Violaciones: cómo gestionar tus miedos y temores

Nota: este texto tiene un lenguaje explícito.

Uno de los temas recurrentes de la justicia y de una parte importante de los medios de comunicación, y de la opinión pública, inciden en que muchas mujeres violadas no lo son porque no opusieron resistencia. Claro que si la mujer ofrece resistencia, entonces es acusada de usar la violencia, o bien, el violador o violadores terminan matando a la víctima. En cualquier caso, la mujer siempre pierde. El violador siempre gana. Esta es la realidad que vivimos actualmente. Y es una realidad que no parece vaya a cambiar, a pesar de la concienciación cada vez mayor de una parte de la sociedad. La otra sigue anclada en la Edad Media.

Me llama mucho la atención que el sistema judicial no tenga en cuenta para nada la enorme cantidad de información que existe, en el mundo de la psicología y la psiquiatría, relacionada con el bloqueo mental por terror. Esta es una condición por la cual un ser humano es incapaz de reaccionar, y queda totalmente bloqueado, debido a una situación que la supera. Esto ocurre constantemente en zonas de conflicto, donde, ante una situación de emergencia, algunas personas no pueden reaccionar.

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Los diferentes sistemas judiciales de la inmensa mayoría de países están basados en la cultura misógina del machismo y la superioridad del hombre sobre la mujer, y no sobre evidencias científicas altamente demostradas. Por ello, se considera a la mujer un ser inferior, que, en cualquier circunstancia, y sea cual sea su reacción ante una violación, es culpable hasta que se demuestre lo contrario. La sociedad, en gran parte, es educada en la idea de que el hombre debe prevalecer sobre la mujer, y debe someterla a su voluntad.

¿Ejemplos? Son demasiados, pero simplemente diré que yo lo he visto en innumerables ocasiones, en todos los ámbitos: en el laboral, en el familiar, y en el de amistades. He visto tantos abusos que podría escribir un libro, y me quedaría para otro. He visto tantas situaciones terribles donde la mujer ha sido sometida, verbal, o físicamente, a uno o varios hombres, que he perdido la cuenta. Y el patrón se repite siempre: una mujer, por el hecho de serlo, existe para servir a los caprichos sexuales de los hombres. Cualquier excusa es buena: la falda que llevabas, cómo vestías, el aspecto en general, la actitud, o que parecía haberse insinuado, y eso da pie a que pueda ser violada por diez hombres a la vez. Algunos argumentos que se dan para justificar una violación:

  • Llevaba minifalda. Si es que van provocando.
  • Se me insinuó. Es una “calientabraguetas”.
  • No opuso resistencia. Y eso que éramos cinco hombres sujetándola y arrancándole la ropa.
  • Iba por una calle oscura y sola. Se lo merece por no tener cuidado.
  • Las mujeres mienten. Todas las mujeres mienten.
  • Que se hubiese buscado un novio en lugar de andar tonteando en la discoteca.
  • Iba borracha, así que no vi inconveniente en violarla.
  • Le metí droga en la copa, no opuso resistencia.
  • A ellas en realidad les va el morbo de hacerlo con cinco tíos, son todas unas guarras.
  • Los hombres tenemos necesidades que debemos satisfacer de un modo u otro.
  • Era una puta, le pagué, lo cual da derecho a violarla también.
  • No está muerta, así que no tiene de qué quejarse.
  • Seguramente ella le provocó.
  • Miente. Miente. Sigue mintiendo.
  • Si se hubiese quedado en casa en lugar de salir por ahí no le habría pasado esto.
  • Todas lo están deseando, pero les gusta hacerse las duras.
  • Si se dedican todas a denunciar, a ver si no vamos a poder liarnos con una tía a partir de ahora. Los hombres estamos desprotegidos.

Vista esta situación, parece ser que la mujer solo puede y debe aceptar un papel: ser violada cuándo, cómo, y dónde desee un hombre. Debe callar, debe permitir ser violada, y luego debe agachar la cabeza, irse a su casa, no decir nada, y perder las ganas de vivir, y de ser feliz. Nunca superará el estrés postraumático, y su vida se convertirá en una sombra de lo que era. Su vida afectiva, sentimental y sexual nunca será la misma, y adquirirá un temor atávico a las relaciones sexuales, y a los hombres.

