El proyecto Orion de la NASA. Primera parte: la última frontera

Quienes sean aficionados a la ciencia ficción es muy probable que conozcan la expresión “el espacio: la última frontera” (space: the last frontier) con la que arrancaba cada capítulo de la serie Star Trek. En ella, el intrépido capitán Kirk y su tripulación, incluido el famoso Sr. Spock, viajaban a las estrellas y vivían grandes aventuras gracias a la nave estelar Enterprise.

Mucha gente se pregunta si, realmente, viajar al espacio es necesario, cuando en la Tierra hay muchos problemas por resolver. Claro que esas personas ven su calidad de vida mejorada, en muchos aspectos, gracias a las tecnologías que se han desarrollado para viajar a las estrellas. Y ya no hablamos de tecnología militar, sino de investigaciones civiles. Así pues, el viaje al espacio es una puerta para encontrar soluciones en la Tierra.

Imagen artística de la nave Orion con el módulo de servicio ATV
Imagen artística de la nave Orion con el módulo de servicio ATV

Normalmente el ejemplo es el siguiente: hace cincuenta mil años, alguien dijo “¿qué habrá detrás de aquellas montañas?” y otro le contestó: “¿qué te importa? Tenemos problemas importantes que resolver aquí en la sabana”. Si ese individuo curioso no se hubiese animado a viajar más allá de esas montañas, hoy no existiría la humanidad. Viajar abre nuevas fronteras, nuevos descubrimientos, y nuevas metas. En ese sentido, el viaje al espacio es, sin ninguna duda, la última frontera. Y es una frontera que permitirá a la humanidad continuar su desarrollo. Recordemos la frase: “la Tierra es la cuna de la humanidad; pero ningún animal permanece para siempre en su cuna”.

Los orígenes del proyecto Orion.

Muchos recordamos la carrera por llegar a la Luna en los años sesenta (si es que el amable lector cree que llegó realmente a la Luna). Nosotros vamos a suponer que sí llegó, y vamos a partir de esa base. Y muchos recordamos perfectamente la famosa emisión en la que Neil Armstrong pisó la Luna y dijo su famosa frase “es un pequeño paso para el hombre, y un gran salto para la humanidad.”

La carrera espacial de los años sesenta acabó, en muchos aspectos, con la llegada de los americanos a la Luna, y la constatación por parte de los rusos de que habían perdido esa partida, después de grandes éxitos como los del Sputnik y Yuri Gagarin. Fue un éxito sin duda para los estadounidenses, pero fue también una campaña publicitaria. Hay que tener en cuenta que la misión Apollo XI tenía un 50% de probabilidades de fracasar. De hecho el presidente Nixon tenía preparado un documento para lectura ante las cámaras si se producía la muerte de los astronautas.

La inercia hizo que se desarrollaran seis nuevos viajes a la Luna, las misiones Apollo XII a Apollo XVII, de las cuales el Apollo XIII estuvo a punto de fracasar. Y hablamos de inercia porque tanto la opinión pública como el propio gobierno americano dejaron de tener interés por el viaje al espacio. Ya se había cumplido el objetivo. Pero existía un problema: la NASA quería seguir viajando a la Luna, y mejorando la carrera espacial, que tantos avances produjo en los años sesenta. ¿Por qué parar? El Apollo XVIII fue cancelado, y la carrera espacial se detuvo.

Las consecuencias del abandono de la carrera espacial.

Dejar de invertir en el espacio profundo (más allá de las órbitas bajas de la Estación Espacial Internacional o los transbordadores) ha tenido graves consecuencias. Se perdió una oportunidad increíble para poder viajar de forma sostenida a la Luna y luego a Marte. Se dejó de investigar la Luna y sus posibilidades de desarrollo y una base lunar, y se dejó de lado el empuje innegable que suscita la carrera espacial a todos los niveles. Y no nos referimos solamente a la ilusión por la exploración, sino a todo lo que conlleva conquistar nuevos territorios; la Tierra agota sus recursos, ¿por qué no buscarlos fuera y dejar de explotar la Tierra? ¿Por qué no encontrar nuevas soluciones más ecológicas y fiables, además de más eficaces, para el desarrollo de la humanidad? Esas preguntas tienen sus respuestas en la investigación espacial, la cual ha permitido y permite crear tecnologías más eficaces, más limpias, y más seguras. Investigar el viaje espacial permite que la humanidad se nutra de tecnologías que hacen mucho mejor la vida en la Tierra. ¿Por qué abandonar entonces esa investigación?

Volver a la Luna. ¿Para qué?

