Homenaje a mi abuelo el sastre: recuerdos de un exilio

Hoy en día se habla bastante de los abuelos de la guerra. Con el triunfo de Pablo Casado para liderar el Partido Popular, mucha gente se ha fijado en su abuelo, que fue condenado por tener un carnet de la UGT. Por lo poco que he leído, el abuelo de Pablo Casado fue un hombre realmente admirable. Era médico, y su trabajo por la medicina fue siempre su estandarte, sin importar bandos ni opiniones.

Pablo Casado es el mismo que hace un tiempo hablaba de los abuelos y de las fosas, y de superar todo ello. Pero ¿cómo se supera tener a tu padre, a tu abuelo, en una fosa común? Da igual si se era de un bando u otro; era un familiar querido, y queremos que tenga un final digno. Poder recuperar sus restos, y poder darles una sepultura digna. Solo se pide eso. Nada de reclamaciones políticas ni reivindicaciones. Solo recuperar lo que queda de quien tanto se preocupó por nuestros padres y los hijos de sus hijos.

Y me reitero en esto: yo no hablo de política aquí y ahora, hablo de sentimientos, de familia, de recuerdos. Hablo de nuestros seres queridos que se fueron, y que no están donde deberían. E insisto: quiero dejar la política fuera. Y eso hago aquí y ahora. Solo hablo de los hombres y mujeres queridos que se fueron antes de tiempo.

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Puente de la Merced, Bilbao, años 30

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Soy de aquella generación

Soy de aquella generación que se mece entre el dolor de la generación del 98 y las vanas esperanzas de la generación del 27. Que vivió el sueño de libertad y solo fue eso, un sueño. Que nació tras una guerra cruenta que dividió al país, solo para recordarnos que las guerras no responden ante nadie excepto a la propia guerra.

Soy de aquellos que salieron a las calles cuando la democracia era incipiente, que fue acusado de hablar de libertad y de tener sangre de aquellos que dejaron su tierra por la libertad. Soy de los que soñaron que el hombre y la mujer eran realmente iguales, no porque lo diga un papel o una ley, sino porque nos han enseñado que la igualdad comienza cuando se le da el pecho al niño, y acaba cuando nadie es medido o juzgado por razón de sexo, como tampoco de color, de credo, de raza, o de nacimiento.

Soy de los que leía emocionado a Alberti, a Lorca, a Machado, y no porque me lo impusieran las normas, sino porque mi mente no podía dejar de navegar entre los sueños y anhelos de una generación rota por el sonido de las armas y los fusilamientos.

Soy de los que lloraba cuando leía a aquellos poetas, y viajaba con ellos por sus penas, por su dolor, por sus miserias, por su camino hacia una tierra que les era extraña, pero que de todas formas les acogió con amor y cariño. Que no los recibió como extraños, sino como hermanos. Que no les dio una migaja de pan para saciar el hambre, sino la oportunidad de poder construir otro sueño allende los mares.

Soy de los que miraba a lo lejos al horizonte, pensando en cuantos recuerdos flotan en las aguas de los mares del mundo, azotadas por una guerra que envolvió al mundo, y que enseñó que la lucha por la libertad tiene un alto precio, y que esa libertad se pierde al menor signo de rabia, de ira, y de xenofobia. Y cuando la libertad se ha perdido, ¿qué nos queda? Silencio. Dolor. Y muerte.

Soy un alma perdida en mis pensamientos. Ese soy yo. Un mar de recuerdos. Un mar que quiere recordar a aquellos que se fueron. Y eso hago ahora. Y eso haré siempre. Por ellos. Y por sus recuerdos, que son ahora nuestros.