Matar en nombre de la ignorancia

Hoy es día de música, pero ante ciertas noticias que llegan, he preferido dejarla ahora un momento de lado, y tratar un tema que considero prioritario.

Vamos primero a hacernos una pregunta: ¿los puentes matan? Ha habido una desgracia reciente en Italia. El puente tenía algunos problemas ya de base, pero además estaba muy mal mantenido al parecer. En Vigo ha pasado algo parecido. De vez en cuando muere gente en los puentes. Incluso si están en perfecto estado, hay gente que se cae, o coches que se caen. Una bicicleta puede tener un problema, y terminar cayendo.

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Ahora vamos a imaginar algo: imaginemos que los familiares de los fallecidos en los puentes de todo el mundo crean una asociación. La llaman “Asociación de afectados por los puentes”. ¿Cuál es su reivindicación? Que los puentes son peligrosos. Y que, por ello, deben eliminarse. La gente, los coches, las bicicletas, deberán pasar bajando al río, atravesándolo, y cruzar hasta el otro lado por sus propios medios.

¿Es ridícula esta asociación? Claro que sí. Absolutamente ridícula. Los puentes son útiles. Pero a veces hay desgraciados accidentes, que por supuesto se han de intentar evitar. Pero siempre habrá accidentes en los puentes, por mucho cuidado que se ponga.

Ahora cambie “puente” por “vacuna”. La historia es la misma. Las vacunas salvan vidas. Pero algunas pueden causar problemas. Debemos procurar que no ocurra, pero todos los medicamentos, todos, incluso una aspirina, pueden provocar problemas graves a ciertas personas. Mi padre estuvo a punto de morir en la recepción de un hotel porque le dieron una pastilla para el dolor de cabeza que le produjo un schock anafiláctico. Suerte de un médico que llevaba un equipo de emergencia y le salvó la vida. Hablo de una simple pastilla para el dolor de cabeza. Mi padre no organizó una asociación contra las pastillas de dolor de cabeza.

La conclusión parece evidente: debemos cuidar los puentes. Y las vacunas. Pero no debemos renunciar a ninguna de estas dos soluciones. Aunque ambas, de vez en cuando, produzcan situaciones graves e incluso la muerte. Necesitamos los puentes. Y necesitamos las vacunas.

Ahora contaré una historia ficticia basada en la realidad, si me lo permiten.

Juan es economista. Su mujer, Helena, es ingeniera. Debajo de ellos vive Lucía, que vive sola, y que acaba de tener un hijo. Lucía está preocupada por la salud de su hijo, como es normal en una madre. Y quiere lo mejor para su hijo. Pero ha llegado la hora de las primeras vacunas, y Lucía quiere asesoramiento experto. Si se han de poner, y cómo, o si es mejor dejar las vacunas, porque ha leído en alguna web de Internet que las vacunas llevan metales pesados, y que provocan que los niños se conviertan en autistas. Y que son un simple negocio de las farmacéuticas, que solo buscan dinero, no como las empresas de homeopatía, que todo lo que ganan  lo donan a ONGs infantiles. No importa que se sepa que el tema del autismo fue una noticia falsa y manipulada. Una sola mentira vale más que un millón de verdades.

Así que Lucía sube al piso de arriba. Llama al timbre, y aparecen Juan y Helena. Estos la invitan a casa. Allí le explican por qué las vacunas son peligrosas, y por qué no debe vacunar nunca a su hijo. Lucía sonríe y baja satisfecha a su casa.

Al cabo de un año, el hijo de Lucía yace muerto en una caja blanca. La causa: una varicela.

Esta historia, ficticia, ocurre sin embargo en realidad con demasiada frecuencia. La razón es obvia: Lucía ha consultado a un economista y a una ingeniera un asunto de salud. ¿Iría usted a un médico para consultar una inversión financiera, o para proyectar la construcción de un puente en su ciudad? Realmente, no. El médico no sabe nada de finanzas ni de construcción de puentes. Ir a un médico para eso es absurdo. Entonces, si es absurdo, ¿por qué mucha gente no ve absurdo ir a un economista y a una ingeniera para asesorarse por un tema de salud, que requiere de un médico experto?

