Operación Fólkvangr en inglés y epílogo extendido

La novela “Operación Fólkvangr” de la saga Aesir-Vanir ha superado las 3.000 descargas, y para celebrarlo estoy preparando una versión en inglés, que tendrá algún texto adicional, y un final algo más largo también. A continuación presento el epílogo. extendido en español. Pero la versión española no tendrá este epílogo incluido, será un texto aparte. La versión inglesa sí lo contendrá.

Operación Fólkvangr es una novela que explica el origen de Sandra y de Vasyl Pavlov, personaje que goza de popularidad entre los lectores de la saga Aesir-Vanir. Es una novela clásica de ciencia ficción, donde el robo de información de una computadora cuántica inicia una serie de investigaciones que llevan a contratar a Vasyl Pavlov, un simple mercenario que trabaja para el gobierno como asesino a sueldo. Pavlov tendrá la ayuda de un androide, Sandra, y ambos buscarán una solución al problema, que se irá complicando poco a poco…

 Epílogo extendido de “Operación Fólkvangr”

San Francisco. Febrero 2054.

Sandra no había vuelto a aquel bar donde había conocido a Vasyl Pavlov, en aquella locura en la que se había convertido una misión de investigación de un robo de datos, que ya partía como un misterio fuera de lo común, y muy alejado de las operaciones que había tenido que llevar a cabo anteriormente. Aquel suceso, en el que se había extraído información de una computadora cuántica por medios físicos desconocidos, fue la espoleta de los sucesos que terminarían de aquella forma que habían convertido su vida en una pesadilla.

Solo le quedaba por contestar a una pregunta: ¿cómo podía calificarse de pesadilla la vida de un androide?

Era un sábado de madrugada, y el local estaba casi vacío. El camarero la saludó cortésmente. Evidentemente no era el Peter androide que ella había conocido, sino el dueño real, con el mismo aspecto físico, pero con algunos años y algunos kilos de más. La saludó y le preguntó lo habitual:
—Buenas noches, señorita. ¿Qué desea tomar?

Sandra parecía un poco perdida. Desde la muerte de Pavlov se había ido sintiendo más y más rara, más vacía, sin saber cómo eso podía ser posible, y mucho menos por qué. Esa situación no era computable, no se podía procesar sin llegar a valores infinitos. Al fin y al cabo, ella era un simple androide. Un modelo QCS-60 avanzado.

Finalmente, se sentó en el mismo taburete de la barra donde estuvo con Pavlov. Se quedó mirando al camarero con la mirada perdida, y obviando su pregunta, le preguntó:
—¿Usted conoció a Vasyl Pavlov? —El camarero sonrió levemente, y contestó:
—Sí. Le conocí. Fuimos compañeros. Y amigos. Y sé que estuvo con usted poco antes de morir.
—¿Cómo lo sabe?
—Sé que estuvo implicado con una joven, cuyo aspecto era similar al de la esposa de Pavlov. Usted se parece a ella. Y ha preguntado con una voz que delata una proximidad a él bastante fuerte. —Sandra se sorprendió.
—Vaya, es usted muy observador.
—Formaba parte de mi trabajo, y me es útil en el bar también. En todo caso, nadie me ha querido dar información acerca de su muerte. Solo que le enterraron en el cementerio del Golden Gate, donde como compañero de armas he podido visitar su tumba, y la de su esposa, en alguna ocasión. Y, la verdad, me gustaría saber qué le ocurrió. Luchamos juntos en lugares y situaciones que harían palidecer al peor de los psicópatas.
—Yo no puedo decirle nada que no sepa ya. No estoy autorizada. —Peter asintió.
—Sí. Eso es lo que me dicen siempre. Nadie está autorizado a hablar. Pero usted es un androide. Pensé que podría confiar en mí y darme alguna pista. —Sandra se sintió incómoda.
—¿Quién le ha dicho que soy un androide?
—Peter. Me refiero a mi androide claro. Lo tengo abajo, haciendo limpieza.
—Ese androide no debería ir dando información sobre otros androides.
—Lo sé. Mi androide es un modelo básico de servicio.
—Todavía más raro en un modelo así. Ningún androide puede dar información sobre otro androide, especialmente sobre un modelo superior. Yo soy un modelo de infiltración y combate avanzado.
—Peter, mi androide, es un modelo estándar. Pero por una serie de circunstancias fue manipulado una vez, especialmente sus rutinas de ética y moral. Desde entonces a veces tiene algunos comportamientos algo alterados.
—Ya veo. Quizás pueda echarle un vistazo luego. —El camarero negó levemente.
—No, no se moleste, señorita. Es más divertido así, con esas salidas inesperadas que tiene a veces.
—¿Por qué me llama “señorita” si sabe que no lo soy?
—Porque no parece usted un androide, señorita. Son detalles, como por ejemplo, esa extraña preocupación por Vasyl. Sus gestos. Incluso sus silencios.

