Extracto de “Ángeles de Helheim”

Ángeles de Helheim” es una de las obras de la saga Aesir-Vanir, que recomiendo leer al final según el orden establecido, por razones que se entienden tras la lectura. Obviamente se puede leer en primer lugar, y entonces toda la parte de la saga de Sandra tendrá, por parte del lector, una comprensión completamente distinta de los hechos, y de la propia Sandra.

Como siempre, el lector elige. Cano, el dibujante de las portadas de la trilogía y de La insurrección de los Einherjar, siempre aconseja leer las obras en el orden en que fueron escritas. ¿Y quién soy yo para contradecir a un pintor de su clase?

Esta es sin duda la obra más autobiográfica de todas. Mi hermana me dice que me parezco mucho a Vasyl Pavlov, el protagonista. Yo le digo que, de momento, no recuerdo haber volado edificios, ni recuerdo haber sido contratado por el gobierno para llevar a cabo operaciones especiales. Ella siempre responde que no se refiere a eso. Yo pongo cara de tonto, como si no lo entendiera. Son muchos años juntos, y ya sabemos de qué pie cojea cada uno.

En esta escena de la novela, Vasyl Pavlov, un investigador del gobierno estadounidense, vuela con Irina Musilova, agente policial argentina, hacia Italia, después de haberse conocido en Buenos Aires, y haber pasado un tiempo en Venezuela. Ambos llevan a cabo una investigación sobre una serie de asesinatos, que además son la excusa para una venganza que busca llevar a cabo Pavlov…

Encuentros y desencuentros

—Me voy a tomar un batido. ¿Quieres algo, Vasyl? —preguntó mientras se acercaba al refrigerador.
—Una cerveza.
—¿Has bebido algo en tu vida que no sea cerveza?
—Leche de la teta de mi madre. Pero ya no me acuerdo.
—Ya, claro. ¿Siempre eres tan chistoso?
—No siempre.

Ambos se mantuvieron en un tenso silencio. Irina suspiró. Se sentó en uno de los asientos laterales. De pronto, comentó:
—Tengo la impresión de que Kathryn era una mujer excepcional.
—Lo era. Sin ninguna duda. Puedes estar segura de eso.
—¿Cómo os conocisteis? —preguntó con curiosidad. Pavlov pareció navegar por el tiempo. Contestó:
—En un seminario de biología molecular. Algo sobre genómica y no sé cuántas palabras raras más. —Irina rió.
—¿Y qué hacía una bestia sin cerebro como tú en algo tan sofisticado como un seminario de biología molecular?
—Pues… intentar hacerle entender a la conferenciante que había cosas más interesantes que hacer esa tarde que estar hablando de genes y de ciencia.
—Entiendo. La conferenciante era Kathryn.
—Exacto. Era el acto final de la presentación de su tesis doctoral. Yo había quedado con su hermano para ir a tomar unas cervezas en su casa, cuando salió ella.
—¿Su hermano?
—Exacto. El caso es que su hermano nos presentó, y Kathryn nos dijo que se iba volando a dar aquella conferencia. La verdad es que me atrapó al instante. Me miró y sonrió, y yo tomé una decisión: le prometí a su hermano que le pagaría diez rondas si me decía a dónde iba su hermana.
—¿No se sorprendió ella de verte allí, en la conferencia?
—Por supuesto. Lo hizo. Y en el turno de preguntas, ella se dirigió a mí como “doctor”, y me preguntó qué me parecía no sé qué historia de un reciente descubrimiento importante. Yo le respondí que me parecía genial. Todo el mundo rió. Fue su venganza por haberla perseguido. Luego, cuando la gente se hubo ido, yo iba a irme también. Pero se acercó a mí, y me dijo que si la invitaba a una copa, ella me explicaría lo de ese descubrimiento. Y así empezó todo. No sé qué vio en mí, con todos aquellos genios brillantes a su alrededor. —Irina sonrió, y contestó:
—Puedo imaginármelo.
—Fue una trampa de ella. Muy bien urdida.
—No creo que se pueda llamar así… Esto sí que es realmente una trampa —susurró Irina levemente.
—¿El qué? —¿El asunto de Rachel? Ya sabemos que su computadora estaba controlada. Y no van a hacerle daño hasta que crean que tienen el material. Luego acabarán con ella si no lo evitamos. Pero vamos a evitarlo. —Irina negó con la cabeza.
—No, no me refiero a eso. Por cierto, sobre tu cuñada, Rachel, su comportamiento es el de una histérica, eso es evidente. Y tiene todos los rasgos de los psicópatas. Pero también tiene una mente realmente brillante, a pesar de la trampa en la que ha caído con su computadora. Pero lo que más me llama la atención es su odio visceral hacia ti. Casi podría tocarse. Y no es que quiera ofenderte, pero…
—No, no me ofendes —comentó Pavlov mientras tomaba un sorbo de su cerveza—. Rachel y yo nunca congeniamos. Ella es una mujer difícil. Su hermana la quería mucho, y siempre me pedía paciencia con ella. Y a ella le pedía paciencia conmigo. Pero Rachel tiene ahora todos los argumentos del mundo para odiarme.
—Pero vas a jugarte la vida por ella. —Pavlov pareció sorprendido.
—Naturalmente. Es la hermana de Kathryn. Se lo debo.
—Sí, lo sé. Pero no es solo eso, ¿no es cierto? Lo haces porque es tu familia. Lo haces porque, a pesar de todo, aún queda algo de honor y de respeto por los demás en ti.

