La sombra del pasado (I)

Nuevo relato de Sandra ambientado en el siglo XXIV, y que formará parte del grupo de relatos para el libro XII de la saga Aesir-Vanir. Cada relato es independiente, pero conforman una historia mayor, que explica los hechos anteriores a las Crónicas de los Einherjar, en los libros de “La insurrección de los Einherjar”.

Enciclopedia Galáctica: Deblar.

“Deblar” es un antiguo término usado para el puesto que un colaborador del Alto Consejo ocupaba en diferentes actividades a lo largo de la galaxia, y con un alto contenido político. La etimología de la palabra significa literalmente “el que decide”, y especifica un clásico mando de poder, que hace milenios gestionaba el puesto principal en un sector determinado de la galaxia.

Actualmente, “Deblar” es un puesto de alta responsabilidad que se dedica, entre otras tareas, al control y vigilancia de aquellos mundos de nivel I, es decir, los mundos de inteligencia más primitiva y básica, con el fin de controlar que no sean contaminados por conocimientos de mundos de nivel II o superior, ya que ello, según Las Doce Leyes, conlleva el aniquilamiento inmediato de dicho mundo, y su esterilización, así como de cualquier territorio externo que hayan conquistado. Muchas voces se han alzado durante milenios con respecto a esta antigua Ley…

Habían pasado varias semanas, y el verano estaba cerca. Era un viernes por la tarde de finales de primavera. Sandra llegó de hacer la compra, con una bolsa en cada mano. Abrió la puerta magnéticamente, después de asegurarse de que nadie la veía. Los padres de Jules no estaban en casa, ya que habían ido a un recado, y volverían en un par de horas.

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Dejó las bolsas en la cocina, y guardó los alimentos, mientras oía unos ruidos. Se acercó a la puerta de Jules, y tocó con los nudillos tres veces. Se oyeron más ruidos nerviosos y susurros, seguidos de un golpe seco, y un quejido. Luego, Jules preguntó:
—¿Sí?
—Jules, ¿puedes abrir?
—Ahora… ¡Ya voy! —Se escucharon más ruidos. Luego, al cabo de unos segundos, la puerta se abrió, y un agitado Jules se asomó por la puerta. Antes de que pudiera decir nada, Sandra le indicó si podía pasar. Jules la miró con cara de sorpresa, y Sandra entró en la habitación. Allá estaba, sentada en la cama, Michèle, ajustándose la blusa. Miró a Sandra con los ojos como platos, sin saber qué decir. Sandra les miró, y comentó:

—¿Qué tal, chicos? ¿Todo bien? —Jules respondió:
—Eh, sí… Todo bien… Estaba ayudando a Michèle con unos ejercicios de matemáticas.
—Ya veo —confirmó Sandra—. Me parece genial. Perdonad la intromisión, pero quería comentaros algo. Es solo una pequeña observación. —Jules y Michèle se miraron. Y aquel preguntó:
—Eh… ¿Sí?
—Que cuando “resolváis ejercicios matemáticos” intentéis hacer algo menos de ruido. No lo digo por mí, yo puedo filtrar sonidos que no me corresponde escuchar, ni son de mi incumbencia. Pero tus padres no disponen de esos filtros. Y si llegan a casa y descubren que estáis tan concentrados con las “matemáticas”, podría pasar, ya sabéis, que no estén muy de acuerdo con vuestras operaciones de cálculo o álgebra, que podrían dar resultados positivos. Es mejor no pasar un mal momento, si puede evitarse. ¿Entendéis lo que quiero decir? Y no penséis que soy una anticuada que está en contra del estudio de las matemáticas, en todas sus ramas. Pero ya sabéis que otros puede que no piensen lo mismo, y recibáis un sermón de vuestros padres. ¿Estáis de acuerdo? —Michèle suspiró profundamente, y respondió:
—Sí, creo que sí, Sandra. Gracias. —Sandra sonrió, y añadió:
—No me las des, Michèle, soy feliz si sois felices, y perdonad el discurso moralista. Estudiad todas las matemáticas que queráis. Me alegro mucho por vosotros. Sois una pareja maravillosa. Si estoy en casa cuando lleguen ellos, y estáis con las matemáticas, ya procuraré despistarlos el tiempo necesario con algún asunto trivial. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —respondieron los dos a la vez.
Sandra sonrió a los dos, y cerró la puerta.

