La mujer de la bici y la manada de Roma

Les pongo en situación. Es algo tan reciente como que ha ocurrido hace una hora cuando escribo esto: Avenida de Roma, Barcelona, por parte alta, llegando a la estación de Sants. Estoy yendo a la estación para tomar el tren. De pronto, oigo un griterío fuerte. Me doy la vuelta, a ver qué ha pasado. Y entonces lo veo:

Una mujer, de unos treinta años, pasea en bicicleta. Va sola. Lleva un vestido con medio escote, falda, y unas gafas oscuras. Podría ser una de las miles de turistas que vienen a Barcelona todos los años. El griterío que he oído viene de un bar lleno de bestias que la están jaleando y diciendo de todo. Entonces la bicicleta se acerca hacía mí, y observo perfectamente cómo la mujer, con el rostro serio, niega con la cabeza mientras dice algo.

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Una mujer paseando en bicicleta tranquilamente, o eso es lo que pretende.

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La mujer en la Grecia clásica y en la actualidad

Siempre he sido un amante de la cultura griega. Estudié griego clásico, leí la Iliada y la Odisea con quince años, y me enamoré de ese antiguo mundo que es la cuna de la civilización occidental en muchos aspectos (también de la diosa Atenea, todo hay que decirlo). Además de tener razones sentimentales y afectivas en mi interés por la cultura helénica, y al hecho de que estuve a punto de perder la vida en la isla de Hydra.

Creo que la divina Atenea decidió que no había llegado mi hora, porque todavía no me explico cómo salí indemne de aquello. Acabé vestido de capitán de la marina mercante en un barco griego (por supuesto jamás he sido capitán de ningún barco) por circunstancias curiosas y hasta divertidas que algún día explicaré. Trabé amistad con algunos griegos, especialmente con un matrimonio con el que mantuve una amistad, y que me introdujeron en la cultura griega como no es posible como simple turista. Todo ello hizo que para mí Grecia se convirtiera en un paraíso maravilloso y un segundo hogar. Por cierto, el vino griego es magnífico.

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Debido a estas circunstancias, he estado escribiendo un texto que tiene relación con Grecia y que actualmente está en fase de revisión, pero que se desarrolla en el año 480 antes de Cristo, y, para ser más precisos, antes y durante la batalla de Salamina, que enfrentó a griegos y persas en lo que se conoce como Guerras Médicas (los griegos llamaban “medos” a los persas). El emperador del Imperio Aqueménida, Jerjes I, quería acabar lo que comenzó su padre, Darío II, y conquistar las polis griegas, para someterlas a su mando. Los griegos lucharon en la famosa batalla de las Termópilas (la de la película “300”, que por cierto eran bastante más de 300), y allí contuvieron a los persas durante tres días, luego estos entraron en Atenas y la arrasaron. La batalla definitiva ese año se libró en la isla de Salamina, donde los trirremes griegos, en mucha menor cantidad que los persas, infligieron una importante derrota a Jerjes I. La posterior batalla de Platea, en el año 479 antes de Cristo, terminó la contienda entre ambos pueblos (aunque los griegos eran un conjunto de pueblos diversos, pero ese es otro tema).

Como entusiasta de la historia antigua he procurado leer lo habitual; las batallas, los hechos importantes, etc. Pero un aspecto importante de cualquier pueblo y cualquier cultura es lo que Unamuno llamaba la “intrahistoria”: la historia de aquellas gentes que no pasaron a la historia, pero que eran realmente los protagonistas de la época. La gente común que vivía sus vidas en aquellas circunstancias. Para este trabajo concreto, concretamente el desarrollo de “Las entrañas de Nidavellir II: Promakhos”, necesitaba estudiar ciertos aspectos de la vida de las mujeres y las relaciones prematrimoniales y matrimoniales de lo que se conoce como “el siglo de Pericles” de Grecia, que más o menos suele comprender parte o todo el siglo V a.c. según el historiador y el método de datación.

La razón de esta digamos “investigación” residía en el trabajo que reviso, y que contiene dos relaciones entre dos hombres rondando la treintena, con dos mujeres jóvenes, una de dieciocho años, otra de dieciséis. Naturalmente, según los parámetros de esta época (principios del siglo XXI) eso es escandaloso. Pero no lo olvidemos: Antonio Machado, el insigne poeta, se casó con treinta años con una joven de quince. Es decir, y como enseguida podemos averiguar si nos introducimos en la historia de las costumbres matrimoniales, el matrimonio de hombres relativamente maduros con jóvenes menores de edad era habitual hasta hace relativamente poco (y lo sigue siendo hoy día en varios países y culturas).

