Extracto de “La insurreción de los Einherjar”

Llegó un joven que parecía triste, meditabundo. Caminaba lentamente, con un ropaje ligero, y una bolsa de cuero en la espada. No portaba arma alguna, ni espada, ni daga, y su rostro estaba cubierto por dos cristales, que Pavlov, por supuesto, reconoció como unas gafas, que, por su aspecto, debían ser de principios del siglo XXI. El joven se acercó a Pavlov, mientras éste le miraba extrañado.

– Hola – le dijo el joven, mirándolo con curiosidad.
– Hola – respondió Pavlov. ¿Ha sido buena la cosecha? ¿Están los rebaños ya a buen recaudo de los vientos y la lluvia? – El joven le miró unos instantes. No pareció interesado en lo que decía. Finalmente, contestó:

La Tierra

– No eres de aquí. Eso es evidente – Pavlov enarcó las cejas.
– No… Soy… Del otro lado de la isla… – El joven sonrió ligeramente.
– Lo siento, pero si quieres hacerme creer que eres un lugareño de las islas, has fracasado completamente. Tú no deberías de estar aquí. Pero, por algún motivo, te encuentras a finales del siglo XXVII, encerrado en estas islas, preguntándote por qué.
– ¿Cómo lo sabes? – El joven de nuevo ignoró la pregunta.
– ¿De qué siglo eres?
– Del siglo XXI. Se supone que morí en 2053, de un disparo. Pero estoy aquí.
– Has estado muerto más de seiscientos años, ¿no es así?
– Así es. – El joven asintió ligeramente con la cabeza.
– Entonces no tienes las respuestas. Pero quizás la conociste. Sería un milagro. Pero ¿no es el universo todo un milagro?
– Es posible … – Contestó Pavlov sin mucha convicción. – ¿Y a quién debía conocer?
– Era una joven, morena, de algo más de un metro ochenta de altura. Vivió hasta casi los treinta años. Se llamaba Helen. Helen Parker.
– Lo siento. No conocí a nadie con ese nombre. – El joven le miró con decepción.
– Está claro que no. Cómo ibas a conocerla. En aquella época. Era todo confusión. Un caos. El ruido. La tecnología que lo envolvía todo, y nos envolvía a todos. Por eso fracasamos.
– Un momento – dijo Pavlov justo cuando el joven hacía un gesto de seguir su camino.
– ¿Helen Parker decías? ¿Alta? ¿Morena? ¿Con un rostro fuerte, sereno? No especialmente bella, pero sí muy atractiva. Con un fuerte magnetismo.
– La describes muy bien.
– Sí la vi. Precisamente fue poco antes de morir. En 2053. Helen Parker. La recuerdo muy bien. No sé por qué.
– ¿No sabes por qué? – rió el joven. ¿No lo sabes?
– Sólo sé que la vi en un cilindro. Estaba muerta. Pero no lo parecía. Irradiaba una energía especial. Lo recuerdo perfectamente. Habían extraído su ADN y sus n-gramas de memoria para un proyecto especial.
– Sí. La operación Fólkvangr. Lo sé. Pero todo el material fue destruido. Incluso sus datos de ADN y n-gramas de memoria.
– ¿Lo sabes todo de la operación Fólkvangr?
– Por supuesto. ¿Y qué ocurrió?
– Desgraciadamente tuve que destruir el edificio donde se encontraba. Pero te equivocas sobre la información de su ADN, y sus n-gramas de memoria. Están a salvo.
– ¿Lo dices en serio? – preguntó el joven agarrando a Pavlov por los brazos. – ¿En serio?
– Sí. La operación Fólkvangr no fracasó. Hicimos que lo pareciera.
– ¡Sigue! ¡Sigue hablando! ¿Qué más sabes?
– Fue enviada, junto al resto, en una sonda interestelar de la época. El destino lo desconozco. Pero sin duda es alguna de las estrellas cercanas, en un radio creo que de unos cien años luz. Son muchas estrellas, y muchos planetas…
– El joven miró al suelo, pensativo. Tras unos instantes, dijo, mirando fijamente a Pavlov.
– Entonces, ¡todavía hay esperanza!
– ¿Esperanza? ¿Esperanza para qué? ¿Y tú, tú de dónde has salido? ¿Te han recreado también a ti esos estúpidos marcianos del demonio? – El joven ignoró a Pavlov una vez más. Sólo parecía centrado en esa tal Helen Parker.
– Debo ponerme en marcha. Todo este tiempo, toda esta búsqueda… Por fin puede que dé sus frutos. Debo irme. – El joven abrazó a Pavlov.
– ¡Gracias, gracias! – dijo el joven mientras le daba la mano a Pavlov.
– ¿Gracias? ¿Por qué?
– ¿Por qué, dices? Tras más de seiscientos años, he encontrado por fin una pista, una luz en el camino. Debo irme ahora. ¡Gracias! ¡Gracias! – El joven comenzó a marchar a paso ligero. Pavlov le gritó:
– ¡Espera! ¡Espera! Esa mujer, es especial ¿no es así? – El joven se giró, sonrió, y dijo:
– ¿Especial, dices? – Rió con fuerza. – Ella sí es una diosa. Pero de verdad.
– ¿Y tu nombre? – gritó de nuevo Pavlov.
– Recuérdame sólo como Scott – gritó el joven mientras se perdía por el bosque caminando a paso ligero.
– ¿Scott? ¿Scott? ¿Es el mismo Scott? Tiene que serlo, porque lo sabe todo de la operación Fólkvangr. Pero ese joven… Es para volverse loco – pensó Pavlov mientras Sandra se acercaba.
– ¿Quién era ese? – preguntó.
– ¿Ese? Una cosa te voy a decir, mi estimada niña: si alguna vez se debe definir en el futuro con exactitud el término espectro, puedo asegurarte que ese joven cumplirá todos los requisitos al cien por cien…

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