La gran mentira de la inteligencia artificial

En pleno siglo XXI, la información es poder. Este principio, que ha sido válido siempre, ahora es un aspecto fundamental de la vida de cada ser humano. Paradójicamente, el conocimiento se obtiene mediante la transferencia de datos a eso que hoy en día se llama “big data”, concepto que, en realidad, es muy antiguo, aunque este nuevo nombre le da un carácter de novedoso. Porque, no lo olvidemos: si queremos presentar una idea como nueva, nada como inventar un nombre sonoro y espectacular. Uno de esos nombres que hoy en día visten todo es el de la “inteligencia artificial” (IA). Si no tiene IA, no es útil.

Cada vez más, empresas y organizaciones de todo tipo se visten con el anagrama “Yo trabajo en inteligencia artificial” o “mis productos incorporan inteligencia artificial”. Los periodistas nos hablan de que la inteligencia artificial está aquí para quedarse, y si algo no incorpora ese argumento se entenderá desfasado e inútil.

Bien, pues hoy traigo una mala noticia. La mala noticia es:

Frase corta: la inteligencia artificial no existe.

Frase larga: la inteligencia artificial es un conjunto de técnicas, basadas en hardware y software, que emplean algoritmos basados en lo que se conoce como redes neuronales, y que pretenden simular el funcionamiento del cerebro humano. Claro que nadie sabe cómo funciona realmente la conciencia en el ser humano, y nadie se pone de acuerdo en qué es exactamente inteligencia. Hace un tiempo se hablaba de inteligencia emocional, antes se hablaba del coeficiente intelectual, y mañana se hablará de cualquier otro invento que permita vender ideas y productos. Vamos pues a ver por qué no podemos hablar de inteligencia artificial, en el actual estado de las cosas.

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Para poder desarrollar esta afirmación, vamos a retrotraernos a los tiempos inmediatamente anteriores a Newton. Era una época de grandes científicos, que iniciaban la andadura hacia la comprensión del universo. Dos de ellos, Tycho Brahe y Kepler, estaban desentrañando los misterios de los movimientos de los planetas. Brahe aportaba los datos empíricos, y Kepler, con aquellos datos, desarrolló lo que se conoce como las leyes de Kepler.

Algo había en el universo. Una fuerza extraña mantenía a los planetas unidos al Sol, en una danza eterna. Pero, ¿qué era? Sí, algo que tiraba de ellos. ¿Pero qué? No lo sabían. No podían medirlo, ni cuantificarlo, ni dotarlo de valores concretos. Ni convertirlo en ecuaciones.

Fue entonces cuando un joven Newton, estudiando los datos de Kepler, las observaciones de Tycho Brahe, y otros datos de la época, desarrolló una idea revolucionaria, que plasmó en un libro llamado brevemente “Principia Mathematica”.

En ese libro, Newton convirtió aquel misterio de los planetas en algo tangible. En algo físico. En algo cuantificable. Se trataba de la gravedad. Y la gravedad era una fuerza que tenía una naturaleza que se podía medir. Newton convirtió algo cualitativo, unas observaciones empíricas y unos principios generales, en datos cuantitativos. Newton dotó a la gravedad de forma. Le dio su naturaleza física, y explicó cómo se comporta con gran detalle.

Luego, otro gran físico, Einstein, fue aún más lejos, y explicó, todavía con más detalle, aquella fuerza, que ya no lo era, sino un doblamiento del espacio-tiempo.

Hoy ocurre lo mismo con la inteligencia artificial. Tenemos datos cualitativos de su naturaleza. Conocemos su aspecto general, nos dedicamos a escribir definiciones más o menos comprensibles, y hablamos de lo que es la naturaleza de la inteligencia artificial.

¿Qué es lo que nos falta? Es sencillo: nos falta un Newton de la inteligencia artificial. Nos falta un equipo de científicos que trasladen a fórmulas cuantitativas la naturaleza exacta de la inteligencia humana, para, de este modo, comenzar a comprenderla en su verdadero aspecto físico. Y, una vez comprendida su naturaleza física, entonces sí, podrá comenzarse un trabajo de modelado de esa naturaleza física de la inteligencia, creando una verdadera inteligencia artificial.

Pero hay más: los ordenadores actuales no están enfocados a trabajar como la mente humana. Son máquinas extremadamente distintas. Son muy capaces guardando datos, calculando datos, y comparando datos. Y son muy capaces de, mediante estadística y probabilidad, llevar a cabo un proceso de aprendizaje sobre nuestros gustos y tendencias, presentándonos aquellas noticias, y productos, que sean de nuestro interés. Todo eso es matemática pura. Es estadística, y es probabilidad. Nada más. No hay nada, absolutamente nada, de inteligente en todo ello.

Los ordenadores actuales funcionan exactamente igual, repito, exactamente igual, que el primer ordenador digital de la historia. Se basan en el álgebra de Bool, y en el concepto de puertas lógicas, que pueden ser de válvulas de vacío o de microchips, para almacenar información, y tomar decisiones en base a un programa lineal. Lineal significa eso: que cada instrucción se ejecuta una a una. Sí, pueden hacerse trucos poniendo varios procesadores, y ejecutando varias sentencias a la vez. Pero, para cada núcleo, el proceso es absolutamente lineal, y con dos valores: verdadero, y falso.

