Genética: la solución a la maldad humana

Imagínese que le proponen una idea: vamos a conseguir que nadie en la Tierra mate, viole, robe, o haga daño. Que todo el mundo sea bondadoso, generoso, gentil, y amante de la naturaleza y de la vida. Que el ser humano sea ese ser armonioso y perfecto que todos deseamos para nuestra especie.

El precio: modificar el genoma de la humanidad para, de este modo, eliminar esos rasgos de la naturaleza humana. Los rasgos adquiridos, los sociales, serían imposibles de aplicar, porque la propia naturaleza humana modificada genéticamente se autoimpondría un código moral y ético que evitaría caer en aspectos negativos del comportamiento. ¿Qué haría?

Piénselo bien; de entrada, tenemos que pensar que lo que es “bueno” o “malo” tiene a veces fronteras muy difusas. Lo que es bueno para una civilización es terrible para otra. Pero vamos por lo menos a eliminar el deseo de matar, y también el odio, la arrogancia, la jactancia, y la ira. Este nuevo ser humano será un ser casi ideal, casi perfecto. ¿Qué nos queda?

 

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Un psicópata o un sociópata escritor no daña a la sociedad; la beneficia con obras duras, escabrosas, pero llenas del realismo de la vida

La genómica es la ciencia que estudia los genes y su actuación y desarrollo en el ser humano, incluyendo los elementos que caracterizan los aspectos básicos de la conducta humana, y de otras especies, fruto de la evolución de millones de años. Si modificamos a la especie para eliminar estos elementos, la especie humana, como tal, desaparecerá. Aparecerá una nueva especie, derivada de la humana, pero netamente distinta. ¿Hemos conseguido un avance?

Lamentablemente, la respuesta es negativa. Si ese ser humano ideal es perfecto, si no padece, si no sufre, si no siente deseos de matar, que normalmente va a reprimir, ese ser humano sin duda va a ser un modelo de buena conducta. O, al menos, lo que entendemos por buena conducta. Pero va a ser un ser vacío, estéril de emociones, de ideas, de sueños.

¿Quiero decir con ello que el deseo de matar es bueno? No, ni mucho menos. Quiero decir que es la suma de las partes que conforman al ser humano, sus aspectos positivos, y sus aspectos negativos, lo que producen las sociedades y el desarrollo que conocemos. ¿Es compatible un ser perfecto, perfectamente integrado, totalmente noble, sin ningún deseo oculto, con el desarrollo de ideas nuevas, de nuevos caminos, de explorar el futuro?

No es tan sencillo. Muchas de las mayores obras literarias son fruto de personas desequilibradas, frustradas, emocionalmente inestables. Muchas pinturas, muchos textos literarios, muchas obras musicales, nacen de la pasión, de la lujuria, de la rabia, del odio, de los celos. Ocurre que todos sentimos en alguna ocasión rabia, celos, odio, ira, incluso sentimientos como el deseo de matar a alguien. Pero los reprimimos casi siempre, y mucha gente lo que hace es redirigir esos sentimientos al arte. Así pues, crean seres de pesadilla, historias terribles, situaciones dantescas. Como el famoso cuadro de Velázquez de Saturno devorando a sus hijos. Cuánta maldad, qué monstruosidad de ser que devora a sus hijos porque una profecía profetiza que el que sea adulto le arrebatará el trono.

Entonces, ¿no hay solución? ¿Tenemos que renunciar a la genómica, y dejar que el ser humano siga siendo humano, y se dedique a destrozar a otros pueblos, a llevar a cabo guerras y matanzas, a matar, a robar, a violar, a torturar?

genoma
Podemos crear mejores seres humanos; pero perderán parte de su actual humanidad; debemos sopesar los riesgos y beneficios que ello conlleva

No necesariamente. Podemos buscar un término medio. Ese término se llama educación. Podemos, y debemos, educar a las nuevas generaciones, no para que eliminen esos sentimientos o los ignoren, como se hace ahora. La educación actual pretende crear niños que desconozcan la maldad humana. A los jóvenes se les enseña que se puede ser un ángel, pero se les oculta que el ser humano puede ser un demonio también. Sin embargo, una educación completa es aquella que enseña a los niños, por supuesto de acuerdo con la edad, la maldad humana.

Conforme crecen, los niños deben ir aprendiendo a conocer la bondad humana, pero también la maldad. Y deben aprender a gestionar esa maldad, a tratarla, a redirigirla. El arte es un buen camino, pero no el único. Ya he comentado alguna vez cómo las artes marciales me enseñaron a controlar mi ira, mi rabia, mi tensión, y a redirigirla y gestionarla correctamente.

Las artes marciales son un camino para el autoconocimiento, para el autocontrol, pero existen otros caminos, muchos. El deporte en general, si se gestiona correctamente y no se convierte en una pura competición, es un camino maravilloso para conocerse a uno mismo. La música es otro camino. Uno puede volcar sus odios, sus pasiones, su ira, sobre las partituras de una obra musical. Lo hemos visto en los grandes genios de la música, pero no hace falta ser Mozart, simplemente, desear hacerlo.

