Extracto de “La leyenda de Darwan I: Ragnarok”

Este es un fragmento de la versión extendida de “La leyenda de Darwan I: Ragnarok”. Una editorial española me pidió que ampliara un poco el libro en contenido para luego publicarlo. De hecho era mi idea ampliar algunos aspectos del libro inicial, cosa que hice encantado. Porque ya pensaba hacerlo, y porque lo iba a publicar una editorial.

Finalmente, la editorial se echó atrás y el libro no se publicó, pero lo que no se echó atrás fue la ampliación del libro. Este texto corresponde a un momento de la conversación entre Scott y Helen, cuando se están organizando para continuar la guerra contra una especie llamada LauKlars, después de mucho tiempo olvidados y perdidos…

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Helen se recostó sobre la silla. Casi se hundió en ella. Suspiró profundamente.
—¿Cómo lo ves, Le Brun?
—¿El qué, señora?
—Esta locura.
—Debemos ser precavidos, señora. Tenemos una ventaja técnica. Pero…
—Eso mismo pienso yo… En fin, hay que reorganizar todo de nuevo. Yo… —La puerta sonó de nuevo.
—¡Entre! ¡Entre! —gritó Helen. La puerta se abrió levemente, y apareció el rostro de un hombre de unos treinta y tantos años, de aspecto algo dejado, con unos pantalones tejanos medio rotos, zapatillas deportivas de un estilo cercano a finales del siglo XX, y una camisa de un viejo grupo de rock.
—¿Se puede?
—¿Quieres hacer el favor de pasar, Scott? Yolande, eso es todo. Déjame aquí con el hombre de los mil misterios.
—Sí, señora. —Yolande Le Brun hizo una leve reverencia, y salió. Miró de reojo a Scott, que la miró de reojo a ella. Helen se levantó y se acercó a él.

—Creí que me libraría de ti después de tres mil millones de años metida en una botella. Pero parece que mi condena es ciertamente eterna. —Scott se mantuvo quieto, como congelado, rígido, e incapaz de mirarla. Ella prosiguió mientras se apoyaba en la mesa:
—Míralo, ahí, impávido, el hombre de hielo, el corazón distante… ¿Quieres hacer el favor de relajarte un poco? No estás ante la diosa Freyja, aunque sigáis con la manía de llamarme así. Soy Helen, no un tiranosaurio. ¡Maldita sea! Quién me mandaría a mí meterme en… —Helen balbuceó algo ininteligible mientras se tocaba la cabeza con las manos en un gesto de dolor. Luego, de pronto, se quedó quieta, se alzó, y giró sobre sí misma, a una velocidad que desafiaba toda lógica física, mientras miraba directamente a Scott.
—¡Está bien, suéltalo ya! ¿Qué ocurre ahora, Scott?
—Debes calmarte. Por favor. Se acercan tiempos difíciles. Lo que pasamos en el pasado poco tendrá que ver con lo que vamos a vivir.
—¿De verdad, Scott? ¿No lo ves? Estamos otra vez con lo mismo. ¿Cuántas veces tuvimos esta conversación en el pasado?
—Demasiadas veces.
—Demasiadas veces, sí… Helen se sentó en la silla. Parecía agotada.
—¿Crees que estamos enfermos, Scott? ¿Crees que ha merecido la pena dormir durante tres mil millones de años, sólo para despertarnos con el fin de convertir los sueños de miles de especies en una pesadilla interminable? ¿Crees que, después de tanto tiempo esperando el Ragnarok, el Apocalipsis, o como quieras llamarlo, seamos, finalmente nosotros el ángel que toca la trompeta, o el Fenrir que desata su furia ante los LauKlars y miles de otras especies? —Scott se mantuvo pensativo unos instantes. Alzó la vista levemente, miró a Helen, y contestó:
—Creo que tú eres Freyja. Tú eres la respuesta. Eres la senda que la humanidad debe recorrer. Contigo no tendremos miedo. Porque confiamos en ti. Todos. Si alguna vez fracasas tú, la humanidad habrá fracasado. Y si alguna vez triunfas tú, la humanidad habrá encontrado por fin el reposo, y un nuevo futuro.

