Manual del buen Emperador

“Si quieres construir un Imperio, empieza construyendo una gran mentira dirigida al corazón de millones, que seguirán esa mentira ciegamente, dando incluso sus bienes, sus cuerpos, sus almas, y sus vidas por ella”.

…Bueno, básicamente, este podría ser el corolario para algunos, que quieren pasar a la historia como grandes poderes que dominaron el mundo. Aspirantes a emperadores que ignoran las lecciones de la historia y las lecciones de Maquiavelo y su libro “El príncipe“, y creen que son y tienen las ideas perfectas para sus imperios, menospreciando la experiencia del pasado. Craso error.

Recordemos la argumentación fundamental de toda política imperialista:

“Para que cualquier Imperio florezca y se mantenga fuerte, el control real y efectivo de las naciones que domina se dará cuando esas naciones crean ser libres sin serlo, y se sometan por su propia voluntad al Imperio, en condiciones que estimen ventajosas para ellos”.

“El arte del dominio sobre las naciones deberá minimizar la espada, y estimular una imagen de libertad y democracia, donde se consolide la idea de que el individuo es libre en pensamiento y obra. Ceder en algunas exigencias menores para dar una imagen de bondad tendrá gratas consecuencias para el imperio, consiguiendo el control de las masas”.

“El Emperador sabio abrirá la mano para dar una moneda, y recibir cien a cambio. Ese es el secreto: parecer generoso, para luego recibir esa generosidad multiplicada por cien”.

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Si no quiere acabar como Julio César siga estos pequeños consejos

De imperios y casi imperios.

Los imperios son una constante en la historia de la humanidad. Durante toda la historia de las civilizaciones, siempre ha habido tres tipos de pueblos:

  1. El pueblo dominador. El Imperio. Empleando este nombre como una generalización de todo pueblo que somete a otros pueblos mediante la combinación de fuerza, economía, cultura, e influencia. Imperio es aquel pueblo que claramente ha podido imponer su lengua, cultura, dioses, y costumbres, además de su sistema político y económico por supuesto, a otros pueblos.
  2. El aspirante a dominador. Parecido al anterior, pero a la sombra del imperio principal. En disputa constante, sin embargo mantiene relaciones en aquellos aspectos que son de interés de ambas partes. Pueden darse la mano un día, y clavarse puñales al siguiente, siempre con una sonrisa en el rostro. El aspirante a dominador puede pasar a ocupar el puesto de dominante, haciendo que el otro quede en segundo plano. O puede desaparecer sin llegar a ser un gran imperio.
  3. Los sometidos. Son el resto. Pueblos, culturas, lenguas, costumbres, religiones, que están ahí porque eliminarlas cuesta demasiado trabajo, o porque se permiten para hacer creer a los oprimidos que la libertad de pensamiento es algo más que un término del diccionario. Y, lo más importante: porque son obra de mano barata, o gratuita, para ser explotada por el imperio. Estos pueblos pueden ser en el futuro nuevos imperios, si las circunstancias lo permiten.

En tiempos pretéritos, estas situaciones se duplicaban según zonas de influencia. Podía haber varios imperios, por la sencilla razón geográfica de estar desconectados entre sí. Esto lo vimos en América, África, Europa y Asia, con sus respectivos imperios.

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Desarrollo del imperio Aqueménida (conocido también como persa), que los griegos llamaban “medos” (de ahí el término “guerras médicas”).

Hoy en día, en este mundo globalizado, existen sin duda dominadores a escala planetaria. El último en ocupar ese puesto ha sido Estados Unidos, gracias básicamente a que la historia concede oportunidades de vez en cuando. En el caso de Estados Unidos, fue la Segunda Guerra Mundial su gran oportunidad. Y la aprovecharon convenientemente.

Según ese mismo esquema, el aspirante a dominador en el siglo XX fue la URSS. La Unión Soviética tenía también una colección de países satélites que controlaba, sin duda. Pero no llegó a la influencia y poder de Estados Unidos, y, en todo caso, su poder se desmoronó con la caída del muro de Berlín, que ya se fraguaba con la “Glasnost” y la “Perestroika”, del mítico Mijail Gorbachov. Términos que, básicamente, supusieron un proceso de transformación de la URSS, que viajó desde aquel modelo centralista a una salida en fases de los países satélite, y a un esquema de gobierno más abierto, aunque no todo lo que muchos hubiesen querido.

Recordemos una cuestión importante en este sentido: muchos acusan a Rusia de no ser una verdadera democracia. Pero no olvidemos que muchos alaban a Estados Unidos por ser una democracia, pero sus métodos de control de su imperio a lo largo del siglo XX han sido cualquier cosa menos democráticos.

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Imperio romano, su duración se basó en su flexibilidad

La conclusión lógica es: los pueblos se gobiernan con democracia. Pero los imperios se gobiernan con una combinación de militarismo, economía, e influencia social y cultural. Y ese dominio no se vota; simplemente, se ejerce.