Pavlov miró a través del cristal del aerodeslizador. Luego se volvió, y confesó:
—Desde que dejé la aviación y me metí en esa unidad de operaciones especiales conocida como Alfa Zebra, he pasado momentos difíciles. He vivido situaciones muy duras, y he visto mucha sangre. Demasiada. La lucha contra los narcos, los traficantes de armas, la trata de blancas, la extorsión, los secuestros, no entiende de piedad, ni de respeto a nada, ni a nadie. Todo es sangre, terror, y fuego. Pero no he perdido la razón. Sé que existen unas normas mínimas en la vida, y Rachel es una de ellas. Hago esto porque es, de algún modo, lo que debía haber hecho con Kathryn. Si le pasa algo a Rachel, no me lo perdonaré.
—Pero ella sí se ha metido en este juego, Vasyl. Sabe lo que hace. Ambos os habéis metido en el mismo mundo de la gente que perseguís. Rachel lo sabe.
—¿Rachel? Rachel no tiene ni idea de todo esto. Está jugando a las venganzas. —Irina rió, y contestó:
—Claro que sí, está jugando a las venganzas. ¿Y tú qué estás haciendo, Vasyl?
—Yo hago lo que debo hacer —respondió solemne.
—No me vengas con cuentos, Vasyl. Esto es una pura y dura venganza. Yo no conocí a tu mujer, pero si tenía dos dedos de frente, y todo indica que era así, te recriminaría todo esto. A ti y a su hermana.
—Es cierto, ya lo hemos hablado; pero seguiré hasta el final.
—Terco como una mula —dijo ella.
—Cabezota como un Beagle —contestó él. Irina giró la cabeza.
—¿Los Beagle son cabezotas? —A Pavlov le dejó descolocada esa pregunta. Respondió.
—Pues… sí. Tuve uno hace años, que… —Ella se acercó a él. Lo miró, y dijo:
–¿No te das cuenta?
—¿Darme cuenta de qué?
—Tus amigos nos han hecho una encerrona. Tenernos aquí cinco horas, para que hablemos, para que nos conozcamos mejor.
—Pensamos que con esta distribución…
—Tus amigos son más inteligentes de lo que crees, Vasyl. Y yo más estúpida de lo que creía. Y tú… vives en tu mundo de fantasía. No te enteras de nada. Quizás seas muy bueno para la guerra y las explosiones, pero para los sentimientos…
—No te entiendo, Irina. —Ella hizo un gesto de negación.
—Déjalo. Un día caíste por un agujero, y una piedra te sacó el corazón. Quedó la piedra en su lugar. Y ni te diste cuenta del cambio.
—Ya te dije que…
—Que tienes que vivir amargado el resto de tu vida, sí, lo sé. Solo te falta el látigo, y fustigarte cada día tres veces. El problema es a cuánta gente te vas a llevar por delante manteniendo esa actitud tan negativa sobre ti mismo. Te crees un mártir, pero no eres más que otro ser humano tratando de sobrevivir. No eres más que otra alma atormentada por el dolor del odio y la ira… ¡Oh, basta, es como darse contra una pared! Voy a echarme un rato. Avisa si pasa algo.

