Luchamos para preservar la democracia, no para ejercerla

Nota: expongo aquí una serie de ideas y reflexiones personales sobre geopolítica y diplomacia internacionales. Son mis opiniones subjetivas, y no soy ningún experto en estos temas, por lo que estas reflexiones no deberían tener más valor que el de plantear algunas cuestiones de, sin duda, enorme complejidad. Muchas gracias.

La frase de este título, “luchamos para preservar la democracia, no para ejercerla”, la pronuncia un personaje de la película de Tony Scott “Marea roja”, de 1995, concretamente el capitán del submarino de tipo SSBN, el USS Alabama. Estos son submarinos estratégicos armados con misiles nucleares de alcance intercontinental, y forman una de las cuatro patas del sistema de disuasión de defensa de Estados Unidos. Los otros tres son la aviación estratégica, formada por los B-52, B-1B, y B-2, los propios misiles ICBM en Tierra, y los sistemas de combate y ataque situados en el espacio, que actualmente se hallan en fase de pruebas.

En el mundo de la geoestrategia suelen enfrentarse dos países o bandos claramente definidos, a los cuales se adscriben otros, que son corrientes y afluentes de esos dos bandos principales. En la mente de todos podemos encontrarnos con los clásicos bandos americano y ruso, pero la historia de la humanidad está plagada de modelos de punto y contrapunto. Es decir, modelos donde un poder sostiene al otro, que sostiene al primero, en un equilibrio siempre precario, siempre a punto de ceder hacia un lado u otro.

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Es importante que entendamos una serie de principios básicos y fundamentales sobre lo que este modelo significa para la gestión y la operación de las actividades políticas, económicas, diplomáticas, y militares en el mapa del mundo, y dentro de unos años, ya en la Luna. Y que nadie se lo tome a broma, porque la Luna es la próxima frontera económica y militar, como ya he explicado recientemente.

Sentemos por lo tanto una serie de bases y aspectos principales, que iremos viendo a continuación.

En política, no existe el bando bueno y el bando malo. El reduccionismo es una herramienta muy empleada entre los líderes políticos, que contraen los problemas a blanco y negro, buenos y malos, amigos y enemigos. El lenguaje sencillo bicolor es apto, y útil, para dirigirse a las masas, a las que hay que hablarles de forma infantil, y mediante ejemplos tremendamente sencillos y distorsionados al mensaje que se desea transmitir.

El votante medio, o el adepto medio, no van a entender nada más complejo que una frase con una subordinada en el mejor de los casos, con términos familiares y sencillos, donde no falten palabras como “nosotros”, “patria”, trabajo”, “mejora económica”, y “oportunidades”. Estas se anteponen, para darle más poder, como veremos ahora a “ellos”, “extranjeros”, “paro”, “empeoramiento económico”. No olvidar incluir “extranjeros” o “países enemigos” o términos similares, junto a estos términos. La frase “nosotros primero” siempre permite ganar adeptos, como se ha podido ver recientemente.

Hablando de bandos, existe uno que atraerá más a un perfil de individuo, y otro bando que atraerá más a otro. Eso es inevitable en individuos con poco o nulo criterio reflexivo, y fácilmente manipulable, o que tiene intereses muy concretos. El ejemplo actual es “amo  a Estados Unidos y odio a Rusia y China” versus “odio a Estados Unidos y amo a Rusia y China”. Cada nación, o grupo de naciones con intereses comunes y compartidos, tratan de atraer a la mayor cantidad de personas para que se sometan a su ideario político. Muchos lo hacen por un mal entendido amor a una forma política. Esos son fáciles de obtener, y de controlar, y no requieren de nada más que regalarles algunos juguetes para que sigan estando de ese lado. Otros, más poderosos, más críticos, pero más ambiciosos, no caerán ante el lenguaje fácil. Es entonces cuando se despliega toda una panoplia de herramientas que puedan ser del interés de ese individuo que se desea captar. Por supuesto dinero, pero también poder, y control. Esos individuos serán fieles, y trabajarán duro, para mantenerse en esa posición ventajosa, independientemente de sus ideas personales sobre política y justicia.