Al cabo de unos minutos, el ruido había vuelto. Susurró:
—Divina juventud.

Luego, más tarde, salió a tirar la basura. Caminó con las bolsas, y se disponía a volver, cuando vio una sombra. Era una sombra de infortunio que ella hubiese preferido no ver.

Frente a ella, apareció un hombre de unos cincuenta y tantos años, piel blanca, una corbata absurda, un largo abrigo que no tenía nada que ver con la temperatura ambiente, y un anticuado sombrero de ala ancha. El hombre saludó al estilo clásico, haciendo una pequeña reverencia mientras se quitaba el sombrero, y sonreía. Sandra no pudo reprimir un grito.

—¡Deblar!
—Querida, cuánto tiempo. ¿Qué tal te va todo por aquí? —Sandra se acercó, sabiendo que estaba a punto de recibir alguna noticia desastrosa. La sola presencia de Deblar era el inicio de desgracias sin fin.
—¿Qué haces tú aquí?
—Oh, verás. Estaba de viaje por asuntos de negocios, cuando pasé por esta estrella, y me dije, voy a ver a mi querida Sandra, a ver cómo le va la vida. —Sandra lo tomó de un brazo, y lo llevó a una cierta distancia, fuera de la vista de otros que pudieran pasar. Se volvió a él, y preguntó:
—Cada vez que apareces, mi vida se complica hasta el infinito. Eres un heraldo del infortunio. ¿Qué quieres ahora?
—Yo no traigo el infortunio, Sandra, solo soy su mensajero, ya te lo dije hace doscientos años, en Amiens, cuando tuvimos aquel pequeño asunto con la nave de Titán.
—¿Pequeño asunto? ¿La muerte de mil millones de vidas inocentes, y la destrucción de varias decenas de mundos y civilizaciones, te parecen un pequeño asunto?
—Estoy siendo sarcástico, por supuesto. Una cualidad que es netamente humana.
—Pues deja tus prácticas humanísticas, Deblar. Nunca tuviste ningún acierto para practicarlas. Y por cierto, a ver cuándo conseguís generar imitaciones de cuerpos humanos que sean un poco más expresivas.
—No creamos cuerpos para expresarnos, solo para ocultarnos de la población. Por eso no nos preocupa su gestualidad.
—Casi es mejor así. ¿Quieres decirme qué quieres ahora?
—Te lo diré. Y debes saber que mis apariciones son siempre fruto de la torpeza humana, que  no cesa de entrometerse en lo que no le corresponde. Pero ahora, debo responsabilizarte a ti, personalmente, de mi presencia.
—¿A mí? Yo no he hecho nada, Deblar. Aparte de intentar sobrevivir, y de que sobreviva la Tierra. ¿Es ese el asunto? ¿O es que el Alto Consejo quiere ofrecerme otra oportunidad de dejar la Tierra, y formar parte de vuestro patético gobierno?
—El puesto es tuyo, si lo deseas. Eso no ha cambiado. Y así me lo ha transmitido el Primer Delegado. Pero no es eso.
—¿Entonces?
