Las aventuras de Letrita y Numerín

Este es un cuento infantil que escribí para un concurso hace más de treinta años. Nunca supe el resultado del mismo, ni se me informó de mi posición, si había quedado el primero o el último. Pero eso es bastante habitual en este tipo de eventos. Ahora lo traigo aquí por si quieren leerlo, o que lo lean sus hijos. Muchas gracias.

Las aventuras de Letrita y Numerín

El comienzo.

Hace pocos años, en un país muy cercano al nuestro, nacieron dos seres especiales que estaban destinados a ser grandes amigos y a vivir grandes aventuras. Se llamaban Letrita y Numerín. Letrita era todo sueños e imaginación, mientras que Numerín era serio y responsable. Cuando estaban los dos juntos, no había idea o invento que no pudieran llevar a cabo. En esta introducción asistiremos al nacimiento de cada uno así como a la primera aventura que vivieron juntos.

El nacimiento de Letrita.

Una tarde, se reunieron varios niños en casa de un amigo para pasar un rato de tiempo libre divertido. Todos decidieron jugar a un videojuego de consola que le había comprado el papá de uno de ellos, y en cinco minutos estaban delante del televisor luchando contra dragones y encantamientos. Pero uno de los chicos se aburrió pronto, y como los demás quisieron seguir jugando, se fue al cuarto de al lado.

Allí, en el suelo, había una libreta y unos lápices de colores, así que decidió comenzar a dibujar. ¿Qué podría dibujar? ¿Un coche, una casa, un barco? No, dibujaría una letra. Eso era; una letra bien grande y perfecta. La idea le vino de pronto a la cabeza, y le pareció fantástica. Así que empezó dando forma a la letra, y luego la fue pintando de varios colores, como si tuviese un arco iris en su interior.

Cada vez que pasaba la mano sobre la letra sentía que una especie de aire frío le recorría la espalda. Poco a poco el aire iba desapareciendo, como si entrase dentro de él. Sintió calor en los pulmones, y algunas gotitas de sudor comenzaron a correr por su frente. En ese momento, miró la letra, la hermosa letra coloreada, y pensó: “quiero que la letra viva para siempre, y que no se la pueda borrar con ninguna goma de este mundo”.

Sin darse cuenta, vio que en lugar de pensarlo, lo había dicho, y el aire caliente de su interior hizo brillar los bordes y los colorines de la letra. De pronto, salió una luz muy blanca del papel, y el chico se quedó dormido al instante. Su padre, que había venido a buscarle, estaba en la puerta, llamándole.

– Tom, tenemos que irnos – dijo el padre con voz impaciente. Tom miró al papel donde había dibujado la letra, y ésta no estaba. El papel tenía un recorte donde antes estuvo la letra dibujada. Quiso decírselo a su padre, pero éste no le hizo caso, y le rogó que se marcharan ya a casa, que mamá esperaba para cenar todos juntos. Tom se marchó, y lo último que vio fue una luz de colores que se movía por detrás del sofa donde pintó su desaparecida y extraña letra. Exclamó.

– ¡Letrita, letrita! – Pero el padre le subió en brazos y se lo llevó. Cuando se apagó la luz, Letrita, la letra dibujada por el muchacho, decidió que así se llamaría. Miró desde detrás del sofá, pero Tom ya se había ido. Letrita tenía muchas ganas de jugar. Decidió que el mundo era muy hermoso, tal y como se veía a través de una ventana, y que lo primero que tenía que hacer era buscar algún amigo con el que poder pasarlo en grande. Así que decidió que había llegado el momento de conocer el mundo y de disfrutar con todo lo que podía verse a través de la ventana.

El nacimiento de Numerín.

Numerín nació de debajo de una suma. En una vieja pizarra de un colegio, la maestra había puesto una suma para que los niños la hicieran. Pero cuando todos hubieron marchado, la suma se quedó allá, dibujada en la negra superficie. Entonces, un hada buena que pasaba por allá la vio y decidió comprobar si era capaz de resolver la suma. Tras un esfuerzo, los números fueron siendo colocados por el hada en su sitio correcto. Tal fue la alegría del hada, que empezó a dar saltos de alegría.

Tantos saltos dio, que no llegó a ver que la estrella de la varita mágica tocaba uno de los números. Cuando se fue, todo quedo igual, aunque ya nada era igual; al día siguiente, al querer borrar la suma, la profesora comprobó extrañada como aquel numerito estaba como pegado a la pizarra, y era imposible de borrar. Los niños lo intentaron también, pero fue inútil, así que el numerito se quedó allá, todo el día, hasta que llegó la tarde y los niños se fueron a sus casas.

Por la noche, se desató una gran tormenta. La lluvia caía con fuerza y los rayos iluminaban el cielo como si de un festival de fuegos artificiales se tratara. En el momento de mayor ímpetu de la tormenta, una ventana de la clase se abrió, y el viento entró aullando. En ese momento comenzó a brillar el numerito de la pizarra que no había podido borrarse. Brilló y brilló cada vez más hasta iluminar toda la sala. Luego, de forma mágica y misteriosa, saltó de la vieja pizarra hasta caer en el suelo.