Ese es el criterio que la justicia, y la sociedad actual, imponen a las mujeres. La justicia no admitirá otra cosa, y no importan las pruebas. Ya hemos visto que, incluso con pruebas concluyentes, todavía se acusa a la mujer, a la víctima, en lugar de a los que han cometido el delito. Gran parte de la sociedad acusará a la mujer de otra cosa que no sea callar. Dicen que en países como la India o Marruecos esto es así. En la inmensa mayoría de países también es así. También en mi país se obliga a la mujer a callar. También queda mancillada, tocada, y es perseguida, y humillada, por una parte de la sociedad, y por muchos medios de comunicación.

¿Queda alguna solución? Dicen que reeducar a la sociedad. Enseñar valores a las nuevas generaciones. Cambiar el modelo patriarcal que vivimos actualmente. Modificar el modelo de conductas de la población. Y, en general, generar nuevos modelos de conducta que sean respetuosos con las mujeres.

Todo eso está muy bien. Pero son palabras. Y las palabras no mueven el mundo, sino los hechos. No se invierte más que una ínfima parte en la creación de cursos, eventos, y, en general, planes sociales para la reeducación de la población. No se cambian modelos que llevan siglos impuestos en la sociedad, y no se enseñan valores que puedan minimizar las violaciones, y que permitan que la justicia sea realmente eficaz. Todo son palabras, palabras, palabras. Discursos de políticos, de este o aquel partido, que no llevan a nada. Mientras tanto, las violaciones siguen, cuatro denuncias diarias en mi país, y quienes deberían tomar cartas en el asunto, políticos y justicia, miran hacia otro lado. Y por ello son culpables ellos también de esta situación.

El panorama es desolador, sin duda. No hay soluciones a corto o medio plazo. Mucha gente dice que sí, que hay mayor concienciación, más implicación de la sociedad. Es verdad. Ahora están saliendo a la luz las desdichas de miles de mujeres que antes se quedaban en las cloacas de la sociedad, en los agujeros infectos de las actitudes de una sociedad que reconoce la superioridad del hombre sobre la mujer. Y que llama feminazis a las mujeres que reivindican algo tan básico y sencillo como es la igualdad y el respeto.

Por cierto, lo de poner la palabra “nazi”  a todo evidencia una falta total de conocimiento de la historia, como llamar “facha” a gente que vivió mucho antes de la llegada del fascismo y el nazismo. Pero ya se sabe. La ignorancia es atrevida. Los violadores no son nazis; simplemente son culpables de sus violaciones, y, por lo tanto, deben someterse a una justicia que, de momento, les apoya en cualquier circunstancia y situación.

Pero vamos a centrarnos. ¿Realmente no existe salida para la mujer? Yo tengo una salida: la defensa personal. Si de cualquier forma va a ser culpada, al menos que se entrene para evitarlo. Cuando era joven, ya lo he comentado en alguna ocasión, hice de sparring en entrenamientos de defensa personal para mujeres. Tenía una compañera de instituto que, el primer día que ingresé en el gimnasio, me saludó sorprendida de verme allá. Yo me sorprendí aún más claro. Ella era una experta en defensa personal. Y solíamos hacer prácticas de ataque y defensa. Era bajita, delgadita, todo nervio, y yo era lo que he sido siempre, una mezcla de Godzilla y el monstruo de Alien.

Pues bien: no había forma de alcanzarla. Yo trataba por todos los medios de agarrarla, y de forzarla simuladamente durante el ejercicio. No solo no lo conseguía; además ella me obsequiaba con tantos golpes, que volvía a casa torcido. Ella ni se disculpaba. Me gritaba: “¡sé más rápido!” “Reacciona antes” “¡Muévete!” Eran algunas de sus frases mientras yo veía las estrellas y varias constelaciones. Al día siguiente ella me veía en el instituto, torcido en mi mesa mientras daba clase el profe de mates, y me miraba como diciendo “prepárate, porque aún no has visto nada, ayer estaba en baja forma”.