Los dos principios fundamentales para detectar el fin de un Imperio.

Primer Principio fundamental para detectar el fin de un imperio: sus países o pueblos satélites comienzan un proceso de separación del poder central, donde el nacionalismo local es dominante frente al nacionalismo central. Un ejemplo muy rápido y clarificador: las repúblicas bálticas de Estonia, Letonia, y Lituania, formaban parte de la URSS. Eran independientes antes de la Segunda Guerra Mundial. Fueron las primeras en comenzar movimientos de separación, que luego se extenderían, por mimetismo, al resto de satélites. La imposibilidad real, por las causas que fuesen, de la URSS de evitarlo demostraba el fin de su esfera de influencia.

Segundo principio fundamental para detectar el fin de un imperio: derivador del anterior, el primer pueblo que solicite separarse del mismo debe ser convenientemente aplastado, sea económica, social, o militarmente. Si no es así, y logra el triunfo, generará un efecto cascada en otros pueblos, y el control del imperio se irá diluyendo. De nuevo, el caso más reciente es la URSS, pero Roma sería un ejemplo muy bueno también. Un imperio lo es mientras tiene formato de imperio. Si sus satélites se alejan de su esfera de influencia, y no dependen económicamente del núcleo, el imperio deja de existir.

El siglo XX vio esto en el Imperio Británico, ejemplo ideal de imperio que pierde su poder en base a la toma de ese poder por los Estados Unidos. Hoy día el Brexit tiene su razón de ser en la creencia y el engaño al pueblo británico de que un nuevo imperio es posible, o incluso que el imperio aún existe. Esa idea del imperio puede mover masas de una forma realmente eficaz.

Pero quizás el ejemplo de imperio malogrado por falta de flexibilidad fue el imperio nazi de Hitler, el cual lo tenía todo para que, efectivamente, hubiese durado mil años. Un mensaje sencillo; la convicción de convencer en base a la idea de la raza superior; un impresionante despliegue propagandístico como nunca antes se había visto, y un discurso basado en tocar los elementos que motivan a los pueblos, fueron la clave de su éxito. Y lo más importante: dirigir el odio y la rabia de un pueblo perdido hacia un culpable. Canalizar el odio hacia los judíos, haciéndolos responsables de todos los males.

Entonces, ¿por qué fracasó Hitler? Por dos razones: ambición desmedida, y chocar con el único hombre incluso más peligroso que él mismo: Stalin. Ambos no podían ser imperios en Europa. Y al final, solo podía quedar uno. La ambición de Hitler se retrata perfectamente en Stalingrado, ciudad sin importancia que no necesitaba tomar.

Pero no lo olvidemos: la historia es cíclica. Hitler cayó. Pero el mensaje populista, y el uso de la manipulación para obtener el poder, son elementos eternos. Están ahí. Y volverán.

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La teatralización y la imagen fueron cuidadosamente diseñados para entusiasmar a un pueblo que venía de una época nefasta y negra, solo para pasar a una época incluso peor

Modelos económicos.

Y ahí está la clave: el control. La URSS es el ejemplo perfecto de cómo una economía basada en una política determinada se ahoga porque no puede hacer frente a otra economía más adaptativa, como es la liberal capitalista. Ambas conculcan derechos y libertades del trabajador; pero la segunda, la liberal, lo hace poniendo un caramelo en la boca al trabajador: “trabaja mucho, y puede que un día seas rico y millonario, con un Ferrari y un yate”. La economía de la URSS te daba lo que necesitabas el primer día, y lo tenías para toda la vida. ¿Qué reto puede suponer eso para un ser humano? Hacen falta alicientes. Sean reales o falsos. Motivaciones. Y eso es lo que la URSS no tenía. Dejando aparte las purgas estalinistas etc, esos pequeños detalles sin importancia.

En cuanto al liberalismo, es algo parecido a lo que promete la iglesia con el más allá y el cielo, solo que este segundo caso es más creíble que el anterior. No sabemos si hay un más allá lleno de ángeles tocando trompetas; sí sabemos que trabajar 12 horas de lunes a sábado toda la vida solo nos dejará, en el mejor de los casos, una pensión para sobrevivir con agua, pan y poco más. Y eso con suerte. Pero la esperanza del liberalismo es que creas que tienes suerte de poder vivir bajo ese sistema. Te dirán que el mercado se autorregula, cuando el mercado lo que hace es que se autodevora. Y te dirán que es mejor tener un poco a no tener nada, siendo siempre aquellos que lo tienen todo los que lo dicen. Adam Smith es el paradigma de esta filosofía. Afortunadamente otros como John Keynes suponen un contrapeso a esas ideas.