– Vaya costalazo me he dado – se dijo a sí mismo. – Menos mal que nadie me ha visto caerme. Estoy hecho un numerito. Ummh… Numerito numerito … Me llamaré Numerín, que suena más simpático.

Dicho y hecho, Numerín comenzó a mirar los pupitres de la clase. Recordaba de lejos haber oído la voz estruendosa de la profesora, y cómo los niños le sacaban la lengua cuando miraba la pizarra. Pero eran recuerdos vagos, lejanos, y los olvidó enseguida.

Las preguntas de Letrita y Numerín.

Letrita saltó desde lo alto de la ventana de la casa. Cayó y cayó, y cuando chocó contra el suelo aprendió que podía cambiar su cuerpo, o mejor dicho, la forma de su cuerpo. Podía darle cualquier forma de letra. Eso lo comprobó porque al caer se convirtió en un montón de letritas pequeñitas que formaron una gran exclamación, una muy larga “oooooooooooh”. Luego, al cabo de unos instantes, las letras se juntaron de nuevo, y ahí estaba Letrita sin un rasguño, excepto unos pajaritos que durante unos segundos estuvieron dando vueltas por su cabeza.

Claro; las letras, a diferencia de las personas, no se hacen daño cuando se caen de una altura. Se dio cuenta de una cosa: sólo tenía que pensar en una palabra, o incluso en una frase, y su cuerpo se convertía al momento en esa palabra o frase. Cada parte de su cuerpo se convertía en una letra. Pensó muy fuerte muy fuerte en la frase “tengo hambre”, y al momento todo él se había transformado. – “Ese es poder de las letras” – pensó. – “Las letras no significan nada por sí solas, pero son muy poderosas cuando se unen”. Ese era el gran poder de Letrita.

Por su parte, Numerín se encontraba ya en la calle, e iba paseando tranquilamente cuando se dio cuenta de que le seguían. Era un extraño ser, que andaba a cuatro patas, tenía unos ojos penetrantes y unos pequeños bigotitos, y andaba detrás de él de forma sigilosa. Numerín se paró justo detrás de una esquina y esperó a que aquel individuo doblara la esquina. Cuando lo hizo, Numerín le salió al paso de forma valiente y decidida, lo cual sorprendió tanto a perseguidor como a Numerín, ya que éste no sabía lo valiente que era.

– ¡Alto! – gritó Numerín. – ¿Quién eres y por qué me sigues de esa forma tan silenciosa?

– Soy Ríbol, un gato persa.

– ¿Y dónde está Persa?

– No es Persa, burro, sino Persia. Es un país muy lejano que ahora se llama Irán.

– Y si se llama Irán, ¿por qué tú te llamas Persa?

– No me llamo Persa, burro, me llamo Ríbol.

– Sí, pero has dicho que eres persa.

– Porque el nombre me lo pusieron cuando… ¡Bueno, basta ya, pedazo de mendrugo!

– Oye, sin faltar. Y dime por qué me seguías.

– Porque quiero saber si eres comestible.

– ¿Comestible? Ah, eso significa que necesitas comer.

– Claro, como todo el mundo. ¿Eres comestible? ¿Necesitas comer tú?

– A la primera pregunta te responderé que no es muy normal que un gato coma números. Sé algo de sopas de letras, pero nunca oí hablar de sopas de números. En cuanto a lo segundo: ¿cómo se te ocurre pensar que un número necesita comer? Me gusta el café y las infusiones, y quizás algunas patatitas asadas, pero ¿has visto alguna vez a un tres o un cinco con un bocadillo de chorizo?

– No, pero como soy un gato, no debería saber lo que es un número, por lo que tampoco tiene que importarme si eres un número o cualquier otra cosa. Los gatos y los perros olisqueamos todo, y nos comemos aquello que vemos interesante, sin importarnos qué es. Y yo nunca he probado un número.

– Ah, ¿y cómo puedes saberlo, si no sabes lo que es?

– Ummh. Es verdad. – Numerín miró al gato persa durante unos instantes. – Te diré lo que vamos a hacer, – dijo finalmente Numerín. – Si tú sabes responder a mi pregunta, te dejaré que me sigas todo el rato. Si no, tendrás que marcharte por donde has venido. ¿De acuerdo?

– ¡De acuerdo! – respondió el gato Ribol encantado. El no era un gato común, no. Era un gato persa, y de una familia muy bien situada, con un papá que ganaba un montón de dinero sólo por estar en una mesa llena de teléfonos diciendo siempre “compre” o “venda”. No entendía qué quería decir, pero el dinero le llovía en las manos. Así que él, el importante gato Ribol, sabía muchas cosas que otros gatos no podían ni imaginar. Por eso estaba tranquilo, y seguro de que no tendría ningún problema en solucionarlo. Finalmente, Numerín preguntó:

– ¿Qué tengo en la mano?

