Conocimientos teóricos; cuando saber algo no sirve de nada

¿De qué sirve un conocimiento inútil?

Vamos a plantearle al amable lector una cuestión rápida, que probablemente haya visto en más de una ocasión (o en más de un millón si visita Facebook asiduamente). Una revista, un blog, un informativo, un amigo, explica que un grupo de científicos, en algún oscuro laboratorio en una desolada montaña, ha descubierto algo. Vamos a llamar a ese algo “x”. Ese “x” es un descubrimiento nuevo, algo hasta entonces desconocido. Nadie sabía anteriormente que “x” existía, o qué era.

¿Qué es “x”? Podría ser algo relacionado con la física, la química, la astronomía, pero, en general, con lo que se conoce como ciencia básica, es decir, la parte de la ciencia que teoriza sobre la naturaleza y sus características. Por ejemplo: “El CERN ha descubierto una nueva partícula”. De acuerdo, fantástico. Una partícula nueva. Genial.

Ante esa noticia, una gran parte de la población se hace la gran pregunta:

—¿Y eso para qué sirve?

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Efectivamente. ¿Para qué sirve algo que no sirve para nada? Digamos que conocer la existencia de esa nueva partícula ha costado 10 millones de euros, por decir algo. Es una cifra, sin duda. ¿En qué me afecta a mí ese descubrimiento? ¿Realmente ha merecido la pena gastar ese dinero en eso?

Sin duda. Ha merecido la pena. Y mucho, además. Mucho más de lo que nadie se pueda imaginar.

Ahora vamos a viajar a los años veinte del siglo XX. Un hombre llamado Niels Böhr, junto a otros científicos, está trabajando en algo llamado mecánica cuántica. Esta disciplina trata de lo que es muy pequeño, a nivel molecular o menor, y especialmente, el átomo y sus partículas. La ciencia estaba, en aquellos años, descubriendo todo un nuevo universo de conocimientos basados en el comportamiento de las partículas subatómicas. Un conjunto de ideas nuevas se abrían paso, demostrando que la naturaleza es mucho más compleja de lo que se creía.

Hay que decir que la mecánica cuántica era, y es, contraria al sentido común humano. Lo cual deja claro una cosa: el sentido común puede parecernos eficiente, pero tiene poco que ver con la naturaleza de las cosas. Y, de hecho, cuando decimos, “esto es de sentido común”, en realidad no estamos diciendo nada. ¿Es de sentido común para quién? ¿Para qué? Cada sociedad, incluso cada individuo, tiene su propio concepto de sentido común. El sentido común es el menos común de los sentidos.

En aquellos primeros años del siglo XX, la mecánica cuántica era vista para muchos como algo inútil. Superfluo. Innecesario. Un gasto de dinero y tiempo. ¿Para qué sirve conocer cómo se comportan los átomos y las partículas? Hay que gastar dinero en cosas útiles. Esa era una frase recurrente en la época. Además, Böhr no era tan simpático como Einstein, ni tan agradable. Esto puede parecer una tontería, pero la opinión pública se deja llevar por detalles como este. Y Böhr era un genio, pero un genio muy aburrido. Además, Einstein renegaba de la mecánica cuántica. Decía que era ineficiente, que no podía ser real tal como estaba planteada. Esto se resumía en su frase “Dios no juega a los dados”. El problema es que, en realidad, Dios sí juega a los dados. Y nos engaña constantemente.

Luego, como fruto de aquellas investigaciones sobre mecánica cuántica, aparecieron nuevas tecnologías y disciplinas. Algunas de ellas son la microelectrónica. Y los ordenadores. Y el escáner de positrones. Y la radioterapia. Y los radiotelescopios. Y la televisión. Y los aparatos digitales, desde los famosos walkman hasta los más modernos mp3. Por no hablar de teléfonos, sistemas de control de presencia, relojes electrónicos, Internet, y un número enorme de posibilidades, presentes y futuras.

¿Qué ha ocurrido? ¿No estábamos de acuerdo en que la mecánica cuántica era una pérdida de tiempo y de dinero?

Lo que ha ocurrido que el conocimiento no sirve para nada, hasta que se le encuentra una utilidad. La conclusión es la siguiente:

Es mucho mejor disponer de un conocimiento inútil, que poseer una magnífica y enorme ignorancia.

O también:

Saber algo que no sirve de nada siempre será mejor que ignorar ese algo.

Vamos a verlo con un ejemplo.

Tenemos un descubrimiento inútil, llamémosle “A”. Ese conocimiento que hemos obtenido, “A”, no sirve para nada, no tiene ninguna aplicación práctica.

Tenemos otro descubrimiento inútil, llamémosle “B”. Más gasto inútil de dinero dirán algunos. Tampoco tiene una aplicación práctica.

Y tenemos un tercer descubrimiento inútil, llamémosle “C”. Qué ganas de tirar el dinero, esto ya es insoportable.

De acuerdo. Tenemos tres descubrimientos inútiles: A, B, y C. ¿Qué conclusiones podemos extraer de esto?

La primera, que es una reiteración de lo que hemos dicho antes: ningún conocimiento es inútil. Lo que es inútil es la ignorancia. En los libros del personaje de Mafalda, del dibujante Quino, Manolito, uno de sus amigos, hace una reflexión: “qué tontería ir al colegio; de qué me va a servir a mí saber que el Everest es navegable”. Creo que Quino definió en esa viñeta, como genio que es, la ignorancia en su grado máximo. El conocimiento es la clave para el desarrollo de un ser humano, ya que le hace fuerte frente a cualquier falacia. Ser ignorante no es ningún mérito, ni un logro, ni algo de lo que deba sentirse orgulloso ningún ser humano. Lamentablemente, mucha gente es feliz de ser ignorante, y se jacta de no haber leído un libro en su vida.

