Extracto de “Ángeles de Helheim”

El anterior extracto de “Ángeles de Helheim” tuvo muy buena acogida por parte de los lectores, a los cuales agradezco enormemente su interés. Aquel era un fragmento que da una idea del libro, pero el libro como es lógico tiene más visiones y situaciones. Me gustaría compartir aquí ese otro lado más, digamos, oscuro del libro. Y muchas gracias por su interés.

Rachel, la cuñada de Vasyl Pavlov, ha sido secuestrada en Venezuela, mientras descodificaba una información relacionada con el asesinato de su hermana, que era a su vez la esposa de Pavlov. Este y su compañero de armas, Guillermo, se encuentran mientras tanto en un sórdido antro que Guillermo sabe puede ser de su interés. Vasyl no se encuentra muy entusiasmado con la idea, pero comprende que es mejor acompañar a Guillermo para olvidar todo lo que está viviendo, y para controlar a su impetuoso compañero.

angeles

En algún lugar perdido de Venezuela…

—Ponme otra copa, por favor —rogó Guillermo. La camarera del peor tugurio de contactos que había podido encontrar en la zona sonrió diciendo:
—Otra copa para mi soldadito. ¡Qué guapo eres!
—No es nada comparado con la profundidad de tu mirada, preciosa. —Ella sonrió mientras servía la copa. A su lado, Pavlov se llevó las manos a la cara.
—¿Tienes que ser tan patético? —preguntó Pavlov.
—¿Qué te pasa Vasyl? Solo estoy siendo amable con esta bella señorita. —Ella, que había oído el comentario de Pavlov, le espetó:
—¿Y a ti qué te pasa? ¿Siempre estás tan amargado? —Pavlov no respondió, pero sí Guillermo.
—No le hagas caso. No has visto nada en realidad. Hoy le pillas de buen humor. —Ella torció el gesto, y tras unos instantes, volviendo la vista a Guillermo, le dijo sonriente:
—Bueno, lo que le pase a ese tonto no es nuestro problema. Tu amigo se puede perder donde quiera. Pero tú y yo podríamos hablar de tus grandes batallitas luego, y, si quieres, montamos una pequeña guerra nuclear en mi casa… —Guillermo rió, y contestó:
—No sé si podré; esta bestia que está a mi lado no quiere que vaya correteando por ahí.
—¿Quién es, tu ángel de la guarda? —preguntó ella con sorna.
—Es un ángel, pero no lleva alas del cielo, te lo aseguro.

La camarera miró a Pavlov con desprecio, y se alejó sonriente hacia otro cliente.

—No sé cómo aguantas esto —le comentó Pavlov.
—¿Por qué? Es muy simpática. Y muy guapa.
—Con eso que le has dado de propina, hasta yo podría llegar a ser simpático.
—Lo dudo. Pero alegra esa cara hombre. Llega la caballería.
—¿De qué hablas ahora? —Guillermo señaló con el dedo. Pavlov vio que por la puerta entraba Irina. Varios hombres se giraron para verla. No era nada habitual que una mujer entrase allá. Aunque tampoco era demasiado infrecuente. La mayoría de veces, sin embargo, se trataba de mujeres que iban a buscar a sus maridos descarriados, para tratar de llevarlos al redil, o para pegarles un tiro con un arma. En este caso, la situación era distinta.
—Vaya, aquí estáis, como bien supuso Rachel —comentó sentándose en la barra al lado de Pavlov. La camarera se acercó con cara de pocos amigos, y le dijo:
—¿Qué quiere, señora?
—Señorita, si no te importa. Ponme una cerveza. —La camarera sacó una cerveza, y la colocó de un golpe en la barra.
—¿Quiere vaso, o le dejo la botella? ¿O se la tiro por la cabeza, “señorita”?
—Deja la botella, y piérdete —le respondió Irina mientras tomaba un trago. La camarera se fue echando humo. Guillermo se dirigió a ella:
—Oye Irina, no me estropees el plan para esta noche. La tengo a punto.
—¿Ese es tu plan? ¿Y por cuánto te sale? Qué triste.
—¿Y qué quieres? En medio de este país perdido, sin conocer a nadie, solo y abandonado, y con la única compañía de Pavlov. ¿No te parece que es para desesperarse?
—Seguramente. Y mucho. Pero ahora no hay tiempo de eso. Tenemos que hablar, Pavlov. Hay novedades. Novedades importantes.—Pavlov, sin dejar de mirar su botella, preguntó:
—¿Te refieres al control de la computadora de Rachel? —Irina enarcó las cejas sorprendida.
—Exacto. ¿Cómo lo sabes?
—Me acaban de llamar de San Francisco.
—Ya veo. Ahora entiendo tu cara cuando saliste de aquel cuarto. Estaba analizando la información recogida por Rachel, cuando detecté actividad extraña en el flujo de datos cuántico. Tengo siempre a mano un pequeño programa de control invisible que analiza los programas de infiltración y la actividad cuántica no controlada en la computadora. Lo llaman QFinder. Permite rastrear información cuántica en la red y seguirla. Con esta herramienta detecté una puerta trasera, la estándar que todas las computadoras tienen para el gobierno. Pero detecté también una segunda puerta, oculta en el sistema.
—¿El QFinder? —preguntó Pavlov extrañado—. No sé cómo se usa, pero sé que ese software es muy sofisticado, y no es de uso generalizado. Solo para uso militar.
—Es cierto, pero lo uso con todos los permisos y licencia, soy una buena ciudadana, y una mujer de recursos.
—Ya veo. —Guillermo intervino en ese instante:
—¿Puedes conseguirme acceso completo a la red de juegos virtuales, Irina? Te estaría eternamente agradecido. —Ella alzó las cejas, y contestó:
—¿Para qué? ¿Para la sección de juegos de realidad virtual obscenos y de alto contenido erótico, por decirlo suavemente? —Guillermo iba a contestar, pero Pavlov le hizo un gesto de que callara. Irina continuó:
—Supongo que tu fuente usa esa herramienta también.
—Mi fuente es Alexey, y usa muchas herramientas, y muchos recursos. Odio las computadoras, odio los androides, odio los robots, odio la tecnología. Pero tengo gente que me echa una mano con esas materias. Y, al parecer, llevan mucho tiempo controlando la computadora de Rachel. Han estado accediendo a las operaciones que Guillermo y yo hemos estado realizando con la unidad de infiltración Alfa Zebra. Me sorprende que Rachel no haya podido darse cuenta. —Irina replicó:
—Es normal que no haya podido darse cuenta. Este programa de control que he usado, como tú mismo has comentado, es de uso estrictamente militar. Rachel no ha podido tener acceso al mismo. Ni siquiera Suiza dispone de este tipo de programas en sus bases de datos. —Guillermo intervino:
—Además, que yo sepa, el QFinder real, no esas copias falsas que corren por ahí, solo lo pueden usar personas cuyo ADN mitocondrial está imbuido en el propio código del software. Cualquiera que intente usarlo de forma no autorizada será marcado y localizado por las autoridades.
—Eso es —confirmó Irina. No hacen falta códigos, ya que el software está ligado a uno mismo por su propio ADN. —Pavlov añadió:
—Bueno, dejaos de tecnicismos, y vamos a resumir la situación: el secuestro de Kathryn se obtuvo a través de la computadora de Rachel. Y la siguen controlando ahora mismo, luego todo lo que hemos planificado, y toda la información que hemos obtenido hasta este momento, no se puede emplear. Solo los datos de Irina, que no están contaminados, pero ahora han verificado que los tenemos…