– No tienes nada.

– Falso. Acabo de sacarte el reloj de bolsillo que llevas en la chaqueta. – Ribol se quedó sorprendido.

– ¿Cómo lo has hecho?

– Muy fácil. Estabas tan interesado en mi cara que no viste mi mano deslizarse hasta tu bolsillo. Si estuvieras más pendiente de lo que ocurre a tu alrededor no irías perdiéndolo todo por ahí. Ahora, toma tu reloj y déjame tranquilo. – Ribol se quedó en una esquina, desolado y triste por lo tonto que había sido. Pero eso no quedaría así; volvería a encontrarse con ese número con patas, y entonces le demostraríá quien mandaba en esas calles.

Letrita, mientras tanto, no habia estado perdiendo el tiempo. Andando por la calle, vió un gran cartel en el que se podía leer “biblioteca”. Ni corto ni perezoso, entró en el gran edificio. Había allí una mujer sentada a la entrada. Pensó que lo mejor sería preguntar.

– ¡Hola! – dijo Letrita con su mejor tono. – ¿Quién es usted?

– Sssssh – reprendió la señora. – Soy la bibliotecaria, y no se te ocurra volver a hablar tan fuerte.

– ¿Por qué?

– Porque esto es una biblioteca.

– Eso ya lo sé. Lo he leído a la entrada.

– Entonces deberías saber que en una biblioteca no se puede hablar fuerte. A una biblioteca se viene a leer. – Letrita se quedó pensativo.

– ¿Y qué tienen aquí guardado con tanto secreto?

– No es ningún secreto. Aquí hay libros.

– ¿Libros? Nunca he visto ninguno.

– Pues pasa y míralos. Son esas cosas rectangulares sobre las estanterías.

– ¿Y para qué sirven?

– Se leen. ¿No sabes leer?

– Sí, al menos eso creo. Leí el cartel de la entrada.

– Ah, sí, pero no es lo mismo.

– ¿No? ¿Por qué no?

– Porque los libros son mucho, mucho más que palabras, o que frases enlazadas. Son un tesoro, los sentimientos y la misma vida de un ser humano depositados e inmortalizados en papel. Los libros hacen que quien los escribe se vuelva inmortal. Por eso conocemos a tantos hombres y mujeres de la antigüedad. Porque escribieron libros.

– Oh, me gustaría probar con uno de ellos.

– Ve míralos. Por cada libro que leas, tú serás un poquito más inmortal, como quién lo escribió. Pero la inmortalidad total se consigue cuando se ha escrito un libro, mucho más que cuando se ha leído.

– ¿Así que es mejor escribirlos que leerlos?

– Sí, pero para poder escribir un libro tienes que haber leído muchos otros antes. Sólo así se llega a conocer el misterio que permite escribir un libro.

Letrita anduvo un rato entre los pasillos de la enorme biblioteca. Allí se almacenaban miles de libros de distintos escritores de todas las épocas, ordenados y organizados por temas. Era como si cada uno de esos libros contuviese un poco del aliento de su autor, dispuesto a hablar en el momento en el que se abriese. Decidió acercarse a uno. Lo miró largo rato con detenimiento. En la tapa se leía “La odisea”. El autor era un tal Homero. Y, en cuanto abrió el libro, se encontró en la cubierta de un barco, con el viento caliente soplándole en la cara, y un extraño pero maravilloso sabor a sal reinaba en el ambiente. Un hombre, de nombre Ulises, estaba atado a un mástil, y otros remaban incansablemente. A lo lejos, de todas partes de un azul mar embravecido, se oía un dulce canto que parecía venir de todas partes. El hombre atado suplicaba:

– ¡Soltadme, soltadme! Hemos de ir hacia allá, hemos de variar el rumbo. – Pero nadie le escuchaba.

Letrita cerró el libro, y el extraño sueño desapareció. Lo abrió, y vio las frases que acabara de gritar aquel extraño hombre del barco. Así que Letrita se fue a aquellas palabras y les preguntó:

– ¡Hola! Sois letras como yo.

– Sí, – respondieron las letras del libro. – Pero nosotras estamos atadas a las hojas de este libro, como Ulises estaba atado al mástil de su barco. Somos letras fijas con frases fijas. Tú, sin embargo, eres la frase que aún no ha sido pronunciada ni escrita, y por eso eres especial. Eres todo aquello que aún no se ha dicho.

Letrita se quedó un rato sentado, pensativo. ¿Por qué había nacido? ¿Tendría que realizar alguna importante misión para el mundo? De pronto se dio cuenta de que tenía que averiguarlo. Tenía que encontrar a alguien que fuese sabio y bueno, para que le guiase en su camino. Eso es. Lo primero era conocer el sentido de su vida, es decir, explicar su propia existencia.

