Crónica de Star Wars VIII: los últimos Jedi

Nota: no hay spoilers. Solo cierre centralizado y elevalunas eléctrico.
Nota 2: tiene usted razón, el chiste es malísimo, pero son cosas que pasan con la vejez, espero disculpe a este antaño héroe de las Guerras Clon. Porque sí, yo fui caballero Jedi. Al salir del cine, cuando vi Star Wars por primera vez, fui el salvador de la galaxia con mi sable láser. Yo, y toda una generación de entusiastas que vivimos la emoción de Star Wars en 1977. ¿Dónde están ahora esos héroes? Vamos a verlo.

Hoy hablaré del nuevo episodio de la mítica saga de Star Wars episodio VIII: “los últimos Jedi”. Observe el amable lector que el título habla de crónica, no crítica. Críticas hay cientos, miles, en Internet. Y, como ocurre tantas veces, sufren de un grave problema de bipolaridad. Porque el mundo se ha convertido en bipolar: o lo amas, o lo odias.

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Corría el año 1977 cuando fui a ver Star Wars, que entonces no tenía ningún subtítulo, porque era la primera. Luego, ante el inesperado éxito en taquilla, porque muy pocos apostaban por aquella película, llegó el filón, que sigue generando ingentes cantidades de dinero hoy día. De eso hace cuarenta años, pero lo recuerdo como si fuese ayer, cuando compré la entrada y me metí a ver lo que sin duda era un espectáculo de luces y sonidos, que nos transportaba a una galaxia lejana, muy lejana. Cuarenta años que han pasado en un instante. Ciertamente me engañaron cuando vine a este mundo. El tiempo pasa mucho más deprisa de lo que las leyes físicas indican.

¿Qué pasa con Star Wars episodio VIII? ¿A qué se deben esos comentarios tan positivos o tan negativos? Se debe a la necesidad, de muchos amantes veteranos de Star Wars, de volver a aquellos años setenta y ochenta, cuando Luke, Han, Chewbacca y Leia jugaban con el imperio sin despeinarse.  Mitos que han quedado en la retina y en la memoria de millones de amantes de la ciencia ficción de tiros y cañonazos. La de entretener sin más, porque para la cerebral y reflexiva ya está Star Trek. Dos sagas que se complementan perfectamente. Star Wars es emociones, es riesgo, es el chico y la chica, es la espada láser, y es emociones y aplausos al final, cuando los malos mueren por fin, y los buenos ganan y se ponen medallas. El mundo en blanco y negro. Los buenos, y los malos. No hay más. Ni menos.

Pero las décadas pasan, y las sociedades cambian. Las nuevas generaciones no tienen bastante con blancos y negros, buenos y malos, héroes y villanos. Necesitan algo más, quieren contrastes. Paradójicamente, en un mundo donde se polariza todo, donde en política, en arte, en ciencia, y en todas las facetas de la vida, se enseña a diferenciar entre buenos y malos, se pretende que el cine de Star Wars tenga matices, incluso que tenga argumento. ¿Cuándo ha tenido argumento Star Wars? Las tres primeras no necesitan argumento, ni falta que les hace.

Las tres primeras películas fueron un devenir de escenas divertidas, emocionantes, sorprendentes, increíbles, donde lo de menos era el guión. Lo importante, cuando entrabas al cine, era ver a Han Solo sonreír picaronamente, a Leia demostrar que las mujeres pueden ser guerreras, duras y fuertes como el que más, y a Luke comprender que la Fuerza une a la galaxia, y que se puede ser espiritual en estos tiempos aciagos. Y que los malos, al final, reciben su merecido, o se redimen y se hacen buenos, porque todo mortal puede arrepentirse y ser bueno antes de morir.

Ahora ya los efectos especiales no sorprenden. Ahora ya no nos emocionamos con los nuevos malos, y Han Solo es solo una leyenda. ¿Qué nos queda? Nos queda el episodio VIII, que pretende, lo intenta, volver a la esencia de Star Wars. ¿Lo consigue? En lo referente a trasladarnos al universo más puro de Star Wars, sí lo consigue en parte. En hacernos creer que hemos vuelto cuarenta años atrás en el tiempo, ahí fracasa estrepitosamente.

Las nuevas generaciones no vivieron el año 1977, y no quieren volver a un mundo que no conocieron. Las viejas generaciones insisten en querer seguir entrando al cine con la emoción infantil o juvenil con la que entraron a ver la primera de Star Wars. Pero ni el mundo es el mismo, ni ellos son los mismos, ni el cine es el mismo. Todo ha cambiado para seguir igual: una humanidad que añora su pasado, sin vivir en muchas ocasiones el presente, y renegando del futuro.