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Las ideas eran contrapuestas, pero la puesta en escena de Hitler y Stalin era la misma: la supremacía de un hombre llamado a construir un imperio en base a una filosofía extrema de poder y gloria

El control: cómo manejar el Imperio.

Quizás el referente por antonomasia a la hora de construir, y sobre todo mantener, un imperio fue el Imperio Romano. Aunque pasó por diversas etapas, y grandes convulsiones, sobrevivió gracias a dos parámetros básicos:

  1. Respeto a los pueblos conquistados.
  2. Uso inteligente de los recursos obtenidos.

Cuando hablo de “respeto” quiero decir que, en situaciones estándar, los romanos  no pretendían acabar con el pueblo conquistado. El territorio se convertía en una provincia, pero respetaban las costumbres, la cultura, y la lengua. E incluso los dioses, que, de hecho, eran muchas veces introducidos en la propia mitología romana. Lo mismo se hacía con las armas y otras invenciones que fuesen de utilidad. Por ejemplo, la famosa espada “gladius”, corta y con dos hojas, excelente para el combate cercano, estaba inspirada en armas ibéricas. La desaparición de las lenguas autóctonas y de las costumbres locales se debía a una romanización de los pueblos conquistados.

Evidentemente, los romanos no eran magnánimos. Y por supuesto llevaban a cabo las acciones militares oportunas y necesarias cuando lo estimaban  conveniente. Y es evidente que la palabra “respeto” hay que usarla con sumo cuidado. Cuando hablo de respeto, me estoy refiriendo a no quemar una ciudad, violar a sus mujeres, matar a abuelos y niños, y llevarse cualquier cosa de valor, dejando detrás solo un puñado de cenizas. Ese respeto pasaba por convertir a muchos de esos ciudadanos en esclavos, y llevarlos encadenados a distintas zonas del Imperio Romano, donde eran distribuidos entre la clase patricia, la dominante en Roma. Los restos se los quedaban los plebeyos, que también eran libres, pero con un poder mínimo y unos derechos también mínimos, que solo mejoraron a base de grandes luchas.

Es evidente que, en estas circunstancias, pasar de ser libre a esclavo en una casa, separado de la familia y del entorno, era terrible. Por eso cuando digo “respeto” me refiero al respeto a la vida. Fue durante las revueltas de Espartaco cuando surgió la llama de la revolución esclava. Fue sofocada, es cierto, pero el imperio nunca se rehizo de aquel golpe del todo. El ansia de libertad provocaba muchos problemas y requería de enormes guardias para controlar a una cantidad creciente de esclavos. Tan alta que en tiempos de Augusto igualaba la cantidad de patricios y plebeyos. Y había que mantenerlos a raya.

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Teatralización de una venta de esclavos en Roma. Hoy en día 3 de cada 4 seres humanos vive en condiciones precarias, y muchos en condiciones de semiesclavitud. La actual trata de mujeres es un ejemplo de esclavismo perfectamente implantado en pleno siglo XXI

Quizás un ejemplo clásico de imperio mandado al infierno antes de tiempo fue el español. España, con sus posesiones de ultramar y sus matanzas en América (que llevaron a cabo junto a otras naciones), podría haber creado un imperio impresionante. Pero la corte se dedicaba a la buena vida, y gastaba el oro en fiestas y buena vida. ¿De qué me sonará eso?

El caso USA.

Estados Unidos se convirtió en imperio casi sin quererlo. Fue gracias a la Segunda Guerra Mundial. Antes de 1941, el ejército estadounidense solo era el décimo más potente del mundo, y de hecho en muchos aspectos su tamaño era ridículo comparado con el país. Tecnológicamente estaba relativamente avanzado, pero los aviones japoneses y alemanes eran bastante superiores. En barcos tenía unidades potentes, pero pocas y dispersas. Por eso la concentración de barcos en Pearl Harbor fue aprovechada por los japoneses para destruir la flota en el Pacífico.

Tras la guerra, Estados Unidos había sustituido a Reino Unido como potencia mundial. Desde entonces el Reino Unido vive en un sueño de fantasía, donde siguen creyendo en un poder perdido hace décadas, algo parecido a lo que le pasaba a España tras perder sus posesiones de ultramar.

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Imperio fallido: Japón quiso convertirse en la potencia definitiva del Pacífico, pero jugó mal las cartas con Estados Unidos, especialmente con la provocación de Pearl Harbor

USA actualmente ha comprobado cómo un imperio no puede hacer lo que le venga en gana. Su patético presidente, Donald Trump, ha tenido que inyectar 16.000 millones de dólares para ayudas a los granjeros y agricultores, que se ahogan por las anticuadas políticas proteccionistas. China, el gran enemigo comercial, ha sido atacada a través de la prohibición de mantener relaciones comerciales con Huawei. Esto ha logrado algo absolutamente contrario: ha hecho comprender a China que deben depender de sí mismos para todo tipo de tecnología.