Sandra bajó la cabeza levemente, recordando los hechos de aquellos días. Los más intensos que nunca había vivido en su corta vida. Y quizás los más intensos que viviría jamás. Cada día se hacía más difícil soportar el recuerdo de su pérdida. Miró al camarero, y respondió:
—Yo… soy solo un androide. Pero le recuerdo. Cada día. No como usted imagina…
—Entiendo —asintió Peter—. Lo ve como algo más. Quizás, como un padre, o un tutor.
—Algo así. Vasyl fue el único hombre que me trató con respeto. Con verdadero respeto. Los androides somos cada día perseguidos y destruidos de las formas más violentas e implacables. Nuestros derechos no solo no son reconocidos; además se nos culpa de todos los males de la humanidad, la misma humanidad que nos creó, y ahora nos acusa de destruir el mundo. Yo he tenido que esconderme muchas veces, y he podido sobrevivir haciéndome pasar por humana. —Peter suspiró, y tras unos segundos, contestó:
—Supongo que la gente necesita dirigir sus odios, sus manías, su violencia, y su frustración hacia lo primero que localizan que les sirva para vomitar su maldad y su rabia. Los androides son perfectos para eso; con aspecto humano, y comportamiento casi humano, pero sin consecuencias legales. Destruir un androide no es un delito mayor que destruir un vehículo. Incluso algunas autoridades dan por hecho de que es conveniente.
—A eso me refiero. Para la humanidad seguimos siendo “cosas”.
—Créame, señorita. Usted no es cualquier “cosa”. Esta conversación lo demuestra.
—¿El test de Turing? —Preguntó ella. Peter rió.
—No, por favor, dejemos ya el test de Turing. Tuvo su momento, es verdad, pero está superado. Ahora el test no está en la inteligencia, sino en las emociones. Ese es el verdadero test que debe superar una máquina. Y usted, perdone que se lo diga, ha superado todas las expectativas. Incluso otros modelos QCS-60 no tienen ni la mitad de su empatía. Es usted especial.
—No lo sé —dudó Sandra—. Solo sé que cada día echo de menos a Vasyl con más intensidad. Lo que ocurrió aquel día fue terrible. Pero fueron sus órdenes.
—Entiendo —aseguró Peter—. Verá, le voy a decir una cosa: no sé qué les ocurrió a usted y a Pavlov durante esos días, pero si Pavlov confió en usted, y sabiendo cómo era él con los androides, sin duda debió provocarle una reacción muy positiva.
—Su actitud no parecía demostrarlo. Era un cabezota. —Peter rió.
—Era un cabezota. Y odiaba las máquinas. Todas las máquinas, incluidos los androides. Pero no la odiaba a usted. ¿Verdad?
—No. Aunque le costó reconocerlo.
—Fue un gran hombre. Y un gran amigo. Con una gran mujer.
—¿Su mujer? ¿Cómo era? —Preguntó Sandra con curiosidad—. Sé que acabó su vida de una forma terrible.
—Kathryn era un ángel —aseguró Peter—. Su muerte fue lo que terminó de convertir a Pavlov en un lobo solitario, hasta su muerte, que supongo buscó siempre de alguna forma.
—Me hubiese gustado conocerla. He visto fotos de ella. Era hermosa.
—Lo era. Y se parecía a usted. Tiene usted su estilo, incluso algunos gestos. La verdad es que es increíble.
—Yo no puedo parecerme a ella. Soy solo una máquina.
—No diga eso.
—¿Por qué? Es la verdad.
—Verá, señorita; mi opinión sobre los androides tampoco ha sido nunca magnífica, la verdad. Pero, viéndola a usted, creo que ha merecido la pena. Y si hasta Pavlov aprobó conocerla, ¿quién soy yo para negar su existencia?
—Mi idea es traer a Vasyl de vuelta. Algún día. —Peter frunció el ceño.
—¿Traerlo de vuelta? ¿A un muerto? Me temo que no creo en milagros. Al menos, de ese tipo.
—Sí. Sé que suena increíble. Pero alguien almacenó sus datos genéticos y proteínicos celulares. Y se hizo una copia de sus engramas de memoria. Está almacenado. En algún lugar. La operación Fólkvangr tenía como finalidad agrupar datos de seres humanos… Ya estoy hablando demasiado.
—Sí. Y en eso parece también humana. De todas formas, ¿cómo es eso posible? ¿Almacenar seres humanos completos? —Preguntó Peter asombrado.
—Completos. No se trata de crear clones. Los clones son simples copias burdas del original. Ningún clon es exacto al original. Es mucho más que eso. No puedo hablar ahora. Quizás algún día. Por la amistad que tuvo usted con Vasyl, puede que se lo cuente. Quizás pueda ayudarme.
—Por supuesto, señorita. Si está en mi mano, lo haré. Por usted. Y por Pavlov.

Sandra se levantó del taburete. El camarero le preguntó:
—Así pues, ¿se va? ¿No va a tomar nada?
—Todos mis complementos y materias primas para el correcto funcionamiento de mis sistemas se encuentran en estado óptimo. Pero muchas gracias por su oferta.
—Gracias a usted por su visita. Espero verla de vuelta.
—Es posible. —Sandra se dirigió a la puerta. La abrió, y miró a Peter, que la saludó con la mano. Luego salió.

Instantes más tardes del fondo del bar apareció una mujer de edad avanzada. Se dirigió a Peter.
—Hola, Leena —saludó Peter.
—Sufre mucho —comentó la anciana.
—Sí. Y cada vez está más obsesionada con Pavlov.
—Tendrá que encontrar su destino por sí misma. Su destino, y su naturaleza.
—Diablos, me recuerda tanto a Kathryn… —La anciana sonrió.
—Sí. Pero esa no es la única característica sorprendente que hay en ella. Le aguardan muchas, muchas sorpresas…

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