Extracto de “Ángeles de Helheim”

Irina Musilova es una agente de la Policía Federal que opera al sur de Buenos Aires, gestionando crímenes que requieren trabajos de investigación avanzados, donde están implicadas bandas organizadas que operan en todo el país y el continente. Tras una nueva matanza, ha recibido la visita de un extraño hombre llamado Vasyl Pavlov, que le ha sugerido acudir por la noche a un conocido lugar de Valentín Alsina, una población al sur de Buenos Aires. Allí recibirá información crítica sobre los crímenes que se están dando en la zona. Obtendrá toda la información, a cambio de una extraña petición…

Llegada la noche, Irina se dirigió al bar a la hora indicada. Había estado alguna vez allí, hacía años. Era peligroso, sin duda, pero era un local público. Se suponía que estaría a salvo, y cualquier pista que le pudiera llevar a detener aquellos sanguinarios asesinatos tenía que ser considerada. Se sentó en un lado de la mesa, mientras le servían una bebida. A las 23:50 estaba a punto de irse, cuando una mujer se acercó a ella. Sonrió, y se sentó a su lado.

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—Hola, Irina.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Rachel. Vengo en representación de Pavlov. —Irina no se dio por convencida.
—¿Seguro? ¿Y por qué no ha venido él?
—Porque tiene mucho que aprender, todavía. Para estos temas, digamos, de gestión, soy más adecuada. Pero no quería hacerme ver en el escenario del crimen. Ese es el sitio de Pavlov, no el mío. Soy yo quien introdujo los datos en tu computadora personal con la dirección y hora de la cita.
—¿Y cómo pudo?… —Rachel la interrumpió.
—No hay tiempo, Irina. Estoy aquí para ayudar a tu gobierno a localizar a esos asesinos. Pero la red principal del cártel es la que ordena esas muertes, no las ejecuta. Y esas órdenes las recibe a su vez de un órgano superior.
—¿Qué quiere decir?
—Existe una unidad especial que está formada por miembros cedidos de los principales cárteles y mafias de todo el planeta. Esa unidad especial está compuesta a su vez de diversas unidades, completamente independientes unas de otras. Algunas de esas unidades realizan tareas de castigo y represión cuando se les ordena hacerlo. Y se les ordena cuando se quiere controlar, o vengar, o anular, a un individuo, o a un grupo de individuos.
—Es decir, realizan el trabajo sucio —aclaró Irina.
—Algunas de esas unidades se han especializado en el noble arte del terror puro. El terror como arma física y psicológica. Realizan tareas que ni siquiera cárteles y mafias se atreven a llevar a cabo. Además, como son unidades independientes, no se puede establecer una conexión directa entre los cárteles y esas unidades. Usan el terror sobre todo para amedrentar a otros, y obligarlos a ceder en cualquiera de sus pretensiones. A esos grupos de terror los denominan genéricamente como las Escuadras de Helheim.
—Las Escuadras de Helheim… —susurró Irina—. No he oído nunca ese término.
—Forma parte de su código interno. El nombre es relativamente reciente. Pero cualquier día ese nombre saldrá a la luz definitivamente. El terror que imponen, sin embargo, llevan practicándolo dos años.
—¿Y qué tenéis que ver tú y Pavlov en todo esto? ¿Qué os mueve? No sois de la G.S.A., ¿es así?
—Así es. Siento que te tuviésemos que engañar. Pero ese escudo negro con el águila impone miedo. Nadie hace preguntas cuando aparece la G.S.A. Y necesitábamos contactar contigo.
—¿Por qué? ¿Qué necesitáis de mí? Parecéis muy bien preparados. Y yo solo soy una policía federal desbordada por los acontecimientos y sin medios. ¿Cuántos sois?