Mientras tanto, y antes de marcharse a averiguarlo, se quedaría un rato más hablando con las letras de aquel y otros libros. Porque las letras, al leerlas, hacían que el mundo se transformara en cualquier cosa que explicaban, tenían ese poder, y eso era algo que fascinaba a Letrita.

Numerín, por su parte, estaba caminando. Iba lentamente pensando en sus cosas, y preguntándose también qué sentido tenía que estuviese allí. Tendría él también que averiguarlo, y debería consultar con alguien bueno y sabio. A diferencia de Letrita, Numerín no se encontró con una biblioteca. Se encontró con una tienda repleta de calculadoras y ordenadores. Estaban allá quietos, serios, mirando por la ventana del escaparate. Se fijó en una calculadora enorme, llena de botones, y que tenía un aspecto serio y responsable.

– ¡Hola! – saludó Numerín.

– Hola – respondió la calculadora de un modo frío y distante.

– ¿Quién eres tú?

– Soy una calculadora programable.

– ¡Anda qué bien…! ¿Y eso qué es? – A la calculadora no le hizo mucha gracia la preguntita.

– Ummmh, ommmh, soy un prodigio con los números. Puedo hacer sumas en un instante, y restas, y multiplicaciones, y cualquier cosa que quiera.

– Ah, mira qué bien. Yo soy Numerín. Soy un numerito.

– ¿Sólo uno? – se rio la calculadora. – Yo puedo trabajar con miles de números.

– Sí, pero sigues siendo una calculadora, y sin embargo, yo soy un número – respondió enfadado Numerín. – ¡No te fastidia! – La calculadora no se inmutó. Así que Numerín la dejó en paz y se fue hacia un cacharro enorme.

– ¡Hola! – saludó de nuevo Numerín efusivamente. – Soy Numerín.

– Ah, muy bien – respondió el cacharro. – Yo soy un ordenador. Y, por cierto: ¿por qué te llamas Numerín? ¿Y qué o quién eres exactamente?

– Bueno, ummmh, no sé exactamente por qué me llamo Numerín, ni sé muy bien quién o qué soy.

– Pues yo soy un ordenador, y los ordenadores lo sabemos todo. En nuestras tripas tenemos toda la información que uno quiera tener.

– Ah, pues dime quién soy yo y por qué me llamo Numerín.

– ¡Eh, un momento, un momento! – gritó el ordenador. – Primero tienes que introducir la información en mi disco duro. Si no, no te lo puedo decir.

– Muy listo – contestó Numerín. – ¿Entonces para qué diablos sirves? Si tengo que decirte quién soy para que me lo digas tú a mí, me lo ahorro y me lo digo a mí mismo directamente. Me parece que tú no sabes nada.

– Eso es verdad, Numerín – respondió el ordenador. – Pero si te molestas en pensar un poco, te darás cuenta de que un día podrías olvidar tu nombre o quien eres, y me lo podrías preguntar a mí, porque yo tengo una gran memoria que no se pierde ni desaparece nunca. Podrías decirme cualquier cosa que se te ocurriese, y guardar en mí todo lo que se te pase por la cabeza que quepa en la cabeza. Luego, no tendríás que estar recordando cientos o miles de cosas; simplemente, sin acordarte, me lo preguntarías a mí, y yo lo recordaría, porque no me olvido de nada.

– Eso es sorprendente – afirmó Numerín entusiasmado. Yo me olvidaría hasta de ponerme los calcetines, si no fuese porque no llevo.

– Ah, pero es que no tendrías que esperar a preguntarme. Los ordenadores podemos recordarles esas cosas a todos para que no se olviden de hacerlas, y ayudarles con los estudios, el trabajo… Todo.

– Realmente sois sorprendentes. Lo podéis hacer todo.

– Desgraciadamente no – respondió amargamente el ordenador. Como te he dicho antes, no sabemos nada si no nos introducen primero la información. Ni somos capaces de escribir un libro, ni de hacer música, ni de hacer nada de nada por nosotros mismos. Otros tienen que darnos la información. Pero eso sí, luego lo recordamos todo y hacemos todo lo que nos mandan aunque pasen meses o años.

– Sí, y eso me recuerda que yo no sé, ni sabe nadie, por qué estoy aquí. Tengo que salir a averiguarlo.

– Pues ve, mi buen amigo, – le recomendó el ordenador. – Y cuando lo sepas, dímelo, y ya nunca lo podrás olvidar.

– Así lo haré, compañero – respondió Numerín. – Me voy. – Numerín salió de la tienda y se despidió con la mano de su nuevo amigo el ordenador. Comenzó a caminar y a caminar en busca de respuestas.

El encuentro.

Letrita anduvo mucho tiempo, sin tener un rumbo, sino simplemente le encantaba pasear por la ciudad leyendo todos los carteles que veía a su alrededor. No se dio cuenta de que le seguían. Claro, como iba tan despistado, no veía nada más que lo que deseaba ver. El que le seguía hacía ímprobos esfuerzos por hacerse notar. Al principio, seguía a Letrita de lejos. Luego de cerca. Al final, casi saltaba delante de Letrita. Finalmente, Letrita vio que aquello no era normal, y preguntó:

– ¿Quién eres tú?