Mi abuela por parte de madre, sin ir más lejos, fue obligada a casarse con un hombre bastante mayor que ella, aunque luego ella tuvo su buen amante, y de hecho mi madre y sus hermanos son todos de aquel segundo hombre, ninguno del padre legal. ¡Qué escándalo! Pero mi abuela ya lo advirtió: si la obligaban a casarse, ella se vería obligada a hacer lo que hizo, que no era otra cosa que estar con quien deseaba estar. Una abuela moderna que se dice. Estamos hablando de hechos que se remontan a la primera década del siglo XX por supuesto.

La verdad es que, ante mi preocupación sobre este texto ambientado en la grecia clásica, me he querido informar con todo detalle de la vida de las mujeres en aquella época. Y, lo que sospechaba, se ha confirmado: en realidad, todavía estoy siendo magnánimo en mi texto. Estas dos jóvenes que describo al fin y al cabo están con quien quieren estar, son bien tratadas y mejor cuidadas, muy queridas y estimadas en ambos casos. La verdad de la gran mayoría de jóvenes griegas era, cuando menos, temible. Se llegaba a un acuerdo prematrimonial con dote, y conocían a su pareja el día de la boda. El hombre solía doblarles la edad, y las veía como máquinas de tener hijos para la herencia, que por supuesto era siempre masculina. No tenían derechos, y sí muchísimas obligaciones. Y eran consideradas como seres inferiores, y tratadas como tales. Incluso tenían una canción de despedida del hogar, con un texto que demuestra lo horrible que era ese trauma para ellas. ¿El matrimonio, día más feliz de la vida? No para ellas.

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¿Les suena? Seguro que sí. En Occidente hemos vivido esas costumbres hasta hace poco. Y muchos países en la actualidad siguen todavía esas costumbres arcaicas y que siempre, indefectiblemente, sufren las mujeres. Pero este “Occidente moderno” del que nos sentimos orgullosos no puede presumir de nada. Por ejemplo, la idea arraigada de que en una violación la culpa es de la mujer “porque va provocando” es algo extremadamente extendido todavía. Es decir, una mujer, por el hecho de parecer atractiva, o por el hecho de llevar cierta ropa, parece ser la responsable de que se la pueda violentar de forma brutal. ¿Qué nos dice eso?

Efectivamente, nos manda un mensaje muy claro: no estamos tan lejos de aquellas costumbres de la grecia clásica. Seguimos siendo y tratando a la mujer sin el respeto y la consideración que se merecen. Ejemplos podemos verlos prácticamente todos los días. Casos sangrantes, nunca mejor dicho, que demuestran que esta sociedad todavía tiene un largo camino que recorrer en pos de la igualdad entre hombre y mujer.

La conclusión parece clara. Han pasado 26 siglos, y aquí estamos, con los mismos comportamientos sexistas, que pueden haber mejorado en ciertos aspectos, afortunadamente. Pero con una advertencia: son muchos los que siguen convencidos de que hay que someter a la mujer, con ideas como que sus cualidades psicológicas y de aprendizaje son menores, o simplemente, que ha de ser sometida al hombre “porque es la voluntad de algún dios”.

Visto lo visto, voy a dejar el texto como está, dejando claro que toda época, pasada y presente, ha representado para la mujer una enorme cantidad de problemas que ha debido y debe superar en cada etapa de su vida. Como hombre, no me siento satisfecho de pertenecer al grupo de los que oprimen. Como ser humano, intento, e intentaré, denunciar esta situación, y procurar que la mujer sea tratada simplemente como debe ser: como un ser humano, sin importar su condición. Existen centenares de casos de abusos cada año en occidente, y en algunos países las cifras se cuentan por miles. Pero lo peor es la indiferencia de la sociedad ante estos hechos. Eso es lo primero que debemos cambiar: una educación de verdadera igualdad entre sexos. Porque, si no empezamos la casa por los cimientos, nunca terminaremos de construir un mundo mejor para todos, que es, al fin y al cabo, lo que queremos.

Juguetes sexistas, o cómo la homofobia comienza a temprana edad

Llega la navidad, y llega a las televisiones de nuevo el clásico asunto de los juguetes sexistas. En televisión aparecían imágenes de pasillos rosas en grandes almacenes llenos de juguetes “para niñas”, y pasillos azules con juguetes “para niños”. Y la pregunta es: ¿por qué los comerciantes y la empresa del juguete en general, tras tantos y tantos años hablando del sexismo en los juguetes, siguen llevando a cabo estas actitudes, que evidentemente son sexistas?

Es muy sencillo: en primer lugar, porque, por mucho que se nos llene la boca con la igualdad de géneros, la población no está educada en base a esa igualdad que debería existir y que tanto se proclama, y que no existe en absoluto. En segundo lugar, porque los jugueteros saben que, no existiendo esa igualdad, la gente se va a inclinar por el pasillo rosa para comprar el juguete de las niñas, y por el azul para los niños. ¿Existe alguna base científica o lógica para eso?