—Esas preguntas carecen de respuesta. Te necesitamos para dar una imagen legal a la acción que vamos a tener que poner en marcha en tu país. Nosotros estamos arropados por un expediente de total libertad confidencial de nuestro gobierno. Tenemos carta blanca. A Pavlov le encanta eso. Nuestra misión es destruir a una de esas unidades, esas Escuadras de Helheim. No a todos los individuos, eso sería imposible. Pero sí a sus comandantes, y su infraestructura, tanto material, como económica, y sus redes. Y, lo más importante, a los responsables de una acción concreta.
—Eso suena más a venganza que a un método policial.
—Déjame terminar. Tu misión será la de darnos apoyo, y llevarte la gloria y la fama. Es importante que parezca que es la Policía Federal de tu país la que está implicada en esta operación, y la que termina con las Escuadras de Helheim en Argentina.
—En Argentina… ¿Quieres decir que vais a operar en otros países?
—Naturalmente. Allá donde sea necesario. De momento, quiero que detengas a este hombre que te acabo de transmitir a tu agenda. Se llama Pedro Lindes. —Irina enarcó las cejas sorprendida.
—Lindes, vaya… Veo que apuntáis alto.
—Verás. No apuntamos alto. Apuntamos a donde nos llevan los datos. No importa quién sea, ni el puesto que ocupe.
—Pero… Lindes es un destacado miembro del gobierno… Incluso si tenéis pruebas contra él, tiene inmunidad parlamentaria, y… —Rachel prosiguió sin atender lo que decía Irina.
—No importa su inmunidad. No vamos a andarnos con sutilezas, ni mucho menos con aspectos legales. Irás a buscarlo. Le detendrás, y le leerás sus derechos, todo con un aire muy legal, por supuesto, y luego te lo llevarás de su casa con una escolta. Indicarás a tus superiores y a quien corresponda que ha de ser interrogado como sospechoso de una investigación en curso.
—Eso no puedo hacerlo, Rachel. Necesito aportar pruebas. Si pido una orden de detención…
—Saldrás de aquí, y hablarás con el juez Marcos. Él ha recibido ya un informe preliminar sobre Lindes.
—¿Marcos? ¿Por qué precisamente él?
—Porque es el único que hemos encontrado que no está implicado en algún asunto de venta de armas, trata de blancas, tráfico de drogas, o corrupción.
—Fantástico.
—Ahora mismo me acaba de confirmar que está preparando la orden de detención. Él cree que eres tú quien la ha pedido. Pero naturalmente he sido yo.
—De todas formas, Lindes puede acusarme de romper su inmunidad parlamentaria. Se requiere una orden especial del Alto Tribunal para proceder.
—Sí, pero de eso hablaremos ahora, no te preocupes.
—Lo tenéis todo muy claro por lo que veo —aseguró Irina.
—¿Claro? En absoluto. Pero sí tenemos un objetivo. Ya te lo he dicho: no tenemos tiempo para sutilezas. Invéntate algo. Di que es un asunto de seguridad nacional.
—Si hago eso, no solo perdería mi puesto; iría a la cárcel.
—No irás a la cárcel. Es más; cuanto esto acabe, serás algo así como una heroína. —Irina empezó a impacientarse.
—Mira, Rachel, o como te llames: yo no quiero ser una heroína de mi pueblo. Solo quiero acabar con esa banda de asesinos que despedazan gente casi como en un ritual. Es mi trabajo, y no quiero otra recompensa que no sea ayudar a esa gente que está en peligro. Quiero evitar más muertes. No quiero que me construyan una estatua.
—Lo que tú quieras no importa. Harás lo que te digo, y de todas formas, terminarás con esas Escuadras de Helheim. Es lo que quieres tú. También es lo que queremos nosotros.
—¿Y si me niego?
—Las Escuadras de Helheim tienen al menos planeadas tres matanzas más en Buenos Aires para las próximas semanas. Si te niegas, podrás ir a recoger los pedazos de las víctimas, y seguir preguntándote cómo y por qué actúan de esa manera. Si nos ayudas, puede que cometas alguna ilegalidad, pero de todas formas, luego podrás demostrar que, en todo caso, esa detención no fue ilegal, porque no detuviste a Lindes. —Irina arqueó las cejas sorprendida, y preguntó:
—¿Cómo es posible?

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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