Al cabo de unos años, Lucía tiene la mala suerte de contraer un cáncer de hígado. Para curarlo, va a una tienda donde quien la atiende, Pedro, cursó estudios superiores de arquitectura, pero lo dejó a los tres años, y montó una tienda de medicina alternativa y homeopatía. Pedro no es médico. No conoce nada de cómo funciona el cuerpo humano. No conoce la bioquímica involucrada en la vida. No sabe distinguir prácticamente una bacteria de un virus, ni sabe qué es exactamente un retrovirus.

Y, sin embargo, Pedro asesora en temas de salud a cientos de personas que van a su tienda cada día. Cada día, explica e informa y asesora a personas con enfermedades graves de lo que deben hacer, cómo deben tratarse, y cuáles son los productos, que él vende en su tienda, y que curarán el cáncer de Lucía.

Al cabo de un año, Lucía muere de cáncer de hígado.

Mientras Pedro ya busca nuevos enfermos de cáncer, madre e hijo han muerto. Se han perdido dos vidas. Dos sueños de futuro rotos por la ignorancia y la soberbia. Dos vidas que podrían haber vivido quizás hasta el fin de sus días, rotos por personas a las que no les importa matar en nombre de la ignorancia.

Estas personas, como Juan y Helena, o como Pedro, están aquí, ahora, en este momento, entre nosotros. Se han autonombrado expertos en salud, y deciden la vida y la muerte de seres humanos cada día. También deciden la vida y la muerte de los hijos de los demás, y de los suyos propios. Sus consejos matan. Sus ideas matan. Sus teorías matan. Su ignorancia mata. Y ellos son culpables de todas las vidas que se han perdido por querer erigirse en jueces de la vida. Por tomar para ellos el poder de decidir qué deben hacer y qué no deben hacer los demás con sus vidas.

Juan y Helena caminan cada día sobre un reguero de muertos. De personas inocentes que confiaron en ellos. Juan y Helena sonríen, porque se sienten superiores a quinientos años de investigación médica, y niegan cualquier resultado científico que no se atenga a sus convicciones. Si un hecho científico no se amolda a sus ideas, lo niegan. E inventan nuevos hechos científicos amoldados a su carácter, y a su personalidad.

Por lo tanto, cuando usted vaya a ver a Juan y a Helena, recuerde algo fundamental: ellos dicen saber la verdad de la medicina. No han pisado una facultad de medicina en su vida. Solo tienen una cultura básica general sobre los aspectos de biología y medicina. Y sí tienen una enorme cantidad de prejuicios contra la sociedad. Prejuicios que matan, que siegan vidas, que llevan a personas sanas a la muerte.

Usted el libre de decidir. Dispone de libre albedrío. Usted decide si va a ir al piso de arriba, a dejarse asesorar por Juan y Helena. O si, por el contrario, prefiere ir a un médico especialista, que no es solo él como médico, sino son los conocimientos que él ha adquirido después de quinientos años de historia de la medicina. Quinientos años que han salvado millones de vidas.

Elija, pero hágalo bien. Los miles de médicos que han demostrado en todo el planeta y con millones de pacientes cómo la medicina salva vidas, o una pareja de ignorantes que viven sobre los huesos de aquellos que confiaron en ellos. Es su decisión. Pero, por favor, elija bien.

Porque usted puede no creer en la medicina. Pero las enfermedades sí van a creer en usted. Y a los virus y bacterias, o al cáncer, les son indiferentes sus opiniones políticas, sociales, y culturales. Los virus, bacterias, y el cáncer, le matarán si pueden. No dudarán en hacerlo. No dudarán ni un instante. Está en su mano decidir quién tiene las mejores herramientas para evitarlo.

Pero decida pronto. Su vida, y la de su familia, están en juego.


 

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