Fragmento de “Ángeles de Helheim”

Año 2046. Ciudad de Buenos Aires. Irina Musilova es una teniente de policía federal. Investiga una serie de brutales asesinatos que se están produciendo por la ciudad y alrededores, y que no aparentan tener un móvil en común. Se encuentra en el escenario donde se ha llevado a cabo la última acción, en Valentín Alsina, al sur de Buenos Aires. Recoge pruebas con su equipo, cuando un hombre aparece de improviso en el escenario del crimen…

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—Yo tengo una pista. —Irina se volvió rápidamente, y le preguntó:

—¿Qué hace usted aquí? Esta es una zona restringida por una investigación policial. —El hombre sacó un carnet. El escudo negro con el águila era perfectamente reconocible. Irina preguntó:
—¿Un agente de la Global Security Agency? ¿Qué hace la G.S.A. aquí? ¿Qué quiere?
—Lo mismo que usted. Atrapar a esa gente. Mi nombre es Vasyl Sergei Pavlov. Y he venido a cazar a los responsables de esta matanza.
—¿A cazar? La época de caza no es hasta marzo. Mire, señor Pavlov. No me interesa a lo que venga. Usted no tiene jurisdicción aquí.
—La G.S.A. tiene jurisdicción en todo el planeta. De ahí su nombre. ¿Lo ha olvidado? —Irina levantó las manos en señal de derrota.
—Ustedes en la G.S.A. son la nueva Gestapo del siglo XXI.
—Esa afirmación podría traerle problemas, señorita.
—Me es indiferente. Estoy harta de todo esto. Esos criminales dificultan la investigación porque es lo que tienen que hacer. Pero la G.S.A. debería colaborar, y solo se entrometen por sus intereses particulares. Y su presencia hace evidente que aquí hay algo más que unos asesinatos macabros.
—Eso es cierto. Pero esta gente actúa así. Usted debería saberlo.
—Lo sé. Pero estas víctimas no tienen relación alguna con ningún caso aparente. Parece simplemente un acto de violencia gratuita. Pero son demasiado… profesionales.
—Se equivoca en cuanto a lo de violencia gratuita. No en cuanto a su percepción de que sean profesionales. Lo son. Y expertos además. ¿Podemos hablar en privado?

Irina hizo un gesto a los demás, y salió de la zona acordonada. Se desplazaron unos metros, hasta la puerta de la casa donde se había cometido el crimen. Pavlov comprobó que no había escuchas ni drones espía cerca. Cuando lo hubo verificado, comentó:
—Sé cómo se siente, Irina.
—Me llama por mi nombre de pila. Interesante.
—Lo siento, yo…
—Eso no me importa, ni me interesa ahora. Pero la G.S.A. es extremadamente cuidadosa en esos detalles. Y si usted es un agente de la G.S.A. yo soy la princesa Leia.
—Le puedo asegurar… —Irina le interrumpió:
—¿Tiene la G.S.A. sentimientos? ¿Los tiene usted?
—Yo los tuve. Ahora ya no.
—Lo entiendo. Hasta que ingresó en la G.S.A. usted era una persona. Y dígame, tengo curiosidad: ¿cómo me siento?
—Agotada. Frustrada. Incapaz de encontrar un sentido a todo esto. Horrorizada por lo que está sucediendo. Pero quiere resolverlo a cualquier precio.
—Matice: casi cualquier precio.
—Por supuesto. Siempre bajo el manto de la ley y el orden. La ley ante todo. —Irina cruzó los brazos, y preguntó:
—¿Existe otro modo? Me refiero, claro, a otro modo que no nos convierta en los mismos individuos a los que perseguimos. O en personal de la G.S.A.

Pavlov sonrió. Aquella mujer tenía carácter sin duda. Debía tenerlo para soportar trabajar con esa presión, y esas condiciones.
—Verá, Irina. A veces, solo convirtiéndonos en ellos se puede conseguir llegar hasta ellos.—Ella asintió levemente.
—Claro. Entiendo. Los métodos de la G.S.A. No sé por qué me sorprendo. Pero aquí no hay mucho que ver. Estos asesinatos son gratuitos. Son una pandilla de fanáticos de algún tipo, psicópatas que actúan por diversión.
—No. No hay nada gratuito en estos hechos. Y le diré lo que vamos a hacer: yo le doy información sobre la causa de la muerte de los casos que se han ido sucediendo estos meses, y usted se cita conmigo en un lugar que le indicaré. Le pediré información que necesito, y que usted posee, y usted me la dará. Luego se podrá ir a su casa tranquilamente, y a mí no volverá a verme en cien años. Podemos resolver esto juntos, si quiere. Pero no lo olvide: las cabezas de esa gente son mías, y solo mías, eso es innegociable. ¿Estamos de acuerdo? —Irina suspiró. Odiaba a la G.S.A. Pero aquella oferta era tentadora. Cualquier pista podría ser importante.
—Está bien, señor Pavlov. Supongo que la G.S.A. lo sabe todo. Haré lo que dice. Pero no por la G.S.A. Lo haré para intentar evitar más muertes de inocentes.
—Por supuesto. Es usted una honrada policía y ciudadana de la ciudad de Buenos Aires. Y va a cumplir con su deber. Del resto ya me encargo yo.
—¿De qué va todo esto realmente, señor Pavlov?
—No debería decírselo. Pero parece usted una persona decente. Va de un asesinato. Y va de vengar ese asesinato.
—Entiendo. Esto no es más que un ajuste de cuentas.
—Es algo más que eso.
—Sin duda. Siempre es lo mismo.

Irina se volvió un momento, y respondió por el comunicador a alguien. Luego se giró de nuevo, y preguntó al aire:
—¿Y dónde…? —Pero Pavlov ya no estaba allá. Sonó una señal en su computadora de muñeca. Y comprobó asombrada que, en su agenda personal cifrada, había escrita la dirección de un famoso bar de Valentín Alsina, una población al sur de Buenos Aires, conocido como El Mate Blanco. Indicaba una hora: 23:30. Y una advertencia: “venga sola”.


 

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