Helen se levantó y se acercó al tocadiscos, que daba vueltas con el plato girando libremente. Levantó el brazo de la aguja, y lo colocó en su sitio. Luego se giró lentamente, y miró con semblante oscuro a Scott:
—¿Te das cuenta, Scott, de que estáis apostando de nuevo la humanidad a una mujer que no llega a los treinta años y sin experiencia? ¿Una mujer que no fue nada en la Tierra? ¿Que sólo tuvo tiempo para perder el tiempo? ¿Por qué me hacéis esto?… Dímelo. ¿Por qué?
—Ya te lo he dicho: porque tú eres Freyja.
—¡Maldita sea! —gritó dando un golpe a la mesa con la mano. —¡Yo no soy una diosa, Scott!
—Tú eres lo que la humanidad quiera que seas. Y ahora, ha querido que seas Freyja. Ese es tu papel. Y tendrás que aceptarlo. O ver cómo la humanidad muere, y se extingue. Y esta vez, para siempre.
—Odio todo esto, Scott. Lo odio. —Helen se acercó las manos a la cara. Un esbozo de lágrima rodaba por su rostro.
—Lo sé. Y lo entiendo. No será fácil. Todos te apoyaremos. Pero el dolor, el sufrimiento, la angustia, y el miedo, serán solo tuyos. Ese es tu destino. Desde que naciste. Y hasta que mueras.
—¿Y si nunca muero?
—Entonces, nunca habrá paz para la humanidad.
—Menudo consuelo, Scott. Al menos, te tengo a mi lado. —Scott la miró. Y ella entendió que ni siquiera ese deseo podría verse cumplido.
—Voy a tener que retirarme, Freyja.
—¿Retirarte?
—No podré ser tu segundo en esta nueva Era. Elige a otro. Pavlov, por ejemplo.
_¿De qué estás hablando, Scott? Tu mente y tu capacidad son vitales para el progreso de esta operación. Te necesitamos. —Scott bajó levemente los ojos.
—Lo sé, y me debo a todos. Pero lo que tengo que hacer ahora, lo debo hacer solo. Necesito una sala, un laboratorio, y mucha tranquilidad. —Helen lo miró con el ceño fruncido y la mano en la barbilla durante un momento. Finalmente, contestó:
—Siempre igual, Scott. Siempre tus misterios y tus palabras vueltas del revés… En fin, está bien. Irás a la Enterprise, o a la Charles de Gaulle. Creo que ambas naves han sido recuperadas ya, y cualquiera de las dos tiene equipamiento suficiente para cualquier clase de experimentos…
—Sí, Helen.
—¿Ahora soy Helen?
—Para mí eres Helen. Siempre serás Helen. Pero como parte de este grupo de supervivientes, mi deber es procurar que sigas siendo Freyja hasta el final.
—Ya veo. ¿Y no vas a decirme de qué se trata? ¿Eso que tienes en mente? —Scott miró a Helen. Sus ojos temblaron levemente.
—Sólo voy a decirte que… —Scott dudó unos instantes.
—¿Qué?
—Que te iré informando de mis progresos. —Helen se recostó de nuevo sobre la mesa mientras soplaba sonoramente, y gesticulaba dando a entender una sensación de derrota.
—Está bien. Está bien. Lárgate ya. Y cuídate. Te necesitamos.
—Sí, Freyja.
—Mi nombre siempre será el de Helen. Pero haré esta pantomima. A ti, y a los demás. Porque tú me lo pides, y confío en ti. Pero no esperes de mí ser una heroína Scott. No puedo hacer milagros. No pude en el pasado. Y no podré ahora.
—El milagro es contemplar cada día tu fuerza y tu perseverancia, Helen. Esa fuerza que nos anima a todos a seguir adelante.
—Estás loco, Scott. Tú, y todos, por seguirme. Pero intentaré estar a la altura. Espero que esta vez tengamos opciones…
—Scott no dijo nada. Hizo una sencilla reverencia, y salió de la sala. Helen se sentó en la silla. La computadora mostraba los datos robados a Ronta. Afortunadamente había sido fácil descifrar la base de datos LauKlar. La imagen de la pantalla tridimensional mostraba cómo se habían extendido de un lado a otro de la Galaxia. Miles y miles de mundos habitados.
—Menuda fiesta se avecina —susurró.

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