Concursos públicos, o cómo jugar con las expectativas

El asunto de los concursos públicos, básicamente esas ofertas en las que una institución pública debe desplegar un conjunto de documentos que conforman un requerimiento para cubrir un servicio o un sistema, es sin duda un tema de debate serio y complejo. En España, donde vivo, es habitual ver muchas de estas convocatorias, entre otras cosas porque son de obligado cumplimiento, en muchos casos, para ofrecer alternativas a diferentes empresas, que pueden de este modo competir de igual a igual por ganar el concurso y hacerse cargo del servicio.

Todo esto es muy bonito y democrático, pero, desgraciadamente y como sucede a menudo, muchos de estos concursos son sospechosos de no contar con todas las garantías de igualdad de oportunidades que deberían ser su naturaleza primordial.

SRGeo-Concursos

En el caso de que se sigan todas las normas y procedimientos legales, el problema, casi siempre, es el mismo, y se repite constantemente. Este problema es muy sencillo: si se presentan x empresas al concurso, se opta, siempre, de forma sistemática, por elegir la más barata, sin considerar cualquier otro criterio. Ni la calidad de las empresas, ni su solidez, ni su reputación, ni su plan financiero, ni su plan de contratación de personal y mantenimiento del mismo, ni los aspectos relacionados con los materiales a usar en caso de necesitarlos, ni la formación del personal, ni ningún otro aspecto, se valora. El único elemento que se valora es el coste.

Esto tiene una consecuencia directa: de esas x empresas que se presentan, la necesidad de que presenten planes y documentación de cómo van a dar servicio al requerimiento público no son importantes. Una única hoja, con el nombre de la empresa, y el coste por hora del servicio, pueden ser más que suficientes. ¿Para qué publicar pliegos de requerimientos, y para qué preparar documentos para contestar a esos pliegos con un plan de trabajo y servicio por parte de la empresa? Es una subasta, pero al revés; el más barato gana.

Naturalmente, las empresas lo saben, y compiten entre ellas para ver quién ofrece el precio más barato. En esa competencia la calidad del servicio, el coste del personal, y otros aspectos económicos son dejados de lado. Solo importa ganar el concurso siendo el más barato.

Cuando la empresa más barata gana el concurso, debe empezar a dar el servicio requerido. Pero claro, se supone que ha de ganar dinero. ¿Cómo lo hace? Empleando los materiales más baratos, contratando a personal sin cualificación, o con la cualificación mínima pero sin experiencia, y pagando a este personal los sueldos más bajos, procurando ampliar al máximo sus jornadas de trabajo.

Los resultados de esta política son evidentes. El servicio es completamente deficiente, la calidad de los trabajadores muy baja, sus motivaciones profesionales se encuentran más abajo todavía, y es cuestión de tiempo que la situación se vuelva insostenible. Por un lado, porque el servicio deficiente creará un sinfín de problemas, y, por otro lado, porque los trabajadores terminarán agotándose y acudiendo a cualquier estrategia que les permita que sus condiciones laborales sean mejoradas.

¿Por qué ocurre esto? Porque se miden los resultados en base al recorte de costes, sin tener en cuenta ningún otro aspecto. Existe la equívoca idea, tanto en servicios públicos como privados, de que la manera de obtener los mejores beneficios es recortar sistemáticamente en todo aquello que sea potencialmente un elemento a eliminar o a reducir en calidad y servicio. Ello produce el efecto contrario: la empresa difícilmente puede obtener beneficio alguno, y tampoco tiene herramientas para desarrollarse de forma orgánica y con un futuro realmente competitivo, al carecer de personal que dé a la empresa el valor añadido que un conjunto de profesionales bien cualificados y pagados consigue para esa empresa.

De todas formas, las cosas, por supuesto, aún se pueden hacer peor. Pondré un ejemplo personal. Hace unos años, en un importante ayuntamiento de las Islas Baleares, se presentó un pliego de concurso para una nueva solución informática que se requería. Como director delegado de una empresa de servicios informáticos, se me encargó competir en ese concurso, para intentar obtener el concurso.