– ¡Por fin, te has dado cuenta! – exclamó el perseguidor. – Llevo casi una hora siguiéndote, y durante los últimos quince minutos iba pegado a tu espalda.

– Bueno, yo no tengo ojos en la espalda – rio Letrita.

– Ummh, sí, pero ibas perdido entre nubes. No te enteras de nada.

– ¿Y tú quién eres?

– Me llamo Jazmine Fender, y soy un cocker ruano.

– ¿Un cocker ruano?

– Siiiiií, un cocker ruano. Soy una perrita. Los perros somos muy apreciados entre la mayoría de los humanos.

– ¿Los humanos?

– Claro, quienes te han dado la vida y han construido todo esto. Pero ahora escúchame. Tenemos que esperar, casi llega ya.

– ¿Quién llega ya?

– Sssssh. Casi está aquí.

Numerín caminaba lentamente. Se paró en un semáforo, donde estaba aparcado un coche. En la parte superior se leía “Taxi”.

– ¿Eres un taxi? – preguntó Numerín.

– Bueno, soy el número del taxi. El taxi no habla, pero yo sí, por supuesto.

– ¿Y por qué estás ahí pintado?

– Verás, porque soy su número de identificación. Soy como el dni del taxi.

– ¿El dni?

– Bueno, cada uno tiene un nombre. Tú tendrás un nombre, ¿no es cierto?

– Por supuesto. Soy Numerín.

– Ajá. Pues este taxi es el 1313. Ya ves, sólo hay uno como éste en la ciudad.

– ¿Sólo un taxi?

– No hombre no, hay muchos, pero sólo un 1313. Soy el número 1313 del taxi.

– ¿Y para qué sirve?

– ¿El número?

– No, el taxi.

– Ah, te lleva a donde quieras ir.

– Eso está bien, porque yo quiero ir a un sitio.

– Pues venga, sube y dime a dónde, y te llevaré.

– Sí. Pero es que no sé dónde tengo que ir.

– Ah, vaya problema amigo. Bueno, sube de todas formas, y daremos un paseo. – Numerín subió en el taxi y empezó a pasear por la ciudad. De pronto, se dio cuenta, no sabía cómo, de que tenía que decirle algo al taxi.

– Tuerce a la derecha – dijo Numerín. El taxi dio la vuelta y se metió por donde le indicaba Numerín. Poco a poco, le fue diciendo al taxi las calles que debía seguir para ir no sabía a dónde. Pero algo o alguien le llamaba.

Finalmente, Numerín sintió que había llegado a su destino.

– Bueno taxi, me bajo aquí. – dijo no muy convencido.

– ¡Eh, tienes que pagarme! – gritó el taxi.

– ¿Pagarte? – preguntó Numerín.

– Claro, por haberte traído. Tienes que darme algo al menos.

– Ummh, no puedo, no sé cómo hacerlo. No tengo bolsillos,o al menos eso creo.

– Bueno, déjalo, pero recuerda que me lo debes – dijo el taxi mientras se alejaba. Numerín se quedó mirando al taxi, pensando qué podría haber querido decir con aquello. ¿Pagar? ¿Qué porras era eso? De pronto, oyó una voz que se aproximaba de lejos y que se dirigía a él.

– Un poco burro eres todavía, pero aprenderás, sí, ya lo creo que aprenderás. – Numerín se giró y vio a dos extraños individuos que se acercaban lentamente.

– ¿Quienes sois?

– Yo me llamo Letrita, y quien me acompaña…

– Yo soy Jazmine Fender, y soy un cocker ruano.

– ¿De Ruanda?

– No, de San Francisco, California, y deja ya de preguntar. – Los tres se reunieron en el interior de una vieja casa abandonada.

– Vamos a ver – dijo Jazmine. – Me han nombrado tutora oficial de vosotros dos, así que portaros bien y no me interrumpáis cuando hable.

– No te estamos interrumpiendo – dijo Numerín.

– Me estás interrumpiendo en este mismo instante, – cortó Jazmine. – Bueno, ha costado un poco, pero por fin os tengo a los dos delante de mis ojos y controlados, exactamente donde quería.

– ¿Y por qué querías tenernos delante de tus ojos?

– Es una forma de hablar – reprendió Jazmine. – Bueno, en fin, no voy a hacer carrera con vosotros.

– ¡Ah! – interrumpió de nuevo Numerín! – ¡Quieres jugar a las carreras, eso me gusta!

– ¡Sí, juguemos!, – gritó Letrita entusiasmado.

– Noooo – dijo Jazmine con tono quejoso.- Lo que quiero es hablar con vosotros; hablar de cosas importantes y trascendentales. – Letrita no se pudo reprimir:

– Pues llevas un buen rato hablando y no dices más que tonterías. – Numerín se rio.