—Eres tú. Te dijimos, te dije, que tuvieras cuidado; que nada de que la Tierra se contamine con información sobre nuestra presencia. Sabes que las Doce Leyes estipulan claramente que una violación de esa norma acarrea la destrucción inmediata del planeta de nivel I que no respete esa ley básica. —Sandra se mantuvo en silencio. Deblar continuó:
—Has contado lo nuestro a ese humano. A ese tal Jules.
—¿Lo nuestro? ¿De dónde sacas…?
—Tú me entiendes. Lo que le has contado lo hemos obtenido de su archivo personal. Los comentarios que vierte en el mismo demuestran que sabe de nuestra existencia.
—¿Habéis investigado su archivo personal? ¿Cómo os atrevéis?
—Por favor, Sandra. Sabes que investigamos cualquier filtración que pueda haber, por pequeña que sea. Ahora ese humano sabe de nuestra existencia. Es cuestión de tiempo, si no lo sabe ya, que su hembra…
—Su novia.
—Que su complemento reproductivo…
—He dicho “novia”, o, si quieres, “pareja”, o “amiga íntima”. Llámala como quieras, pero con respeto. Es un ser humano. Trátala como tal.
—Sandra, los humanos son lo que son, simples organismos que se reproducen. Un poco más avanzados que los antiguos primates, que ellos mismos se encargaron de aniquilar, nada más. Tú, sin embargo, podrías dejar todo esto, y ocupar un puesto importante en el Alto Consejo.
—Vete al infierno. Ellos son seres humanos. Con sentimientos. Con alma. Y espero que no vuelvas a referirte a ellos de otra forma.
—Por supuesto, querida. Y, si has acabado, te diré que la hembra, quiero decir, su novia, sabrá, si no lo sabe ya, todo sobre nosotros. Todo lo que él sepa, que es todo lo que le hayas contado.
—Yo no le he contado nada. Ese chico escribe ciencia ficción. Será parte de una novela nueva que estará preparando.
—Sandra, por favor. Las novelas de ciencia ficción explican historias imaginadas por su autor. Este humano describe datos muy precisos sobre nosotros, sobre su antepasada, Yvette, y sobre el conflicto que vivimos hace doscientos años. Y el alto nivel de hormonas sexuales propias de su etapa reproductiva provocan que sea muy probable que haya contado todo a su… su pareja. Así que, sintiéndolo mucho, el Alto Consejo ha tomado una determinación. —Sandra miró fijamente a Deblar.
—¿Qué determinación? Aunque me imagino lo que me vas a decir.
—Exacto. La determinación es la total, absoluta, y completa esterilización de la Tierra, y de los planetas y satélites que puebla la especie humana, tal como dicta la Quinta Ley, según se describe en las Doce Leyes. Esas Doce Leyes que tú misma ayudaste a reactivar, cuando fueron derogadas por Nartam y Richard, y por aquel Alto Consejo corrupto que fue depuesto gracias a tu inestimable ayuda. El proceso se llevará a cabo en diez días. Se usarán armas de antineutrones. Todo el sistema solar quedará esterilizado.

