Manipulación genética y libre albedrío

¿Ha engañado usted a su pareja alguna vez? ¿Tiene adicción al alcohol o los juegos de azar? Si la respuesta es positiva, no se preocupe; no está todo perdido. Puede usted responsabilizar de ello a la dopamina, y concretamente, a un receptor de la dopamina, el D4 (DRD4).

Al parecer, las personas que disponen de una variante concreta del gen DRD4 son más dados a ser infieles a su pareja, también a sufrir adicción a juegos y al alcohol. Esto nos plantea dos preguntas: ¿es cierto que existe el libre albedrío? En este caso puede parecer que no. Si somos infieles, no es porque queramos, es porque no podemos evitarlo. Si somos adictos al juego, es porque así lo marca nuestro código genético. Y si eso es así, ¿se nos puede hacer responsable de nuestros actos?

adn-humano

Vamos a verlo de otro modo: cada mañana, cuando nos levantamos, tomamos una serie de acciones e iniciativas, de decisiones que elegimos libremente. ¿De verdad? ¿Somos tan libres como parece? Lo cierto es que no es así. Los seres vivos regulan su comportamiento en base a dos aspectos básicos: supervivencia y reproducción. A partir de ellos, se conforman todos los demás. Nosotros, como seres vivos, no diferimos de ese criterio.

Nuestros genes no están preocupados por nuestras ideas religiosas, ni por nuestras premisas éticas ni morales. A nuestros genes no les preocupa nuestra idea del bien y del mal, de ser mejores o peores con familiares o amigos, o de ayudar a alguien que se encuentra en una necesidad. Lo que hacemos está basado en reglas de comportamiento escritas desde hace millones de años, y que tienen esas dos finalidades: sobrevivir, y procrear.

Naturalmente, esto puede escandalizar a mucha gente. Gente que cree que están tomando decisiones basadas en sus creencias. Pero quienes escribieron los libros de conducta de la humanidad, sean libros sagrados o sean libros de autoayuda, están también sometidos a las reglas de la genética. Y esas reglas imponen normas muy claras: no importa nada; solo importa sobrevivir.

¿Es entonces inútil dotarse de medios legales, morales, y éticos para la convivencia? ¿Tenemos que aceptar que nuestros genes dictan nuestro comportamiento, sin poder hacer nada a cambio? Esto es lo que suelen proponer filosofías extremas que consagran la supremacía del individuo por encima de las sociedades. Sin embargo, es misión de esas sociedades las de preparar a los individuos para que, independientemente de su carga genética, sean ciudadanos acordes con las normas éticas y morales establecidas.

El problema es que esas normas éticas y morales difieren de unos pueblos a otros, a veces de forma muy evidente. ¿Qué forma aceptar? Naturalmente, cada pueblo tiene que claro que su forma de vida y de convivencia es la mejor. De nuevo, una imposición de un modelo de pensamiento sobre otro, también basado en el insisto básico de la supervivencia. Lo cual nos lleva de nuevo a los genes, cerrando un círculo del que parece que no hay salida. Al menos de forma aparente.

La conclusión parece clara: por mucho que lo intentemos, somos seres vivos con un programa escrito en nuestros genes. Claro que entonces es fácil justificar cualquier acto que hagamos, culpando de ello a nuestra carga genética. La educación, la formación, y la comprensión de que en una sociedad se vive en armonía deberían ser suficientes para detener a un individuo del hecho de justificar actos por su naturaleza genética.

Claro que hay otra solución: modificar los genes problemáticos. ¿Por qué no? Si un cierto tipo de gen provoca un cierto comportamiento, ¿por qué no anularlo, o modificarlo? Aquí entramos en un juego tremendamente elaborado, sofisticado, y peligroso: el ser humano a la carta. Vamos a crear una nueva raza de seres humanos sin problemas genéticos. Vamos a crear nuevos seres humanos sin vicios, sin fallos, sin adicciones, que no puedan mentir, que sean mejores física y psíquicamente. ¿A qué nos lleva eso? Está claro: a la raza superior. Y eso nos retrotrae a una serie de experiencias vividas en el pasado que ya sabemos cómo acabaron.

¿Existe quizás un nivel intermedio? ¿Podemos manipular los genes para ser mejores, pero no para convertirnos en seres superiores, en una nueva raza? ¿Y si cerramos el círculo y hacemos que toda la humanidad sea una nueva raza? ¿Y si eliminamos el cien por cien de las enfermedades, provocamos que el ser humano pueda vivir ciento cincuenta años, y sea incapaz de mentir, de robar, de ser infiel? ¿Estamos construyendo nuevos seres humanos? ¿O estamos dejando de serlo a favor de una nueva especie? Y algo muy importante: ¿qué efectos tendrían esos cambios en la humanidad a medio y largo plazo?

Son preguntas con respuestas muy complejas en muchos casos. Quizás podamos en el futuro crear un mundo mejor. Pero eso tendría efectos, es evidente. ¿Sería yo el mismo? ¿Y la capacidad creativa? ¿Y la capacidad de soñar con nuevas posibilidades? Si creamos al ser perfecto, ¿qué haremos con las imperfecciones humanas, verdadero motor del dolor y la frustración, que son las que provocan la capacidad creativa de artistas y pensadores? ¿Viviremos en un mundo feliz al estilo de Huxley, donde el arte, la inventiva, los sueños, son historia?

Si eso es así, viviríamos en un mundo sin dolor. Pero sin creatividad. Sin expectativas. Sin futuro. Viviríamos en un constante presente. Como seres dopados y convertidos en meros organismos con capacidades básicas. No parece un mundo muy interesante. Y eso me lleva a una conclusión: prefiero arriesgarme a ser infiel, a ser ludópata, a cometer errores, si ello me permite seguir siendo como soy. Porque, al fin y al cabo, nuestras imperfecciones son también parte de nosotros. Son las que modelan nuestra personalidad, nuestra forma de ser y de entender la vida. Y eso forma parte de la naturaleza humana. Si lo eliminamos, habremos eliminado el dolor. Pero también habremos acabado con la especie humana.

Nadie debe negar que los tratamientos genéticos para obtener curas de enfermedades genéticas son buenos, son importantes, y son necesarios. Eliminar enfermedades genéticas es una necesidad que considero fundamental. Pero deberíamos tener presente lo fácil que es pasar de curar una enfermedad a curar un comportamiento causado por una forma genética que predispone a ciertos modelos de conducta. La infidelidad puede no ser algo para aplaudir, pero no es un delito en nuestra sociedad, actualmente claro, en el pasado sí lo fue, y en otras sociedades sigue siéndolo. Entonces, ¿la eliminamos? Provoca dolor en la pareja engañada, luego parece evidente que debería eliminarse. Pero esa infidelidad forma parte del sesgo humano. La respuesta no es tan sencilla. Y las consecuencias de una decisión así son completamente desconocidas a medio y largo plazo. Por cada cambio que provoquemos en un ser humano, estamos cambiando a ese ser humano, física y psíquicamente. Estamos haciendo que deje de ser quien es, para empezar a ser otro. Si eso es coherente, cómo, y cuándo, según el cambio, es algo que deberá dirimirse en un futuro ya bastante cercano.

La genómica es el arma para combatir las enfermedades del siglo XXI. Pero también puede ser un arma por sí misma. Es hora de elegir. Si es que realmente disponemos de esa capacidad, claro. En los genes está la respuesta.


Sobre el tema de la genética y los genes, quizás al lector le interese un libro controvertido y extremadamente interesante del biólogo Richard Dawkins: “El gen egoísta“.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s