Durante muchos años, diversos países han estado hablando de volver a la Luna, en el caso de Estados Unidos, o de ir por primera vez, en el caso de países como China, que ya ha colocado un robot que tuvo un éxito bastante relativo, pero que, de todos modos, les permitió colocar un objeto sobre la superficie del satélite. Además, comienzan a aparecer empresas privadas que prometen hacer dinero con vuelos espaciales comerciales, que tienen una larga lista de turistas dispuestos a pagar una pequeña fortuna por ir al espacio. De entrada estos vuelos comerciales serán suborbitales, es decir, subir y bajar, pero luego serán ya de órbitas bajas. Que dé dinero y comience a desarrollarse una industria es sólo cuestión de tiempo.

Por otro lado, la explotación de los recursos naturales de la Luna, Marte, el cinturón de asteroides, y luego los satélites de Júpiter y Saturno también es cuestión de tiempo, bastante más lejano por supuesto, pero inevitables, especialmente si la humanidad desea desarrollarse en los próximos mil años de forma adecuada. La Tierra simplemente no puede soportar un nivel de explotación como el actual, ni una tasa de crecimiento constante. Sus recursos son finitos y, aunque se obtenga energía del Sol, aún hay que obtener cientos de materias primas de primer orden. Materias primas que, sencillamente, se agotan. Sí, pueden reciclarse, pero no eternamente. La segunda ley de la termodinámica es muy persuasiva en este sentido.

Cuando se escriben estas líneas también se habla de “motores imposibles que desafían las leyes de la física”. Bien, hay que dejarlo bien claro: ni hay “motores imposibles” ni “desafíos a las leyes de la física”. En el mejor de los casos, hay nuevos descubrimientos que deben valorarse, verificarse, y, si es necesario, incluir en la física, modificando aquellos aspectos que sean necesarios. Es decir, lo que la ciencia viene haciendo desde hace siglos. La física tiene todavía un largo recorrido por delante, eso es evidente, y algunos de sus descubrimientos quizás permitan desarrollar nuevos motores mucho más eficientes. De todas formas, hoy por hoy, seguiremos con los motores químicos tradicionales, además de los motores iónicos.

Lo que es evidente es: primero nuestras fronteras fueron una sabana, o una selva. Luego fueron unos territorios, ciudades, y más tarde reinos. Luego fueron continentes. Más tarde, nuestras fronteras fueron el planeta entero. ¿Debemos detenernos ahora? Por supuesto que no. Detenernos es sinónimo de fin. De extinción. Debemos seguir adelante. Más allá de la Luna, del sistema solar, y hasta las estrellas.

La llegada del proyecto Orion.

En medio de estas circunstancias, el presidente George Bush (el hijo) prometió, al poco de iniciar su mandato, volver a la Luna, esta vez “volver para quedarse” (this time, back to stay). Inició un proyecto mediático llamado programa Constellation, que era un plan muy ambicioso, y que fue cortado debido a la falta de presupuesto. En su lugar, de un modo mucho más modesto, se inició el desarrollo del proyecto Orion.

Interior del módulo de mando
Interior del módulo de mando

El proyecto Orion, es, desde cualquier punto de vista, y a poco que se investigue, una continuación del proyecto Apollo de los años sesenta. Muchos pueden llevarse las manos a la cabeza. ¿El proyecto Apollo? ¿Vamos a retroceder cincuenta años?

Sí. ¿Por qué no? El proyecto Apollo fue una obra de ingeniería impresionante. De hecho, mucha gente duda del viaje a la Luna precisamente porque ahora no podría llevarse a cabo un proyecto así en ese corto espacio de tiempo que duró de diez años. Claro, no están teniendo en cuenta los enormes riesgos que se tomaron, las pérdidas de vidas, y que, como hemos comentado, existía un 50% de probabilidades de fracaso. Hoy en día no se toleraría un vuelo si su seguridad está por debajo del 98%. Por eso se llegó entonces a la Luna. Y por eso hoy no se toleraría un viaje en esas condiciones.

El proyecto Orion pretende, precisamente, usar las ideas del proyecto Apollo, llevándolas al siglo XXI, y creando un nuevo sistema de viaje para ir a la Luna, y, más tarde, a Marte, con grandes garantías de éxito. ¿Cómo se hará? Eso lo veremos en la próxima entrega, en la que analizaremos qué es exactamente el proyecto Orion, cuáles son sus propósitos concretos, las etapas de desarrollo que va a tener, y, muy importante, por qué debemos apoyar, sin fisuras, este proyecto, que abre una puerta a la humanidad para convertirnos en exploradores, y conseguir el objetivo último: conquistar el espacio, la última frontera.

Nos vemos en la próxima entrega.

Más información: web de la NASA.

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3 comentarios en “El proyecto Orion de la NASA. Primera parte: la última frontera”

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