Extracto de “Ángeles de Helheim”

Irina Musilova es una agente de la Policía Federal que opera al sur de Buenos Aires, gestionando crímenes que requieren trabajos de investigación avanzados, donde están implicadas bandas organizadas que operan en todo el país y el continente. Tras una nueva matanza, ha recibido la visita de un extraño hombre llamado Vasyl Pavlov, que le ha sugerido acudir por la noche a un conocido lugar de Valentín Alsina, una población al sur de Buenos Aires. Allí recibirá información crítica sobre los crímenes que se están dando en la zona. Obtendrá toda la información, a cambio de una extraña petición…

Llegada la noche, Irina se dirigió al bar a la hora indicada. Había estado alguna vez allí, hacía años. Era peligroso, sin duda, pero era un local público. Se suponía que estaría a salvo, y cualquier pista que le pudiera llevar a detener aquellos sanguinarios asesinatos tenía que ser considerada. Se sentó en un lado de la mesa, mientras le servían una bebida. A las 23:50 estaba a punto de irse, cuando una mujer se acercó a ella. Sonrió, y se sentó a su lado.

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Fragmento de “Ángeles de Helheim”

Rachel, la cuñada de Vasyl Pavlov, se encuentra trabajando junto a Irina en un punto perdido de Venezuela, descodificando una información relacionada con el asesinato de su hermana, que era a su vez la esposa de Pavlov. Este y su compañero de armas, Guillermo, acuden a un sórdido antro que Guillermo sabe puede ser de su interés. Vasyl no se encuentra muy entusiasmado con la idea, pero comprende que es mejor acompañar a Guillermo para olvidar todo lo que está viviendo, y para controlar a su impetuoso compañero.

—Ponme otra copa, por favor —rogó Guillermo. La camarera del peor tugurio de contactos que había podido encontrar en la zona sonrió diciendo:
—Otra copa para mi soldadito. ¡Qué guapo eres!
—No es nada comparado con la profundidad de tu mirada, preciosa. —Ella sonrió mientras servía la copa. A su lado, Pavlov se llevó las manos a la cara.
—¿Tienes que ser tan patético? —preguntó Pavlov.
—¿Qué te pasa Vasyl? Solo estoy siendo amable con esta bella señorita. —Ella, que había oído el comentario de Pavlov, le espetó:
—¿Y a ti qué te pasa? ¿Siempre estás tan amargado? —Pavlov no respondió, pero sí Guillermo.
—No le hagas caso. No has visto nada en realidad. Hoy le pillas de buen humor. —Ella torció el gesto, y tras unos instantes, volviendo la vista a Guillermo, le dijo sonriente:
—Bueno, lo que le pase a ese tonto no es nuestro problema. Tu amigo se puede perder donde quiera. Pero tú y yo podríamos hablar de tus grandes batallitas luego, y, si quieres, montamos una pequeña guerra nuclear en mi casa… —Guillermo rió, y contestó:
—No sé si podré; esta bestia que está a mi lado no quiere que vaya correteando por ahí.
—¿Quién es, tu ángel de la guarda? —preguntó ella con sorna.
—Es un ángel, pero no lleva alas del cielo, te lo aseguro. —La camarera miró a Pavlov con desprecio, y se alejó sonriente hacia otro cliente.
—No sé cómo aguantas esto —le comentó Pavlov.
—¿Por qué? Es muy simpática. Y muy guapa.
—Con eso que le has dado de propina, hasta yo podría llegar a ser simpático.
—Lo dudo. Pero alegra esa cara hombre. Llega la caballería.
—¿De qué hablas ahora? —Guillermo señaló con el dedo. Pavlov vio que por la puerta entraba Irina. Varios hombres se giraron para verla. No era nada habitual que una mujer entrase allá. Aunque tampoco era demasiado infrecuente. La mayoría de veces, sin embargo, se trataba de mujeres que iban a buscar a sus maridos descarriados, para tratar de llevarlos al redil, o para pegarles un tiro con un arma. En este caso, la situación era distinta.
—Vaya, aquí estáis, como bien supuso Rachel —comentó sentándose en la barra al lado de Pavlov. La camarera se acercó con cara de pocos amigos, y le dijo:
—¿Qué quiere, señora?
—Señorita, si no te importa. Ponme una cerveza. —La camarera sacó una cerveza, y la colocó de un golpe en la barra.
—¿Quiere vaso, o le dejo la botella? ¿O se la tiro por la cabeza, “señorita”?
—Deja la botella, y piérdete —le respondió Irina mientras tomaba un trago. La camarera se fue echando humo. Guillermo se dirigió a ella:
—Oye Irina, no me estropees el plan para esta noche. La tengo a punto.
—¿Ese es tu plan? ¿Y por cuánto te sale? Qué triste.
—¿Y qué quieres? En medio de este país perdido, sin conocer a nadie, solo y abandonado, y con la única compañía de Pavlov. ¿No te parece que es para desesperarse?
—Seguramente. Y mucho. Pero ahora no hay tiempo de eso. Tenemos que hablar, Pavlov. Hay novedades. Novedades importantes.

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