Puertas traseras, por las que entran el que quiera

Estos días se ha hablado mucho de un iPhone y de Apple. El FBI quería que Apple le permitiese acceder al teléfono, al pensar que podía haber información vital sobre un reciente ataque terrorista. Apple se ha opuesto, explicando que no se puede crear un sistema que rompa la seguridad de los teléfonos. No porque no sea posible. Sino porque no sería ético. El debate, por supuesto, ha sido candente. Y muy interesante. Algunos acusaban a Apple de estar al lado de los terroristas. Lamentable.

La idea final del FBI, y de otros organismos públicos, es que todos los teléfonos tengan lo que se conoce como una puerta trasera. Una forma de acceder a los datos de cualquier teléfono, tablet, o cualquier otro dispositivo. También, obligar a que whatsapp y otros sistemas no encripten la información, para que pueda ser interceptada por el gobierno. Mucha gente está de acuerdo con esto. La seguridad tiene prioridad ante la libertad.
Traigo malas noticias. Este asunto, aunque parezca nuevo, tiene miles de años. Cualquier organismo que pueda usar la información para el bien, la puede usar para otros fines. Porque no existe el bien, o el mal. Existe la libertad del individuo a tener una privacidad que debe ser respetada.

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Los terroristas no son estúpidos, como mucha gente podría pensar. Ellos no se van a detener porque existan puertas traseras. Ellos no van a dejar de crear terror porque Apple ponga una puerta trasera a los teléfonos. Los terroristas buscarán otras formas de llevar a cabo sus planes. Los terroristas, en definitiva, no se van a preocupar por las puertas traseras en los teléfonos. Nosotros, los que intentamos vivir el día a día y llegar a fin de mes, sí deberíamos preocuparnos. Deberíamos preocuparnos mucho.

Pero hay noticias aún peores: cualquier puerta trasera que se pueda usar para buscar información, podrá ser usada para que cualquiera entre en esos mismos dispositivos. Hecha una puerta, el acceso es inevitable. No hay puerta inviolable, no existe acceso que no se pueda abrir. La única forma de no pasar a través de una puerta, o de derribarla, es que no haya puerta.

Hay que despertar de una vez a la realidad: el FBI, y otros organismos, quieren controlar cada dato de nuestras vidas. Quieren acceder a todo lo que tenemos en nuestros teléfonos. Quieren saber a dónde accedemos, qué hacemos, qué buscamos.Quieren saberlo todo de nosotros, y si eres de esos que dices “no tengo nada que ocultar”, recuerda: en tu teléfono está tu vida. Tus datos, los de tus hijos, los de tus padres. Teléfonos, datos del banco, datos del trabajo, incluso algún secreto personal que no te interesa que se conozca, simplemente, porque es tuyo. Repito: TUYO. Es tu vida. Nadie debe acceder a tu casa, abrir tus armarios, o tu nevera. Del mismo modo, nadie debe acceder a tus datos.

Si perdemos la privacidad, si entregamos todo lo que tenemos a los gobiernos, esos gobiernos usarán esos datos a su libre albedrío. ¿Dónde acabarán esos análisis de sangre y orina que llevamos en el teléfono? ¿Los datos médicos de los sensores que ya incorporan algunos teléfonos? ¿Quién nos asegura que no se usarán para otros fines que “perseguir a los malos”?

No te engañes. No quieren tus datos, en realidad. Te quieren a ti. quieren tu vida. Quieren controlarte, saber lo que eres, lo que piensas, lo que sientes. Quieren meterse en tu vida, y controlarla por control remoto. No son “los buenos”, son organismos de control. Están ahí, y fueron creados para controlar a la población. Olvida lo de los buenos y los malos. Olvida que te quieren proteger. Si te piden tus datos, lo que quieren es que estés bajo su control. Si realmente quieren defenderte, que empiecen respetando tu intimidad. Porque si cambias tus datos personales por seguridad, si cambias tu libertad por seguridad, no lo dudes: perderás ambos. Y eso es algo que lleva ocurriendo desde el principio de la historia. Y el siglo XXI no es distinto. Al contrario. Es cuando la situación se torna más grave. Ya sufrimos bastante control. No dejes que perdamos la poca libertad que nos queda. No seamos 1984.

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