Extracto del primer capítulo de “La insurrección de los Einherjar”

Os dejamos a continuación un pequeño extracto de nuestro nuevo libro “La insurrección de los Einherjar”, que estará disponible para diciembre o enero. Este libro, como ya comentamos, es una continuación de “Operación Fólkvangr”. Es independiente, y no requiere la lectura del anterior, aunque es recomendable. Ambos libros son, eso sí, extremadamente distintos en su concepción, lenguaje, y estilos.

Yggdrasil
Yggdrasil

Año: 2683.

La insurrección de los Einherjar.
Primera parte: la cúpula.

– Padre, cuéntame cómo fue el origen del mundo.
– Ahora no – interrumpió la madre. – Padre está cansado. Y no tienes edad.
– Sí tiene edad – repuso el padre. – Es un hombre. Un hombre de verdad.
– ¿Un hombre de verdad? – repuso a su vez ella arqueando las cejas.
– Skadi, por favor. Un hombre es hombre cuando es capaz de templar su espada, y levantar el acero por encima de su cabeza.
– Entonces le faltan al menos diez años, o una espada ligera – dijo ella riendo.
– No le hagas caso a madre – dijo el padre mirando al chico, que en esos días había cumplido ocho años.
– Entonces ¿me lo vas a contar? – preguntó el pequeño sonriendo alegremente.
– Ven, siéntate a mi lado, aquí junto al fuego. Y presta atención. Porque el pasado forja el destino del hombre, y un hombre sin pasado es un árbol sin raíz, o una espada sin filo, o la nube sin viento o lluvia. – El muchacho le miró fijamente, como esperando que ocurriese algo mágico. Pero lo que ocurrió le maravilló aún más: su padre le iba a contar la Crónica de los Einherjar y el pueblo de los Vanir, su pueblo, y cómo llegaron a ser la nación más poderosa de las dos islas.

– Presta atención, Freyr, y te contaré lo que ocurrió con quienes nos precedieron. Y entenderás por qué es importante recordar, y no olvidar, los pecados cometidos por nuestros antepasados, para evitar que hechos terribles vuelvan a mancillar nuestras almas y nuestro futuro. – Freyr tragó saliva. Estaba emocionado. Normalmente no contaban la Crónica de los Einherjar a los chicos menores de diez años. Pero él no era un chico corriente.
– Sí, padre.
– Fue hace unos cuatrocientos sesenta años, nadie lo sabe con exactitud, cuando se produjo la Primera Caída. Una lucha titánica del hombre contra el hombre, en un mundo donde el mismo hombre había creado otros hombres, y había cometido otros pecados terribles. Vivió por ello una guerra sin piedad y sin nobleza. La lucha duró doscientos años, hasta que los dioses mismos tomaron el control de todo el territorio.
– ¿De las dos islas, padre?
– ¡No, no! – respondió sonriendo el padre. – Del mundo entero.
– ¡El mundo entero! – exclamó el chico asombrado.
– Le vas a marear con tantas historias, Njord. Es muy joven, a pesar de su destino. – Njord hizo caso omiso del consejo de su mujer y siguió hablando al chico.

– Los más poderosos y antiguos dioses lucharon entre sí. Los grandes dioses llevaron a sus fieles al campo de batalla, y fueron cayendo, uno tras otro, en cruentas luchas con poderosas armas, como la temible ballesta celestial.
– ¿La ballesta celestial, padre? – Njord alzó las manos como queriendo dar más expresividad a sus palabras.
– Una ballesta enorme, poderosa y terrible, que lanzaba una flecha hecha con la materia del Sol, y que, cuando caía, convertía en fuego y ceniza mortal todo cuando tocaba. Ciudades y reinos cayeron por doquier, y el hombre pagó cara la osadía de luchar junto a dioses injustos. Todos injustos, y todos crueles, menos uno.
– ¿Y qué pasó padre? – preguntó Freyr, que le miraba con sus verdes ojos completamente abiertos.
– Es hora de cenar, joven guerrero – interrumpió Skadi.
– ¡Quiero que padre termine la historia! – protestó Freyr.
– Y así lo haré, pero luego harás caso a tu madre. ¿Verdad que sí?
– ¡Claro, padre!