La consecuencia inmediata es que China se verá afectada, pero tienen un as en la manga: la deuda enorme comprada a Estados Unidos, con la que pueden jugar de forma explosiva. En el terreno de ingeniería, construirán sus propios chips, y sus propios sistemas operativos. Donald Trump es el mayor valedor de los nuevos y decisivos pasos que China está dando para su independencia tecnológica. Y esto lo van a pagar todas las empresas de Estados Unidos.

Otro ejemplo de que ser un imperio no te da derecho a hacer lo que quieras es el tema de la defensa, con la OTAN a la cabeza. Estados Unidos obliga a Europa a un mayor gasto militar, gasto que va por supuesto a Estados Unidos en su mayor parte. Además con las condiciones de Estados Unidos. Y Europa comienza a reaccionar, entendiendo, una vez más, que debe ser autosuficiente en materia de defensa. Lo cual lleva a incrementar la industria de defensa europea, para dejar de depender de la estadounidense. Ello conlleva, una vez más, problemas para las empresas estadounidenses, que dependen de esas exportaciones para su crecimiento.

El Airbus A330MRTT es un ejemplo de éxito europeo, a pesar de los esfuerzos de Estados Unidos. Se trata de la competencia del Boeing KC-46. ¿Qué tienen en común estos dos aviones? Ambos se usan para suministrar combustible a otros aviones en el aire mediante mangueras, algo absolutamente necesario hoy día en muchas fuerzas aéreas. Pero el Airbus es muy flexible, y se puede usar también en otros roles, incluyendo el transporte. Tanto es así que, excepto en Estados Unidos, el resto de países, dentro y fuera de Europa, están optando por el Airbus. Otro golpe para la industria estadounidense.

La política de hombre duro al estilo de las películas no funciona en los imperios. Pueden ser efectivas a corto plazo. Pero, a largo plazo, los imperios harán bien en tener a sus países satélites contentos y felices de tener ese imperio a su lado. El imperio ha de ser paternalista, y dar una patadita al país que se porta mal de vez en cuando, pero, en general, hará bien de felicitar y aplaudir los apoyos recibidos.

El caso chino.

China podría convertirse en un imperio, pero tiene un problema. Y su problema es la obsesión por el control de la población. Este control, donde el individuo se convierte en un simple número y un valor estadístico, y su férrea política de conducta a todos los niveles, moral, ético, social, y político, conlleva una represión brutal contra la población, que busca maneras de saltar ese control. Poner barreras a las ideas es importante, pero debe hacerse de forma cauta, explicando las versiones que son adecuadas al imperio en los medios oficiales, pero sin aplastar demasiado a los activistas en contra. Sí, se les puede perseguir un poco, pero a la larga es mejor comprarlos, y los que se resistan, ignorarlos o crear noticias falsas sobre sus comportamientos y actividades, para que de este modo su imagen se deteriore y se pierda. La simple y brutal represión de nuevo funciona a corto plazo, pero a medio y largo plazo es totalmente contraproducente.

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Los imperios invierten dinero en defensa, no tanto para iniciar guerras, que también, sino para advertir a los demás “si te opones, tengo todo esto preparado para ti”.

En resumen.

Un imperio empieza a dejar de serlo cuando se siente demasiado imperio, demasiado poderoso, demasiado capaz de controlarlo todo. Quien quiere controlarlo todo, terminará no controlando nada. Quien ambiciona superar todos los límites, terminará diseminado en pedazos más allá de esos límites. Solo un imperio consciente de sus límites, y de la necesidad de que sus estados vasallos sean fieles, podrá tener una oportunidad de seguir existiendo.

  1. Aprieta, pero no ahogues.
  2. Aplasta, pero no sacrifiques.
  3. Controla, pero deja un amago de libertad individual.
  4. Explota, pero promete una vida superior por ser explotado.
  5. Conquista. Pero haz que los conquistados no deseen cambiar su nuevo statu quo.
  6. Domina, pero no te jactes de ello, ni lo uses para imponer condiciones draconianas.
  7. Liquida a aquellos que se opongan a tu régimen, pero hazlo en las sombras y con falsedades para justificarlas.

Estos elementos se combinan entre sí, y gestionar un imperio es una tarea compleja y que se torna imposible cuando crece demasiado, como pasó en Roma. Los que fueron héroes hoy serán cenizas mañana, pero, mientras la humanidad siga existiendo, siempre uno dominará a otro. Está en los genes. Crear imperios. Y dominar a los pueblos. Las razones, bueno, podríamos hacer un estudio antropológico para explicarlo. Pero los hechos son claros. Y seguirán siendo ciertos mientras quede un solo ser humano en el mundo. Luego, dejaremos ese ansia a los que vengan. Ya veremos cómo lo viven ellos.


 

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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