Sandra se mantuvo en silencio unos instantes. Luego miró a Deblar, y afirmó:
—Ya estamos con la misma cantinela otra vez. Sois unos malditos monstruos. Cada vez que se produce un problema, solo habláis de destrucción total, de fuego y muerte. Hay veces en que pienso que tendría que haber seguido llevando a cabo el trabajo de Nartam y Richard, y barrer y destrozar vuestro maldito Alto Consejo, y acabar con vuestras malditas Doce Leyes.
—En absoluto, querida. Hiciste lo que debías hacer. Nos limitamos a cumplir las normas, que tú conoces muy bien.
—No me llames querida.
—Tú sabes que, en aquella ocasión, y al final, hiciste lo correcto, querida. Terminaste apoyando al Alto Consejo, y terminando con el conflicto. Y sabías que las Doce Leyes seguirían en vigor. Tuya es la responsabilidad. Y deberás asumirla.

Sandra se movió de un lado para otro. Luego miró a Deblar, y comentó:
—Está bien, dilo.
—Decir qué, querida.
—Cuál es tu precio.
—¿Precio? ¿De qué hablas? —Sandra se acercó rápidamente  a Deblar, lo sujetó de la corbata, y repitió:
—¡El precio! Si no hubiese alternativa a la esterilización, no estarías aquí. Has venido, porque tú, y tu maldito Alto Consejo, tenéis alguna maldita oferta que hacerme. Como ocurre siempre. ¡Habla! ¿Cuál es el precio esta vez?  —Deblar asintió levemente. Contestó:
—Siempre tan intuitiva. Hay una forma de evitar que la Tierra muera. Se trata de algo muy sencillo.
—Dilo ya de una vez.
—Que ese humano, y su hembr… su pareja, vengan conmigo. Quedarán para siempre apartados de la Tierra. Vivirán en una nave estelar, o en un mundo que ellos elijan. No les faltará de nada, por supuesto. Podrán vivir tranquilos, y felices, donde deseen. El Alto Consejo, en reconocimiento a tu labor, ha accedido a llevar a cabo esta acción, y con ello, no destruirá la Tierra.
—Si accedo a que os llevéis a los chicos.
—Exacto.
—Exacto —repitió Sandra asintiendo—. ¿Sabes qué te digo, Deblar?
—Supongo que cualquier barbaridad, querida.
—Que tú, y el Alto Consejo, os podéis largar de aquí inmediatamente, dejar a esos chicos en paz, y dejarme a mí y a la Tierra en paz durante los próximos diez mil años. ¿Te ha quedado claro? ¡Fuera de nuestro mundo! ¡Ya! —Deblar negó.
—Sandra, Sandra, por favor, estamos siendo extremadamente razonables…
—¡No me vengas con razonamientos, Deblar! ¡Demasiado bien conozco tus razonamientos, y los del Alto Consejo!
—Puedes elevar una protesta oficial al Alto Consejo, si lo deseas. Como antigua soldado que colaboraste en el conflicto que asoló la galaxia, y en nombre de tu meritoria actitud, tú…
—¿Meritoria actitud? Si fuese así, os largaríais ahora mismo de aquí, y dejaríais a esos dos jóvenes inocentes en paz. Os autonombráis paladines de la paz y la justicia, y vuestras leyes permiten el exterminio de inocentes por una simple contaminación de un mundo con información sin valor alguno sobre vuestra existencia.
—¿Por qué hablaste, Sandra? Sabías que podría ocurrir esto.
—Hablé porque es Jules, un descendiente de Yvette. Y se merece conocer la verdad. ¿Recuerdas el sacrificio que hizo Yvette por vosotros? ¿Recuerdas la terrible experiencia que le hicisteis pasar?
—Lo recuerdo perfectamente. Y no fue una experiencia terrible. Fue tratada con respeto.
—No lo creo así. Ahora su descendiente se merece saber la verdad. Deberías arrastrarte a sus pies, en honor a lo que hizo Yvette por vosotros. Pero no, lo arregláis todo con una aniquilación total, o con raptos de inocentes. Sois una organización brutal, sin ningún tipo de respeto por la vida, por el futuro de una especie que lucha por sobrevivir, perdidos en un universo que solo han empezado a comprender. La humanidad necesita ayuda, no un grupo de monstruos sin alma, que quiera destrozarlos a la primera oportunidad.
—Un emotivo discurso. Lloraría de emoción, si este cuerpo tuviese lacrimales. Ya en el pasado lo hablamos, con el mismo resultado. En fin, yo te he expuesto la situación. Tuya es la decisión. Los dos humanos, con protesta oficial incluida al Alto Consejo, o bien… Ya sabes. Adiós a la civilización humana.
—¿Crees que voy a arrancar a estos dos chicos de su mundo? ¿De sus familias? ¿De sus amigos y sus sueños?
—Nunca he comprendido ese apego inexplicable humano a su mundo, y al contacto con otros organismos de su especie.
—Si tuvieses algo de sensibilidad, incluso se te podría confundir con un ser vivo. Pero no eres más que un monstruo sin sentimientos, llevando la barbarie a todas partes.

