Una voz al amanecer: fragmento de “Las entrañas de Nidavellir II”

Este es un fragmento de “Las entrañas de Nidavellir II: Promakhos”. Las naves persas se aprestan a atacar, mientras Temístocles espera dar el golpe definitivo a la flota de Jerjes I…

Las naves griegas se formaron en línea mientras los capitanes daban las órdenes oportunas, y Temístocles gritaba dando instrucciones en la primera línea. Sandra se encontraba sentada en la popa de una de las naves de la segunda línea, pensando en Pavlov, y en toda la locura que había supuesto embarcarse en aquella misión con Deblar. Su vida, que siempre fue caótica, era ahora una completa locura. ¿Estaba todavía afectada por el viaje en el tiempo? ¿O era, simple y llanamente, que sus sistemas de lógica y ética habían superado cualquier barrera que los diseñadores le habían modelado en su sistema? ¿Qué le ocurría a Yvette, por qué estaba tan molesta con ella? ¿Era realmente por haber sabido la verdad sobre lo que ocurrió con Robert? ¿O había algo más? Y una pregunta muy importante, que al principio no había destacado: ¿por qué Robert e Yvette no se habían visto afectados por el viaje temporal? Todo eran preguntas, y empezaba a pensar en si podrían algún día salir de ese mundo, que era el suyo, pero que no les pertenecía.

trirreme

Aparecieron los primeros rayos de Sol cuando los griegos divisaron las naves persas. Era una vista impresionante, inmensa, temible, que hizo palidecer los corazones de los remeros. Estos, en un momento dado, alzaron los remos, y algunos de los barcos de la primera línea comenzaron a remar hacía atrás, dirigiéndose hacia la playa.

Sandra, que observaba la maniobra de la primera línea, pensó que tendría que actuar. No podía dejar que aquello siguiese así. Aquellos trirremes se suponía que estaban perfectamente equipados, con los espolones de Yvette a punto, pero los soldados simplemente habían perdido la fe en la victoria ante aquella vista impresionante de naves persas. La historia se iba a escribir de nuevo, pero alguien tenía que impedir que aquellas naves retrocediesen, y no parecía que los capitanes de esas naves estuviesen motivados en evitarlo. Las naves espartanas en especial no tenían experiencia en combate naval, ni tradición en esas tácticas.

Sandra se levantó rápidamente, y los remeros a su alrededor quedaron impresionados cuando vieron surgir el dron de su brazo. Este se elevó y se colocó frente a la primera línea de barcos y a gran altura. Entonces proyectó un holograma frente a las naves que retrocedían. Era ella, era su imagen, pero en el holograma estaba de nuevo vestida de Atenea, y podía verse desde todos los barcos de la primera línea. Entonces habló con gran fuerza a través del dron:

¿Qué hacéis, hijos de Zeus, retrocediendo y dando la espalda al enemigo de vuestra patria? ¡Hoy la victoria es vuestra! ¡Bogad con fuerza, el enemigo bárbaro espera a morir en vuestras manos! ¡Vengad la muerte de vuestros hijos y hermanos! ¡Vengad Termópilas! ¡Vengad a Atenas! ¡Tomad en vuestra mano la victoria! ¡Tomadla! ¡Tomadla!

Todos los remeros quedaron impresionados ante la imagen, y Aminias Paleneo, uno de ellos de la flota en primera línea, gritó:

—¡Adelante! ¡Adelante! ¡Bogad con fuerza! ¡Atenea es nuestra aliada! ¡Vamos! ¡Adelante! —Los remeros de Paleneo, al ver a la diosa, se llenaron de entusiasmo, gritaron de ira, y remaron con una fuerza descomunal. Su trirreme pronto alcanzó a la primera nave persa, colisionando con gran fuerza, que se vio sorprendida ante aquella descomunal carga. Retrocedieron unos metros como Yvette les había ordenado tras colisionar, y el espolón explotó, tal como estaba previsto. No causó demasiados daños, ya que Yvette no quiso que la carga explosiva fuese demasiado evidente, pero provocó una vía de agua más grande de lo habitual, y, lo más importante, confundió a las tropas de la nave persa. Otras naves griegas del primer grupo de veinticuatro se abalanzaron a su vez, y varias explosiones más contribuyeron a aumentar confusión. Los persas se asustaron ante aquello, y los griegos, que ya habían visto que el sistema funcionaba, se entusiasmaron todavía más, y jalearon el nombre de Afrodita, y el de Atenea.

El segundo grupo de naves griegas se abalanzó sobre el flanco izquierdo de las naves persas, y contagiados por el entusiasmo de esas primeras victorias de la primera oleada combatieron con pasión y con fuerza. Sandra caminaba sobre el borde de los trirremes, que cada vez formaban un grupo más compacto, alentando a los hoplitas que cargaban contra las naves persas. Varios soldados persas se acercaron a ella, pero, extrayendo rápidamente la espada, acabó con ellos. Algunos marineros vieron la escena, y comenzaron a gritar que la mismísima Atenea luchaba a su lado. Sandra no incorporaba ningún elemento visual de la diosa, pero en la confusión aquello era lo de menos. Tras haber visto aquella proyección, y luego ver ese rostro en ella, rápidamente la voz de que la diosa estaba entre ellos convirtió la moral en un torrente de energía casi infinito.

Las naves atenienses por el norte tomaron el flanco derecho de las naves persas, mientras que las naves espartanas, menos experimentadas, siguieron atacando la primera línea persa, y luego las siguientes, como si fuesen falanges en el mar. Los trirremes persas eran menos maniobrables en esas aguas cerradas, y eran tantos que apenas podían moverse para abrir espacios, o para realizar un contraataque.

Las naves persas que se encontraban en las líneas traseras comenzaron a maniobrar para tratar de huir, cuando se encontraron con la segunda sorpresa que había preparado Yvette. Esta, colocada en el punto más oriental de Salamina, en el extremo final de un largo brazo de tierra, activó la trampa que había estado preparando en secreto con unos pocos hombres elegidos. De pronto, una enorme columna de fuego se alzó entre las naves persas que intentaban huir y el mar abierto. Las llamas tenían cinco metros de altura, y aterrorizaron a los persas, que creyeron encontrarse ante las puertas del mismo Hades. Algunos perdieron el control y comenzaron a remar en dirección contraria, colisionando unos con otros, y aumentando la confusión. Otros no pudieron evitar entrar en las llamas, empezando a arder junto a sus barcos. El fuego se propagó entre otros barcos que huían, afectando a los barcos persas que se encontraban en segunda línea, mientras la tercera línea de trirremes griegos se unía al apoyo de las dos primeras.

Artemisia, que comandaba las cinco naves de su pueblo, daba órdenes intentando que las naves persas se alinearan para un nuevo contraataque, y ella misma organizó una contraofensiva al fin con varios trirremes, que atacaron y hundieron algunas naves griegas. Pero una de las naves griegas se dio cuenta de que en esa nave estaba la propia reina Artemisia, y ordenó perseguirla. Los remeros de Artemisia, viendo el ataque, entraron en pánico, colisionando con una nave de su propio bando. La propia nave griega que perseguía a Artemisia fue atacada a su vez por otras naves persas para defender a la reina. En la confusión, Artemisia pudo retirarse del combate, tras haber hundido varios barcos griegos y dañado otros, realizando una maniobra que sorprendió a todos, incluido el propio Jerjes, que susurró, mientras veía el combate desde un alto, en el norte, en suelo firme:

—Heme aquí, que mis hombres se convierten en mujeres, y mis mujeres en hombres…


 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.