De políticos, de líderes, de sonrisas y lágrimas

El otro día, un político catalán llevaba en su solapa una imagen de Winston Churchill. Es uno de esos políticos que tiene una misión que cumplir en la vida, y lo hará contra viento o marea, incluso poniendo su vida y su hacienda por delante si es necesario. Políticos que tienen una misión en la vida: que creamos en sus promesas y en su visión del mundo. Una visión que debe compartirse, porque es la única visión posible.

Luego, tras este político, surgieron políticos de otros lugares y partidos, demostrando que son ellos los que están dispuestos a darlo todo por  su país y sus ideas. Que el primer político está equivocado. Y que ellos están en posesión de la verdad. Que dicen que creamos en sus promesas y en su visión del mundo. Una visión que debe compartirse, porque es la única visión posible.

Finalmente, se me ocurrió una imagen reveladora: todos los líderes políticos de España, y del mundo, en una tarima, como un coro, cantando cada uno de ellos la canción de sus futuras conquistas y sus glorias, que llevarán a cabo para salvaguardar a los ciudadanos de los peligros que les acechan, si votan al infame político que tienen al lado, porque solo ellos, ellos en exclusiva, son dueños de la verdad.

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Era una canción desafinada. La armonía no existe en política, pero ese no es el problema principal. El problema no es que cada uno cante una canción distinta; eso es normal. Cada líder político en España, y en el mundo, nos canta su canción de libertad perfecta, y de la paz y amor que conseguiremos los humildes ciudadanos si seguimos sus consignas. Al menos, hasta el día de las votaciones. Luego, habrá que esperar otros cuatro años para escuchar nuevas promesas.

El problema no es solamente que nos canten una canción de un mundo perfecto; el problema es que ellos se erigen en dueños y señores del único camino posible, siendo las demás opciones caminos para el desastre y el caos. Todo ello en medio de frases grandilocuentes sobre su grandeza, y el horror que llegará si no son votados en primer lugar. Le llaman el discurso del miedo: “vótame, porque solo conmigo te salvarás”. Y esa canción la saben cantar muy bien.

No me asombran las frases grandilocuentes de los líderes políticos. No me asombran sus discursos floridos, llenos de patriotismo, de banderas, de insignias, de himnos. No me asombran los mundos fantásticos que nos presentan, y que harán realidad, cuando sean elegidos. No me asombran sus palmaditas en la espalda, sus sonrisas perfectas, sus besos a los niños, tras el enésimo discurso lleno de proclamas y de salvas.

Lo que me asombra es que haya gente que crea en sus palabras. En sus gritos. En sus discursos llenos de entusiastas gritando y vitoreando sus nombres. Me asombran esas masas enfervorecidas, dispuestas a morir por sus líderes mesiánicos, por sus ideas, por sus mensajes de un mundo mejor para todos. Para todos los que sigan al líder, por supuesto. El resto, bueno, ellos serán pasto de las llamas. Excluidos y olvidados por haberse equivocado a la hora de elegir al Líder Supremo.

Estoy cansado de discursos. Y estoy a la espera de hechos. Hechos cotidianos que nadie soluciona. Y hay ejemplos constantes. Muchos ejemplos.

Esta mañana, por enésima vez, he tenido que viajar en un tren de media distancia atestado de gente, muchos de ellos madres con niños, niños que viajaban colocados en el suelo, jugando con la basura y las enfermedades, en trenes viejos y destrozados, con temperaturas de 35 grados, con lavabos rotos y mugrientos, sin aire acondicionado, sucios, y que deberían estar en un museo.

Hechos como ver a los médicos de mi pueblo con una sábana protestando, por enésima vez, porque les faltan los más básicos medios cuando llega el verano, y tienen que hacer jornadas dobles y triples, y faltan ambulancias, técnicos, y medicamentos.

Hechos como ver que tengo que preocuparme porque veo a una joven de unos dieciocho años caminando sola por mi pueblo, por una zona oscura que sé que es peligrosa, y en lugar de saludarla e irme, me voy caminando lentamente, observándola, sin que ella se dé cuenta, a la espera de que la joven pase la zona oscura, y vuelva a la luz, por si es atacada, o le ocurre algo que ocurre en demasiadas ocasiones.

Hechos como una vecina, que hace solo unos días, me llamó por teléfono aterrorizada, porque dos hombres estaban intentando atacarla en la entrada del edificio, a ella y a su perro, y tuve que bajar corriendo, y sacarle de encima a los dos hombres, hasta que conseguí que se fueran. Luego, la consabida denuncia, y la nada. Hasta la próxima.

Por eso, por todo ello, no necesitamos políticos. Necesitamos estadistas. Necesitamos hombres y mujeres que se muevan por los intereses comunes. Que no no den más discursos; que nos den hechos, y no palabras.

Quienes solo piensan en cualquier estrategia para ganar las próximas elecciones, pondrán ante nuestros ojos lo que queremos ver, ante nuestros oídos lo que queremos oír, y ante nuestro corazón lo que queremos sentir. Ese es el político que debemos descartar.

Es el verdadero estadista político, el que da un paso más allá, el que nos cuenta un futuro real, duro, difícil, pero de oportunidad, ese es el político del que podemos esperar una oportunidad para un futuro mejor. Al menos, una oportunidad.

Son pocos los estadistas políticos. Son escasos. Pero están ahí. Deberemos reconocerlos. Y darles nuestra confianza. Darles una oportunidad. No nos harán reír. Muchas veces, nos harán llorar. Pero harán que nuestros descendientes tengan una oportunidad de salir adelante, en un mundo mejor para todos. Entonces, sabremos que las lágrimas merecieron ser derramadas. Entonces habremos encontrado a un estadista de verdad.


 

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