Tenemos que empezar a entender que las potencias económicas y militares basan su estrategia en diferentes herramientas para captar el interés, que no el voto, de los ciudadanos. El voto, allá donde se pueda votar, es una consecuencia de haber captado el interés. Y para captar el interés, hay que comprarlo. Con palabras, o con hechos, como hemos visto antes. Pero hay que darle a ese individuo un motivo para que su interés se base en nuestra propuesta. El voto, insisto, llegará por sí mismo, cuando se pueda votar, y en donde se pueda votar, pero eso es secundario. El voto solo es una manifestación de cuán bien hemos ejercido una influencia y unas propuestas adecuadas sobre las masas, para conseguir nuestros propósitos políticos, que casi nunca tendrán que ver con lo anunciado en esas propuestas.

Cuando hablamos de captar al individuo, no hablamos por supuesto solamente del individuo de un país concreto, sino de individuos de cualquier país en su conjunto. Para ello, existen dos caminos: uno es el camino de la sonrisa y la democracia, aquella que muestra a un país como garante de la libertad y los derechos humanos. Muchos, en su utopía de un mundo mejor, caen en este argumento. El otro camino es el de la estrategia del miedo y el control, que se basa en que “me serás leal porque de esa forma tu vida será fácil y cómoda, y tu familia vivirá también cómodamente. Y, si a pesar de eso no te pones de mi parte, te consideraré un enemigo del país”. Algunos mezclan ambos conceptos. Por ejemplo, el actual presidente de Estados Unidos, habla de lo buena que son sus ideas, y de lo miserables que son aquellos que no las comparten. Es la historia de siempre: o estás conmigo, o estás contra mí. Pero, en el caso de Trump, se hace evidente debido a su bajísimo coeficiente intelectual, incapaz de ocultar su ideario político, excepto a las masas más proclives a cualquier cosa que diga o haga. Este tipo de escenario funciona con gente que busca ante todo sentirse parte de un poder superior, que le controla sí, pero que a su vez le cede parte de ese control, para dominar a otros. Es una fuerza que mueve masas por todo el planeta, y tremendamente atractiva.

La lealtad de un individuo a un estado se basa, en última instancia, en su situación personal frente a ese estado. Si un estado agasaja a un individuo, le da protección, le da recursos, le da poder, a cambio de lealtad, muchos, muchísimos individuos serán leales sin necesidad de tener que recurrir a molestas amenazas o extorsiones. ¿Para qué extorsionar a alguien que puede ser útil, cuando se le puede comprar? Ese individuo será mucho más eficiente, y actuará en base a mantener su situación en el aparato político, diplomático o militar del país, según sea el terreno que gestione. Porque los tres aparatos, el político, el diplomático, y el militar, son solo distintas expresiones de un objetivo único: obtener el poder, controlar a otros individuos y países, y establecer una política que permita el desarrollo del ideario político de turno, sea comunismo, socialismo, democracia, o cualquier otro. Todos, al final, buscan algo concreto: el poder. Y un objetivo: el dominio frente a otros países.

Se podría decir, bien, de acuerdo, pero ¿no es mejor proteger a un estado democrático que a uno que emplea su poder de forma dictatorial? Sí, sin duda. Según los parámetros que establecen que un estado democrático es un modelo de futuro y de progreso. Yo apoyo el modelo democrático, porque, como decía Churchill, “es el menos malo de los sistemas de gobierno”, pero no soy totalmente estúpido, y sí soy consciente de que los estados se visten de distintas formas para terminar desnudándose ante el mismo objetivo, que es ser el número uno. Un modelo democrático es una máscara. Y esa máscara oculta una verdad: que cualquier estado, por muy democrático que sea, llevará a cabo cualquier tipo de acción, sea del tipo que sea, para asegurar su supervivencia. Dicho de otro modo: los estados democráticos estarán con la democracia para cuidarla y preservar su ideario de paz, libertad y justicia, y, con ese fin, dejará de preservar la paz, la libertad, y la justicia, para poder de este modo conservarlas. Esto es lo que quería decir nuestro capitán del submarino al que hacía referencia al principio. “Somos demócratas, y lanzaremos nuestras bombas nucleares sobre quien estimemos oportuno, en base a nuestros intereses”.

