En recuerdo a las víctimas de Stalingrado

Este dos de febrero de 2018 se conmemora el 75 aniversario del fin de la batalla de Stalingrado. Esta batalla, de unas proporciones dantescas y brutales desde cualquier punto de vista, demuestran cómo el choque de dos sádicos sanguinarios pueden llevar a sus respectivas sociedades a un caos sin precedentes en los anales de la historia de la humanidad.

Stalingrado es la némesis del Proyecto Humanidad, y el espejo oscuro en el que cada hombre y mujer de la Tierra debería mirarse, para comprender hasta dónde se puede llegar por la obsesión por el poder, el desprecio a la vida, y el ansia por la dominación. Se suele hablar mucho de quién fue peor, Hitler o Stalin. Es una pregunta estéril. Ambos fueron verdaderos depredadores de cualquier atisbo de racionalidad, de sentido de respeto a la vida, y ambos consumaron un desastre de proporciones inimaginables y sin parangón. Sus respectivas carreras lo demuestran, y solo hay que conocer sus acciones durante sus años en el poder para confirmarlo.

stalingrado

Otra pregunta clásica es “cuáles son los límites de la guerra”. Yo se lo diré de inmediato: los límites son solo uno: evitar la guerra. No existe otra frontera, otro final. Cualquier sociedad que se plantee qué limites existen en una guerra está condenada al fracaso, porque la guerra, cuando se inicia, no conoce límites, y no los tendrá, por su propia naturaleza. La guerra es una máquina que se alimenta a sí misma, y crece exponencialmente con cada nueva acción de guerra. Luego, la única forma de tener una guerra controlada y dentro de un orden, es que la guerra no se inicie jamás.

Una pregunta que demuestra la filosofía de lo que es la guerra es la siguiente: ¿había que lanzar las bombas de Hiroshima y Nagasaki? Se preguntan algunos. Yo le daré mi respuesta: no hay ninguna diferencia entre lanzar una bomba que mate a una persona, o a diez, y lanzar otra que mate a un millón. Si justificamos el lanzamiento de una bomba capaz de matar a  una, o diez personas, pronto encontraremos argumentos para lanzar otra que mate a cien, y luego, a un millón. La conclusión evidente es: no preguntemos cuál es el límite para lanzar una bomba. Presentemos otra idea: no las lancemos. Sean del tipo que sean. Jamás. Porque una sola vida humana vale más que  todas las bombas, y todas las guerras, y todos los egos, del universo.

Stalingrado tuvo su reflejo en otras batallas, que fueron también sangrientas, pero quizás sea esta una de las más evidentes y directas muestras de la degradación del ser humano en la guerra, cuando de conquista y poder se trata.

Y, no lo olvidemos: desde aquel 2 de febrero de 1943, han habido, en el mundo, muchos Stalingrados. Demasiados como para no llevarnos a un horror de fuego y muerte. La humanidad debe encontrar otra forma de solucionar sus conflictos, o pronto puede que no haya nada por lo que luchar, ni por lo que vivir, porque no quedará nada. Y entonces habremos fracasado. Como individuos. Y como especie.

Vaya desde aquí mi más sincero y emotivo homenaje a todas las víctimas inocentes de Stalingrado, y de todas las guerras que han asolado y asolan la Tierra. En la esperanza de que, algún día, podamos darnos la mano, con nuestras diferencias y nuestras rarezas, con nuestras ideas y nuestras religiones, con nuestras ideas políticas y sociales, y construir un mundo mejor para todos. Ese es mi deseo. Solo espero que no sea demasiado tarde.


 

 

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