De civilizaciones que nacen y mueren

El mito de la nación  eterna

El ser humano, como individuo, y las civilizaciones, comparten un aspecto en común: se creen inmortales; que todo va a continuar como es, y como está, para siempre. Tenemos una mala noticia: lo cierto es que ambos, humanos y civilizaciones, son finitos en el tiempo, y un día, ambos desaparecerán. No la humanidad como especie, aunque ese es otro tema a tratar otro día, pero sí tal como se conocen los pueblos de la actualidad.

Sobre la vida inmortal ya hemos hablado anteriormente, y seguiremos en ello más adelante. Pero ahora vamos a centrarnos en las civilizaciones, y en la actual, para ser más concretos. ¿Cuánto tiempo le queda de existencia a esta civilización en la que vivimos? Incluimos la de todos los continentes, en una visión general, ya que las diferencias son nimias. Cambia el nombre de los dioses y algunas costumbres menores, pero las diferencias no son, ni mucho menos, tan marcadas como algunos nos quieren hacer creer.

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Roma: el Imperio Eterno. Hasta que cayó.

Vamos, antes de nada, a aclararnos un poco. No estamos hablando del fin del mundo, y del fin de la humanidad. Eso llegará, y es un tema muy interesante. Pero, por mucho que pueda costar imaginar un escenario así, las imágenes postapocalípticas de la ciencia ficción serán una realidad algún día. Y no hablamos de si ocurrirá, sino cuando. Un ejemplo lo tenemos en La insurrección de los Einherjar, que precisamente juega con el concepto de dioses y mitos para desarrollar una imaginaria historia futura, que puede ocurrir o no, pero que, en todo caso, es una posibilidad real.

Para poner este asunto en perspectiva, veamos la civilización actual. En la Tierra, la humanidad conforma una serie de culturas en diferentes zonas del planeta, cada una con su idiosincrasia y su morfología. Son aparentemente muy distintas, pero todas ellas dominadas por la idea de un ser creador superior que controla todos los aspectos del universo y de la vida de cada individuo, y todas ellas creedoras de que son poseedoras de una verdad, además de disponer de un orgullo inagotable.

La humanidad vive atada a supersticiones, creencias místicas, y valores morales y éticos muy arraigados, que condicionan su desarrollo de una forma muy acusada. Solo ahora, en los tres últimos siglos, ha comenzado un lento despegue tecnológico, que la misma sociedad, en general, desconoce, y que muchas veces además critica. Este desarrollo ha propiciado un desarrollo incontrolado de la población, en un crecimiento que se sostiene básicamente por un grupo de seres humanos que son los depositarios del conocimiento adquirido, y que permite dicho desarrollo. Pero, para la inmensa mayoría de la población, siempre teniendo en cuenta la suma de individuos de todos los pueblos que habitan en la Tierra, ese conocimiento no está al alcance de sus mentes. No porque no puedan, al contrario, cualquiera puede conocer cómo funciona la ciencia y la tecnología. Pero no lo desean. Bien porque no tienen la posibilidad de adquirir dichos conocimientos, bien porque directamente niegan su potencial.

Todo ello se conforma bajo un equilibrio extremadamente precario. Cualquier desastre que tenga consecuencias planetarias conllevará al fin de la civilización tecnológica tal como la conocemos. ¿Irreal? ¿Imposible? Ni mucho menos. Y vamos a poner unos ejemplos.

El Sol es la fuente de energía y de vida de la Tierra, eso es algo que sabemos desde los primeros tiempos de la humanidad. El Sol fue por ello adorado en el pasado. Luego otros dioses vinieron a sustituirle, pero ha quedado un poso de reminiscencia en esa pequeña estrella amarilla sobre la que orbitamos. Pero al Sol le importa muy poco la humanidad, o la vida. Es una masa de hidrógeno y helio, con algunos elementos pesados, que genera energía mediante la fusión nuclear.

Pero el Sol no es siempre un astro tranquilo. Tiene periodos de unos 11 años, con unas máximas que generan las famosas auroras boreales, causadas por el llamado viento solar, que no es sino una masa de partículas atómicas lanzadas desde la corona solar a enormes velocidades. Esas partículas son frenadas por el cinturón magnético que posee la Tierra, generado por el núcleo líquido metálico en rotación del centro del planeta. Pero ese escudo tiene unos límites.

En 1859, cuando la humanidad estaba comenzando su desarrollo tecnológico, la Tierra sufrió una tormenta solar de enormes proporciones. Es el llamado evento Carrington, y generó auroras boreales impresionantes, que llegaban hasta el mar Caribe. Los telégrafos, que entonces eran un nuevo medio de comunicación, se fundieron. Como dato curioso, en América del Norte y Central, hasta Panamá, a plena noche se podía leer el periódico gracias a las auroras boreales.

