Homenaje a mi abuelo el sastre: recuerdos de un exilio

Hoy en día se habla bastante de los abuelos de la guerra. Con el triunfo de Pablo Casado para liderar el Partido Popular, mucha gente se ha fijado en su abuelo, que fue condenado por tener un carnet de la UGT. Por lo poco que he leído, el abuelo de Pablo Casado fue un hombre realmente admirable. Era médico, y su trabajo por la medicina fue siempre su estandarte, sin importar bandos ni opiniones.

Pablo Casado es el mismo que hace un tiempo hablaba de los abuelos y de las fosas, y de superar todo ello. Pero ¿cómo se supera tener a tu padre, a tu abuelo, en una fosa común? Da igual si se era de un bando u otro; era un familiar querido, y queremos que tenga un final digno. Poder recuperar sus restos, y poder darles una sepultura digna. Solo se pide eso. Nada de reclamaciones políticas ni reivindicaciones. Solo recuperar lo que queda de quien tanto se preocupó por nuestros padres y los hijos de sus hijos.

Y me reitero en esto: yo no hablo de política aquí y ahora, hablo de sentimientos, de familia, de recuerdos. Hablo de nuestros seres queridos que se fueron, y que no están donde deberían. E insisto: quiero dejar la política fuera. Y eso hago aquí y ahora. Solo hablo de los hombres y mujeres queridos que se fueron antes de tiempo.

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Puente de la Merced, Bilbao, años 30

Cuando se habla de todo eso, mi mente viaja a los recuerdos de mi abuelo paterno. El materno es un misterio, ya comenté alguna vez que mi abuela fue obligada a casarse con un hombre treinta años mayor, y ella nunca lo reconoció como esposo. Pero mi abuelo paterno fue un hombre sencillo, con convicciones políticas asentadas, que luchó por sus ideales, y que jamás tomó en sus manos un arma, pero sí abogó por eliminar la violencia de cualquier forma de política.

Nació en Asturias, en un pueblo minero. Allí se casó y tuvo tres hijos, el menor de ellos sería luego mi padre. Al poco de nacer este, se trasladó a Bilbao. Allá mi padre creció en las costumbres vascas, y mi abuelo abrió una sastrería en Baracaldo.  Durante la república comenzó a tener un papel preponderante en la política del gobierno vasco, y cuando estalló la guerra civil, fue detenido. Mi padre de niño iba a llevar la comida a su padre con un tal Nicolás Redondo, que llevaba la comida a su padre, y que luego fue secretario general de la UGT. Ambos trabaron una amistad que duró toda la vida. En los últimos años a mi padre le invitaron a unirse a la política. Mi padre rehusó. Bastante había tenido con lo que había vivido con su padre.

Luego mi abuelo fue puesto en libertad, pero de nuevo iba a ser detenido, esta vez para ser condenado a muerte. Un oficial del ejército que era amigo suyo le advirtió que saliera inmediatamente camino de Francia. Eso hizo, pasando una calamidad para atravesar las montañas. En una taberna en la montaña le advirtieron que no entrara, que la guardia civil estaba allá y le buscaba. Pero no conocían su aspecto. Así que dijo que la mejor forma de burlar a la guardia civil era estar delante de ellos. Estuvo esa noche jugando al mus y al dominó con la pareja de la guardia civil, sin saber estos que ese era el hombre que andaban buscando.

Luego los maquis, los restos de la resistencia republicana tras la guerra, le ayudaron a atravesar la frontera, y se instaló en alguna zona entre San Juan de Luz y Biarritz. Su mujer había muerto, y se volvió a casar de nuevo en Francia, teniendo tres nuevos hijos, que son mis tíos de Francia, de ellos el más conocido es Robert, un hombre del que guardo un grato recuerdo, y que ha servido de inspiración para un personaje de mis libros.

En los años cincuenta, el Lehendakari Jose Antonio Aguirre y su gobierno en el exilio nombra a mi abuelo consejero, y durante un tiempo actuó como tal. En la foto se le puede ver en un acto en París en 1956, el primero por la izquierda, con gafas y pelo blanco.

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Congreso Vasco en París. 1956. Campomanes, Leizaola, Aguirre, Garbisu, Paulino Gómez, Gonzalo Nardiz.

Mi abuelo murió a finales de los sesenta, de cáncer. Nunca pudo volver a España. Otros sí pudieron volver. Fue un hombre de paz, de convicciones serenas, y profundamente demócrata.

Yo quiero aquí homenajearle, y recordarle como aquel hombre que fue siempre fiel a sus ideas. Este no es un texto reivindicativo. No va contra nadie, ni tiene ningún carácter político. Solo busca recordar la memoria de un hombre bueno, que quiso defender sus ideas, y que a punto estuvo de morir por ellas. Él pudo escapar, otros no pueden decir lo mismo. Y yo espero, por el bien de todos, que en España, en Europa, y en el mundo, encontremos formas de tender puentes de entendimiento. Con la gente de izquierdas, y con la gente de derechas. Porque todos, en nuestras diferencias, tenemos algo en común: un futuro que queremos mejor para los que vendrán después de nosotros. Puede sonar utópico, y probablemente lo sea. Pero si no luchamos por utopías nuevas, nunca alcanzaremos nuevas metas.

Va por ti abuelo. Descansa en paz. Tu recuerdo no morirá nunca, ni tampoco los ideales de crear un mundo mejor para todos.


 

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