Literatura; la paradoja de la longitud

Hoy empezamos con una paradoja del mundo de los escritores. Se llama la paradoja de la longitud. Dice así:

“Dado un escritor que escribe, independientemente de la calidad literaria, las probabilidades de ser leído son inversamente proporcionales al cuadrado de la longitud del texto escrito, y las posibilidades de ser ignorado, directamente proporcionales a la cantidad de textos de una longitud t sub l, donde t es la cantidad de textos escritos, y l, la longitud de caracteres de cada texto”.

Es decir: si un escritor quiere tener éxito, debe procurar que t, el número de textos que escribe, sea el mayor posible, y l, la cantidad de texto por escrito, el menor posible.

Esto nos lleva a lo que podemos observar frecuentemente en Internet, si nos movemos por páginas web donde la gente publica textos, muchísimos textos, de una longitud realmente pequeña. Sea en páginas literarias de Facebook, sea en páginas especializadas.

El secreto para ser leído, por lo tanto, se reduce, grosso modo, a escribir mucho, con textos muy pequeños. Por eso triunfan los concursos de microrrelatos, la poesía corta, las reflexiones, y cualquier texto que no ocupe más de un folio.

Pero eso no es todo. Si los lectores habituales de estas páginas ven que un texto se va más allá de lo que sería un folio, directamente lo ignoran. Si tiene cinco o diez páginas, no lo leerá casi nadie. Y si tiene más, el texto quedará flotando para siempre en las arenas del olvido eterno.

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¿Por qué sucede esto? Es muy sencillo: se llama inmediatez. En un mundo donde todo tiene que ser inmediato, donde la gente solo quiere leer titulares, donde las noticias son antiguas a las veinticuatro horas, y propias del paleolítico a la semana de haberse publicado, el secreto está en tener textos publicados extremadamente recientes constantemente, y que estos sean los más cortos posible. Ocurre con otras materias, por supuesto. Los videojuegos ahora en general se terminan en cinco horas, o directamente no disponen de una opción de juego en solitario. Si tienen más de tres opciones, o un manual de más de veinte líneas, es descartado. Si requiere reflexión, meditación, y emplear el cerebro más de cinco segundos, se olvida de inmediato. El cine también requiere de una hora y media, dos horas máximo. Más, y mucha gente dejará de ir al cine.

Y también pasa con las webs. Está demostrado que si una página web tarda más de 4 segundos en cargar, la gente la cierra, y pasa a otra página, no importa el interés supuesto que tuvieran en el contenido de esa página. Inmediatez. Todo rápido. Todo efímero. El mundo se mueve a un millón de kilómetros por segundo. Y lo que escribiste ayer es historia.

¿Qué hacemos entonces, aquellos a los que nos gusta escribir “ladrillos”? De calidad pésima, buena, o superior, es igual. La calidad es un tema subjetivo, y es el lector el que tiene la última palabra. Pero vamos a imaginar que Juan tiene unos textos maravillosos e increíbles, y Juan escribe relatos de, por lo menos, diez páginas. No le va a leer nadie. O casi nadie. ¿Casi nadie?

Por supuesto, no todo está perdido, afortunadamente. Como el pueblo de Astérix, existe una minoría de lectores que, resistiendo al embate de los tiempos, se anima a leer textos de más de un folio. Lectores que leen las primeras líneas, pero no deslizan el ratón hacia abajo, viendo que el texto tiene más de una página, y, por ese motivo, pasan al siguiente texto. Esos lectores no cuentan las páginas; cuentan las emociones que les provoca la primera página leída. Si ven que esa lectura les estimula a seguir, ellos siguen leyendo, sin importarles cuántas páginas haya a continuación.

Es aquí donde me gustaría entrar, y animar a esos lectores frugales a que se animen, de vez en cuando, a dar el salto a textos de longitud mayor que el folio. Sí, sé que soy parte interesada, porque yo soy de los que escribe ladrillos. Pero no, no se trata de eso. Se trata de ahondar en los matices, en la riqueza, en la profundidad de un texto de más de un folio. ¿Por qué no animarse a leer textos de mayor longitud que el folio? ¿A qué se debe esa premura por leer diez mil microrrelatos de medio folio? Por supuesto, el valor literario no se mide por la cantidad de palabras, hasta ahí llego. Pero, ¿por qué no explorar la riqueza de una historia hilvanada con gusto, con detalle, con intrincadas ramificaciones, con personajes elaborados, con historias complejas, con pensamientos complejos que evolucionan, y que desarrollan a los personajes de forma progresiva?

En este mundo de la inmediatez, del “aquí te pillo, aquí te mato”, del “en tu casa o en la mía”, del preguntar el nombre del otro o de la otra después de hacerlo, después de todo eso, que es muy respetable por supuesto, y más o menos todos hemos vivido esa inmediatez, esa rapidez, esa locura, hay un mundo de pensamientos profundos. De reflexiones sobre la vida, el universo, el amor, el sexo, el hambre, la guerra, la vanidad, el odio, y un millón de matices que podemos explorar con calma, deleitándonos con cada palabra, con cada página, con cada párrafo que leemos. Ese ritual de sentarse en nuestro lugar favorito, lejos de todo y de todos, quizás con una música adecuada, quizás con el gato entre las piernas, con una luz perfecta, y dejarnos arrastrar a los mares profundos de un libro denso, profundo, místico, delicioso, y listo para ser las alas de nuestra imaginación.

Esa es, también, la magia de la literatura. Los microrrelatos son mágicos, qué duda cabe. Pero, ¿por qué quedarse ahí? ¿Por qué ignorar un texto, simplemente porque va a llevarnos más de cinco minutos leerlo? ¿No estamos perdiendo una fuente enorme de posibilidades maravillosas?

Escribamos microrrelatos. Leamos microrrelatos. Pero no olvidemos las grandes novelas. Profundas, largas, complejas, con riquezas infinitas de matices. Con personajes claros, y oscuros, y limpios, y obscenos. Con un millón de posibilidades para moldear nuestra mente. Con el placer de cerrar el libro, después de una lectura profunda, habiéndonos renovado en una historia que nos ha llevado lejos, con las palabras, con la imaginación, y con el corazón. Esa es la magia de las novelas. Y no deberíamos renunciar a ellas.

Esa es mi propuesta. Leamos de todo. Desde un texto de diez palabras, hasta un texto infinito. Merecerá la pena. Cerrar un buen libro, un libro grueso, y sentir ese mar de calma y de aturdimiento que deja una buena novela. Eso, sin duda, no tiene precio. Dejemos de huir de la novela. Merecerá la pena.

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