– Bien – continuó Njord. – Al final, sólo sobrevivieron dos dioses: los llamaban Zeus y Odín. Los dos dioses habían sido relegados y olvidados por nuestros antepasados, y se habían rebelado a los hombres. Ambos lucharon a lo largo y ancho del mundo, y devastaron todo cuanto encontraron a su paso. Millones murieron, y el mundo quedó definitivamente devastado. El fin de la humanidad, el Ragnarok, parecía estar cerca.
– ¿El fin del mundo? ¿Puede el mundo acabarse, padre?
– Si sigues escuchando, averiguarás la respuesta – le respondió Njord mientras le apuntaba con el dedo índice.
– Sí, padre – afirmó Freyr no demasiado convencido.- ¿Y qué pasó?
– Que Odín ganó la batalla a Zeus. Nuestro dios, por supuesto, demostró ser el más poderoso. En un valle muy lejano, conocido como el Valle del Oro, situado en otro mundo cercano, lucharon por última vez. Zeus cayó derrotado, y Odín levantó su cetro de poder. Pero ocurrió algo increíble, algo que nadie podría haber imaginado.
– ¿Qué fue padre, qué fue? – preguntó insistentemente Freyr. Njord sonrió. No podía ocultar, ni lamentar, un claro entusiasmo, y un profundo orgullo paternal, al ver a su hijo interesarse tanto por la historia de sus antepasados.
– Ocurrió que Zeus murió y dejó el reino de los hombres. Pero tenía una hija, llamada Atenea. Ella había luchado junto a Zeus, y había perdido. Atenea ofreció su cuerpo y su alma inmortal a Odín en sacrificio, y pidió morir como la poderosa y orgullosa guerrera que era. Pero Odín, al verla tan noble y poderosa, no sólo le perdonó la vida; la convirtió en el heraldo de los dioses en la Tierra.
– ¿Heraldo, padre? ¿Por eso se celebra cada año la ceremonia?
– Sí. Ella es la voz de los dioses, y del padre de los dioses, Odín, en la Tierra. Como ya sabes, una vez al año, Atenea baja del reino de los cielos y de la Ciudad Blanca de Asgard hasta la Tierra, para impartir justicia, aconsejar al hombre, y bendecir las cosechas y a los animales, así como los nuevos matrimonios, para que sean longevos y tengan mucha descendencia. Y también para traer las buenas nuevas de los dioses. Por eso, al alba del solsticio de verano, en el tercer año de su nacimiento, los jóvenes guerreros son llevados al altar de la diosa para que proteja sus cuerpos y sus almas. Como lo fuiste tú.

– ¡SÍ padre, lo recuerdo muy bien!
– ¡Qué vas a recordar tú, si eras un bebé!
– ¡Yo no era un bebé! – protestó Freyr. Njord no se inmutó, y siguió.
– Ella, nuestra amada Atenea, la de los ojos claros, antigua protectora de Atenas, ha mantenido la paz entre nuestro pueblo y los Aesir durante generaciones. Ambos pueblos la veneramos, y ambos pueblos le estamos agradecidos.
– ¿Y qué es Atenas, padre?
– Al parecer, una antigua ciudad de hombres valientes y poderosos, que Atenea protegía de los dioses paganos y del infortunio. Muy poco se sabe de esa ciudad, excepto que fue importante por algún motivo.
– ¿Y la cúpula? ¿Fue Odín quien la puso sobre nuestras cabezas?
– La cúpula la colocó Odín con sus propias manos sobre nuestras dos islas, que los antiguos llamaban Nueva Zelanda, para que el infecto hedor destructor en forma de polvo de las ballestas celestiales no penetren en nuestras tierras, y en nuestros mares, y de esa forma podamos vivir, cultivar, y pescar, y así dar gracias a los dioses.
– ¿Y podré ver a Atenea cuando vuelva en el solsticio? – preguntó Freyr interesado. – Njord sonrió.
– No sólo vas a verla. Ella también quiere verte a ti. – Freyr se quedó con la boca abierta. No supo qué decir, hasta que finalizó con una sonora exclamación.
– ¡La cena! – gritó Skadi.
– Vamos – dijo Njord levantándose y tomando al chico por la mano. – No hagamos enfadar a tu madre. Una mujer Vanir enfadada es algo a lo que ningún guerrero querría enfrentarse. Incluso un rey debe saber a quién temer…

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