Una cosa sí tiene la genómica en este aspecto: en poco tiempo podrá reconocer patrones que generarán psicópatas conductuales, y otro tipo de desviaciones, y corregirlas. El mundo se libraría de los psicópatas. No olvidemos, sin embargo, que solo un 1% de los psicópatas son esos tipos con el hacha que el cine nos ha enseñado. El otro 99% son gente aparentemente normal, pero manipuladora y muy inteligentes. No van con hachas asesinando a jóvenes muchachas solas en casa, como en el cine. Pero sí son capaces de amargar la vida de muchas personas a su favor.

Pero incluso así, no debemos olvidar algo: algunos de esos psicópatas también han creado obras científicas y artísticas de un poder universal. ¿Vamos a renunciar a eso? Es una pregunta difícil. Si modificamos al ser humano, y le negamos sus miedos, sus temores, su ira, tendremos estupendos ciudadanos. Pero no tendremos los grandes artistas, ni los grandes intelectuales, ni los grandes genios científicos que tantos logros han traído a la humanidad.

En conclusión, es cada vez más fácil cortar el genoma del ser humano, desmontarlo, volverlo a montar, y crear una especie de seres todos iguales, todos buenos, todos sonrientes, todos amantes de la paz y la concordia. Y eso es maravilloso. Pero ¿es eso lo conveniente? ¿Podemos encontrar un camino intermedio? Ya lo he dicho antes, y lo repito: educación.

En todo caso, que nadie lo dude. Homo lupus homini est. Es decir, el hombre es un lobo para el hombre. Por mucho que intentemos educar, debemos recordar algo: una parte de la sociedad nacerá con instintos violentos. Pero algunos de ellos, usarán esa violencia para la creatividad, para el arte, para la ciencia, y sufrirán mucho, pero sufrirán ellos especialmente. También su entorno inmediato, de eso no cabe duda.

Otros no, otros usarán esa violencia, esa ira, ese dolor, para hacer daño. ¿Cómo diferenciar a unos de otros? No podemos. ¿Los eliminamos a todos entonces?

Hace poco vi en la calle, cerca de casa, a un niño de algo más de un año dar unas bofetadas brutales a otro. Ese niño no viene de una familia desestructurada en absoluto. Son gente normal, con una buena educación, que cuida y enseña a sus hijos valores de amor. Pero el niño daba las bofetadas al otro igualmente. ¿Por qué? Porque algunos nacen con ese carácter. Hay que redirigir ese comportamiento claro. Pero, lamentablemente, no siempre es posible.

Muchas veces se puede enseñar a ese niño que eso está mal, y lo aprenderá. En algunas ocasiones, no lo aceptará. Y usará la violencia para dos cosas: o bien para dirigir su frustración en el arte, en la pintura, en la ciencia creativa, o para el daño duro y directo. Tarea de los educadores es tratar de evitar que sea lo segundo. Pero insisto: no siempre es posible.

Tenemos dos opciones: crear una especie nueva que pierda la fuerza que motiva el progreso de la humanidad, o bien continuar con el ser humano, aceptar las consecuencias, y tratar de crear al mejor ser humano que puede existir, dada su condición y sus instintos. En ambos casos ganamos cosas, y perdemos cosas. Pero ¿no es esa la base de la vida? Cada decisión que tomamos divide las posibilidades entre dos. Este caso, sin duda, no iba a ser distinto.

Yo, por mi parte, puedo decir que han sido los conflictos, los problemas sociales, y las frustraciones, las que me animaron a volcar mis experiencias en los libros que he escrito, y ellos han sido la mejor terapia que podía darme a mí mismo, aparte, como he comentado, de las artes marciales, que fueron mi salvación de joven. Y no soy un caso especial, ni mucho menos. La mayoría de seres humanos sufren, sufrimos, trastornos de conducta en algún momento, dolor, sufrimiento, ira, rabia, y necesitamos redirigir todo ese manantial de fuerza negativa hacia algún lado. Es importante que la sociedad enseñe que esos sentimientos existen, están ahí, no se oculten, y se aprenda a gestionarlos y a tratarlos. O tendremos generaciones de seres que han crecido viviendo en un mundo de fantasía, que se topa de bruces con la realidad, creando un problema mucho mayor. Generaciones de niños que crecen con los ojos cerrados a la naturaleza humana. ¿De verdad creen algunos que eso es lo correcto? Eso solo producirá más problemas. Lo vemos todos los días.

No enseñemos a ocultar el odio, la ira, la rabia. Enseñemos que existen, y enseñemos cómo tratar esos sentimientos. Y tendremos seres humanos más completos, más capaces, más aptos. Esa es mi receta. No soy médico. Ni psicólogo. Pero sí un caso más. Y es mi diagnóstico. A mí me ha funcionado. Y creo que puede funcionar en otros.

 

 

 

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