También en 1994, varios satélites artificiales fueron afectados por otra tormenta solar, quedando inoperativos.

¿Qué ocurriría con una tormenta como la de 1859 hoy en día? Es muy sencillo: sería un verdadero caos para nuestra civilización tecnológica. Y estamos hablando de eso: civilización tecnológica. Pero el problema es que el muy frágil equilibrio de una tormenta así podría generar pérdidas cuantiosas, una gran escasez de alimentos y agua en países superpoblados, y, por supuesto, guerras en todos los continentes. La hambruna se llevaría por delante a muchos millones de individuos. Y el escenario sería propio de alguna de las peores pesadillas que se muestran en la ciencia ficción del cine y las novelas. ¿Sería el fin de la civilización? No. Sería el fin de nuestra civilización, tal como la conocemos actualmente.

Pero hay algo que no hemos mencionado. La tormenta de 1859 podría no repetirse, pero sí otra de intensidad aún mayor. ¿Qué ocurriría si la gran mayoría de dispositivos eléctricos y electrónicos quedaran inutilizados? Y no me refiero solo a ordenadores. Me refiero a vehículos, aviones, tractores, centrales eléctricas, transformadores, redes de comunicaciones, satélites, e incluso los inocentes audiófonos. O algo incluso peor: los marcapasos, por no hablar de toda la tecnología que se emplea actualmente en hospitales de todo el mundo. El panorama puede no ser muy halagüeño, pero la naturaleza no entiende de bondad o maldad. Y la naturaleza no es sabia, ni está en armonía, como algunos predican. Es voraz, es violenta, y no contempla más que las propias leyes de la naturaleza. Si un padre no puede dar de comer a sus hijos y estos pueden morir de hambre, la armonía y la paz universales se van a ir por el retrete, y ese padre no va a dudar en hacer lo que sea necesario para alimentar a sus hijos. No se le puede culpar de ello; está programado por la naturaleza para proteger a su prole, y es lo que hará. Ya tenemos una guerra en cada ciudad, y en cada hogar.

Vamos a poner las cosas en perspectiva, antes de que alguien considere este texto como propaganda alarmista barata (que lo harán). Es alarmista, pero tiene una razón para serlo, y lo mejor es verlo con un ejemplo actual: el petróleo.

El petróleo es una fuente de energía que sigue siendo fundamental para todo el planeta. Cualquier pequeño desequilibrio genera crisis de importancia, pero cualquier situación donde el suministro regular pueda estar en conflicto con las necesidades de los países industrializados conlleva una guerra segura. Tanto es así que todas las guerras habidas en los siglos XX y XXI hasta ahora en Oriente Medio tienen al petróleo como protagonista directo. Sí, hay mucho de los aspectos religiosos, pero el trasfondo, no nos equivoquemos, es el poder, y el poder se llama control de la producción y venta del petróleo. Porque la religión, al fin y al cabo, necesita fieles, y estos fieles tienen que estar vivos, y organizados en sociedades, para poder mantener las creencias. Sin fieles, no hay religiones. Así pues, la religión es un instrumento de control de las masas que se apoya en un substrato económico que le da soporte. Dicho de otro modo: controlar con la religión a las masas, mientras se obtiene dinero de la venta del petróleo para poder dar de comer a esas masas y poder seguir controlándolas, económica y espiritualmente.

¿Qué ocurre si hay un conflicto con el petróleo, o con otras fuentes de ingresos, quizás no tan vitales, pero muy necesarias? Un ejemplo es el famoso mineral, el coltán. Lo que ocurre es: guerra. Y la guerra conlleva lo que estamos acostumbrados a ver: cientos de miles de refugiados, hambre, y desesperación.

Vemos aquí que un pequeño desequilibrio en cualquier país conlleva automáticamente una sucesión de hechos encadenados que afectan al planeta entero. El equilibrio es tan precario, que bastan las declaraciones de algún mandatario influyente para que se produzca el pánico, y los ejércitos se apresten a hacer su trabajo, es decir, imponer por la fuerza las políticas de los países a los que pertenecen.