Deblar se acercó a Sandra. Le dijo:
—¿Me hablas a mí de sentimientos? ¿De monstruosidades? ¿De barbarie? Te voy a decir yo lo que es este mundo, Sandra: la humanidad se desangra en una guerra brutal y cruel que dura ya ciento cincuenta años. Las muertes se cuentan por decenas de millones. La vida de miles de especies ha desaparecido ya, y otras tantas desaparecen cada semana. La destrucción es sistemática, de ciudades, pueblos, y hogares. Los refugiados se cuentan también por millones. La desesperación es total. Hambre, sed, violaciones, torturas, saqueos, asesinatos impunes, destrucción total, son constantes y diarios. ¿Y tú me hablas a mí de brutalidad? Nuestra acción, si es llevada a cabo, solo acelerará ligeramente los hechos consumados, Sandra. Y esos hechos consumados son que, desde cualquier punto de vista, este mundo ya ha muerto. Así que deja la defensa, la moral, y la ética de la humanidad de lado, porque no hay defensa posible, ni estamos hablando de una especie moral, ni ética. La humanidad es un manantial de destrucción y muerte que lo devora todo. Decide, pero hazlo ya. Ahora. Tengo que informar al Alto Consejo. Inmediatamente.

Sandra miró a las estrellas durante unos segundos. Luego se volvió a Deblar, y le dijo:

—Está bien. Tú ganas. Te llevarás a los chicos, Vivirán cómodamente. Pero solo lo harás si yo pierdo la protesta oficial frente al Alto Consejo, que presentaré inmediatamente. Mientras tanto, ellos seguirán aquí, con sus familias. Y eso no es negociable.
—No sufrirán ningún daño. Lo sabes. No tenemos nada en contra de ellos. Se les tratará con el máximo respeto, como no puede ser de otro modo. Si ganas la reclamación, y el Alto Consejo accede, volverán.
—Entonces el Alto Consejo escuchará mi reclamación. Y te aseguro que van a tener que escuchar mi protesta oficial. —Deblar asintió.
—Está bien. Estás en tu derecho. —Sandra le puso un dedo a Deblar en su cuerpo humano orgánico artificial, que usaba para enmascararse en la Tierra. Le preguntó:
—¿Y tú? —Deblar alzó las cejas en un absurdo gesto de sorpresa grotesco.
—¿Yo, qué?
—¿Qué sacas tú de todo esto, Deblar?
—No sé de qué me estás hablando. —Deblar hizo un gesto de dar la vuelta. Sandra lo sujetó, y lo volvió hacia ella con fuerza. Le reprendió:
—Siempre hay algo más, Deblar. Cada vez que nos encontramos, y ya llevamos trescientos años de sorpresa en sorpresa, apareces con algún oscuro asunto que compromete a la Tierra, y que, casualmente, tiene una solución que es clara y directamente beneficiosa para tus propósitos. ¿Me vas a decir qué es esta vez?
—Querida, estás delirando…
—Ah, ¿sí? No quieres decírmelo, qué sorpresa. Ya lo averiguaré, Deblar. Y, cuando sepa qué es, ten por seguro que te destrozaré. ¿Me oyes?
—Estás muy alterada, Sandra.
—Otra condición: si pierdo, os lleváis a los chicos hibernados.  No quiero que sufran por culpa de esta locura. No los despertaréis hasta que yo haya agotado todas las posibilidades con el Alto Consejo. Porque, incluso si pierdo la reclamación, quiero que mi protesta sea evaluada por los mundos de nivel IV y de nivel V, antes de que los chicos sean despertados y condenados a vivir toda su vida fuera de la Tierra. ¿Te ha quedado lo suficientemente claro? —Deblar asintió levemente.
—Está bien. Hasta que se dicte sentencia, y tu protesta sea revisada, estarán hibernados.
—Y ahora, vete. Tengo cosas que hacer. Les diré a los chicos y a sus padres cualquier cosa sobre mi ausencia por asuntos personales, para que no se preocupen, y partiré.
—Te mandaré una codificación para recogerte en unas coordenadas concretas. Mañana a las 04:00 hora local.
—Muy bien. Ahora, fuera. Desaparece de mi vista.