Pavlov recibió una señal. Era el identificativo de Rachel. Sintió un escalofrío. El mensaje decía:

Hola Pavlov. Teníamos a tu mujer. Pero se cansó de nosotros. Ahora tenemos a su hermana. Le haremos una fiesta de despedida de la vida como se merece, tal como hicimos con Kathryn. Pero, en esta ocasión, la fiesta puede ser anulada. Entréganos el cristal de datos que esa zorra policía te ha entregado, y destruye cualquier otra copia que tengas, y te devolveremos a tu querida cuñada. Recuerda: los cristales indican si han sido copiados, y por su naturaleza cuántica esta información es inviolable. Si se intenta modificar, tanto los datos originales como las copias se autodestruyen. Así que no intentes nada. Te hemos mandado el lugar y hora donde haremos el intercambio. No intentes nada, o Rachel será tu próximo regalo en una caja. Recuerdos a Guillermo y a Irina.

—Creo que se me han quitado las ganas de fiesta —susurró Guillermo.

Irina tomó el viejo tablet de Pavlov y leyó la nota.  Pavlov se tapó la cara en un claro gesto de cansancio. Guillermo se rascaba la cabeza intentando procesar el contenido del mensaje. E Irina negaba seriamente con la cabeza mientras releía la nota. Finalmente, fue ella quien advirtió:

—Es absolutamente increíble. Han estado jugando con vosotros desde el principio. Pero al menos hay algo interesante en esto: no parece que sepan que en la computadora de Rachel también están mis datos. Deben pensar que tengo más información, o que no se la había entregado todavía. —Pavlov suspiró, y murmuró:
—Guillermo, ¿no estaba oculta la casa? ¿No era segura? ¿No estaba protegida por los drones?
—La casa estaba oculta y asegurada —respondió Guillermo—. Y los drones operativos. Lo comprobé al irme. Habrán seguido el rastro de la señal de la computadora de Rachel. Pero, tal como dice, parece que creen que los datos de Irina continúan en su poder.
—Eso la ha salvado –afirmó Pavlov—. De momento. Tengo que ir a por ella. Inmediatamente. —Irina le puso una mano en el hombro, y le espetó:
—Claro, soldado, para seguir cometiendo errores, y que te secuestren a ti también, o te revienten la cabeza.
—Tiene razón ella —comentó Guillermo apoyando a Irina—. Pero piensa que ahora sabemos cómo han obtenido la información, y tenemos una oportunidad de rehacernos.
—Estamos siempre situados a la defensiva en este asunto —susurró Pavlov—. No me gusta…
—¿Cómo proceder? —preguntó Irina—. Ahora la prioridad es salvarla, es evidente. Pero ¿con qué medios? ¿Nosotros tres contra el mundo?  —Pavlov se lo confirmó:
—Esa es la prioridad: salvarla. Sacarla de donde esté. Pero no vamos a usar los cauces que hemos empleado hasta ahora. Eso se acabó. —Irina preguntó con curiosidad:
—¿Ah sí? ¿Y qué cauce vas a usar ahora? ¿Abrirte paso con más bombazos? ¿Somos ahora los tres mosqueteros quizás?
—Sí. Si es necesario. No tenía que haber permitido que Rachel se mezclara. Pero ahora voy a arreglarlo. Vamos. —Irina insistió:
—¿Cómo que vamos? ¿Por qué me incluyes en tu plan de rescate?
—Se supone que estás con nosotros, Irina. ¿Es así, o has cambiado de idea? —La cara de Irina no era un poema precisamente. Pero contestó:
—No he cambiado de idea. Estoy con vosotros, pero no me gusta que me azucen, ni que me den órdenes un par de asesinos. Pero iré, y os ayudaré, porque Rachel estará loca, pero es una víctima más de esta locura, y porque sigo necesitando los datos que ahora tienen esos monstruos. Total, qué puedo perder con vosotros, excepto la vida.

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Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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