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No. Por supuesto que no. Existe una cultura de la diferenciación por sexo (y por raza, y por credo, y por color, etc., pero no vamos a entrar en eso ahora). Parece que un niño jugando a muñecas, o una niña jugando a coches, es algo anormal. Mucha gente lo percibe así.

Voy a poner un ejemplo: el mío. Cuando yo era pequeño, tenía un robot de juguete. Caminaba con pilas, y de vez en cuando se paraba, abría una tapa, y disparaba unos láseres. Hasta ahí todo muy “macho”, muy “de hombres”. El niño nos va a salir ingeniero de robots, ya lo verás.

Pero, ay, algo ocurrió en mí. De repente, empecé a cuidar del robot. Le daba de comer. Lo tapaba con una servilleta por las noches. Lo llevaba al médico si se “ponía malo”. Le hablaba y recriminaba cuando se “portaba mal”. En definitiva, tenía con el robot lo que mucha gente considera una actitud maternal. Convertí al robot en un hijo. Yo tenía entonces unos cinco o seis años. Evidentemente, el niño estaba mostrando signos de ser “rarito”. Ay Señor, que este niño va a ser “de esos” que no tienen claro su rol en la vida. Por favor, qué castigo del Altísimo…

Lo primero que hay que decirles a los homófobos es que todos los seres humanos nacemos mujer. Todos los seres humanos, sin excepción. Vaya, cuánto lo siento, pero ya veis, la ciencia nos ha aportado este interesante dato. Solo cuando se activa una hormona determinada, en un momento determinado del desarrollo embrionario, produce la diferenciación en el caso de los famosos cromosomas X/Y. Pero atención: como ocurre tantas veces, este sistema no es un 1 o un 0, no es “todo verdadero” o “todo falso” como ocurre en los ordenadores. Es un proceso que tiene infinitos niveles. Algunos terminan siendo hombres en un porcentaje alto, otros en un porcentaje medio, otros en un porcentaje bajo. Y algunos hombres terminan siendo mujeres, y algunas mujeres terminan siendo hombres. No físicamente, pero sí en sus parámetros hormonales, de desarrollo, y de comportamiento sexual. ¿Por qué?

Es sencillo: porque la naturaleza regula la fisiología de esta forma. Es algo perfectamente natural. No es una enfermedad, ni una desviación, ni un “problema”. Es un estado natural, como el que tiene ojos azules o los tiene grises o marrones. O el que tiene el pelo rubio o moreno. La sexualidad es, en definitiva, mucho, mucho más compleja que “el chico” y “la chica”. Hay infinitos niveles intermedios entre esos dos niveles. Y, de la misma forma que nos maravillamos con los colores de los ojos o del cabello, deberíamos maravillarnos con los colores de los sentimientos de los seres humanos ante otros seres humanos, independientemente de su sexo, y del sexo por el que sienten atracción.

En mi caso, recuerdo muy bien a aquel robot, al que llamaba “Hojalata” en referencia a una serie de televisión que se llamaba “Perdidos en el espacio” y en donde aparecía un robot con ese nombre. Luego crecí, y aquel robot se perdió entre los pliegues y los sueños de mi infancia. Crecí, y desarrollé mi vida como un ser humano más. Con defectos, y con virtudes. Pero nunca mi condición sexual, o la de los demás, ha sido un impedimento para vivir una vida como la de cualquier otro ser humano. Cuando he visto a un ser humano, preguntarme por sus intereses sexuales me ha parecido un insulto a ese individuo. ¿Qué me importa a mí lo que ese ser humano sienta, mientras sea amor real? A quién enfoca ese amor no es de mi incumbencia. Si siente amor, lo demás es secundario.

El mundo es homófobo. Y el mundo está regido por el hombre, donde la mujer es sometida de una forma tan brutal al hombre en todo el mundo que podría llenar libros con este tema, pero de ese asunto trataré otro día. Los que hablan de igualdad cuando el mundo maltrata constantemente a la mujer deberían entender que hay que cambiar esta sociedad de forma que ambos, hombres y mujeres, seamos realmente iguales, en derechos, deberes, y por supuesto, en nuestros intereses sexuales.

Queda un largo, muy largo camino para eso. Luego algunos se llenarán la boca hablando de que existe una igualdad plena. Son aquellos que consideran que la mujer es un instrumento del hombre para ser usado a su conveniencia. Son aquellos que no quieren un cambio de statu quo. Son aquellos que defienden a instituciones caducas que basan ese comportamiento homófobo en libros escritos hace milenios. Mientras no dejemos eso de lado, y pasemos a una verdadera igualdad, la homofobia continuará con nosotros. Y la mujer seguirá llevándose la peor parte con muchísima diferencia. Yo apuesto por nuevas sociedades más equitativas, más justas e igualitarias, en las que los niños jueguen con sus juguetes, no con las expectativas de sus padres. Ese es el camino a seguir. El único camino a la verdadera igualdad de género para el mundo.