Fragmento de “Yggdrasil”

El otro día, mi hermana me amenazó con que debía volver, en el Libro XIII, “Yggdrasil”, al estilo narrativo de “La leyenda de Darwan”, dejando de lado el modelo del Libro XII. Si no lo hacía, dejaría de invitarme a tomar café con croissants. Yo le dije lo de siempre: cada estilo, y cada libro, es una nueva aventura literaria que hay que explorar. Pero ella gusta de la acción, explosiones, y no del tono costumbrista del Libro XII.

Pero, al parecer, su impresión inicial sobre el Libro XII la tuvo cuando llevaba solo algo menos de la mitad del mismo. Ahora que lo está acabando parece estar más satisfecha. Y es normal; el libro es un “crescendo” constante, modelado así desde el principio. Aunque ella nunca sabrá que, de todos modos, “Yggdrasil” volvería a la esencia de La leyenda de Darwan.

Pero que nadie se lo diga. Peligra mi café, y eso es sagrado…

Fragmento de “Yggdrasil”.

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Helen se despidió con una ligera sonrisa nerviosa, y se fue caminando, observando a aquellas personas. ¿Cuánta gente habría allá? ¿Doscientas? ¿Quizás trescientas? Parecían asustados. Muy asustados. Y estaba claro que tenían sus razones. ¿Estaba asustada ella? Era evidente que sí. Estaba asustada. Se suponía que debía de estar muerta. Se suponía que un cáncer terminal había acabado con ella. Se suponía que se había despedido de sus amigos, de su trabajo, de su familia. Y se suponía que, como ella, toda aquella gente debería estar muerta. Unos por enfermedades. Otros, en accidentes. Otros, no sabían muy bien por qué. Y Helen se encontraba en ese lugar sin sentido, con toda aquella gente, viendo cosas sin sentido. Y si algo siempre ponía nerviosa a Helen, eran los datos que no cuadraban.

De pronto, notó una mano en el hombro derecho. Instintivamente, recordando sus clases en el gimnasio, agarró el brazo tras la mano, y lo lanzó al aire, con una clásica proyección de jiu jitsu. El cuerpo, que iba tras el brazo cayó pesadamente al suelo. Al instante, se dio cuenta de lo que había hecho. Allá, en el suelo, yacía un hombre de mediana edad, con una altura solo algo menor que la de ella, y con un aspecto algo siniestro, aunque ella misma no podía evitar que la gente tragase saliva al verla.

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Helen se acercó a aquel hombre, y se disculpó:

—Lo siento señor, ha sido algo instintivo. ¿Se encuentra bien?
—Sobreviviré, gracias —comentó aquel hombre.
—Estoy muy nerviosa, no entiendo qué hago aquí, qué hacemos todos aquí. Y, de pronto, he notado su mano, y…

El hombre la miró fijamente desde el suelo. Asintió levemente, con un cierto gesto de dolor. Helen le dio la mano, y le ayudó a levantarse. Él se limpió la ropa, y la observó con ojos entrecerrados. Comentó al fin:

—Vaya, vaya. Quién me lo iba a decir. —Helen alzó las cejas, en un gesto de sorpresa.
—¿Decir qué?
—Que nos íbamos a encontrar, después de tanto tiempo. Y que ibas a ser tan efusiva. Tan… directa. Pero me alegro de que haya sido así. Cuadra totalmente con mi impresión que tenía de ti. Y esa proyección de Jiu jitsu ha sido muy buena. No es fácil sorprenderme, puedes estar segura de eso.
—¿Qué dice? ¿Que nos íbamos a encontrar después de tanto tiempo? ¿Cuánto tiempo?
—Sospecho que más del que podamos imaginar tú y yo.
—Disculpe, señor, pero yo no le conozco de nada a usted. Debe confundirme con otra. —El hombre asintió levemente, y contestó:
—No estoy confundido. Ni pongas esa cara; no pretendas que intento algo tan banal como ligar contigo, te aseguro que no estoy de humor. Ni es necesario que me mires como si estuviese desvariando. Mi nombre es Vasyl Pavlov. Tu nombre es Helen Parker.Y te lo repito: yo sí te conozco a ti. Te vi una vez. Hace mucho tiempo.
—Debió de ser en algún concierto, mientras estaba borracha.
—No. No fue en un concierto. Fue en Canadá.
—¿Canadá? —rió Helen—. Yo nunca he estado en Canadá.
—Es cierto. Tú no. Pero tu cuerpo, sí. —Helen no pudo reprimir un gesto de sorpresa.
—¿Qué dice? ¿Puede repetir eso?
—Y, por lo que veo, la operación Fólkvangr fue todo un éxito. Un éxito que fue más allá de las aspiraciones y los sueños más absurdos de aquel viejo loco y su organización.
—¿De qué habla? ¿Está usted loco?
—Es probable. Pero eso no tiene nada que ver con lo que sucede aquí. Somos supervivientes, Helen. Somos el resultado del sueño de un hombre, para conseguir que la humanidad sobreviva a su propia locura. Yo les dije que los locos eran ellos una vez. Y es evidente que estaba equivocado. El loco, sin ninguna duda, era yo…

Pavlov no pudo decir nada más. De pronto, el cielo pareció abrirse en dos. Del mismo surgió una rampa, y un hombre y una mujer aparecieron. Bajaron hasta la superficie. Los dos se situaron sobre una especie de tarima que nadie supo ver de dónde había surgido. Todo el mundo se mantuvo en silencio. Algunos estaban sorprendidos. Otros, aterrados. Otros, simplemente, no sabían cómo reaccionar. Entonces, la mujer habló…


Yggdrasil” se publicará, si los dioses lo permiten, en otoño de 2018. Muchas gracias por su interés.

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