El mundo ha madurado, ha crecido. Ha perdido su inocencia. El cine antes era sorpresas, emociones, aventuras. Ahora hay tal cantidad de películas, con tantos e increíbles efectos especiales, que los amantes del séptimo arte nos hemos saturado. Ya no nos emociona nada, o casi nada. Se insiste en crear un cine que ya no emociona, plano, sin alma, donde los héroes son imágenes CGI, creados con ordenador. Sin vida. Sin emociones.

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En el cine, y en la vida, siempre debe haber un maestro, y un aprendiz

Y solo hemos visto el principio. No falta mucho para ver las primeras películas donde todos los actores sean imágenes hechas por ordenador. Seres de luz que viven en las sombras de un cine que recordará para siempre a aquellos grandísimos actores del siglo XX, recreados en la memoria de una computadora. Pretenden traer de vuelta a los mitos del siglo XX. Fantasmas del pasado renacidos de sus cenizas.

A eso hemos llegado: a tener que recrear los héroes del pasado, porque ha nacido una generación sin sus propios héroes. Y una civilización sin héroes que admirar es como una estrella que no arde. La humanidad ha tenido siempre héroes, pero ahora son un producto fabricado, empaquetado, y comercializado, que se puede descargar por Internet. Ya no tocamos a los héroes. No los sentimos. Los programamos en un ordenador.

Ese es el problema de Star Wars episodio VIII: los últimos Jedi. Son los últimos, efectivamente. La bipolaridad del mundo en una película que quiere llevarnos al pasado,  con guiños constantes a un pasado lejano cuyo mensaje llega a los viejos del lugar, pero no a las nuevas juventudes. Para ellos están los efectos, y una historia que pretende ser mítica, cuando el mito es querer retrotraernos al verano de 1977. Y eso nunca ocurrirá.

En un mundo de inmediatez, donde todo tiene que ser instantáneo, queda poco tiempo para la reflexión. El episodio VIII de Star Wars es por ello un sinfín de imágenes frenéticas, sin casi tiempo para la reflexión, o para sumergirnos en los misterios de La Fuerza. Pero queda un halo de esperanza en la película, en el personaje de Luke. Mark Hamill, el actor que encarna a Luke, consigue que la película tenga un toque de profundidad, de conexión con aquel pasado que ya no es. ¿Por qué?

Porque Mark Hamill vivió ese pasado, y es protagonista indiscutible de aquel pasado. No ocurre eso con Rey, el personaje que encarna la actriz Daisy Ridley, que trabaja muy bien. La escuela británica de actores sigue creando actores de gran carisma, sin duda. Pero Daisy no es Carrie Fisher, no es la princesa Leia. Ni debe pretenderlo. Es otra generación. Pero ella no puede comprender, ni nadie con su edad puede, lo que fue 1977, y la llegada de la primera película de Star Wars. Eso, en cierto modo, se refleja muy bien en la película. Y eso no es malo, ni es bueno, es, simple y llanamente, ley de vida.

¿Qué podemos hacer para no pretender volver al pasado? La respuesta es evidente: mirar al futuro. Star Wars de 2017 no puede ser,  ni debe ser, Star Wars de 1977. No podemos ceñirnos a aquellos parámetros, ni los que vivimos aquellas emociones podemos esperar que, una vez pasado el umbral de la entrada del cine, retrocedamos cuarenta años, y volvamos a ser esos entusiastas de aquel cine de maquetas y efectos sin ordenadores. No. Aquello se acabó. Fin de la historia. The end. Konec. El nuevo cine, y las nuevas generaciones, no deben seguir buscando su identidad en el pasado, sino crear sus nuevos mitos, sus nuevos sueños, y sus nuevos héroes. En definitiva, deben crear su propia saga galáctica. Con sus propios héroes. Y sus propias batallas por la libertad de la galaxia.

Y entonces, solo entonces, las nuevas generaciones habrán encontrado su identidad. Dejemos dormir a los héroes del pasado. Y traigamos a la vida a nuevos héroes. Porque el mundo necesita héroes para cada época, y para cada generación. El resto, dormirán en el Hades, junto a Odiseo y Aquiles.

Ese es el destino final de los salvadores de la Tierra, y de la galaxia. Si no hay héroes, ni mitos, no hay sueños. Y, si no hay sueños, no hay futuro. Creemos un nuevo futuro. Y habrá una nueva esperanza.

Ese debe ser el legado de Star Wars: crear nuevos héroes, y hacer sentir la Fuerza a las nuevas generaciones. Que lo consiga, y que llegue al alma de los cinéfilos, como ocurrió en 1977, eso, todavía, está por ver. Que la Fuerza os acompañe.

 

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