Fragmento de “La ira de Freyja”

Con el inicio de la traducción al inglés de “La leyenda de Darwan II: la ira de Freyja” y la próxima apertura de la web en inglés, he pensado colocar algún fragmento de esta obra en el blog (en español), para que el lector pueda hacerse una composición de lugar de su contenido.

La trilogía de La leyenda de Darwan se enmarca en el mismo universo que aquel que narra las historias de Sandra, pero en un futuro muy lejano, cuando la Tierra y la humanidad son solo una leyenda, y ambas historias conforman dos líneas temporales que deberán unirse en una segunda trilogía, todavía sin nombre. Si los dioses, el trabajo, y el destino me lo permiten, claro. El destino es aquel hilo que controlan los dioses, que juegan a llevarnos por los caminos de los que nunca sospechamos su existencia.

La leyenda de Darwan narra la segunda guerra contra los LauKlars, mientras que “Yggdrasil” narrará la primera. Freyja es el sobrenombre que han dado a Helen Parker, una mujer que nunca tuvo experiencia alguna en el ámbito militar, pero que ha sido elegida por unanimidad para dirigir el esfuerzo de guerra, por razones que se explicarán en Yggdrasil.

En esta escena, Helen se encuentra reunida con su Estado Mayor, con el que debe organizar una ofensiva, tras una serie de reveses que han sufrido. Y las ideas no acaban de cristalizar por parte del almirante Darrell, al mando de la flota…

Freyja observaba callada la discusión. Iba a dar su acostumbrado golpe en la mesa, cuando escuchó una voz masculina que sobresalía sobre el resto.

—Me aburro mucho con todos ustedes —dijo Pavlov, que había salido de la sala, para volver unos minutos más tarde y sentarse totalmente recostado sobre su silla. Todos los presentes del Mando Central Cero en la sala callaron, se miraron entre sí, y observaron al veterano capitán.
—¿Qué tiene nuestro perrito que añadir a todo esto? —dijo con voz burlona Darrell. Pavlov giró la cabeza levemente mientras abría la boca en un enorme bostezo.
—Me cansa usted. Usted y su eterna incompetencia. ¿Cuántas naves perdimos en la anterior guerra por su culpa? —Darrell se levantó con furia.
—¿Qué quiere decir, Pavlov? ¡Está usted rozando la insubordinación! —Pavlov, sin inmutarse, replicó:
—¡Oh, qué me ha dicho! ¡Se me rompe el corazón! ¿Insubordinación? Verá, Darrell. Pensé que era usted un hombre. Hubiese esperado una amenaza, un “nos vemos en la calle”, o un insulto al menos. Pero ¿insubordinación? Vamos, no me haga reír. Puede usted meterse su insubordinación donde…
—¡Está bien! —cortó Helen—. Darrell, estoy de acuerdo con el perrito. No has contribuido mucho, por no decir nada, en todo esto. Tú eres un almirante real, es decir, con una graduación obtenida de la escuela militar naval en la Tierra. De hecho, creo que eres casi el único con experiencia en operaciones navales en La Tierra, cuando vivíamos nuestras vidas cotidianas. Se supone que deberías tener soluciones a los problemas que estamos sufriendo. Al menos, disponer de un plan, y explicarlo aquí a todos.
—Sí, pero esto es el espacio, esto no es un combate de portaaviones y misiles de cruceros, submarinos y fragatas. ¡Esto es el espacio!
—¿Y cuál es la diferencia? —replicó Pavlov—. ¿Me va a decir que hay diferencias?
—¡Por supuesto que las hay! ¡Las tácticas son distintas! ¡Que usted no comprenda las particularidades de algo tan complejo no es culpa mía! ¡Aquí las tácticas son muy distintas en todos los aspectos del combate!
—El genio habla de estrategia, y el torpe de tácticas —comentó Pavlov.
—¡Esto parece la puerta de un colegio! —gritó Helen. Estamos perdiendo el norte.
—El norte. Otro término obsoleto —susurró Pavlov. Helen nunca lo había visto tan osado y tan directo, y eso que le había visto actuar así muchas veces.
—¡Pavlov! —gritó Helen—. ¡Deja de hacerte el gracioso y, si tienes algo realmente importante que decir, dilo! —Darrell sonrió.
—Pues, para dolor y consternación de nuestro querido almirante, sí, tengo un plan.
—¿Un plan? —preguntó Darrell—. ¿Qué plan, si no sabe ni…. —Helen le cortó.
—Darrell, ¡cállate! —Darrell se sentó y apenas musitó un “sí, señora”.
—Y ahora Pavlov —continuó Helen— será mejor que lo que digas me interese. Y no solo que me interese, que me vuelva loca de alegría y me haga ver luces de colores. Porque si no es así, te juro que vas a acabar como el maldito perro, siendo el objeto de cualquier experimento que se me ocurra. Y tengo mucha imaginación para los experimentos.

Reinó el silencio. Todas las miradas estaban posadas en “perrito” Pavlov. Finalmente, se levantó, y sacó un dispositivo similar al de Helen. Era un mapa, con un plan de acción ofensivo que había diseñado él mismo. Lo puso en la mesa, y éste proyectó una luz en el aire. Y, lo que fue tomando forma, no solo contentó a Helen. Hizo que sonriera delante de todos. Algo que casi nadie había conseguido hacer en público.
—Vasyl Sergei Pavlov —dijo finalmente Helen— tengo que reconocerlo: eres un magnífico hijo de puta…

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