Corre, y no dejes de correr nunca, pequeña

Miércoles, o sea, música. Vamos a hundirnos un poco en el mundo de lo real, al estilo Matrix.

Los ambientes degradantes, llenos de personajes perdidos, de seres fracasados, de almas arrojadas del Paraíso, han sido siempre mis lugares preferidos. Siempre me he inspirado en esos mundos para escribir, y siempre he creído que de esos ambientes nacen obras increíbles y que perdurarán para siempre. Un ejemplo de la literatura: Edgar Allan Poe. Otro del cine: Blade Runner.

Es en esos ambientes decadentes del mundo real donde siempre he encontrado la humanidad auténtica, los sentimientos reales, la amistad real, el amor real, y por supuesto, el odio y la ira más auténticos. Es en esos ambientes donde he podido saborear lo mejor y lo peor que puede aportar un ser humano a su existencia. Y en donde he aprendido a sobrevivir a la vida, y a mí mismo.

Son los otros escenarios, los del glamour, los de la alfombra roja, los de los aplausos, llenos de sonrisas blancas y perfectas, rostros inmaculados, y luces de cristal, son esos los que siempre he querido evitar, porque en ellos solo he encontrado hipocresía, frialdad, y una total falta de empatía. Seres vivos que lo están porque no saben que están muertos en vida.

sheryl
Sheryl Crow interpreta “Run baby run”

En muchos aspectos, de eso es lo que habla “Run baby run” (Corre, pequeña, corre), de la cantante y compositora Sheryl Crow. Para mí, una de sus piezas más selectas y auténticas. Se publicó este tema por primera vez, y pasó, como suele decirse, sin pena ni gloria. Apenas alcanzó a a arañar algunas palabras entre los grandes de la radio, ocupados en promocionar al mejor postor. Porque, no lo olvidemos: en el arte gana en belleza y creatividad el que se esfuerza, y gana en fama y poder el que tiene la cartera llena de billetes. Esta es la realidad más hiriente, y más real, que podemos encontrarnos en la historia del arte. Y de la vida.

Pero, afortunadamente, existe una justicia que, a veces, y solo a veces, pone las cosas en su sitio. Artistas que vienen de la oscuridad y que triunfan por su calidad y por una obra irrepetible. Este que traigo aquí hoy es un ejemplo.

El caso es que esta canción de Sheryl Crow se publicó y se perdió. Pero luego fue publicada de nuevo, cuando ya la cantante norteamericana comenzó a tener éxito, y ahí sí, ahí el tema fue revalorizado, y puesto en su justo sitio. Lo cual demuestra que una obra de arte lo es por sí misma. No importa que tenga diez admiradores, o un millón. Lo importante de una gran obra es la obra, no el número de seguidores que tenga. La obra será eterna si es buena, y quedará en el olvido si no lo es, aunque tenga un millón de “me gustas” en las redes sociales. Porque es la obra lo que perdura; no las respuestas que provocó cuando fue publicada.

Esta es sin duda una pieza musical de ese nivel. Es una melodía decadente, que explica una historia dura y decadente, y es, desde mi punto de vista, una verdadera obra maestra. Y, en mi opinión, perdurará en la memoria de los que amamos la música que intenta transmitir un mensaje, y que quiere llevarnos más allá de las palabras y el sonido.

Esa es la magia de la música, y del arte. Son eternas. No dependen de modas. Ni de carteras. Ni de fronteras.

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