Cuando estudié el pliego, comprobé algo que era evidente: dicho pliego no estaba escrito para ser igualitario con todas las empresas. Al contrario, el pliego solicitaba ordenadores, lenguajes, procedimientos, especificaciones, y tecnologías muy concretas, de marcas muy concretas, que, casualmente, solo podía ofrecer una empresa local de la ciudad. El pliego no hablaba de servicios, al contrario; el pliego era un vestido de sastre ajustado a las especificaciones de una empresa muy concreta. ¿Por qué el pliego pedía una máquina concreta, un lenguaje concreto, un sistema operativo concreto, y una base de datos concreta muy específica? Si se trata de dar servicio, no se deben especificar marcas o sistemas concretos; se han de especificar necesidades, que pueden ser cubiertas con distintos sistemas. Es como decir “necesitamos un coche, pero eso sí, que sea un Seat Ibiza”. Es evidente que solo la Seat va a poder cubrir ese pliego de condiciones, si yo vendo Renault estaré automáticamente fuera.

Naturalmente, hablé con la dirección de la empresa, les expliqué la situación, y ni siquiera nos molestamos en presentarnos al concurso. Era una pérdida de tiempo completa y sin paliativos.

Esa es una experiencia, tengo más, o bien por haberlas vivido directamente, o bien vista en concursos de todo tipo. Esta situación, lejos de ser excepcional, es muy habitual. Y hace un gran daño al conjunto del tejido industrial del país, porque elimina la competitividad, y lo reduce todo a un tema de costes, o a haber elegido previamente a una empresa por razones en las que no entraré aquí.

Se hace evidente que un país con este tipo de políticas de empresa y de servicios no puede prosperar. Se obtienen puestos de trabajo, pero son de muy baja calidad, con sueldos mediocres, y con condiciones absurdas. Los servicios ofrecidos son por lo tanto de una calidad bajísima, y las posibilidades de esas empresas de crecer y hacerse competitivas son nulas. No solo por sus políticas, sino porque reducirlo todo al coste/hora no permite ningún futuro. Por supuesto, las instituciones públicas son también responsables de esta situación, porque son las que ponen las normas, considerando que este tipo de actitudes van a suponer un ahorro en sus tesorerías.

El resultado es que el servicio se da mal, o no se da en absoluto, y los costes de ello se disparan. No solo los económicos, porque de alguna manera habrá que solucionar el problema creado con un concurso que no da lo que requiere, sino que ha de tenerse en cuenta el coste que sufre el ciudadano, que ve mermados los servicios que debería disfrutar en base a los impuestos que paga, y que eso sí, no están sometidos a la ley del más barato. Los impuestos no se regatean; se pagan o se incumple la ley. Este desfase entre impuesto y servicio es un tema a debatir largamente, porque, de lo contrario, estaremos incurriendo en una perenne carrera por el servicio barato y carente de cualquier utilidad. Y eso es algo que sufrimos todos, por lo que a todos nos afecta de un modo u otro.

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4 comentarios en “Concursos públicos, o cómo jugar con las expectativas”

  1. Este es el gran problema del sistema monetario en el que vivimos. El objetivo numero uno de cualquier empresa tiene, necesariamente, que ser el beneficio. Pues sin beneficio la empresa no sobrevive. Con lo que otros aspectos como la calidad del producto ofertado tienen, necesariamente, que pasar a segundo lugar. No hay otra opción que rebajar los costes a toda costa (valga la redundancia). Resultado: productos de calidad pésima, salarios de mierda, trabajadores mal preparados y desmotivados y todo lo demás que estamos viviendo y sufriendo en las últimas décadas.
    Por eso el sistema monetario no puede sobrevivir a la larga. Está condenado. Tarde o temprano reventará. Y a ese día lo llamarán Armagedón.

  2. Como dignos hijos de España, “los Sudacas” también sufrimos, las “subastas inversas” en la contratación pública y como bien dice, eso redunda a la larga en mala calidad de los servicios. También tenemos el problema de los “concursos dedicados”, concursos destinados a que determinada empresa los gane.

    1. Te entiendo F.AF. Tengo familia en Argentina y en Venezuela, mi esposa es de Buenos Aires. Y he visto mucho de todo esto a través de mi familia de allá. El mundo está así, y hasta que cambie tendremos que soportar estas situaciones.

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