Irina se incorporó. Iba a irse, cuando él se levantó y se acercó a ella. Iba a decir algo, cuando ella le besó mientras le sujetaba. Ambos se abrazaron unos instantes. Luego se separaron. De los grises ojos de Irina prendían algunas lágrimas.
—Debo de estar loca —confesó—. ¿Cómo puedo ni siquiera imaginar el sentirme atraída por un animal salvaje y loco como tú? ¿Por un asesino sin alma, sin piedad? ¿Qué he hecho yo para tener que condenarme así? —Pavlov esperó unos segundos antes de contestar.
—Yo… no puedo prometerte nada. Mi vida siempre ha sido un caos, es cierto. Pero la actual lo es aún más. Sin embargo, si dijese que no me siento atraído por ti mentiría. Pero la herida…
—La herida es muy grande, sí, ya lo has dicho mil veces, ya nos hemos enterado todos de tu dolor y de tu pesar infinitos. Podrías poner un anuncio; en Madagascar aún no saben de tu infinito dolor.
—No es algo para bromear, o para ser sarcástica, Irina.
—No bromeo, ni soy sarcástica. Yo también he perdido seres queridos. Y en mi trabajo ha muerto gente muy apreciada mientras era mi deber protegerles. Por ejemplo, esos compañeros que me habían acompañado al local donde estaba tu cuñada antes de ser secuestrada. Algunos de esos compañeros son, o eran, grandes amigos. ¿Y qué hago? Seguir adelante. Luchar para que su muerte no sea en vano. Oh, Dios, esto es una locura, no quiero ni pensar qué les habrá pasado.
—Podrían estar vivos. O haberse vendido a esa gente.
—Los vendidos no me interesan. Los que me interesan están muertos, con toda probabilidad.
—Eso no es culpa tuya. —Irina reflexionó:
—Es cierto. No puedo culparme. Pero ¿sabes qué? Tú tampoco puedes culparte. Kathryn te eligió a ti. Eligió tu vida. Y tú trabajabas para protegerla a ella de esos narcos, de esos asesinos. Hubo un soplo, alguien te traicionó. Esto ocurre aquí también, ¿sabes? Y muere gente inocente todos los días. Acabas de verlo. No te digo que te sirva de consuelo. Pero las cosas son así. Elegimos jugarnos la vida, pero, sin darnos cuenta, ponemos en peligro la vida de nuestros seres queridos.
—¿Es por eso que no estás casada? ¿Es por eso por lo que no tienes hijos? —Irina se mantuvo un momento en silencio antes de contestar:
—Puede ser. Rachel lo sabe. No se le escapa nada a tu cuñada.
—¿Qué sabe?
—Que a mi marido lo mataron en un tiroteo entre dos bandas. De eso hace casi tres años. —Pavlov se quedó congelado.
—Vaya, lo siento. Yo…
—No tienes que decir nada. Sufrí mucho. Y siempre lo llevaré conmigo. Pero no voy a atarme de pies y manos a mi dolor. Tengo que salir adelante, y rehacer mi vida. Y es en ese momento cuando aparece una bestia asesina, y, de forma inexplicable, me siento atraída por esa bestia. Y me pregunto dónde ha quedado mi fría lógica, y mis convicciones sobre lo que está bien y lo que está mal. Ahora me encuentro con alguien que puede comprender mi vida, y me hallo en la paradoja de que yo no puedo entender la suya. Me refiero a ti, por supuesto. Y me estoy volviendo loca.
—Entiendo… —Irina negó con la cabeza.
—No, no… Tú no entiendes nada. Pero dime una cosa, Vasyl Sergei Pavlov. Una sola cosa: ¿habrá en tu vida algo de sitio para la esperanza, para el futuro? ¿Incluso, para el amor? —Pavlov suspiró.
—Supongo que mi primera intención era dejarme llevar y acabar muerto en cualquier agujero. Estos seis meses pasados he vivido en el infierno cada día, y cada noche. Pero desde que te he conocido, veo las cosas de otra manera. Creo que puedo seguir adelante. Que debo seguir adelante. Quizás rehacer mi vida. Quizás…
—Si esa es tu forma más elaborada de decir que sientes algo por mí, es para pegarse un tiro, sin necesidad de que lo hagan esos bestias a los que perseguimos.
—Lo siento, Irina…
—No, no lo sientas. Eres así, qué le vamos a hacer. Pero me estoy enamorando de ti, y Dios sabe por qué misteriosa razón, no puedo dejar de pensar en ti. Algo debí de hacer muy mal en alguna vida pasada para tener que sufrir esta condena. Y ahora sí, me voy a dormir un rato. Estoy agotada de estos días. Sigue viendo tu película. No quiero quitarte la ilusión.
—Mejor me dedico a controlar el aerodeslizador y a repasar la documentación y el check list.
—¿Qué check list?
—Tiene que ver con la misión. Descansa.

Irina se fue a dormir. Pavlov sintió la necesidad de ir tras ella. Pero consideró que no era el mejor momento. Tenían que terminar aquella operación. Tenía que concentrarse en rescatar a Rachel. Pero, tras unos minutos, de pronto, sin darse cuenta, se levantó de la silla. Caminó hasta el camarote de ella, y dio dos golpes en la puerta.
—Entra, o no entres. Pero haz el favor de no llamar a la puerta. —Pavlov se asomó. Dentro estaba Irina, sentada en la cama. Era evidente que había estado llorando.
—Perdona, yo…
—¿Quieres hacer el favor de callarte de una maldita vez? —le rogó ella—. ¿Hasta cuándo vas a seguir jugando a este juego?

Pavlov terminó de entrar, y cerró la puerta. Aquel día es probable que no encontrase todas las respuestas a su dolor. Pero encontró un alma con la que compartir el daño de ambos. Y el dolor siempre se soporta mejor con una buena compañía, una sonrisa, y una pizca de amor.


Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

3 comentarios en “Extracto de “Ángeles de Helheim””

  1. me gustó mucho!!! qué interesante si parece ud a Pavlov, porque detrás de este personaje hay y dolor y pérdidas y un gran vacio que debe cerrarse o llenarse… lo siento como un personaje trágico…pero , claro, al leer tan solo una parte tan pequeña, quizá me equivocó…pero es muy interesante buscar el autor en un personaje 🙂

    1. Muchas gracias por sus palabras, muy amable, es un placer para mí que le haya gustado. Le diré que en mi vida real ciertamente conocí a la que fue mi mujer en la universidad, y que también entré en su conferencia sin permiso, haciéndome pasar como parte del personal. La única diferencia es que la facultad era de filología en lugar de biología. Puede ver que hay similitudes ciertamente. ¡Un abrazo!

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