Todo esto formaba parte de una serie de ejercicios donde las chicas nuevas observaban cómo mi compañera controlaba a un mastodonte como yo. Era una forma de decirles “chicas, no estáis solas, aquí estoy yo para enseñaros que se puede controlar a un bestia como este que  tengo delante y salir bien”. Yo tengo que reconocer que disfrutaba viendo cómo las chicas aprendían a defenderse, y los golpes no me importaban. Prefería que me los diesen a mí, para que de este modo ganaran confianza en sí mismas. Y lo digo con orgullo y sin falsa modestia, al contrario, modestia cero. Me siento feliz, y me jacto sin problemas, de haber sido de ayuda, y quien sabe, quizás alguna de esas chicas luego pudo salir de un apuro gracias al aprendizaje con el “mastodonte” que era yo. Yo hubiese dado mi vida por cualquiera de ellas si hubiese sido necesario. No habría podido hacer otra cosa.

No es necesario llegar a ese nivel de eficacia, por supuesto, para poder defenderse. Muchas escuelas de artes marciales, incluso algunos gimnasios de deportes en general, tienen cursos de defensa personal. Son ejercicios específicos para mujeres, que se pueden aprender en uno o dos meses. No se trata de aprender a dar patadas o puñetazos, ni mucho menos. Se trata de aprender a salir de una situación peligrosa. La primera norma es: huye.

Pero, desgraciadamente, muchas veces la huida se hace imposible. Por mucho que la sociedad o los jueces digan lo contrario. Puede ocurrir por un bloqueo mental, porque existe un bloqueo físico, o por ambas. Es entonces cuando hay que trabajar mente y cuerpo para mantener el control de la situación, y poder salir lo antes posible de la zona de peligro. Y se puede hacer: con autocontrol, con confianza, y con algo de habilidad. Esos cerdos violadores no esperan una reacción inmediata y rápida, y muchos se acobardan si ven una determinación clara. El tiempo de reacción, la confianza, y la gestión de la situación se tornan primordiales. Ese es el objetivo de la defensa personal, y no aprender esta o aquella llave. Eso es importante, pero no es el aspecto principal de estas sesiones. El aspecto principal es trabajar la mente, más que el cuerpo.

Ya lo dije antes aquí, y lo repito ahora: no me gusta esta solución. No me gusta tener que recomendar el uso de estos métodos para evitar situaciones que deberían ser tratadas por una sociedad realmente justa e igualitaria. Pero no veo otra salida por ahora, dadas las circunstancias actuales. Y comprendo que no todas las mujeres querrán hacer algo así. Es comprensible. No es justo. Ni es razonable. Por eso digo que esta solución no es una solución, y no me gusta. Pero sí es una forma de evitar situaciones desagradables.

Algunos dirán, “¿y los hombres qué?” Vamos, por favor. Es cierto que hay violaciones de hombres. Por otros hombres. La receta en este caso sería la misma. Pero, ¿violaciones de hombres por mujeres? Que no me vengan con historias. Los casos en toda la historia moderna son contados. Los hay, pero mínimos, frente a la infinidad de violaciones a mujeres que se dan a diario en todo el mundo. Tratemos el problema, y dejemos de intentar justificar lo injustificable.

Para finalizar, entre las muchas webs con información y ayuda sobre este tema, he elegido este enlace de Marie Claire, la famosa revista de moda. Me ha encantado cómo tratan el tema, y estoy de acuerdo al cien por cien en los doce puntos donde explican por qué es importante que las mujeres aprendan defensa personal.

Quizás de los doce puntos de la revista Marie Claire, el más importante sea el 2: ganar confianza y seguridad. No se pierde el miedo nunca. Pero sabes que puedes controlar una situación. Que te has enfrentado a tus miedos, a tus temores, y los has vencido. Porque ese es el paso primordial. Para vencer un peligro externo, primero deberás vencer los miedos de tu interior. Entonces podrás conseguir cualquier meta. La que sea. Nada será imposible. Lo sé, porque lo he visto, y lo he vivido. Y eso es lo más grande que le puede pasar a una mujer, porque es el camino para ser liberada de sus cadenas.

Lucha por ti. Siempre saldrás ganando. Siempre.


 

 

 

 

 

 

 

 

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