Es contradictorio, ¿no es así? Ciertamente. Una democracia que se basa en la disuasión nuclear para su estrategia geopolítica, es llamativo. Podríamos entenderlo de “los malos”, pero ¿los buenos? Esto nos lleva al principio: no hay buenos ni malos. Hay disuasión nuclear. Incluso Star Trek, donde la Flota Estelar es un ejemplo de democracia y justicia, tiene su “Sección 31” que se ocupa de los asuntos turbios, y los trata “adecuadamente a las circunstancias, y usando los medios necesarios”. Esos medios son: extorsión, tortura, ejecuciones sumarias, manipulación y compra de individuos, y otras maravillas. Ni Star Trek, un mundo aparentemente perfecto, deja de emplear una agencia oculta para tratar los asuntos más delicados y oscuros.

Cualquier país, incluso los democráticos, eliminan sus trabas y controles, y esconden su moral y su ética de la que tanto presumen, cuando de sobrevivir se trata. Porque la supervivencia trata solo de una cosa: de destruir al adversario. La democracia viste a un lobo para que actúe como una oveja en tiempos de paz, y extraiga al lobo cuando la guerra se hace necesaria. Ya lo dijo Maquiavelo:

La política no tiene relación con la moral.

Y, por supuesto, no olvidemos otra de sus reflexiones:

Ante todo, ármate.

Maquiavelo conocía muy bien la condición humana. Suele ser tachado de ser un individuo sin corazón, frío y temible, pero no es así. Maquiavelo simplemente se dedicó a describir al ser humano y al poder con extrema finura y con gran acierto. Otro elemento fundamental, este de mi propia cosecha, es:

En tanto en cuanto el número de personas que puedan controlarse mediante la propaganda y  la desinformación sea netamente superior al número de personas que  es capaz de filtrar esa propaganda, la misma será una herramienta muy poderosa para determinar e influir en la conducta y el comportamiento de un pueblo, independientemente del régimen político en el que estos se hallen, e independientemente de las acciones que tomen aquellos que son conscientes de la manipulación a las que son sometidas las masas.

El arte de la diplomacia internacional consiste en hacer creer a la gran mayoría de tu pueblo, y de todo aquel que pueda ser de interés, de que lo que haces lo estás haciendo por un bien mayor, con un objetivo mayor, y muy importante, para erradicar a otro poder que posee otras actitudes que lleva a cabo por un bien mayor, y con un objetivo mayor, pero totalmente contrario a tus intereses. El caso paradigmático es por supuesto el de Hitler. Su poder no se basó tanto en su oratoria, ni en su persona, ni en sus ideas, sino en el concepto de que esa oratoria, esa persona, y esas ideas, nacían para preservar una nación, frente a la imposición de las personas, las ideas, y las políticas de otras naciones. Hitler tuvo tanto poder porque era el contrapunto al dominio que otras naciones impusieron sobre Alemania en el tratado de Versalles. Ganó porque Alemania fue reducida, no solo territorialmente, sino mucho peor: moral y anímicamente. Y nada hay peor que someter a un pueblo tras una guerra atroz. Hitler fue un monstruo, y un déspota, y un genocida. Pero tuvo el poder que le dieron aquellos que consideraron que era mejor esa solución, que la que proponían las potencias vencedoras, porque tenía algo fundamental: el orgullo como nación, y como pueblo. La conclusión es: aplasta y domina a un pueblo si puedes, pero nunca destruyas su orgullo y su sentimiento de nación, o tendrás una nueva guerra a tus puertas en unos años.

De ello podemos concluir algo fundamental para el arte del control del poder y las masas: no obtendremos un apoyo por las ideas que promulguemos, sino por cómo esas ideas se imponen a las de otros pueblos. No digamos “vamos a realizar estas nuevas acciones para beneficio de nuestro pueblo”, sino “vamos a realizar estas acciones, cuyo beneficio impedirá que otros pueblos puedan controlar el nuestro”. El gobernante que quiere el poder jugará con la ilusión del pueblo, pero, sobre todo, jugará con el miedo de su pueblo a enfrentarse al poder y al control de otros pueblos.