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Perceptrón multicapa, un intento de simular la actividad neuronal humana (Perceptrón viene de “percepción electrónica”)

Y esto es importante: verdadero, o falso. No le pregunte usted a un ordenador por una escala de matices. Hola, máquina, buenos días. ¿Te gusta el Réquiem de Mozart? ¿Poco, bastante, mucho? No lo sabe. No sabe nada. No tiene ni idea de qué es un Réquiem, ni de quién es Mozart, ni puede vibrar con la armonía, ni puede sentir lástima o alegría escuchando una obra musical, o leyendo una obra literaria. Es una máquina. No tiene inteligencia. Ni sentimientos.

Solo tiene un programa que puede simular estímulos externos en base a entradas que recibe, que pueden mejorar en base a un modelo de aprendizaje por imitación y asociación. Pero sin entender lo que aprende. Como el loro que imita la voz humana. En definitiva: no tiene conciencia. Porque no sabemos qué es la conciencia, que es, al fin y al cabo, y eso sí lo sabemos, una propiedad emergente de la actividad neuronal. Pero, cómo surge, y cómo se puede reproducir, es hoy un misterio. Todavía.

Si a usted le dicen que las máquinas sí tienen sentimientos, o algún tipo de percepción, haga una prueba: pregúntele a su programa de voz de iOS, de Android, de Microsoft, sobre aspectos relacionados con valores humanos de amor, de paz, de fraternidad, de guerra… No sabe nada. Le dirá que ha salido una película que le puede interesar, sencillamente porque, en su base de datos, ha calculado que esa película puede ser de su interés, en base a un cálculo probabilístico, que sopesa su gusto porque los ha convertido en valores binarios. Usted es un valor final estadístico, y entra dentro de una probabilidad determinada. La máquina solo elige esa probabilidad máxima.

La verdadera inteligencia artificial ha de nacer todavía. Se ha de basar en una verdadera comprensión de la inteligencia humana, y ha de ser codificada artificialmente, en un ordenador cuyo modelo funcional sea similar al humano. En ese sentido, las computadoras cuánticas, con sus millones de redes neuronales basadas en varios valores superpuestos, pueden ser un camino para el desarrollo de verdaderas inteligencias artificiales. Entidades que comprendan, que piensen en valores abstractos, y que se definan como existentes. Dubito, ergo cogito. Cógito, ergo sum. Esas son las primeras palabras que deberá pronunciar una inteligencia artificial real.

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¿Podría una verdadera conciencia artificial convertirse en psicópata artificial?

De momento, las grandes megacorporaciones seguirán tratando de engañarnos, en esto, como en todo lo demás. Somos un producto, no lo olvide. Para esas empresas, solo somos un producto que deben manipular para sus propios intereses. No están interesados en usted, sino en sus datos personales, en sus gustos, en sus valores, para de este modo ponerle frente a usted el mundo que usted quiere ver. Le están convirtiendo en un objeto. Y están usando software muy sofisticado para ello. Sofisticado. Sí. Inteligente, por supuesto que no.

Ahora le quieren hacer creer que su mundo será mejor, porque ellos pondrán a su servicio un sistema de inteligencia artificial. Solo es una tapadera para acunarle en el mundo que están creando para usted, y para mí. Yo ya me dejé engañar una vez, pero salí de todo aquello. Salí de las redes sociales, que ahora solo uso para aspectos profesionales y de promoción. Y soy muy feliz así. Es mi deber considerar avisar de ello. Luego, cada cual, por supuesto actuará con su criterio personal, usando su inteligencia real.

¿Existirá algún día una verdadera inteligencia artificial? Pienso que sí, dado el tiempo, con la investigación adecuada, y la inversión necesaria. Entonces nacerá el equivalente a un Newton, el primer ser humano que dotará a una máquina de la primera conciencia de la historia. Y el mundo, no lo dude, cambiará para siempre. Habremos hecho contacto con una nueva especie inteligente. Creada por nosotros, pero autónoma y propia.

Las consecuencias de todo ello, bueno, ya he comentado en alguna ocasión lo que opino. Pero, una vez dado el primer paso, esa inteligencia artificial se abrirá camino. En la Tierra, y puede que en el universo. Será interesante verlo. Si es que algún día lo vemos.


 

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5 comentarios en “La gran mentira de la inteligencia artificial”

    1. Hola, esta es mi visión sobre los aspectos de la inteligencia artificial y cuál debería ser su naturaleza real, frente a lo que hoy nos presentan, que no es, bajo mi punto de vista, una IA real. Cada cual tendrá su punto de vista y yo lo respeto, pero estoy convencido de mis argumentos, que puedo elaborar con quien corresponda. Sin duda es un tema tremendamente apasionante. Un cordial saludo.

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