, la esperanza de la especie humana. Son ellos, y no los otros, los que ven el futuro de la humanidad. Más allá de las nubes. Más allá de la Luna. Y más allá incluso de Marte. Lejos, muy lejos, entre las estrellas.

De nuevo, el camino no será fácil. Será duro. Será terrible. Y muchos caerán. Pero, si se inicia ese camino, la especie evolucionará de nuevo. Y prosperará. Y aprenderá. Y mejorará. Y atrás quedarán los rencores de quienes viven en un mundo que se acaban, pero en el que están tan ciegos que no ven más allá de sus luchas intestinas por el poder. Hombres. Mujeres. Países. Naciones. Continentes.

La respuesta está escrita allá fuera. Podemos autoconvencernos de que no es así. Podemos tapar nuestros ojos a la realidad. Pero la realidad es dura, y se presentará ante nosotros con toda su crudeza y crueldad.

¿Quién hablará entonces en nombre de la humanidad? La respuesta no está escrita en las estrellas. La respuesta estará escrita, precisamente, en aquellos que viajen a las estrellas.

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

2 comentarios en “El verdadero viaje de la humanidad”

  1. …viaje interestelar (imprescindible)…dentro de “unos” millones de años…el Sol, agotada su reserva de Hidrógeno, empezará a fusionar Helio…se convertirá en una gigante roja…engullirá a la Tierra… Fin. No será el Fin, porque para entonces ya estaremos en miles de Planetas. El objetivo nº 1 de toda especie inteligente es la Inmortalidad, ni más ni menos. Bioimpresión: Hay que decirle muy claramente a los religiosos ya de una vez, que no nos interesan sus cuentos para ignorantes, ni sus “debates éticos” sobre nada. No queremos más cuentos de religión nunca más. Lo que Sí queremos con la Bioimpresión es conseguir LA INMORTALIDAD, punto.

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    1. Interesante. Sí, el sueño, el objetivo, podría ser la inmortalidad. Pero ¿es realmente un objetivo? Es un tema complejo. El deseo de la humanidad a través de las religiones ha sido la inmortalidad. Ahora la ciencia podría convertir ese sueño en real en algunas décadas. Es un tema para pensar profundamente sin ninguna duda.

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