Extracto de “Ángeles de Helheim”

Os traemos un extracto de “Ángeles de Helheim”, relato que se publicará en unos dos o tres meses aproximadamente, y que cuenta la historia de Vasyl Sergei Pavlov, un antiguo piloto que, por una lesión, es desplazado a una unidad de operaciones especiales. En una de esas misiones descubrirá que algo terrible ha ocurrido. Algo que cambiará su vida para siempre…

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Ángeles de Helheim

—¿Quieres dejar de decir eso, Vasyl? Tú no estás hecho para llevar un bar, ni para moverte por una oficina. Está en tu sangre.
—Es cierto. Y esa es mi condena. —De pronto, se abrió la puerta. Pavlov giró la cabeza, y suspiró.
—Vaya, el que faltaba. Primero el robotito con un potente cerebro, y ahora el hombre con la cabeza hueca —susurró.
—¿Quieres que lo eche?
—No, no, recuerda la última paliza que te dio. Es lo que tiene. Bien trajeado, parece todo un caballero, y luego…
—¿Luego qué? —preguntó aquel hombre que acababa de situarse al lado de la barra, tomando un trago de la cerveza de Pavlov.
—Luego se toma mi cerveza —Sentenció Pavlov. Mientras decía esto, Peter había salido de la barra, y se dirigió a aquel hombre.
—No quiero pordioseros en mi local.
—Entonces no sé qué haces dirigiendo esta pocilga.
—¿Tu madre te tuvo, o fue un infarto y saliste por algún lado?
—Veo que tendré que romperte los dientes de nuevo. No aprendes. —Peter se acercó a aquel hombre, y ambos se abrazaron efusivamente.
—¡Maldito cerdo estás hecho, Alexey! —exclamó finalmente Peter sonriente. Pavlov intervino.
—Si queréis me voy, y os lo montáis en la barra.
—Luego. No queremos darte envidia —rió Peter. Alexey añadió:
—Te he estado buscando por todas partes, perrito.
—Sabes que no me gusta que me llamen perrito.
—Lo sé, perrito. Temí que fueses a buscar a esos monstruos sin organizar un plan. Luego comprobé que habías desaparecido.
—Estuve en casa, meditando.
—Por tu casa no ha pasado un alma desde aquel día, Vasyl.
—Lo sé.
—No te fías de mí, ¿no es cierto? Sospechas que podría ser el topo.
—La idea se me ha pasado por la cabeza.
—Por supuesto. Y me parece lógico. Yo tenía toda la información. ¿Por qué no venderla por un precio?
—Exacto.
—Pues pégame un tiro aquí mismo, y así salimos de dudas, Vasyl. Si soy culpable, habrás eliminado al topo. Si soy inocente, qué más da, no va a importar nada a partir de ahora. ¿No es así? —Alexey dejó un arma en la barra. Pavlov la miró. Y luego tomó su vaso vacío.
—Este cerdo se ha bebido toda mi cerveza —dijo finalmente, mirando a Peter.
—Eso sabe hacerlo muy bien. Oye Vasyl, ¿no pensarás que Alexey?…
—Yo no pienso nada ya, Peter. Estoy muerto. ¿Lo entiendes? Muerto.
—¿Entonces? —Pavlov miró a Alexey, y le dijo:
—Métete tu arma en el bolsillo, antes de que te la meta yo por la boca. El arma, me refiero.
—Me estaba haciendo ilusiones.
—Vete al infierno.
—De allí venimos los tres. ¿No es así? Somos tres ángeles caídos. —Pavlov bufó algo. Alexey añadió:
—Somos tus amigos, Vasyl. No te vamos a abandonar.
—Voy a… —Alexey cortó:
—A hacer esto solo, sí, ya lo sé, ya nos vamos conociendo. Mira, te he traído algo.
—¿Qué es? —preguntó Pavlov sin apartar la vista de la botella.
—Es un cristal. Un precioso cristal de datos. Contiene información táctica recogida por sondas, satélites, aviones, aerodeslizadores, y drones. Todo empaquetado con un precioso lacito, y con información sobre la actividad de esos cabrones.
—Todo eso ya lo conozco.
—No, Vasyl. Esta información está extraída directamente de la Global Security Agency. Información clara, actualizada, y puesta a punto. Y obtenida de forma absolutamente ilegal, por supuesto.
—No necesito tu maldito cristal. Sé dónde están. Les conozco. Les huelo.
—¡No seas estúpido, Vasyl! ¡Yo quiero verlos muertos también! ¡Pero no quiero que te lleves medio planeta por delante! Te conozco, y quiero que te centres en el objetivo. ¡En el objetivo! ¿Has entendido, soldado? —Pavlov resopló. Miró la mano con el cristal que le tendía Alexey. Peter intervino entonces:
—Tómalo, Vasyl. Este idiota es idiota, pero tiene razón, por primera vez en su vida. Si ese cristal te puede ayudar a encontrar a esos cerdos, toda ayuda será poca. Sé que no nos quieres contigo. Sé que este es un asunto privado entre tú y ellos. Y sé que intentar convencerte es como intentar convencer a Dios de que nombre a Lucifer como su lugarteniente. Pero esa información de la G.S.A. se ha obtenido de las formas más temibles posibles, ya lo sabes. Creo que usarla para este asunto es justo. Le sacas provecho a la información, y te ríes de la G.S.A. en su cara. —Pavlov miró a ambos. Luego miró el cristal. Lo tomó en su mano, y lo guardó en un bolsillo.
—Está bien —dijo al fin—. Usaré estos datos. Si es preciso. Y si veo que me pueden ser de utilidad. Pero yo…
—Trabajo solo —repitieron los dos. Pavlov se levantó, y se dirigió a la puerta. Volvió la mirada, y dijo:
—No quiero vuestra ayuda. No es nada personal. Este asunto no tiene nada que ver con la justicia, ni va a haber justicia en lo que ocurra a partir de ahora. No quiero que os veáis implicados. Pero os lo agradezco.
—Míralo, si hasta parece humano —le dijo Peter a Alexey. Este añadió:
—Dales duro, Vasyl. Pero por favor, la órbita del planeta está muy bien como está. Procura no cambiarla. Demasiado. Un día te veo capaz de hacer explotar a las mismísimas estrellas.
—No te prometo nada, Alexey. —Pavlov cerró la puerta del bar, y desapareció.
—¿Te queda algo de esa cerveza aguada que vendes? —preguntó Alexey.
—Claro que sí. Con el mejor cianuro de la ciudad. —Peter sacó dos cervezas. Ambos alzaron la botella. Peter dijo:
—Por los viejos tiempos.
—Por esos tiempos que no volverán. Me encantó romperte los dientes.
—Me dejé ganar.
—Claro, claro.

Ambos chocaron sus cervezas, y bebieron. El Sol saldría por la mañana. Y sería el primer día de una nueva vida para Vasyl Sergei Pavlov. Ya nada sería igual. Pero no importaba. Los mataría. A todos. Y luego, reventaría en cualquier esquina. Y podría descansar. No en paz. Pero sí descansar, toda la eternidad. O, al menos, ese era su plan. Las cosas, como suele suceder, nunca ocurren como uno espera. Ni siquiera en el infierno puede uno hacer planes con total seguridad.

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