Las cuatro fases depresivas del escritor

No falla: cada vez que un escritor termina de escribir algo, tenga dos líneas, o doscientas mil, ocurre lo mismo: depresión. ¿Cómo soy capaz de escribir esta basura? ¿Por qué he perdido la inspiración? ¿Qué castigo me envían los dioses desde el Hades de la locura?

No a todos los escritores les pasa, pero seamos sinceros: la mayoría pasan por un proceso que es, por lo general, descendente, y que tiene cuatro fases.  Son las cuatro fases depresivas del escritor. Vamos a verlas.

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Fase 1: soy genial.

Estás escribiendo tu texto, y te dices a ti mismo: “hey, parece que esta vez lo estás consiguiendo. Esto va a dar que hablar. Es una maravilla. Personajes, historia, desarrollo, ambientación… Soy genial. Las editoriales se van a matar por este trabajo”.

Efectivamente. El mejor texto es el que nunca se acaba. No se te ocurra terminar de escribir algo. Porque, entonces, entrarás en el infierno de la fase 2.

Fase 2: quizás no es tan bueno.

Ahí empieza la caída de los dioses. El texto está acabado, o casi. Ya lo tienes. Y es entonces cuando todo empieza a fallar. Repasas el texto, y ves incongruencias. Errores que no sabes de dónde han salido. ¿Habrá algún virus en el ordenador que cambia palabras de forma caprichosa? ¿Por qué este personaje, antes tan bueno, parece ahora más plano que el electroencefalograma de un tiranosaurio?

Dudas. Preguntas. Temores. Uñas mordidas, que suponen la ingestión de millones de bacterias. Así que ya sabes de dónde te vienen esos dolores estomacales. No puede ser. Este texto brillaba con luz propia. Vas a repasarlo. Debes ponerlo a punto. Ajústalo ya, o pasarás a la fase 3.

Fase 3: quizás lo mejor es el cajón.

Exacto. El texto no tiene remedio. Lo has probado todo: reajustar a aquel personaje. Introducir una historia nueva. Cambiar los diálogos. Añadir algunos comentarios. Quitar otros. Ese diálogo es demasiado corto. Este personaje parece salido de los dibujos de la Warner. Esa descripción de la casa en la colina haría llorar a un niño de tres años.

Nada encaja con nada, y lo mejor será frustrarse, llorar un rato, y meter el texto en un cajón del disco duro de tu ordenador. Dejarlo ahí, solo y abandonado, para que no contamine a otros textos, y, sobre todo, no te contamine a ti. ¿Qué ha ocurrido? Que has caído a lo más profundo de la depresión. A la fase 4: lo dejo, no sirvo.

Fase 4: me dedicaré a coleccionar sellos.

Efectivamente. Sellos, o a jugar a la consola, o a perderte en un bosque donde nadie te vea jurar que no volverás a intentarlo. No volverás a escribir ni una línea más. Ese texto te ha demostrado que solo sirves para llenar un papel de frases absurdas, de historias sin sentido, y de verificar que tienes tanto futuro como escritor como el pato Donald de arreglar su problema de foniatría. No hay remedio. Déjalo. Tíralo todo. Quema el ordenador. Y dedícate a jugar a ese juego de fútbol con tu sobrino, donde te mete diez goles en los primeros dos minutos.

Fase 5: resurrección.

¿Queda algo después de la fase 4? No, muchas veces. Pero yo quiero ser positivo, como dijo el protón una vez (ya, el chiste es muy malo, voy yo mismo a aplicarme las cuatro fases de este texto en cuanto termine de escribirlo).

La fase 5 es una fase que no solemos tener en cuenta. Y es la fase del reconocimiento. El reconocimiento de que somos mortales. De que cometemos errores. De que no somos perfectos. Pero que, incluso así, podemos, con esfuerzo, y con trabajo, terminar escribiendo algo interesante. O no. Eso lo decidirá, en última instancia, el lector. Pero, antes de que el lector dé su aprobación o su negación a nuestro texto, tendremos que ser consecuentes con nosotros mismos, revisar el texto de forma lo más objetiva posible, y reconocer que podemos conseguir un texto que pueda ser de interés para nuestras propias retinas.

No es fácil, por supuesto. Y ni mamá, ni un hermano, ni la pareja, nos va decir algo que nos ayude. Porque, si nos dice que está bien, no le creeremos. Y, si nos dice que “está bien, pero…” entonces ya nos hundiremos en el fango del dolor para toda la eternidad. Aparte de no volver a hablar a esa persona por lo menos durante media hora.

Sea como sea, al final, la labor del escritor es solitaria. Estamos solos frente al monstruo blanco del papel. Y, en ese contexto, pasar por las cuatro fases nos reivindica como seres humanos, con nuestros miedos, nuestras frustraciones, y nuestros terrores. Es la fase 5 la que debe acudir a nuestra ayuda, y es la fase 5 la que nos va a dar una oportunidad para firmar la paz con nosotros mismos.

Lo ideal, por supuesto, es obviar las primeras cuatro fases, e ir directamente a la cinco. Pero, no lo neguemos, eso es muy, muy difícil.

Por lo tanto, no temamos pasar por las cuatro fases. Hagámoslo. Y luego, pasemos a la fase 5. Una vez el texto esté terminado y publicado, que sea el lector quien valore la obra, y veremos si mereció, o no, la pena, ajustar y reajustar aquel texto. Si no fue así, aprendamos de ello, e intentémoslo de nuevo. Si mereció la pena, entonces comprenderemos que, al fin y al cabo, fuimos, quizás, un poco duros con nosotros mismos. Y eso es bueno. Pero demasiado tormento es tan malo como la autocomplacencia. Busquemos el punto medio.

Y recuerda: la fase 5 te espera. Agárrate a ella como a una tabla de salvación. Y navega. Siempre, navega. No te hundas. Jamás.


 

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2 comentarios en “Las cuatro fases depresivas del escritor”

  1. Yo creía que mis libros eran maravillosos pero, cuando terminé de escribir mi primer libro y quería publicarlo en una editorial tradicionalista de mi país me dieron un baldazo de agua fría ya que me dijeron que mejor me dedique a escribir cómics. Creo que dejé de escribir por tres o cuatro años. Después volví a escribir y publiqué mis libros en formato ebook gratuito. A pesar de que mi obra no está a la altura de obras maestras como la saga Aesir – Vanir, he tenido uno que otro lector lo que me motivó a seguir escribiendo.

    1. Más o menos todos hemos enviado nuestro material a editoriales, y nos lo han devuelto por mil motivos, a mí me pasó varias veces, hasta que dejé de mandar mis trabajos. Que juzguen los lectores, porque a ellos nos debemos. Un abrazo.

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