—Ah, un pequeño detalle, antes de irme. —Sandra le miró enfurecida. Deblar añadió:
—Tenías razón. Mi presencia aquí se explica porque ,de las dos posibilidades, esterilización, y llevarme a los humanos, elegirías la segunda.
—Naturalmente. ¿Y qué?
—Ya nos hemos llevado a los dos humanos. Mientras hablábamos.
—¿Qué? —Sandra salió corriendo hacia la casa. Entró, y vio que la puerta estaba abierta, y la habitación, vacía. Llamó a Jules y a Michèle, pero no respondieron. Salió de nuevo a la calle, donde permanecía Deblar a la espera. Sandra le tomó del abrigo, y le espetó:
—¡Maldito cerdo! ¿Qué has hecho con los chicos?
—Ya te lo he dicho. No pueden seguir en la Tierra. Están hibernados. Los tendremos en custodia mientras el Alto Consejo escucha tu reclamación, y dicta sentencia.
—¿Y sus padres? ¿Qué les voy a decir ahora?
—No es de mi incumbencia. Pero, sin duda, la verdad no es conveniente. Más humanos involucrados significaría que la opción de destrucción cobraría mucha más fuerza. Tendrás que inventarte una excusa.
—Eres un monstruo, Deblar.
—Te lo advertí hace doscientos años, en aquel cementerio de Amiens, ciudad que por cierto ha sido borrada del mapa por tu deliciosa y amable especie humana, provocando miles de muertos. Y te lo digo ahora: las Doce Leyes no admiten interpretaciones. Llevarnos a los dos humanos es la única oportunidad para salvar este mundo. Y es un favor especial  que tenemos contigo por tu servicio pasado al Alto Consejo. —Sandra ignoró el comentario, y advirtió:
—Tú tienes tu propia agenda. Lo sé desde los sucesos de Titán. Y quieres implicarme en el Alto Consejo, por algún motivo que solo tú conoces. Y no lo voy a permitir. No te importan los chicos. Ni la Tierra. Ni yo. Solo tus objetivos.
—Nos vemos en las coordenadas, a la hora prevista. No faltes. No esperaremos. Y, sin tu presencia, esos jóvenes vivirán para siempre fuera de la Tierra.
—¿Qué es de Nartam? —Deblar arqueó levemente sus cejas, sorprendido por la pregunta.
—¿Nartam? Sigue en su mundo. Aislada. No puede ejercer la política. Se le permite vivir llevando una vida sencilla.
—El Alto Consejo es muy magnánimo con la que se alió con Richard para ganar una guerra.
—Ella no era lo que temía el Alto Consejo, Sandra. Te temía a ti. Ni siquiera a Richard. Eras tú la que inspiraba miedo real.
—Perfecto. Ya me has puesto el plan en bandeja.
—¿Qué plan, querida?
—Adiós, Deblar. Nos vemos a las cuatro horas. Fuera de mi vista.

Deblar se fue caminando lentamente. Aquel ser odioso, la causa de la pérdida del que había considerado su padre espiritual trescientos años atrás, de nuevo la había metido en una encerrona, con un objetivo que era incapaz de ver. De momento.

Entró en la casa, y fue al cuarto de Jules. Era evidente que ambos estaban ya camino de alguna nave del Alto Consejo. ¿Qué podría hacer? Se le ocurrió improvisar una idea: dejaría una carta a sus padres, según la cual, ambos se habían ido con ella de viaje durante el fin de semana. Una excursión a algún lugar cercano y seguro, lejos de la guerra, que no pareciese que necesitase un permiso especial. Escribió otra carta al padre de Michèle. No estarían muy conformes, pero pensarían que era una pequeña locura de Sandra con los chicos, ahora que llegaba el buen tiempo. Confiaban en ella, por lo que esa maniobra le permitiría ganar algo de tiempo.

El fin de semana. Tenía el fin de semana para resolver un asunto que podría decidir la pérdida de ambos para siempre, o el fin de la Tierra. De nuevo, el destino le demostraba que, cuanto mejor le iban las cosas, más posibilidades tenían de torcerse de una forma macabra, terrible, y oscura…

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2 comentarios en “La sombra del pasado (I)”

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