Otro ejemplo interesante es el de las enfermedades contagiosas. Hemos visto cómo una enfermedad en África puede degenerar en un conflicto en varios países, y cómo otros se blindan férreamente para evitar contagios. ¿Y si apareciese una bacteria o virus de una virulencia alta que no pueda ser tratada? Desgraciadamente el escenario es plausible. Por ejemplo, muchas bacterias se están haciendo resistentes a los antibióticos, que han sido extremadamente mal usados en occidente, por desconocimiento o por dejadez, es decir, por no tener sociedades formadas correctamente. La mala formación y la falta de educación no solo conlleva falta de oportunidades. También puede derivar en la muerte, pero no solo del individuo, sino de otros que sí tienen una formación alta, y que son fundamentales para el desarrollo y mantenimiento de la sociedad en la que viven: ingenieros, médicos, arquitectos, técnicos, etc. Además, los iluminados de las pseudociencias, que ignoran los avances de la ciencia y reniegan de todo lo que tenga un carácter científico, serían un foco de peligro igual o mayor que bacterias o virus. Un ejemplo son los antivacunas y su particular guerra por volver a tiempos pasados mejores que solo existen en su imaginación. O los enemigos de “la química”, que desconocen que todo en el universo es química, y que si hay una gran cantidad de alimentos para dar de comer a una población gigantesca es gracias a la tecnología, y no a unas plantaciones de patatas en un huerto, sometido a cualquier tipo de enfermedad y a todo tipo de riesgos. Si antes una hectárea de terreno producía diez kilos de patatas, y ahora produce cien, diles a esos padres que eliminen el 90% de sus hijos para poder volver a comer con diez kilos. Es evidente que va a haber un problema grave en esa situación.

Pongamos otro ejemplo más: sería el de una explosión nuclear. Existen más de cinco mil cabezas nucleares armadas en el mundo, muchas de ellas en zonas de gran inestabilidad política y social. Una de ellas podría ser robada, y usada como arma de destrucción masiva contra una gran población estratégica. Eso comportaría, de inmediato, una crisis gigantesca. No solo por la destrucción en sí, sino por el peligro de nuevas explosiones en forma de represalias. Si imaginamos que se detecta un país que ha sido el que ha suministrado el arma, no necesariamente el gobierno sino miembros del mismo que han vendido su lealtad por dinero, ese país podría ser destruido de la misma forma, y una guerra nuclear sería factible. También debemos incluir, a menor escala, las armas químicas y biológicas, que podrían tener igualmente una respuesta nuclear.

Hay muchos más ejemplos de situaciones que pueden poner punto y final a nuestra civilización, que no a la humanidad. Porque otras civilizaciones, más arcaicas y primitivas, sustituirían a la actual, como pasó en la Edad Media cuando cayó el Imperio Romano. Por poner un caso, la pérdida de poder militar del actual conglomerado de países que disponen de tecnología para la guerra, especialmente Estados Unidos por supuesto, pero también el resto de países modernos. Estos países están siendo instigados por otros más débiles para que cedan el poder, y algún día lo conseguirán. ¿Por qué? Porque el poder no se puede sostener para siempre, ya que depende de incontables elementos que dotan de estabilidad a esos países. Estados Unidos, por ejemplo, era un país militarmente muy secundario antes de la Segunda Guerra Mundial. No era la potencia que es ahora. ¿Qué ocurrió? Que otro país, Alemania, quiso aprovecharse de la debilidad de Europa, sumida en una crisis constante económica y de valores. Y casi lo consigue. Pero Estados Unidos, una fuerza emergente entonces, pudo contrarrestar aquella situación. Algo similar ocurrió con la Unión Soviética, aunque de un modo menor. Rusia necesitó de Estados Unidos para ganar la guerra, y viceversa. Recordemos: Alemania perdió la guerra por un enorme, e impresionante, esfuerzo de guerra de ambos países, junto a sus aliados. ¿Estaría hoy el pueblo americano, el inglés, el francés, el ruso, el canadiense, a hacer el mismo esfuerzo? ¿Podrían hoy detener al Japón imperial de los años treinta y cuarenta?

Hoy no es Alemania, ni es Japón, el peligro potencial, pero otros países quieren tomar ese papel, para obtener la supremacía militar. Ejemplos hay varios, pero en la actualidad el más claro es el de China, un país que se está convirtiendo en una potencia militar de primerísimo orden. Y no lo olvidemos: quien tiene un gran poder, siempre termina usándolo para su propio beneficio.

Vivimos en un equilibrio extremadamente precario. Mucho más del que podríamos imaginar. Ese equilibrio se sostiene por mil efectos y contraefectos que permiten el desarrollo de las sociedades modernas. Estamos caminando por el filo de una delicada navaja, que puede cortarnos en dos en cualquier momento. ¿Cuánto tiempo le queda a esta civilización? Es muy difícil de saber. Es probable que modernos sistemas de simulación, basados en la gigantesca potencia de las computadoras cuánticas, pueda crear modelos de desarrollo muy sofisticados en el futuro. Pero, como siempre ocurre, la impredecibilidad del ser humano tendrá la última palabra.

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