– ¡Un poco de respeto! – exclamó Jazmine. Bien, como no veo otra forma, vamos a ir directamente al grano.

– Yo no tengo granos, no sé tú! – dijo Numerín. – Jazmine le echó una mirada como con un deseo de agarrarle del cuello.

– Sigo – continuó Jazmine. – Me ha tocado el horrible deber de actuar como una maestra para vosotros dos. Y lo voy a hacer me cueste lo que me cueste.

– ¿Tienes que pagar para estar con nosotros? – Preguntó Letrita.

– No, burro – dijo Numerín. Se refiere a que le cuesta mucho ser profesora.

– Ah, ¿así que no ha de pagar nada?

– No que yo sepa. Aunque sigo sin tener claro qué es eso de pagar.

– Yo tampoco, pero no parece divertido.

– ¿Y tú crees…? – Jazmine interrumpió – no quiero oír ni una palabra más, ¿entendido? – Los dos respondieron afirmativamente.

– Bien, comencemos por ti, Numerín. ¿Sabes lo que eres? – Numerín negó con la cabeza.

– Eres un número. Pero no un número cualquiera, sino todos ellos a la vez. Eres como el rey de los números, pero sin ser un rey. Tienes el poder sobre todas las cosas lógicas, sobre todo pensamiento científico e intelectual que cualquiera pueda crear. ¿Lo entiendes?

– No, pero me gusta mucho cómo hablas. – Jazmine frunció el ceño.

– ¿Y tú? – preguntó Jazmine dirigiéndose a Letrita.

– Esta vez no he hablado ni he hecho nada – respondió Letrita.

– No, pero lo harás. Tú eres impulsivo, como un ciclón. Tienes incluso más imaginación de la que puedas imaginar. Eres los sueños no escritos de la humanidad, y por eso estás lleno de esperanzas, ilusiones y anhelos, aunque, por supuesto, también de miedos, de temores, y de incertidumbre. Por eso escriben los seres humanos, y por eso tienes tanto poder, poder fuerte y grandioso, pero peligroso también.

– ¿Y yo? – preguntó Numerín.

– No me he olvidado de ti. No podría hacerlo. Ya te he comentado tu gran poder. Tú eres la templanza y el control. En cierta forma, eres la medida de todas las cosas. No tienes la imaginación, pero sabes hacer uso de ella. Puedes resolver cualquier problema que tenga una solución, y de una forma extremadamente rápida. Juntos, los dos unidos, sois mucho más que dos, de eso podéis estar seguros.

Letrita y Numerín se miraron entre sí y luego a aquel ser de cuatro patas que les miraba de forma complacida.

– ¿Todas esas cosas somos nosotros? – preguntó Letrita.

– Todas esas y muchas más que aún no sabéis – respondió Jazmine Fender.

– ¿Y tú qué tienes que ver en todo esto? – se cuestionó Numerín.

– Ah, muy buena pregunta. Sois todavía muy jóvenes. Iguales que las nuevas ideas buscan un mentor que las cultive y las haga prosperar, vosotros dos sois dos maravillosas fuerzas incipientes, pero recién nacidas. Yo estoy aquí para ser vuestra guía hasta que podáis salir adelante por vosotros mismos. Yo no os haré falta, pero eso será en el futuro. Hasta entonces, será mejor que me hagáis caso, y no os meteréis en líos. Aunque me temo que no os van a faltar.

Letrita y Numerín se miraron. Al cabo de unos instantes, Numerín le dijo a Letrita:

– ¡Vamos a ser socios! ¡Choca esos cuatro! – Letrita y Numerín se dieron la mano. Ese momento indicó el comienzo de una larga amistad que estaría llena de aventuras, peligros y grandes emociones, siempre ante la atenta y vigilante mirada de Jazmine Fender.

La primera aventura.

Dos días más tarde, Letrita y Numerín se dirigían a casa de Jazmine. Habían quedado con ella para, en principio, ir a cenar a una buena pizzería que habían abierto hacía poco. Pero Jazmine prefirió cenar en casa. Había preparado un asado al estilo argentino, ya que su madre se había criado en aquel país y conocía bien las recetas de Sudamérica.

Letrita y Numerín llamaron al timbre, y al poco abrió Jazmine la puerta.

– ¡Hola! – dijo nada más abrir.

– ¿Qué llevas en la boca? – preguntó interesado Numerín.

– Oh, nada, es un huesito que estoy royendo. Me entretiene mientras cocino. Pero pasad, pasad, que la cena está casi lista. – Ambos pasaron y se sentaron en una mesa repleta de todo tipo de aperitivos apetitosos.

– ¡Vaya! – exclamaron ambos. – Esto tiene muy buena pinta.

– Sí – dijo Jazmine. – Son aperitivos típicos de Argentina. Mi madre es de allá.

– ¿Tu madre vive en Argentina?

