Juguetes sexistas, o cómo la homofobia comienza a temprana edad

Llega la navidad, y llega a las televisiones de nuevo el clásico asunto de los juguetes sexistas. En televisión aparecían imágenes de pasillos rosas en grandes almacenes llenos de juguetes “para niñas”, y pasillos azules con juguetes “para niños”. Y la pregunta es: ¿por qué los comerciantes y la empresa del juguete en general, tras tantos y tantos años hablando del sexismo en los juguetes, siguen llevando a cabo estas actitudes, que evidentemente son sexistas?

Es muy sencillo: en primer lugar, porque, por mucho que se nos llene la boca con la igualdad de géneros, la población no está educada en base a esa igualdad que debería existir y que tanto se proclama, y que no existe en absoluto. En segundo lugar, porque los jugueteros saben que, no existiendo esa igualdad, la gente se va a inclinar por el pasillo rosa para comprar el juguete de las niñas, y por el azul para los niños. ¿Existe alguna base científica o lógica para eso?

homofobia

No. Por supuesto que no. Existe una cultura de la diferenciación por sexo (y por raza, y por credo, y por color, etc., pero no vamos a entrar en eso ahora). Parece que un niño jugando a muñecas, o una niña jugando a coches, es algo anormal. Mucha gente lo percibe así.

Voy a poner un ejemplo: el mío. Cuando yo era pequeño, tenía un robot de juguete. Caminaba con pilas, y de vez en cuando se paraba, abría una tapa, y disparaba unos láseres. Hasta ahí todo muy “macho”, muy “de hombres”. El niño nos va a salir ingeniero de robots, ya lo verás.

Pero, ay, algo ocurrió en mí. De repente, empecé a cuidar del robot. Le daba de comer. Lo tapaba con una servilleta por las noches. Lo llevaba al médico si se “ponía malo”. Le hablaba y recriminaba cuando se “portaba mal”. En definitiva, tenía con el robot lo que mucha gente considera una actitud maternal. Convertí al robot en un hijo. Yo tenía entonces unos cinco o seis años. Evidentemente, el niño estaba mostrando signos de ser “rarito”. Ay Señor, que este niño va a ser “de esos” que no tienen claro su rol en la vida. Por favor, qué castigo del Altísimo…

Lo primero que hay que decirles a los homófobos es que todos los seres humanos nacemos mujer. Todos los seres humanos, sin excepción. Vaya, cuánto lo siento, pero ya veis, la ciencia nos ha aportado este interesante dato. Solo cuando se activa una hormona determinada, en un momento determinado del desarrollo embrionario, produce la diferenciación en el caso de los famosos cromosomas X/Y. Pero atención: como ocurre tantas veces, este sistema no es un 1 o un 0, no es “todo verdadero” o “todo falso” como ocurre en los ordenadores. Es un proceso que tiene infinitos niveles. Algunos terminan siendo hombres en un porcentaje alto, otros en un porcentaje medio, otros en un porcentaje bajo. Y algunos hombres terminan siendo mujeres, y algunas mujeres terminan siendo hombres. No físicamente, pero sí en sus parámetros hormonales, de desarrollo, y de comportamiento sexual. ¿Por qué?

Es sencillo: porque la naturaleza regula la fisiología de esta forma. Es algo perfectamente natural. No es una enfermedad, ni una desviación, ni un “problema”. Es un estado natural, como el que tiene ojos azules o los tiene grises o marrones. O el que tiene el pelo rubio o moreno. La sexualidad es, en definitiva, mucho, mucho más compleja que “el chico” y “la chica”. Hay infinitos niveles intermedios entre esos dos niveles. Y, de la misma forma que nos maravillamos con los colores de los ojos o del cabello, deberíamos maravillarnos con los colores de los sentimientos de los seres humanos ante otros seres humanos, independientemente de su sexo, y del sexo por el que sienten atracción.

En mi caso, recuerdo muy bien a aquel robot, al que llamaba “Hojalata” en referencia a una serie de televisión que se llamaba “Perdidos en el espacio” y en donde aparecía un robot con ese nombre. Luego crecí, y aquel robot se perdió entre los pliegues y los sueños de mi infancia. Crecí, y desarrollé mi vida como un ser humano más. Con defectos, y con virtudes. Pero nunca mi condición sexual, o la de los demás, ha sido un impedimento para vivir una vida como la de cualquier otro ser humano. Cuando he visto a un ser humano, preguntarme por sus intereses sexuales me ha parecido un insulto a ese individuo. ¿Qué me importa a mí lo que ese ser humano sienta, mientras sea amor real? A quién enfoca ese amor no es de mi incumbencia. Si siente amor, lo demás es secundario.

El mundo es homófobo. Y el mundo está regido por el hombre, donde la mujer es sometida de una forma tan brutal al hombre en todo el mundo que podría llenar libros con este tema, pero de ese asunto trataré otro día. Los que hablan de igualdad cuando el mundo maltrata constantemente a la mujer deberían entender que hay que cambiar esta sociedad de forma que ambos, hombres y mujeres, seamos realmente iguales, en derechos, deberes, y por supuesto, en nuestros intereses sexuales.

Queda un largo, muy largo camino para eso. Luego algunos se llenarán la boca hablando de que existe una igualdad plena. Son aquellos que consideran que la mujer es un instrumento del hombre para ser usado a su conveniencia. Son aquellos que no quieren un cambio de statu quo. Son aquellos que defienden a instituciones caducas que basan ese comportamiento homófobo en libros escritos hace milenios. Mientras no dejemos eso de lado, y pasemos a una verdadera igualdad, la homofobia continuará con nosotros. Y la mujer seguirá llevándose la peor parte con muchísima diferencia. Yo apuesto por nuevas sociedades más equitativas, más justas e igualitarias, en las que los niños jueguen con sus juguetes, no con las expectativas de sus padres. Ese es el camino a seguir. El único camino a la verdadera igualdad de género para el mundo.

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