Johannes Kepler: de dioses y de ciencia

En esta ocasión he querido traer a este blog la figura de un hombre realmente interesante: Johannes Kepler (1571-1630). Kepler debe ser recordado como uno de los grandes precursores de la ciencia moderna, gracias a las que ahora se conocen como “Leyes de Kepler”.

El propio Newton usó esas leyes como base para escribir su libro “Principia Mathematica”, y revolucionar la física desde entonces. No en vano, cuando Newton dijo la frase “Si he visto más que los demás, es porque estaba apoyado sobre hombros de gigantes” se refería, entre otros, a Kepler.

Pero no es al hombre de ciencia al que me gustaría traer hoy. Sino al místico. Al religioso. Al entregado a Dios. Kepler era un hombre profundamente religioso. Estaba obsesionado con la perfección que Dios había empleado para crear el universo. Pensaba que el sistema solar debía estar basado en los cinco elementos geométricos perfectos griegos (sólidos platónicos), y que las órbitas de los seis planetas conocidos entonces debían encajar con esos cuerpos geométricos. Si Dios era perfecto, y los cinco cuerpos geométricos eran perfectos, las órbitas deberían estar contenidas en esos cuerpos. Cinco cuerpos en órbita de seis planetas. Parecía lógico.

Sin embargo, Kepler no consiguió que los datos de las órbitas de los planetas encajaran con los cinco cuerpos geométricos perfectos. Una y otra vez lo intentó, y fracasó. La obra de Dios no parecía estar en armonía con la naturaleza de los griegos y sus observaciones, ni con el cosmos. ¿Qué ocurría? Kepler sufrió muchísimo con esta contradicción entre suposiciones y realidad.

Y aquí es donde entra a escena el gran salto que Kepler dio con respecto a otros hombres de su época: al final comprendió que, si los cuerpos geométricos no encajaban con las órbitas, quizás era porque, en realidad, el universo no contemplaba esa perfección que pretendía debía tener. Quizás Dios no buscaba la perfección geométrica. Quizás Dios no estaba presente cuando las órbitas de los planetas fueron creadas. Quizás, simplemente, tenía que extraer a Dios de sus observaciones, y reconocer la verdad desnuda del universo: que no obedece a ideas preconcebidas. El universo no atiende a los deseos del hombre. El universo, en definitiva, es como es porque obedece a leyes distintas a las de Dios.

Kepler sufrió muchísimo con esta evidencia. Con este descubrimiento. Pero, a pesar de todo, entendió que debía aceptar la realidad. Su gran logro no fueron las tres leyes de Kepler; su gran logro fue separar ciencia y Dios. Su gran obra fue comprender que la ciencia no requiere de Dios, y es más, que Dios no es necesario para hacer ciencia. Kepler impulsó la idea fundamental de la ciencia: por muchas ideas preconcebidas que tengamos sobre el universo, la realidad es que las observaciones y la experimentación deben prevalecer sobre cualquier idea. No podemos dejarnos influenciar por lo que nos digan, o por lo que creamos. Debemos, simplemente, atender a los hechos. A los datos. A las pruebas.

Kepler rompió la comunión de forma definitiva entre ciencia y Dios, algo que había comenzado con eminentes mentes como Galileo o Copérnico. Eso le hace más grande que cualquier otro logro. Y eso le da un lugar destacado entre los seres humanos más fundamentalmente influyentes en la historia de la humanidad.

Sin duda, Kepler fue el primero. Pero no el último. Hoy día necesitamos nuevos Kepler en el mundo. Gente que nos saque de las ideas y nos lleve a la realidad empírica de la ciencia. Gente que nos enseñe a pensar, a evitar prejuicios, y a ver la verdad desnuda. Una verdad desnuda siempre, cruel a veces. Pero que nos lleve a los hechos, por mucho que nos duelan verlos frente a nosotros. Ese fue el legado de Kepler. Y desde entonces, hemos dado un salto gigantesco. Hora es de dar el siguiente. Antes de que el oscurantismo nos invada de nuevo.

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