– Bueno, ahora no, pero antes sí. Pero no os voy a aburrir con la historia de mi vida. Sentaos y comenzad a picar lo que os apetezca. – Letrita y Numerín no se lo pensaron dos veces, y se pusieron a degustar los aperitivos mientras Jazmine terminaba la cena.

– ¡El asado estará en cinco minutos! – gritó Jazmine desde la cocina. Los dos comensales no le dieron demasiada importancia al asado debido a las delicias que había sobre la mesa. Pero cuando Jazmine hubo traído la carne asada, tuvieron que reconocer que estaba maravillosamente bien cocinada.

– ¡Fantástico! – dijo Letrita relamiéndose los dedos con avidez. – Si llego a saber que cocinas así, hubiese venido el primer día que te conocí.

– Bueno – exclamó Jazmine. – Pero recuerda que no necesitáis comer ninguno de los dos, porque no sois personas ni perritos. Aún así, si habéis disfrutado con la cena, espero que os guste también el postre.

– ¿Y qué hay de postre? – preguntaron los dos.

– ¡Panqueques!

– ¡Emmmmm! – se relamieron los dos.

Después de cenar, pasaron a la sala. Jazmine puso un poco de música clásica mientras tomaban un café.

– Yo lo tomo con sacarina – afirmó Jazmine.

– Nosotros con azúcar, por supuesto – dijeron Letrita y Numerín al unísono.

Estaban hablando de muchas cosas, recordando los detalles del día en que se conocieron y las cosas que aquel día les pasó a cada uno. Cuando ya comenzaban a tener sueño, y cada uno pensaba en irse a dormir, la luz casi se fue. Todo quedó en una completa y casi absoluta oscuridad, con un poquito de luz que iluminaba débilmente la sala.

– ¡Vaya, otra vez! – se quejó Jazmine.

– ¿Qué pasa?

– La luz. Se corta cada dos por tres. Hoy ya duraba demasiado. Es terrible.

– ¿Y has llamado a la compañía?

– Sí, pero no han podido arreglarlo todavía. Según parece la avería es más compleja de lo normal.

– Es extraño – pensó Numerín.- Eh, la casa del al lado sí tienen luz.

– Es cierto. Sólo nos pasa a los vecinos de este lado de la calle. Aunque hoy es más raro, porque la luz no se ha apagado completamente. La lámpara brilla débilmente – Numerín se levantó y afirmó:

– Vamos a averiguar qué pasa con la energía eléctrica.

– ¿Y cómo vamos a hacerlo? – preguntó Letrita sorprendido.

– Tendremos que ver si hay algún cable cortado, o algo similar. – Los tres subieron a la terraza de la casa, y comprobaron que toda una fila de casas estaba sin luz. Pero después de muchas pruebas, y de llamadas telefónicas, no consiguieron saber por qué no tenían luz en la casa.

– Lo mejor será ir hasta el final – afirmó Numerín.

– Ya lo estamos haciendo, – reprendió Jazmine. – Estamos intentándolo todo y no conseguimos nada. – Letrita intervino.

– Ummm, no sé por qué, pero me da en el acento que Numerín está tramando algo.

– Bueno, es sólo una idea. Bajemos de nuevo a la casa. – Los tres volvieron a la sala, y Numerín comenzó a mirar por el enchufe.

– ¿Qué buscas, Numerín?

– Estoy tratando de… ¿Qué grosor debe de tener este cable? ¿medio milímetro?

– Es muy estrecho – aseguró Letrita.

– Bueno, como he dicho, tendremos que ir hasta el final del asunto. ¿Quién me sigue? – Y acto seguido, todo Numerín se fue metiendo a toda velocidad por el cable de electricidad. Se oyó una voz que se perdía en la lejanía:

– ¡Allá voyyyyyyy! – Letrita miró a Jazmine, se encogió de hombros, y acto seguido, comenzó a meterse por el cable. Mientras lo hacía, le dijo a Jazmine:

– ¡Voy para allá, que a ese no se le puede dejar sooooloooo!

Al cabo de unos momentos, Letrita y Numerín chocaron.

– Eh, ten cuidado – advirtio Numerín. – Aún hay algo de electricidad en este cable.

– ¿Seguro? – preguntó Letrita.

– Por supuesto. La electricidad está formada por unas bolas pequeñitas pequeñitas llamadas electrones. Y, mira tú por dónde, acabo de encontrarme a uno.

– Hola, – dijo el electrón. Me llamo Electro.

– Hola, Electro – saludó Letrita. ¿Qué haces aquí sólo?

– No estoy sólo, pero somos muy pocos. Por aquí pasamos un montón de amigos todos los días, sobre todo cuando llega la noche. Pero últimamente no sé qué ocurre que, de repente, se van todos y quedamos sólo unos cuantos. Y me aburro mucho.

– Pero tiene que haber un motivo – reflexionó Letrita.