El conocimiento inútil no existe; conocer algo nunca está de más, y nunca sobra. No todo lo que se aprende va a ser puesto en práctica, pero, por favor, no seamos tan prácticos. La vida no consiste en buscar una aplicación para cada cosa. Esa idea de que todo tiene que tener una utilidad persigue a muchas personas toda su vida, y les encierra en un mundo concreto, práctico, objetivo, donde se descarta todo lo que no sea supuestamente superfluo.

Todo lo que se conoce, todo lo que se aprende, ayuda a formar mejores personas, más informadas, y más capacitadas. Cuando a una persona con formación le llega una información, digamos del Facebook, o de Twitter, o de un periódico, esa persona es capaz de contrastar la información, de someterla a juicio, y de verificarla de forma fehaciente, antes de darla por válida. Demasiadas veces, demasiadas personas, se creen a pies juntillas todo lo que leen en Internet, o escuchan en televisión. Y no se dan cuenta de que un porcentaje muy alto de esa información puede ser inexacta, y a veces, completamente falsa. Se dedican a compartir falsedades que solo hacen crecer una mentira hasta unas proporciones inimaginables. La desinformación siempre ha formado parte de la humanidad, pero en la era de Internet se ha extendido como nunca antes se había visto. Todo ello por personas que, desgraciadamente, no consideran el conocimiento como algo valioso, solo aquel conocimiento que les sea de una utilidad inmediata. Y a veces, ni eso.

Por otro lado, y para complicarlo más, esas mismas personas con pocos conocimientos, con poca formación, tienden a no creer mucha de la información real que les llega, sobre todo si esa información es relativa a sus prejuicios. Prejuicios que suelen ser mayores cuando mayor es la ignorancia.

Por ejemplo, si la información viene de una agencia científica, suelen rechazarla como falsa o manipulada. Si viene de un extraño, entonces, paradójicamente, la dan como buena. Ejemplos hay a docenas, pero uno reciente que me llamó personalmente la atención fue el satélite que la NASA ha colocado a 1.600.000 de kilómetros de la Tierra, y que permite cosas curiosas como ver la Luna desde atrás, con la Tierra al fondo. La Luna pasa por delante del satélite mientras este sigue su órbita. Ese satélite tiene como labor investigar la actividad del Sol desde una órbita muy alta, superior a la de la Luna. Pues bien, existe un nutrido grupo de personas que creen que es todo un montaje. ¿Cómo convencerles de lo contrario? No se puede. El satélite puede ser seguido, triangulada su posición, y verificados los datos que envía para ver que son auténticos. Pero no importa, para esas personas, todo es un montaje, y lo será siempre.

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La cara oculta (que no oscura) de la Luna desde el satélite de la NASA

Recientemente se mostró una encuesta que indica que el 25 por ciento de los españoles creen que es el Sol el que gira sobre la Tierra. También hay gente que cree que la Tierra es plana, o que está hueca, y otros creen que las vacunas son un proyecto del “gobierno” para controlar a los seres humanos. Otros, ya de forma alocada, creen que estamos siendo testigos de un experimento de cruce con extraterrestres, los famosos “reptilianos”, y otros se creen cada augurio del fin del mundo que les llega por Internet para el mes siguiente.

¿Qué se puede hacer contra todo eso? Enseñar, ya en las escuelas, que no hay conocimiento inútil. Que investigar, y que aprender, es una faceta primordial del ser humano. Que un conocimiento vale en tanto en cuanto es conocimiento, sin más, sin necesidad de que, al instante, haya que buscarle un objetivo. El conocimiento es bueno y necesario por sí mismo, no por lo que pueda tener como aplicación. Eso es importante, pero es secundario. Lo importante de algo es saber por qué funciona, antes que cómo funciona, o para qué funciona.

Terminando con los ejemplos, antes habíamos dejado tres conocimientos, “A”, “B”, y “C” aparentemente inútiles. Pero he aquí que llega alguien y dice: “Si yo sumo A, B, y C, se me ocurre que podemos solucionar un problema “D”. ¿Qué ha ocurrido?

Ha ocurrido algo fundamental en el mundo de la ciencia: la suma de ideas, aparentemente desconectadas, lleva a soluciones antes impensables. De datos aparentemente inconexos, una mente perspicaz puede atar cabos, y encontrar aplicaciones. Así que, al parecer, esos A, B, y C, no eran tan inútiles al final. Los tres juntos, podrían ser la cura contra el cáncer, o del SIDA, o de otras enfermedades, o un nuevo combustible ecológico, o permitir un nuevo tipo de videojuegos (esta sería especialmente interesante).

No hay que tener miedo del conocimiento. Hay que temer a la ignorancia. Intenta aprender todo lo que puedas, por inútil que pueda parecerte. Te asombrarás cómo, muchas veces, ese conocimiento, aparentemente inútil, te ayuda a conectar y a comprender muchos otros conceptos.

Porque, no lo olvidemos, todo está relacionado con todo. Si tienes una pieza, ya has empezado el puzzle del universo. Ahora toca acabarlo. Y esa es, ni más ni menos, la misión de la ciencia. Y del conocimiento.

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