Esta idea es muy, muy antigua, y tiene un nombre: tribalidad. La tribu, ese concepto que fue el primer modelo de gestión de la especie humana, donde un grupo se sentía representado en base a unos valores, a unas ideas, y a una política, tuvo su consagración cuando se enfrentó por primera vez a otra tribu, que quiso imponer sus ideas, su política, y su forma de vida, sobre la primera. Aquella primera batalla entre dos tribus, por imponer su modelo de estado frente a la otra, fue la constatación de que el ser humano no se rige por idearios políticos especialmente, sino por evitar que otros idearios políticos, que otras culturas, y que otras líneas de pensamiento destruyan su tribu.

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No debemos olvidar que Roma fue poderosa no por sus leyes, o su arte, o su ingeniería; Roma fue poderosa por sus legiones. Bien pagadas, bien alimentadas, y con un retiro cómodo, los legionarios eran la máquina de combate perfecta para mantener el imperio. Sin legiones, Roma hubiese sido un pueblo más de la península itálica. Recordemos también que el gran siglo de Grecia, el siglo V, conocido como el siglo de Pericles, fue poderoso por la liga de Delos, una unión de naciones que compusieron un ejército común, y un sistema de combate común. Eso permitió que  Grecia se desarrollara, y creara sus grandes obras que todos admiramos. Detrás de esas obras, de esa belleza, de esa poesía, hay un ejército dispuesto y bien pagado, que no cree en la democracia griega: cree en el sueldo y en los beneficios que da la guerra. ç

La lealtad de un pueblo se gana con palabras, es posible. Pero se afianza con hechos. Hechos que, especialmente, revaloricen el sentimiento de gran pueblo, de gran nación, de actor indiscutible en la política internacional. O, si no se puede ser ese gran actor, ser un secundario importante, a las órdenes del principal. No tiene tanto glamour, pero ese sentimiento de acompañar a un grande, hace grandes los sentimientos de otras naciones. De nuevo, una tribalidad clásica, donde varias tribus colaboran por un bien común, frente a otras tribus que, sin duda, siempre van a considerar inferiores.

¿Dónde queda el idealismo, en todo esto? ¿Dónde quedan los conceptos de paz, libertad, y justicia, que tanto y tanto se promueven? ¿Las ONG, que hacen un trabajo increíble, pero que nunca ve el fin, por la humanidad? Hay muchas personas que desean una paz mundial, una justicia mundial, y crear una sociedad mejor y más justa. El problema es que no están en el poder, y cuando llegan al poder, se dan cuenta de que sus idearios chocan con una infinitud abrumadora de hechos y situaciones que impiden llevar a cabo sus programas de paz y libertad. La tribu sigue presente en el ideario de los pueblos, y la idea de un mundo unido y en paz suena genial, pero no convencerá a aquellos que disponen del poder y el control sobre la vida de las sociedades y países del mundo. No solo gobiernos, que también, sino instituciones de gran poder, que mueven los hilos en muchos casos. Y no me refiero a los Illuminati. No, ojalá fuese tan sencillo. Son personas que están ahí, frente a nosotros, dirigiendo sus imperios económicos y militares. Los podemos ver, no necesitan esconderse. Solo necesitan dar un tirón a aquel que comience a hablar de cualquier cosa que le impida ganar su próximo millón de dólares.

De eso trata el poder. De dominar el mundo, o, al menos, de dominar naciones. A ese juego juegan todos. Y los demás, observamos, y observamos, con nuestras banderitas de la paz y el amor, cantando “all we are saying is give peace a chance”.

¿Hasta cuándo? No lo sé. Quizás tengamos que dar un salto evolutivo, pasar a un nivel superior de conciencia, o extinguirnos. La respuesta, como siempre, está escondida en algún lado. Quizás, para siempre. Yo tengo la esperanza de poder crear un mundo mejor. Un mundo en paz para todos. Tengo esperanza en un mundo unido. Pero no tengo demasiada esperanza, esa es la verdad. Estoy demasiado viejo ya, demasiado cansado, para soñar. Espero que unas nuevas generaciones sepan encontrar un camino, y perdonar el daño que las pasadas le hicimos, a la Tierra, y a la humanidad. Eso espero.

 

 

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