Lo que se esconde detrás de la chica del parasol

Importante: no me voy a andar con tonterías ni con medias tintas en este texto. Ruego me disculpen. Pero tengo poderosas razones, de las que explicaré alguna.

Hoy ha aparecido una noticia que yo personalmente hacía tiempo esperaba: las chicas de la Fórmula 1, y al parecer de otras disciplinas, desaparecerán de la parrilla de salida, o “paddock” como se dice en inglés. Vamos a hablar de ello claramente, porque hay que apuntalar ciertas cosas de una vez.

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Empezaré diciendo algo que es lo primero que he pensado cuando he leído la noticia, y que es muy evidente para quien conozca mínimamente este mundo, no de la Fórmula 1, sino de las modelos y estos eventos: el problema principal no son las chicas con la ropa ligera, y con el parasol. Eso es importante, sin ninguna duda. Están ahí en condiciones precarias, haga frío o se estén quemando, y tienen que andar siempre con una sonrisa, aunque tengan una diarrea que las esté matando de dolor.

Tienen que ser perfectas en cualquier circunstancia y momento. Tienen que aparentar que son lo mejor de lo mejor de la belleza femenina. Y tienen que apaciguar la sed y la perversión de una legión de pervertidos. Tienen que decir sí a todo, y tienen que estar comiendo y bebiendo lo que le dicen, vistiéndose con lo que le dicen, y yendo a donde les dicen, sin mediar palabra, ni posibilidad de levantar ni la más mínima queja. Porque, si no se “portan bien”, y por “bien” entiéndase un contexto muy amplio, salen despedidas al momento, y entra otra de la legión de chicas que está esperando una oportunidad de vivir ese “glamour” que les venden en la agencia de modelos.

Hace poco pasó, aquí en España, en un torneo de tenis (vean algunos de los “comentarios” de la noticia que enlazo, y verán el grave problema de este asunto). Con un frío de mil demonios, tuvieron que andar con minifalda, a pesar de sus quejas a la dirección. Afortunadamente, en este caso, sus protestas llegaron a la opinión pública y a un juzgado, que ha resuelto que las chicas estuvieron en condiciones precarias. Esta vez han ganado ellas. La mayor de las veces, las cosas no son así.

Por no hablar de esa reunión en Reino Unido, de gente de mucho dinero, donde todos son hombres, y contratan chicas que tienen que ir ligeras de ropa, y en donde hubo claros abusos, que ya han denunciado porque dos eran periodistas infiltradas. Algo que  se viene repitiendo desde hace décadas.

No vamos a entrar en la larguísima lista de mujeres que han denunciado abusos en el cine en Estados Unidos, y que ha sido un verdadero vendaval el año pasado. Un fenómeno que lleva reiterándose al menos, que se sepa, desde los años treinta del pasado siglo XX, en la industria del cine. Lo peor de todo es leer comentarios de gente que se atreve a decir que todas esas mujeres, que durante años han denunciado esos hechos, son unas mentirosas que buscan protagonismo. Puedo entender que una mujer, dos, puedan mentir, en alguna ocasión, alguna vez. Pero, ¿cientos? ¿Y durante décadas? Lo siento, pero yo, sinceramente, las creo desde el minuto cero.

Y las creo porque, como ocurre siempre, un ejemplo personal, que vi yo mismo, pondrá más claro este asunto. Hace ya años, a finales de los ochenta, yo salía con una chica que era modelo, y trabajaba en una revista de moda francesa. Conocí a esa chica en la universidad, y ella combinaba sus estudios con el trabajo de modelo, algo que es muy habitual, entonces y ahora.

Un día, esta chica me vino con una noticia: un modelo de París la había visto en unas fotos colgadas en el estudio de fotografía, y se había encaprichado de ella. La agencia de modelos quería que el chico, que tenía alguna fama, se quedase para unas sesiones. El chico dijo que se quedaba si le conseguían la chica de la foto para una noche en un hotel. La agencia, lejos de recriminarle esa actitud, le propuso a esta chica el equivalente a unos 1000 euros actuales por pasar esa noche. Esta chica dijo que ni mucho menos. La agencia le dobló la cifra al equivalente a 2000 euros. La chica volvió a decir de nuevo que no. Y que le podrían ofrecer un millón, que seguiría siendo “no”.

Recuerdo muy bien cuando llegó y me lo contó. Yo no podía creer cómo podía pasar algo así. No a ella; a ella la creí desde el primer instante. Lo que no podía creer es cómo se puede ser tan inhumano, no solo en el hecho de que un hombre pretenda encapricharse de una chica en una foto para rematar un negocio, sino, además, que la agencia pidiera a esta chica que se fuera a la cama con ese monstruo.

Lo que pasó después supongo que todo el mundo lo puede imaginar. Esta chica dejó de trabajar inmediatamente en la agencia. De pronto su trabajo ya no era necesario. Me ofrecí a ir allá, a explicarle al director de la agencia algunos aspectos de física aplicada al mundo de la cinemática. Pero esta chica me dijo que no iba a conseguir nada.

Entonces yo le dije por qué no denunciar aquello. Y ella me dijo, precisamente, la gran frase que tantas mujeres dicen:

“¿Y quién me va a creer?”

Ahí, estimado lector, está la clave: quién las va a creer, ¿verdad? Si total, si son modelos, ya se sabe, son casi prostitutas, o por qué no decirlo, verdaderas prostitutas. Si salen ligeras de ropa seguro que les encanta acostarse con cualquiera que les eche unos euros al plato.

Es absoluta y completamente denigrante. Y siento ser tan duro, y tan directo. Ustedes me van a perdonar por ello. Pero verán, cuando ves que a un ser querido lo tratan como a mercancía, y que se puede comprar a un ser humano por dinero, las cosas empiezan a verse de colores muy difíciles y oscuros. Y estamos tocando solo la superficie de este mundo, donde la maldad humana no conoce límites. Prefiero no pensar en ello demasiado, porque no le conviene a mi maltrecho corazón.

El problema, en definitiva, no es solo las chicas en la parrilla de salida. El problema es toda la inmensa cantidad de basura que hay detrás de esos mundos. Ese el monstruo que hay que detener, y hay que hacerlo ya.

Por ello, me alegro de que no haya chicas en la Fórmula 1. Dicen que ellas están allí porque quieren. No, lo siento. Esa es la perfecta excusa. Están ahí porque les pagan dinero para servir de escaparate, y porque necesitan ese dinero. No acepto esa historia “lo hacen porque quieren”. Nadie debe venderse porque quiere. Como nadie debe drogarse o lanzarse por un precipicio porque quiere. Hay cosas que, simple y llanamente, se han de acabar. Las mujeres deben ser libres de decidir su destino, no convertirse en el juguete de una industria poderosa, o de alguien que tiene el poder para ello.

La Fórmula 1 seguirá siendo del interés de sus aficionados. Yo mismo suelo ver algunas carreras. Y me alegraré de no ver a las chicas allá más. Solo espero que cunda el ejemplo en otros deportes. Porque, la hora de que las mujeres sean libres de verdad, ha de llegar ya.


 

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