– Sí – respondió Electro. – Pero yo no tengo ni idea. Piensa que soy un electrón, muy muy péqueño, y normalmente los conocimientos de los electrones no van más allá de unos cursillos de electricidad y mecánica, eso sí, una mecánica muy rara.

– Pues tendremos que averiguarlo – interrumpió Numerín. – Vamos a seguir el cable, y a ver a dónde nos lleva.

Los tres anduvieron un buen rato, y encontraban muchas bifurcaciones. Letrita estaba pensativo. De pronto, hizo un comentario.

– Es curioso. Según qué cable tomemos, se oye más cercano o más lejano un extraño ruido. Como muchas voces que suenan como las de Electro.

– Ummmmh, sí, es cierto – aseguró Numerín. Eso sólo puede tener una explicación. Esto es lo que vamos a hacer: vamos a ir por los cables, y siempre que notemos que el ruido se aleja, daremos vuelta atrás. Y cuando oigamos que el ruido se acrecienta, seguiremos ese camino. ¿De acuerdo?

– De acuerdo – respondieron Letrita y Electro sin mucha convicción.

Anduvieron bastante, no sabrían decir cuánto tiempo, y cada vez se oía un ruido de voces más y más cercano. Poco a poco, empezaron a distinguirlas con claridad.

– ¡Socorro, sacadnos de aquí! – se podía distinguir entre otros muchos gritos. Aceleraron el paso, y llegaron a un cable que estaba casi cortado. Sólo un pequeño hilo sujetaba las dos partes, por donde iban pasando, de uno en uno, algunos electrones.

– Eso es lo que pasa – dijo entusiasmado Numerín. – El cable está casi cortado, y por eso aún pasan algunos electrones. Pero la gran mayoría están en el otro lado, apretándose unos a otros, y sin poder pasar. Por eso el cable tiene algunos electrones, pero la mayor parte se pierde.

– Está bien – dijo Letrita. Esto lo arreglo yo. – Y dicho y hecho, Letrita se convirtió en la palabra CONEXIÓN. Se lanzó sobre los dos extremos del cable, tocando la primera C un extremo y la última N el otro extremo. De pronto, los trozos del cable que estaban sueltos se unieron de nuevo. Y, una vez hecho esto, miles de electrones que estaban a punto de caerse salieron en tropel por el cable. Letrita volvió a tomar su forma, y él y Numerín vieron asombrados el grandioso espectáculo.

– Es fantástico – dijo Letrita.

– Sí – afirmó Numerín. – Es lo que los humanos llaman electricidad.

– Bueno, – le dijo Letrita a Electro. – Debes volver con los tuyos.

– Sí, así lo haré. Os estoy muy agradecido. Podéis contar conmigo y con mis hermanos electrones cuando necesitéis ayuda. Sólo gritad Electro en el cable de la corriente, y yo iré enseguida para daros mi apoyo.

– Gracias por tu ayuda – dijo Letrita. – Esto sella un pacto de amistad entre nosotros.

– Sí, y será para siempre. Ahora me voy. – Y Electro saltó en la columna de electrones que corrían a toda velocidad por el cable. Le vieron alejarse, y podían distinguirle poco a poco perdiéndose en el horizonte.

Letrita y Numerín, después de perderse varias veces, llegaron de nuevo a casa de Jazmine. Ella estaba tomando un café, que había podido hacer gracias a que había vuelto la electricidad, y ambos aceptaron encantados la invitación de tomar otro. Eso sí, con leche para Letrita, ya que el café solo no le gustaba nada.

– Bueno – dijo Jazmine tras unos minutos. – Esto sí que no me lo esperaba.

– ¿El qué? – preguntaron ambos.

– ¡Cómo que qué? ¿Os habéis empezado a dar cuenta de lo que sois capaces? Pero, por encima de todo, habéis trabajado en equipo.

– Es cierto, Letrita me dio ideas, y yo las terminé de conectar entre sí.

– Eso es, y esa es la mejor de las magias. Solos, ninguno de los dos habría encontrado la solución. Pero juntos, y utilizando lo mejor de cada uno de vosotros, habéis llegado al problema, y lo habéis arreglado. Recordad: el mejor trabajo en equipo siempre será mejor que el mejor trabajo en solitario, porque la unión hace la fuerza.

– Y además, somos amigos – dijeron.

Letrita y Numerín estuvieron hablando con Jazmine hasta bien entrada la noche. Luego se fueron a dormir, y en adelante, desde aquel día, vivirían muchas otras aventuras… Pero, eso, es otra historia.


Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

4 comentarios en “Las aventuras de Letrita y Numerín”

    1. Muchas gracias. Pues lo estaba releyendo, porque no lo leía desde hace muchísimo tiempo, y ciertamente es un cuento infantil, pero añadí cosas que son básicamente interpretables por y para adultos. Supongo que eso puede contribuir a que los críos de hoy lo lean y lo reinterpreten mañana con un nuevo punto de vista. ¡Saludos!

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